miércoles, 12 de agosto de 2020, 19:38
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La pandemia del Covid-19 amenaza con debilitar las democracias I

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© Fotografía extraída de National Geographic de fecha 21/V/2020, la breve reseña insertada en la imagen iconográfica es obra del autor.



Desde aproximadamente no mucho más de una década, se vislumbra un acontecimiento supuestamente discordante: el esparcimiento cuantitativo de la democracia y su decadencia cualitativa.

Actualmente, existen más naciones democráticamente instituidas, pero las constantes vitales de los sistemas democráticos y muy especialmente, la de aquellas que habían sido los paradigmas referenciales como los Estados Unidos, el Reino Unido o los países de la Europa Occidental, que en los años cincuenta emprendieron el proceso de construcción hasta convertirse en la Unión Europea, abreviado, UE, se han ido descomponiendo de manera ostensible.

Sin duda, ¡el antagonismo ante la pandemia desencadenada por el coronavirus SARS-CoV-2, el virus que causa el COVID-19, lo está ratificando! El patógeno deja contagios y víctimas; pero, asimismo, ha ido induciendo a otro padecimiento que es menos evidente y más diabólico: ha contaminado a un sinfín de democracias.

Las medidas lógicas que varias regiones, entre ellas España, han concretado ante la crisis epidemiológica, como el ‘estado de alarma’ o el ‘cierre de fronteras’, desorientan nuestro punto de vista en torno a lo inverosímil que este escenario nos proyecta. Da la sensación, que admitimos las limitaciones por encima de la transparencia y la praxis eficaz de la información.

Tal vez, aquí residan los desaciertos acumulados y no volcamos la mirada a cómo deberíamos optimizar nuestras libertades.

El trance planetario ha puesto en jaque a las democracias liberales, haciéndonos descuidar que las peculiaridades taxativas de los populismos, acarrean los peores augurios para desafiar las amenazas que las sociedades del siglo XXI tienen diseñadas, no más lejos de la coyuntura reinante.

Luego, las dificultades y miedos inquietantes que nos comprimen, construyen en el imaginario ideas como que la mano dura o el autoritarismo, son óptimas para aplacar la propagación del virus. Adelantándome a lo que posteriormente fundamentaré en este pasaje y en otro texto que, subsiguientemente, le acompaña: una sociedad libre y civilizada, tiene que ponderar en suscitar soluciones y en la concienciación desde el acceso a la información, al objeto de intensificar las libertades y derechos.

En estos días, un exceso de artículos opinan sobre la escasez de liderazgo y una laguna de herramientas para reparar la opacidad de los pueblos. En cambio, estos instrumentos no sólo abarcan a las nuevas tecnologías de la información, sino, también, a las políticas sociales, legales y culturales que nos permiten acomodar y dosificar la información en beneficio de todas y todos.

Pero, la ventaja de la raza humana sobre el coronavirus, es su potencial de intercambiar información. En este entorno irresoluto, surge un nuevo desafío para las comunidades de la humanidad, el de tomar parte y proporcionar información de forma diligente, acertada, eficiente y cristalina. Si queremos continuar siendo sociedades libres, tendremos que implementarlo de la mano de las tecnologías y la nitidez. Ya no caben las técnicas enmascaradas en la toma de decisiones.

¡Regenerar las libertades, será mejor que dar riendas sueltas a las condiciones!

Con estos mimbres, no es de sorprender parlamentos semivacíos, confinamiento, reservas a la oposición y los medios, o elecciones demoradas y así un largo etcétera. ¡Ojo!, los sistemas autoritarios o dictatoriales, no están siendo más solventes que las democracias en remediar la pandemia.

Desde hace meses, hemos podido observar como China escondía suculenta información del virus, curiosamente, pretendiendo erigirse en patrón a seguir; o el caso de Japón y Corea del Sur, que aceptablemente han sabido administrarlo.

La gestión de la pandemia tiene varios elementos. Echando un vistazo más allá de nuestro contorno, las democracias nos habilitan con automatismos constitucionales anticipados para allanar las emergencias sospechadas; tomemos como fórmula el Artículo 116 de la Carta Magna. Son recursos excepcionales en circunstancias exclusivas que están valoradas y que, en la teoría, no presumen acrobacias a la arbitrariedad, ni se entorpece el Estado de Derecho. Eso es lo cardinal.

