domingo, 7 de junio de 2020, 10:52
Desde
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El paso de hospitales

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Xavier Eguiguren

Aún resuena en mi oído un despertar con hermosos y tenues susurros. Una melodía que se corresponde con la levedad que queremos para con nosotros mismos, leve la tierra, el cansancio.


Un comienzo dulce, al escucharel “Ave María” de Händel, que surgía de entre las paredes de colores, esas que delimitaban nuestro ser y estar en un albergue, el de “Bodenaya”. Recuerdo una casa de color rojo que se despedía de todos los espíritus peregrinos, dejábamos un refugio precioso para interiores con mil cargas, ya un poco más atenuadas.


La luna se esconde detrás de la niebla, y el miedo a la soledad del camino abrupto se hace latente en forma de punzadas en mis brazos, y pecho ansiosos.


Comienza la cuarta etapa, dura y sin almas en treinta kilómetros por las montañas hostiles, olvidadizas con facilidad del camino de vuelta, pero eternamente hermosas. Necesitaré un ansiolítico.


De “Campiello” a “Berducedo” por el camino de los hospitales. Mil doscientos metros de niebla que te lame la mochila, que pesa, te ciega, que no te deja ser testigo de la belleza del paisaje.


Corre más que la bruma peregrino ansioso, adelanta al temor que se queda jugando con los árboles que flanquean el camino primitivo de Santiago. Por fin la luz del sol incide en la cara, calienta y muestra desde la distancia, la senda que lleva a la planicie tapizada de verde.


Que preciosa visión, he sido veloz, el cristal traslúcido que me acompañaba ha quedado atrás en el valle. El cuerpo se detiene y permite que el alma otee con avidez el todo. Estoy orgulloso, feliz sin ansiedad.


                                                                  Antiguo hospital de Fanfaraón


Las ruinas de los hospitales de peregrinos de nombre “Fanfaraón” y “Valparaíso”, antiguos paños de lágrimas de peregrinos del medievo, son testigos del paso de mis cábalas e historias de mil hombres, que ya no existen pero que estuvieron, me siento tan pequeño.


Y mil piedras, mil caminos abruptos, sudor, cansancio, caballos salvajes que corren al percatarse de la presencia de los peregrinos.


Sed, mucha sed, el destino, el albergue de “Berducedo” está a poca distancia, las ampollas ya no duelen, regocijadas por haber podido tocar el suelo que lleva al cielo del caminante.


Por fin agua.





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Autor: Xavier Eguiguren 



















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