domingo, 9 de agosto de 2020, 09:46
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Rusia 2018 el mundial al que no irá Cataluña (O del Imperio Democrático de Eurasia)

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FranciscoTomsGonzalezCabaas

Alecciona el filósofo ruso, A. Dugin: “Cuando el mal viene bajo la apariencia del mal, no es tan difícil de rechazar. Cuando surge como algo incomprensible y sobrecogedor a la vez, entonces, tomar una posición estricta es mucho más difícil. Todo gira y cae fuera de lugar, y es imposible distinguir una cosa de la otra. Este es el mal vigoroso y eficaz”.


El autor no es caprichosamente citado, dado que es el autor de la obra “La cuarta teoría política” una suerte de continuidad de la Tercera Posición Peronista que al parecer la toma muy en serio Vladimir Putin y que se internacionalizó tanto que en países como Perú se habla de este cuarto momento como una suerte de superación de los estadios hasta aquí conocidos mediante los populismos o las neoderechas que campean una suerte de reivindicación, postrera, del acceso al poder mediante el voto, combinado con los autoritarismos, ratificados por referemdums, electorales que predominan en Asia.


Tampoco es casual que Dugin, tenga toda una visión desde esta posición geopolítica de restituir o revalidar, desde una perspectiva superadora, el Imperio de Eurasia o el Imperio democrático, a decir de Juan de Dios Andrade el politólogo Mexicano que conceptualiza, atinada y asertivamente este nuevo (o remozado) proceso geopolítico que forja concatenaciones en el campo de la filosofía política.


Desde la Argentinidad de la presente tinta, podríamos performativamente determinar que la convocatoria al mundial de futbol de Rusia 2018 es la inauguración, simbólica, litúrgica y conceptual del Imperio democrático de Eurasia. Así como desde los montes Urales, como columna vertebral o cordón umbilical, se alambico, enquistándose y extendiéndose luego, el Marxismo desde el mismo lugar que antes lo habían hecho bajo las consignas de los Zares, y previamente, tal vez, la voluntad de poder de los vikingos, la nueva era correrá ante las masas desde la redefinición geopolítica que proponen los que ven con buenos ojos, que se borren las fronteras de estado y se vuelvan a reconvertir las de naciones de antaño, sea en un plano de lo arquetípico o imaginario. 


El mal vigoroso y eficaz del que habla Dugin es algo más complejo dado que en vistas a la búsqueda de sus explicaciones recorre todo el espinel de la psicología como de la sociología, determinando de alguna manera que estamos en el periodo en donde las sombras de la actualidad, despertarán aspectos nodales que resguardamos en el inconsciente colectivo que nos harán guarecernos en nuestras posiciones más atávicas y tradicionalistas.


A grandes rasgos y en forma muy sintética no es un mal camino, para analizar la Ereignis Heideggeriana, es decir el evento político, para ver qué ocurre con el resurgir de los nacionalismos como de los partidos nacionalistas (Desde la aparición mediática del RAM en Argentina, pasando por el avance de los neonazis en las recientes elecciones Alemanas, Austriacas, el proceso Catalán, antes el Brexit). Dugin tributa y muy bien con esto, de alguna manera le ofrece servido en bandeja la restitución o constitución (no queda muy claro en qué términos sería, pero a todas luces es secundario) del Imperio de Eurasia a Vladimir, y como sospechamos al líder ruso, la imperialidad le debe gustar más que los perros.


Habiendo redactado un artículo que obra como parte integrante del “Acabose democrático” (Ápeiron Ediciones, Madrid, 2017), acerca de la taxativo que “Las democracias occidentales precisan de nuevos límites”: Eugenio Trías (filósofo español contemporáneo) en su obra Límites, explicita que este, era el surco físico donde terminaba el imperio Romano, en ese “limo” en ese barro, el mundo ya no era tal, esa delimitación era precisa, concreta, real y de allí se hizo palabra significante, extendemos la búsqueda y vamos hacia la otra conceptualización que propone la ontología, no ya desde lo uno y lo otro, sino desde el propio, el lugareño y la vinculación con el extranjero. 



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Autor: Francisco Tomás González Cabañas

Filósofo


























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