Obviamente, en aquellas zonas donde los organismos democráticos son más dados en ser resilientes, los estados de alarma, entrevén un quebranto menor en la sistematización democrática.

Del mismo modo, no pasan desapercibidos los abusos perpetrados sin ningún tipo de complejos: Hungría, monopoliza los poderes excepcionales para obstruir parlamentos, alterar leyes y encajar infracciones en el Código Penal para recluir a periodistas. Si bien, las democracias fijan engranajes para corregir estos inconvenientes, cuanto más musculosas son las instituciones, menor será la seducción autoritaria de un líder.

Queda claro, que las democracias rebasan a las autocracias en el instante de condicionar las libertades; al menos, a la hora de moverse. Un estudio en torno a las medidas alcanzadas por un centenar de estados, evidencia que los regímenes democráticos están siendo más efectivos en atenuar la movilidad, para neutralizar la expansión del coronavirus.

El análisis confirma que las sociedades colectivistas, como las referentes a las naciones asiáticas, resisten con más soltura la epidemia que las occidentales, más individualistas. Esto plantea una visión en el éxito de los Gobiernos como los de Taiwán, Japón y Corea del Sur en la moderación de la crisis.

En esta realidad, la Universidad de Oxford, en Reino Unidos, comenzó en marzo un programa que investiga las mediciones instauradas por las distintas demarcaciones, en base para actuar ante el virus.

Digámosle, que hay de todo tipo de variables intervinientes, desde el cierre de colegios al impedimento de salir de casa, pasando por inspecciones exhaustivas en los límites fronterizos o la financiación de la futurible vacuna. El explorador se actualiza diariamente con las variaciones en las políticas adquiridas, ya sea, amortiguándolas o robusteciéndolas.

En cuanto a las determinaciones encaminadas a la acotación de la libertad de movimiento, expertos británicos han elaborado una especie de muestrario de severidad, con el propósito de argumentar su impacto real en el desplazamiento de las personas. Para ello, solaparon cuándo y cómo utilizaron las pautas prohibitivas con los antecedentes de movilidad locales; paralelamente, se consideró el régimen político, democracia-autocracia o los valores sociales preponderantes, o el individualismo-colectivismo, que imperaban para bien o para mal en la satisfacción de las medidas.

Las tendencias preliminares revelan que la reducción de la libertad de movimientos, ha ido en incremento conforme prosperaba la enfermedad. Globalmente, los indicios de severidad han crecido en un 34% entre los prolegómenos de febrero y la última etapa de abril. En resumen, los regímenes autocráticos han introducido mandatos más negativos; pese, que han conseguido disminuir la movilidad en una quinta parte menos.

En la relación de las autocracias concurren gran diversidad de actores, desde los Estados teocráticos del golfo Pérsico a las normas de partido único como China o Cuba; transitando por democracias más o menos serias, como Venezuela o Rusia. Ni muchos menos, se apuntala que los estados autoritarios lo hayan hecho desastrosamente mal. Pero, lo que sí queda justificado, que los Gobiernos democráticos, alrededor de un 20%, han sido más prácticos en la simplificación de la movilidad.

En atención a los datos recopilados, entre los países que más han estrechado su movilidad se encuentran Bolivia, España, Perú, Ecuador, Italia o Nueva Zelanda. Respectivamente, las administraciones italianas y españolas se han definido por ser las que han expuesto mayores reajustes en los desplazamientos, en consonancia a como se iban incrementando las acotaciones.

En el lado contrapuesto, resultan Arabia Saudí, Baréin e Iraq y varias ex repúblicas soviéticas de Asia Central, donde con disposiciones demasiado circunscriptas, han paralizado los movimientos.

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© Fotografía extraída de National Geographic de fecha 21/V/2020

España, queda entre las naciones democráticas que han calibrado medidas más exigentes. En el índice de severidad y en los días precedentes a la Semana Santa, obtuvo el 89,41% sobre un total de 100. En correlación con los Estados Unidos, que adquirió un máximo del 71%, por el 45,5% de Suecia.

Mismamente, podría considerarse que España es donde mejor han marchado las limitaciones, con proporciones superiormente al 80%. Indudablemente, nos estamos refiriendo a un país enteramente democrático, con capacidad manifiesta de Estado y una cultura colectivista.  

