miércoles, 12 de agosto de 2020, 20:18
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La gesta de Baler, el honor de servir a España bajo un fuego inmisericorde y unas penalidades inimaginables

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© Fotografía: National Geographic de fecha 2/V/2019.


Corría el siglo XVI, cuando la monarquía española se atinaba en la cúspide del poder y por doquier se agrandaban sus dominios en los cuatro continentes. Así, Su Majestad el Rey Felipe II obtuvo una gran cantidad de islas en el Pacífico, que en su honor se denominaron Filipinas. Tras tres siglos de colonización que dieron lugar a una cultura hispano-asiática, esta prosperidad se hizo más que palpable en el arte, la música, la gastronomía y las costumbres.

Más tarde, tanto Cuba, como Puerto Rico y el archipiélago filipino se convirtieron en los últimos retazos de este antiguo imperio ultramarino. Una España, por entonces, inmersa en luchas internas que combatía con carácter para defenderlas, pero, que posteriormente, perdería a manos norteamericanas en una guerra propiamente mística y asimétrica. Y, es que, Estados Unidos, una potencia aferrada a sus reivindicaciones, llevaba siglo y medio de ataques contra ingleses, mejicanos e indios. Aunque, potencialmente, el estado que había quedado mermado era España, porque había llegado al borde de la extenuación tras tantos años de trasegar por los confines.

Si bien, a lo largo de la Historia numerosos españoles han sido protagonistas por conductas memorables, hoy, aún persisten en el anonimato. Tal vez, olvidados como ha sucedido con aquellos otros hombres que, sin ir al encuentro de oro o vanidades, tan solo se complacían en la que iba a ser su máxima expresión: servir a la Patria, sin más distinción que el deber cumplido, en cuanto a su resuelto modelo de ejemplaridad.

Por lo tanto, este pasaje cargado de estima por servir a España y donde la entrega sin límites haría coronar el punto de admiración y gloria, justifica la necesidad ineludible de poner en su debido lugar los méritos y circunstancias contraídos, de quiénes contribuyeron con empeño en el sitio de Baler.

Unos y otros, nuestros soldados, hicieron lo posible para que las fuerzas asaltantes, no averiguaran el precario estado al que estaban sometidos. Porque, tal como cita el historiador, crítico social y ensayista británico Thomas Carlyle, “puede ser un héroe lo mismo el que triunfa que el que sucumbe, pero, jamás, el que abandona el combate”.

Estos infantes volteados por la desdicha, abatidos por el desaliento y las fatalidades del oprobio, formaron parte de aquellos días tan aciagos, en los que combatieron sin otra convicción que la de perecer honrosamente bajo los restos de una pobre iglesia.

Un espacio de tiempo físico y mental en los que se ampliaron los arrebatos, daños, intrigas e ingratitudes. Haciendo tremolar la bandera de España donde no tenían escapatoria, cuando ya se había arriado mucho antes en las colonias de América y Oceanía. Pero, más allá, de aquel devastado templo donde sobrevivieron a duras penas, no la abandonaron hasta pasados diez meses en la que tuvieron la plena certeza que aquel territorio ya no era suelo español.

Pocas veces antes, se había visto una épica como esta, en la que se salvaguardase y se agarrase con tantísima ambición la bandera nacional.

Con estas premisas iniciales y en homenaje a uno de los últimos soplos de la España colonial, pronto se cumplirán 120 años del sitio de Baler en la isla de Luzón, donde los militares pertenecientes al Batallón de Cazadores Expedicionarios N.º 2 y con la presencia de algunos frailes franciscanos, a pesar de quedar aislados en unas condiciones inhumanas que indudablemente hicieron mella, mostraron una firme entereza ante los insurrectos filipinos que no quedaría en vano, para que se escribiese otra de las muchas acciones brillantes en los hechos de armas más sobresalientes.

Poniéndose de manifiesto una encomiable disposición denodada, que, ciertamente suscitó la fascinación de propios y extraños.

