miércoles, 12 de agosto de 2020, 20:34
Desde
Desde

A pesar de los monárquicos

|

En una ocasión mantuve una conversación con una persona que por razones de edad presuponía que acumulaba una respetable experiencia, superior a la mía. Experiencia y edad van indiscutiblemente unidas.

Siempre me ha gustado escuchar a los mayores y sacar enseñanzas de sus vivencias. Para un recién graduado la Universidad es fuente de sabiduría, y viene de asimilarla con el mayor de los entusiasmos, pero la vida tiene unos dobladillos y entretelas que nadie mejor que una persona de edad te puede transmitir.

En un momento determinado la conversación derivó hacia la transición y sus protagonistas, y se presentó con unas coincidencias por encima de lo esperado. Poco a poco íbamos exponiendo nuestros puntos de vista, y se fraguaba una sintonía más que notable. Llegados a un punto ahondamos un poco más en nuestra forma de ver las cosas, manifestando por mi parte mi identificación con la monarquía, por razones de historia. El comentario de mi interlocutor se me quedó grabado de una forma indeleble: "El Rey era esperado, y se consolidará a pesar de los monárquicos"

Siempre tuve la sensación de que mi interlocutor confundía los tiempos y asociaba monarquía con inmovilismo trasnochado, y monárquicos con carcas graníticos.

El paréntesis de nuestra historia parecía que había parado el reloj, manteniendo una foto fija que el tiempo había decolorado, trastocando rasgos y figuras. Me llamó la atención la sutileza con la que mi interlocutor diferenciaba el Rey de los monárquicos, y hasta de la propia monarquía.

Tengo la idea de que mi interlocutor mantenía la idea de que el corte de un Monárquico se mantenía inamovible y respondía a lo que era en los años treinta del siglo pasado. No concebía que la sociedad había evolucionado con el paso del tiempo, se había formado, había viajado al exterior, y había percibido la realidad europea con vivencias directas, superando adoctrinamientos no siempre favorecedores de una perspectiva aséptica, si es que esto puede ser así en las circunstancias en las que vivimos hasta años antes de la transición.

Cualquier adscripción ideológica, a mi juicio, debe ser fruto de un proceso de razonamiento concatenado, enriquecido con enseñanzas colaterales, libre de cualquier condicionante o dependencia, ya sea familiar, social o económica. Soy consciente de la dificultad que esto supone, pero cualquier otra fórmula desemboca sin remedio, indefectiblemente en “conveniencia momentánea” o en “adhesión inquebrantable”. La experiencia me dice que esas fórmulas son muy frágiles y de escasa consistencia.

Uno de los factores más determinantes lo aporta la historia. La historia nos acompaña como si fuese una sombra, aunque estemos viendo un día tras otro como hay quienes se afanan en deformarla y reescribirla. Si la historia no aporta enseñanzas corremos el peligro de navegar sin brújula, sin tener un norte que sirva de referencia. Es por lo que creo que mi interlocutor tenía el convencimiento de que la monarquía recomponía la historia, a pesar de que mantuviera una opinión crítica sobre los seguidores (¿a ciegas?) del Rey.


Por ello considero que cualquier persona, en uso de su libertad, puede sentirse monárquico o republicano, creyente o agnóstico, progresista o conservador, pero como resultado de un análisis desapasionado y desprovisto de condicionantes clientelistas, aunque esto no sea una tarea fácil.

Creo que las instituciones deben estar por encima de las personas, aunque como en todos los órdenes de la vida, al final sean estas (las personas) los referentes de las primeras (las instituciones). Una persona puede resultar o resultar menos, y aún en el caso del Rey cabe pensar que desde niño recibe una formación para que su papel sea desempeñado con dignidad y eficacia.

Rafael Llano de la Concha.

Comendador de la Hermandad Nacional Monárquica de España.



 



Sin comentarios

Escribe tu comentario




No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes. Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.