Las deducciones extraídas de la investigación desde las premisas democráticas, no son en sí nada extraordinarias; otra cosa es que, posiblemente, colisione con lo que se denominaría la percepción que los regímenes autoritarios se desenvuelven con desparpajo, ante coyunturas como la pandemia del coronavirus.

Las democracias reproducen más convicción y serenidad, sin soslayarse, más nivel de colaboración social. Los ciudadanos se fían de sus Gobiernos, están más prestos a cumplir con las reglas establecidas; una cuestión que es lo más presumible que acontezca, si al respecto se exigen responsabilidades. Pero, a igual índice de severidad de las restricciones, las sociedades de tradición más colectivista afrontan con destreza las obstrucciones, al menos, en lo que atañe a la movilidad.

Por el contrario, los parajes sometidos por el individualismo lo harían pésimamente. Entre los primeros, abarcaría las tierras del Este de Asia, África Subsahariana y los estados andinos. Mientras, los países anglosajones y nórdicos son los mejores modelos de sociedades individualistas. Precisamente, aquí es donde se han administrado las restricciones menos rígidas y se ha producido un considerable rehúso a las mismas.

Al valorar la dicotomía individualismo/colectivismo, las comunidades colectivistas soportan con más conformidad una crisis de estas dimensiones, porque interiorizan con otro talante el interés general. Fijémonos en la posición de las mascarillas, que es similar con el tema de las vacunas o la inmunidad de grupo.

En otras palabras: las mascarillas no preservan totalmente a un individuo, frente a otras personas que no la llevan. Si el conjunto poblacional las emplea debidamente, se deduce que se está más protegido cuando uno no la lleva. De ahí, las insinuaciones y evasivas para disponer de las mascarillas en sociedades individualistas, donde se aspira a actuar únicamente en términos de inclinaciones individuales.

En China, epicentro y origen de lo que más tarde se desencadenaría, se aprecia la contundencia de sus prescripciones: desde el principio, los representantes intentaron invisibilizar la enfermedad infecciosa, lo que conformó que, por doquier, el patógeno se ampliara. Es importante recordar, que tanto China, como Corea del Sur y Taiwán, poseen en común una cultura altamente colectivista.

En definitiva, el COVID-19 pone a prueba a los distintos gobiernos y la réplica para contrarrestarla a cercado las libertades y los derechos fundamentales de las personas. Hoy por hoy, cuando el más colosal de los peligros nos arremete con la muerte más inicua y se ceba con los más vulnerables, el virus nos ataca frontalmente enflaqueciendo la salud de los sistemas democráticos. Parece irrevocable poner la balanza entre la capacidad de acción de las democracias liberales, como la de los estados europeos y las que han acreditado la autocracia política, como China.

Tanto Pekín como Singapur, con un régimen iliberal, reaccionaron bien; uno, porque no hace mucho había transitado por otro virus equivalente, el SARS y las lecciones aprendidas le hicieron madurar con los protocolos previstos; el otro, porque para las autoridades es más inteligible aplicar obligaciones y restricciones que despojen de las libertades fundamentales, ya que las sanciones impuestas por no respetarlas son más rigurosas e implacables.

El resultado que China ocultara la certeza que el SARS-CoV-2 se amplificaba con una velocidad endiablada y encubriera a médicos, contagiados y periodistas que informaban de un nuevo virus, ocasionó que se expandiera como la pólvora.

Para más inri, Reporteros Sin Fronteras ha declarado que los medios chinos estaban en disposición de avisar de la gravedad que se cernía, sin el control y la reprobación imputadas por los agentes del país asiático.

En esta dirección, poco más o menos del doble de los territorios, han sido testigos del detrimento de sus democracias, camino de la intimidación con empobrecerse en el contexto represivo. La pandemia es la argumentación ideal para algunos líderes autoritarios, que valiéndose de esta envolvente de shock, alargan sus tentáculos de poder.

Yendo a hechos concretos: Viktor Orbán (1963-56 años), primer ministro de Hungría, aprovechando las simetrías de leyes, decretos e instrucciones asignadas en Europa, no tuvo reparo en sacar adelante una legislación que le asegurase conservar el estado de alarma indefinidamente; lo que le autoriza a gobernar por orden, suprimir elecciones e inhabilitar a los promotores de información. O lo que es lo mismo, a los corresponsales que él estime. O Benjamín Netanjahu (1949-70 años), primer ministro de Israel, decidió echar el cerrojazo en la mayoría de los tribunales, lo que ha conllevado que su juicio de corrupción haya quedado aplazado. Además, de demoler la coalición de Benjamín Benny Gantz (1959-60 años), que, quizás, le habría alejado del poder.