Hoy, no se puede escribir la historia de modo concluyente, porque los lances no forman parte exclusiva de cuestiones que acontecieron y que persisten invariables en el ayer, sino, que, mismamente, estos acontecimientos depurados por el avance de las épocas y la memoria que le acompaña, adquieren en el presente otra estela irrefutable.

Así, sondeando numerosas fuentes documentales, lo aquí detallado que no puede ser la totalidad, pretende situar lo que sobrevino en aquellos trescientos metros cuadrados de esta iglesia, bajo un fuego inmisericorde y unas penurias espantosas.

Como admiten numerosos analistas, no es fácil recomponer al milímetro los pormenores donde se sobrepasaron todas las líneas rojas, existiendo arrojo y renuncias, pero, también, arrebato y mezquindad, padecimientos y hazañas, ejecuciones sumarias de suponer por los momentos límites vividos o pundonor y devoción religiosa, porque, quién sabe, algunos de los protagonistas pudieron dejar en el silencio algunas de las vicisitudes de este memorándum que dejó huellas recónditas.

Una acción sin nada de particular en aquella etapa que iría escalonadamente agrandándose y, que, sencillamente hubiera pasado de manera indiscreta en aquellos infaustos días cargados de incidentes, donde posteriormente se ha definido como el modo de analizar la consumación del dominio colonial español y de valorar con rigor este inusual y tenaz modelo de resistencia y de tácticas asombrosas.

Recuérdese al respecto, que, desde diciembre del año 1898, mediante la firma del Tratado de París entre España y Estados Unidos, se alcanzó un alto al fuego y como parte de lo convenido, nuestro país cedía la soberanía sobre Filipinas. Mientras, se conservaba la lealtad al resto de colonias de ultramar, que a duras penas resistía las acometidas rebeldes, aunque, pendían de un hilo y la realidad se iba tiñendo de negro para conservarlas.

Un hecho a tener en cuenta en esta ardua situación, llegó en 1895, con un disturbio cubano que era el enésimo y que impulsó al derrumbe de los liberales y la recalada de los conservadores al poder; otro tanto, pasó en 1898. El contexto se complicó el 15 de febrero de ese mismo año, cuando la explosión del acorazado norteamericano Maine enardeció a que Estados Unidos nos declarara la guerra.

En tanto, en Filipinas el horizonte no pintaba ni mucho menos mejor, porque en 1896, una gran parte de la urbe tagala inició una revuelta que España a duras penas logró contrarrestar, aunque, dos años después no sucedería lo mismo, cuando algunos grupos locales se pronunciaron con armas.

Con anterioridad a lo señalado, hay que indicar que el declive del Imperio español resistiría menos de lo que se hubiese sospechado. Entre el estallido ya aludido del acorazado Maine en la Habana y la pérdida prácticamente de la Armada, transcurrieron menos de tres meses. Desde Cuba y Puerto Rico, la guerra transitó velozmente a Filipinas, de manera que en el verano de 1898 este archipiélago se había disipado.

El desplome vertiginoso de las fuerzas españolas y la coyuntura que algunos de los principales acorazados de su Armada eludieran actuar en combate, hizo acrecentar el sentimiento en la opinión pública que se estaba concurriendo a un desmoronamiento sometido de unas colonias ingobernables. Si la guerra de por sí respondía a un guion admitido por la administración española, desde luego, existió un grupo de soldados valerosos como los aquí expuestos, a los que nadie debidamente informó.

Lo cierto es, que, en los últimos días de abril de 1898, ya comenzada la guerra hispano-estadounidense, de nuevo en esta zona las fuerzas rebeldes estaban prestas a agredir.

Tampoco, iba a ser menos Baler, una pequeña localidad ubicada en la ribera oriental de Luzón y a unos 230 kilómetros de Manila, que fue testigo de una agresiva escaramuza entre las tropas españolas y los rebeldes tagalos, en la que tuvieron que participar cuatrocientos hombres para restaurar este dominio y dar por apaciguada la refriega.

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© Fotografía: National Geographic de fecha 2/V/2019.


