jueves, 9 de julio de 2020, 01:22
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¡Abajo lo existente!

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En junio de 2020, mientras nos alzamos temerosos de este desastre que ha supuesto, y supone, la pandemia del Covid-19 y sus incalculables repercusiones sociales y económicas; vuelven a soplar vientos de autodestrucción.

Se nos vende como deseable la retorcida figura de la “nueva normalidad”, un pálido reflejo de nuestra vida anterior, que no es sino un espectro de anormalidad permanente. Algunos ministros se permiten afirmar que estamos en un periodo “constituyente”. Las fuerzas separatistas se frotan las manos al contemplar la debilidad y permeabilidad de las instituciones del estado. Se organizan manifestaciones para condenar la muerte violenta de un afroamericano a miles de kilómetros de España, mientras se guarda un abyecto silencio sobre las decenas de miles de fallecidos por la pandemia y las responsabilidades políticas que a nuestros gestores les toca asumir. Aquí nunca pasa nada y caminamos hacia el mejor de los mundos.

La degradación moral que percibimos, con fétido olor de cloaca, es el anuncio de un sumidero abierto por el que van a ser arrojados, en cruel remolino, nuestros logros, nuestras creencias, nuestros esfuerzos de concordia. Ya se prepara el epitafio para la lógica y la razón: “Aquí yacen, víctimas de la mentira y las bajas pasiones, las que otrora guiaron a los hombres. Esperamos que estos productos del heteropatriarcado machista, fascista y taurófilo no se levanten de aquí jamás. Año I de la Nueva Normalidad”.

El asalto y la vandalización de esculturas de personajes históricos en EEUU, Francia, Gran Bretaña, Bélgica; la petición de retirada de la estatua de Colón en Barcelona; no son sino el apestoso reflejo de una sociedad en crisis, poseída por un odio irracional y una ignorancia supina. Una rebelión callejera que se goza en el disturbio, la provocación, la destrucción, el más puro nihilismo, el caos por el caos.

Una generación de ignorantes e “ignorantas”, víctimas de un sistema educativo que no valora la excelencia y que pretende igualar a todos, si, pero por abajo. Rebaños de alucinados que no saben quién fue Winston Churchill, Cristóbal Colón ni el Rey Balduino o que se permiten realizar, como paroxismo de la subversión de la realidad, una pintada sobre la placa de la madrileña avenida de Largo Caballero en la que se lee: “Fachas no”.

Y en medio de todo este caos, provocado por unos y tolerado por otros, se alza la figura de nuestro Rey. Cumple ya seis años de reinado en una España  que va perdiendo la cordura y en la que las semillas del mal comienzan a brotar.

Don Felipe VI ha sabido mantener una casi imposible calma. Ha dado muestras de lo que debe ser un monarca parlamentario, soportando los desprecios de quienes prometieron lealtad ante su persona y los cantos de sirena de algunos a los que les gustaría un puñetazo sobre la mesa del despacho de Zarzuela.

Estamos en medio de una crisis que algunos pretenden sea institucional. Una revisión a la totalidad de nuestro pasado más inmediato para romper amarras con la Transición y la Constitución de 1978. El radicalismo demagógico y populista ya es gobierno y oposición a un tiempo, mientras la división de poderes se cuestiona cada día más. Se presenta el comunismo como coadyuvante a la democracia y nos quedamos tan frescos. Se amordaza la opinión contraria, se manipulan los medios…y aquí no pasa nada, porque ya abren los bares y los chiringuitos de las playas.

¿Caminamos hacia un modelo subvencionado, populista y mal encarado?. ¿Vamos a ser divididos los españoles como en otros malos tiempos de nuestro pasado?.

La intolerancia se abre paso y arremete contra nuestra cultura, contra nuestras tradiciones. Una reedición barata de los “Jóvenes bárbaros” del Lerroux de principios del siglo XX en Barcelona.

Se adivina en el horizonte una suerte de democracia con correa y bozal, donde el ciudadano será menos libre, siempre temeroso del sanedrín de la progresía imperante.

España debe despertar de esta pesadilla que amenaza con convertirse en sociedad orwelliana. No podemos resignarnos a perder nuestra libertad ni nuestra identidad. Y para ello debemos defender la Corona, el último bastión que garantiza que todas nuestras conquistas políticas y de convivencia no se van a perder.

Se notan en vuestro rostro, Majestad, los golpes y arañazos de la preocupación, de las tensiones, de vuestro dolor de España. Pero queremos estar junto a Vos, pues sois el garante de lo que más amamos: la libertad y la democracia que con tantos sufrimientos y  esfuerzos nuestra Patria ha logrado.

“¡Abajo lo existente!”, gritaban los radicales de 1868. Afortunadamente, Prim, Topete, Serrano y otros líderes apostaron por el grito de “¡Viva España con honra!”.

La Hermandad Nacional Monárquica estará, como siempre, con España y con su Rey, dique de contención ante las turbulencias que nos aguardan.

Viva Espau00f1a viva el Rey y viva la constituciu00f3n

Fotocomposición: Rodolfo Arévalo



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