En el terreno y la práctica, las reducciones que los gobiernos materializan para mitigar la epidemia quedarían englobados en atribuciones de vigilancia, invalidación de las libertades cívicas y de los derechos humanos, persecución a la información, atraso de elecciones, etc.

Siguiendo el rastro de estas connotaciones invalidadas mordazmente, se refleja el elenco de sectores que han reprimido los derechos democráticos principales, como la libertad de reunión o los desdenes contra la búsqueda sin orden judicial, como ocurre en Estados Unidos.

De igual forma, Egipto, China, India o Tailandia han ilegalizado la obtención, tratamiento, interpretación, redacción y difusión de los medios y comentaristas enviados, para que no difundan explicaciones sin la autorización expresa de quién proceda. Asediando el sitio web de noticias o hasta cinco años de prisión.

En contextos como estos, es incuestionable que es necesario verificar la circulación de reportajes, crónicas o relatos inexistentes que descompongan las vías de revisión, pero la reprensión con la cárcel o repulsas, es característico de los regímenes totalitarios.

La crisis sanitaria adquiere magnitudes políticas que ayudan a coaccionar a las democracias. Con un electorado atemorizado e instituciones oprimidas, da vuelo a los déspotas, abusivos y dictadores que se crecen en sus arrogancias.

Un sondeo efectuado por ‘The Economist’ con identificaciones precisas de epidemias desde 1960, llega a la conclusión literal que “para cualquier nivel de ingresos dado, las democracias parecen experimentar tasas de mortalidad más bajas por enfermedades epidémicas, que las no democráticas”. A lo que ha de añadirse que los regímenes autoritarios son “pocos adecuados para los asuntos que requieren el libre flujo de información y el diálogo abierto entre ciudadanos y gobernantes”. De lo que se desprende, que, en los intervalos de toma de decisiones drásticas para reducir el virus, las democracias se han visto gravemente hostigadas.

En aras de rechazar cualquier vicio como el autoritarismo o la obediencia ciega para caminar en pos de la democracia y la tolerancia, los gobiernos han recortado algunos derechos y libertades básicas para prevenir la extensión de la pandemia; algo congruentemente razonado, pero, durante la fase de tiempo rigurosamente irremediable para contrastar la incidencia del virus.

La suspensión de elecciones, que ya es en sí, un motivo para evaluar cómo está perturbando esta pandemia a los sistemas democráticos, en naciones como España o Francia, podrá adecuarse con cierta comodidad; toda vez, que en otros estados supondrá grandes retos. Por ello, el Consejo de Europa, institución que se asienta sin fisuras en la defensa de la democracia, el estado de derecho y los derechos humanos, previene que “las elecciones libres y justas son la base de nuestras democracias, no un ritual que puede ser suspendido y las restricciones tendrán que ser temporales”.

Consecuentemente, el espíritu de la democracia persiste sin descanso engrasándose, incluso en momentos tan comedidos como los presentes. Si acaso, hubiese algún recelo en su influencia: la democracia es la que mejor se apresta para afrontar esta inestabilidad; gracias, a la coordinación de las instituciones y a la reciprocidad de información, incuestionablemente, aminorándose la repercusión del virus.

En las dos caras de una misma moneda, primero, subyacen los países con barreras inhumanas y violaciones sistemáticas de los derechos y libertades, donde la catástrofe del coronavirus se esgrime para endurecer los controles y agigantar la represión.

En la otra cara, se atinan los países con una democracia plena de facultades, concibiéndose que los menesteres ajustados transitoriamente, resuelven el curso para las restricciones turbulentas que podrían extenderse, aun habiendo terminado la excepcionalidad. En este aspecto, se distinguirá la solidez y calidad democrática con los ciudadanos como protagonistas, confrontando el funcionamiento y desempeño de los líderes políticos.

Alfonso J. Jiménez Maroto


Publicado en el Diario de Información Autonómica El Faro de Ceuta, el 25-V-2020



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