Aparentemente, en ese clima de supuesta calma, el gobierno español optó por reducir el número de efectivos destinados en algunas de sus guarniciones, así fue el caso concreto de Baler, donde las columnas de socorro se suprimieron, al tiempo que se dispuso desde Manila a un nuevo destacamento integrado por cincuenta soldados.

A pesar de todo, la reactivación insurgente prosiguió su rumbo de agresividad y al mes siguiente estos hombres quedaron totalmente aislados, tras ser atacados por los revolucionarios filipinos. Ahora, no les quedaba otra que guarecerse en la iglesia para dar por iniciado el sitio, donde estaban imposibilitados para recibir alguna de las informaciones de gran calado que pudiesen ir trascendiendo, como la recién proclamada independencia de Filipinas, la pérdida de la flota española en Cavite o el cerco de Manila.  

La suerte estaba echada, la guarnición española esperaba que en cualquier instante los rebeldes fulminaran un asalto a gran escala. Más aún, cuando en los días posteriores, este lugar despuntó desguarnecido, debiendo apremiarse a adecuarlo en una defensa preparada para hacer frente a un asedio en toda regla, como el que se promovería desde aquel mismo momento.

Un templo de tan solo 30 metros de largo por 10 de ancho y con una casa parroquial adyacente, donde sus murallones de metro y medio eran compactos, aunque un resto lo era de mampostería, hasta convertirlo en lo que en definitiva sería una auténtica ratonera.

Los segundos no daban tregua y estos soldados de sangre hispana, transformaron el campanario a modo de atalaya como puesto de centinela avanzado alternando guardias, hasta cavar trincheras en el perímetro e inhabilitar el resto de accesos, utilizando los huecos en troneras desde las que hacer fuego con un arma pionera como el máuser. Un rifle de repetición con un cargador de cinco balas de las conocidas sin humo, que hacían muy difícil averiguar la disposición real de aquellos tiradores selectos.

Inicialmente, los rebeldes mientras aguardaban los refuerzos para emprender la ofensiva, hicieron alarde de su brío descargando reciamente. Unas fuerzas enemigas que daban la sensación de dominar el terreno y que, contrariamente a estar escasas de fusilería, se envalentonaban gritando, a la vez que alzaban sus grandes machetes.

A pesar de disponer de un cañón de pequeña capacidad, ello no significó un peligro infranqueable para los asediados. Aunque, más repercusión adquirió las tácticas de guerra psicológica que los filipinos maniobraron con bellaquería para desgastar la moral de los sitiados. Dificultándoles el descanso con alborotos de toda índole, haciendo entonar cánticos a las mujeres para evocarles los goces a los que debían desistir o exponiendo a jóvenes desnudas, que les hacían todo tipo de expresiones lujuriosas.

Los desertores españoles que fueron seis en el transcurso del cerco, emitieron igualmente arengas a sus compañeros. Meses después, los defensores confesarían que, contra este choque dialéctico, resultaron inoperantes los revestimientos y aspilleras. No existiendo duda, que en cualquier aislamiento ampliado y, más, si éste se materializó en una situación tan limitada, las condiciones higiénicas llegaron a establecer un fondo de vital peso para retardar o suprimir dicho escenario.

Si el siglo XIX se caracterizó por aportar significativos progresos en la vertiente de la medicina, aún no estaban demasiado claros los verdaderos orígenes de un sin número de padecimientos y, por ende, no sólo se desconocía cuál era el recurso más conveniente para su tratamiento, sino, que, en numerosas ocasiones se utilizaban preparados que podían ser más perjudiciales que beneficiosos para el afectado.

Un ejemplo en lo argumentado se plasmó en el paludismo que zarandeó con virulencia al grupo español, a pesar de no acarrear ninguna muerte al respecto, ya que no pocas veces los médicos lo relacionaron con la fiebre amarilla, sin que se conociera que el encargado de su propagación era un mosquito. A pesar de disponerse de una valiosa medicina como la quinina, que en aquella época el ejército ya aplicaba.

