miércoles, 12 de agosto de 2020, 19:51
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Los defectos

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Ilustracion42


      Existen personas tan duras de mollera que no se reconocen ningún defecto, ni físico, ni moral ni siquiera espiritual. Son los llamados perfectos, cuando en realidad la perfección únicamente reside en el Supremo Ser. Lo cierto es que son ególatras y narcisistas sin posibilidad de sanar nunca, porque la egolatría le ha disecado por dentro como un animal salvaje taxidermizado. Creerse perfecto podría considerarse en sí un defecto. Este tipo de personas irreales reciben el rechazo inmediato de todos porque se salen de la norma, de la regla y del sector circular en que vive la sociedad como unidad espiritual de hábitat y compromiso con los demás. Otro asunto diferente es la autoestima, que no es una vanidad enfermiza, es el camino para fortalecer la personalidad en el conjunto de una sociedad agresiva y llena de grupos de supervivencia, a veces agónica.

     No se debe, o no parece ético, buscar el éxito personal sin contribuir a hacer una sociedad mejor y más justa, más equitativa, lógica y razonable. Los derechos de unos colisionan con las libertades de otros. No puedes ir dando codazos por la vida, ni haciendo peldaños con los hígados de los demás para subir a lo más alto, porque la escala se derrumbaría en sus peldaños más frágiles y no se sustentará en el tiempo y caerás en el pantano de la incertidumbre. Debes saber que si logras sobresalir en un tema siempre te censurarán: es ley de vida, para que nadie se salga del tiesto donde crece la buganvilla o geranios.

      El éxito es un equilibrio entre el trabajo, la experiencia, la vida personal y la social, porque somos ciudadanos sociables dentro de una comunidad de abejas andróginas. No somos ermitaños que vivimos en una cabaña en la soledad de un bosque. Este modo de vida no tiene sentido social, sería una forma de egoísmo, y de no asumir nuestros defectos.  Perseguir la santidad no es humildad sino orgullo. El búho siempre te mira con grandes ojos de sorpresa, mientras la Mantis religiosa nos mira con sus cinco ojos de omatidio (ver ilustración de este artículo).

      Son muchos los defectos que tenemos, porque somos humanos, no dioses,  muchos los errores que hemos cometido desde la adolescencia, y muchos los deslices que nos quedan por cometer, porque la vida es así, es imperfecta condicionada a sobrevivir en la tangente del aliento diario. Contra nuestros defectos están nuestras virtudes y nuestra creatividad, que hemos de poner en valor efectivo, sin dilación, porque el éxito como dice el escritor Robin Sharma «es un acto de creatividad». Sí que lo es, porque día a día nos vamos autorretratando.

     Cuando somos creativos, cuando creamos moda, novedad y somos artísticamente combativos asumimos una responsabilidad que nos catapulta fuera de lo común, ese camino rodeado de espinos, que cuando te sales entras en otra dimensión. Mucha gente se burla de los artistas, de los creadores, de los que son diferentes, de los que son significativos, no sé si por envidia o que razonan como personas inconscientes dentro de un mundo de conscientes. Y todo en la vida es aleatorio.  Piensan que los que somos creativos buscamos la distinción y la diferencia, buscamos la egolatría, que quizás pudiera parecer una actitud no solidaria; pero no es así, buscamos la ausencia, buscamos dar salida a mana un poder espiritual que tenían los polinesios de la isla de Pascua y que los ancianos llamaban en Aku AKu, es decir la sensatez.

     No es indigno del hombre aceptar lo que la Naturaleza le ha dado: su inteligencia, su talento o su creatividad, porque con el tiempo dará un paso más en mejorar la colectividad, lo que no se puede ser, es un contemplativo, un monje ermitaño o un eremita. Siempre se puede subir un escalón más en lo filosófico, en la escritura, la poesía, en esa arma que es la palabra.

      Mi experiencia personal, tanto en la pintura como en la escritura, me ha supuesto un gran equilibrio personal, y me ha estimulado hacia un grado de felicidad y de satisfacción, porque he recibido reconocimientos y elogios, ­–a pesar de mis muchos defectos, que es un sello de realidad– que me han elevado, quizás engañosamente, quizás de una forma artificial, no lo sé, pero en mí se han formado desparramadas nubes blancas que me sostienen, y esto no es malo, porque mientras nos haga feliz, el camino es el adecuado, es el acertado que se resume en ser uno mismo. Me lo decía el gran maestro levantino de la pintura Fernando Soria, el estilo personal es el pintor, sin estilo personal no eres nada, no sobresales, porque para ser tú mismo se necesita un gran valor, una chispa creadora siempre es un parto. Reconocer nuestros defectos es un análisis introspectivo que nos hace mucho bien porque nos hace tener los pies en el suelo, este suelo movedizo que cambia con los tiempos o las modas, lo que antes estaba mal, ahora puede estar bien, como en la política: los malos de antes son los buenos de ahora.

     Todo el mundo puede, pero no todo el mundo quiere. Quizás existan los parásitos que se apuntan a los éxitos de los demás, o como los bárbaros que, por la fuerza, robaban las riquezas y reliquias de los vencidos. Apoderarse de lo ajeno porque es imposible crear el mundo que ellos, con trabajo, inteligencia y esfuerzo, no  supieron crear. Pero, con el tiempo, tú solo y, sin esperarlo, te situarán donde te corresponde.

     Indudablemente en el falso mundo laboral los defectos propios has de disimularlos, porque los compañeros de trabajo son hienas a tu alrededor, a la espera de hacerte la primera sangre y atacar. Pero todo se supera con la experiencia propia, con el ensayo y el error, y no conozco otro camino que madurar, como las sabias frutas que solo se dejan comer cuando han madurado en su perfección celular.

     Sin duda alguna los jefes quieren rodearse de personas atractivas y quieren conocer tus defectos que podrían ser tus debilidades o no.  Van Gogh tenía el defecto que era daltónico y veía los colores diferentes, vendió en su vida un solo cuadro y hoy está considerado un genio universal de la pintura. Su defecto pasó a su virtud. Mujeres guapas y atractivas, si alguna sobresale, serán designadas para relaciones públicas, ¿pero qué pasa con las demás, los normales, aquellos que no llegamos al canon medio? Pues sin resentimientos debemos aceptarnos y queremos, y jamás tenerles envidia, porque la envidia es una pelota vasca que te rebota en la cara, te golpea y a la larga te derriba.  Creo que la clave reside en aceptarnos y adaptarnos a las circunstancias y de, nuestros muchos defectos, sacar provecho y virtudes.

      © Ramón Palmeral


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     El Monárquico, 7 de junio de 2020


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