Idénticamente resultó con el beriberi, una deficiencia causada por la falta de componentes vitamínicos de alimentos frescos que produce un agotamiento gradual e inclusive el fallecimiento, si no se toma algún tratamiento en su debido tiempo, obtuvo una importante incidencia entre los soldados, al originar la mayor cantidad de defunciones y del que todavía no se sabía su derivación y la fórmula más efectiva.

De lo que se extrae, que en el intervalo mediado del asedio de Baler, los entornos sanitarios fueron demasiado contraproducentes, teniendo unos recursos materiales a los mínimos con los que poder encarar esta compleja adversidad.

A ello, habría que agregar, el hacinamiento prolongado en una estancia que como ya se ha apuntado, era irrisoria y ensombrecida que favoreció la fiebre, el dolor abdominal y la diarrea con la presencia incontrastable de la disentería. Por lo que, del mismo modo que se derivó durante el conflicto bélico, pero, no exclusivamente en Filipinas, fueron los males frecuentes los que motivaron el mayor número de bajas, entre los contendientes.

En las postrimerías del mes de mayo se produjo el último gran envite, cuando los tagalos envueltos en su enigmático manto y mutismo caníbal, pretendieron anular el pozo como única vía posible para el suministro de agua y así hacer sucumbir de sed a los sitiados.

Más adelante, vino desde Manila un alto mando español con el encargo de instar a estos hombres a marcharse de sus posiciones, pero, de ningún modo se rindieron, porque estos soldados de casta hispana, llegaron a especular que aquel mensaje del final de la guerra, formaba parte de una artimaña con la que se dilapidaría aquella plaza a la que se habían conjurado defender hasta las últimas consecuencias.

Una fecha clave que quedaría entre las proezas militares a perpetuidad, sería aquel día 2 de junio de 1899, cuando en Baler se arrió la bandera obtenida de las casullas de monaguillo y de telas de mosquitera. Aquellos intachables treinta y tres sobrevivientes, con honor depusieron las armas y con admiración fueron trasladados a Manila.

Desde allí, zarparon hasta Barcelona, donde, por último, fueron recibidos como auténticos titanes.

El sitio de Baler puede contemplarse dentro del tipo representativo de insurrección colonial, donde el efecto separatista venía generándose desde hacía tiempo. Principalmente, por la defectuosa gestión colonial española, agravado por el desequilibrio político de la España isabelina y el respaldo estadounidense a dichas tendencias separatistas.

Cuando se da por iniciado el asedio por parte de más de un millar y medio de rebeldes filipinos, éstos estaban apoyados por Estados Unidos que intentaba expulsar a toda costa a los españoles de uno de sus últimos territorios coloniales de ultramar; más, estos soldados de la infantería, definen a la España colonizadora y misionera, que, por ventura, fue encarnada por hombres que representaban a todos los rincones de la geografía española.

Así, se daba por consumada la heroicidad de esta expedición, dejando por su propio pie la deteriorada iglesia de Baler, tras resistir trescientos treinta y siete días sitiados, que tupía de gloria la desaparición de un Imperio de cuatrocientos años. Custodiado con el carácter y la sangre de heroicas y cristianas virtudes, hasta desembocar en una evidencia sublime: la tenacidad humana difícilmente superable en medios tan desfavorables, que obtuvieron el engrandecimiento de sus contendientes en defensa de la Madre Patria y la aceptación de los sufrimientos que hubieron de padecer.

Ciento veinte años más tarde desde aquella imperecedera epopeya, estos militares impertérritos que ya forman parte del Soldado de todos los tiempos, lucharon con decisión ante los insurrectos filipinos y los invasores estadounidenses, mereciendo ser redimidos del olvido y de lo que es más injusto, ser protegidos con los raciocinios y realidades que los llevaron a aquel entorno virulento, para así soslayarse las críticas equívocas a su memoria, y, como tales, ser distinguidos y tributados como merecen.

Alfonso J. Jiménez Maroto

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 9/V/2019.


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