domingo, 7 de junio de 2020, 12:27
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Este coranavirus

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Stay home


El ser humano es capaz de llegar a la grandeza de las gestas más nobles, aunque también fluctúa entre lo más bajo de un estado de miseria a lo más alto de una banal gloria. 

En medio de este baile marcado por los compases de la economía y del estado del bien estar y que mueve la rueda de los países ricos dejando atrás a los pueblos que no pueden seguir el ritmo de la música o no han sido invitados a la fiesta…, en medio de esta época gloriosa de altibajos en la economía (pero siempre dentro de la “prosperidad”…) apareció su nombre: CORONAVIRUS.

Vivimos en medio de un mundo donde el hombre es ser privilegiado, ser que ocupa la cabecera de la pirámide, señor de la naturaleza y del mundo, impulsor de viajes por el universo, inventor de los más sublimes artefactos, impulsor de las mayores grandezas, héroe que cabalga a lomos de todos los siglos, sabio de intelecto firme; creador, poeta, filósofo y artista; pero como contraposición, propagador de guerras, que contamina mares y continentes y el aire que respiramos. Grandilocuentes afirmaciones que se han visto truncadas por la nueva visión de vulnerabilidad que se cierne sobre la humanidad por esta pandemia que el COVID-19 extiende con tanta velocidad.

La televisión se llena de palabras. Los representantes de los gobiernos se convierten en actores para tranquilizar a la ciudadanía diciendo que no pasa nada, que todo está bajo control. Y los ciudadanos no tienen otra opción más que confiar en los políticos que dirigen la nave.

Y los ciudadanos, sentados en su sofá, confinados en el salón, ven como la vida corre llevando su propio ritmo y  por inercia la siguen. Un ritmo apagado, enclaustrado en casa, encerrados en sus propios corazones, con ansia de vida, de libertad.

En medio de todo esto, las televisiones, las emisoras de radio y la prensa entera… el boca a boca y las redes sociales fueron cambiando la actitud de las personas. Un solo nombre, CORONAVIRUS, COVID-19, fue transformando las sensibilidades, las relaciones de solidaridad, de empatía, de preocupación de unos por otros… Y la vida de las personas. Hasta los niños lo están pasando mal. Los padres tratan de ayudarles con los trabajos que los maestros les mandan por correo electrónico y Plataformas digitales; y también se ven agobiados porque tienen que estar todo el día encima de ellos para que se distraigan, y eso se hace pesado un día y otro día…

Y la vida sigue, ahora son más importantes las personas que las empresas, las vidas que las ganancias, la salud que la plusvalía. ¡Lo que hacen las guerras y las catástrofes!

Guerras, sí; como  en estado de guerra. Confinados en casa sin poder salir, sólo a lo imprescindible: pan, alimentos, productos de higiene, medicinas, hospitales… Todo está cerrado. Comercios, agencias, fábricas, empresas, colegios y universidades. Y las fábricas y trabajos que siguen funcionando han transformado sus actividades y producen materiales para sostener la defensa contra el “COVID-19”: respiradores, mascarillas, ropa protectora, geles antisépticos… y alimentos. Parece economía de guerra en una guerra bacteriológica.

Un sabio refrán castellano dice: “Cuando las barbas de tu vecino veas cortar pon las tuyas a remojar”. Pero se ve que los gobernantes de los países no conocían este refrán y han dejado campar a sus anchas a un enemigo silencioso e invisible hasta que ya estaba dentro de casa, y ya dentro, era difícil combatir. Porque este enemigo no sabe de fronteras, de etnias, de pueblos, de países, de naciones ni de razas. Los dirigentes han sido excesivamente confiados…, y miles y miles de vidas se han ido quedando en el camino. Pérdidas familiares, económicas, cuántos se han quedado sin trabajo y sin ingresos, cuántos están pasando la enfermedad, el confinamiento, la pérdida de libertad… ¡Este sufrimiento!

Pero ahora queda “el todos a una”. Unidos para salir de esta pesadilla. Una pesadilla que se alarga. Unidos con ánimo y esperanza entrelazando los brazos. Donde hay un hogar hay una esperanza… donde hay un corazón, está la esperanza.

Se oyen las palmas. Son las ocho de la tarde y la gente ha salido a los balcones como todas las tardes a aplaudir agradecidos a los héroes de las penurias que se sacrifican por seguir hilando la vida de aquellos a los que les ha vencido la fuerza. Son médicos, enfermeras, personal sanitario, que como héroes, se enfrentan a la enfermedad muchas veces sin la protección necesaria, cosa que hace que ellos también se vayan contagiando, llegando a morir en muchos casos; pero también son todos los que por el bien de la comunidad se arriesgan a estar al pie del cañón ofreciendo sus servicios para que el resto de ciudadanos estén tranquilos en medio del confinamiento.

Atrás quedará toda esta pesadilla informe, el confinado. Y quizá esta forzada reclusión haya hecho meditar a la gente cómo ha vivido, en cómo ha sido las relaciones con las demás personas, de qué forma se ha llevado la vida social, el ritmo de vida con el que se ha movido, las posibilidades que se tenían y se han restringido, el cómo utilizar la propia energía en el quehacer diario, en cómo emplear el tiempo libre, cuáles serán las nuevas prioridades y si va a afectar al sistema de valores y a la forma de vida.

Las ocho, otro día más se llenan los balcones de palmas y de solidaridad. Seguramente a partir de ahora se valorará más el sistema sanitario para que esté a la altura de estas nuevas circunstancias y otras que quedaban descuidadas en pro del ahorro para invertir en otras partidas presupuestarias y los ciudadanos sean más exigentes, reconociendo la labor de todo el personal sanitario y las labores hospitalarias, los centros de salud y las farmacias; se deberá poner en valor el conocimiento científico y apoyar el esfuerzo en la investigación en beneficio de la colectividad. La educación de los niños y su aprendizaje centrándolo en los intereses de cada alumno. Reorganizar los intereses de la economía para que la riqueza se distribuya de manera más racional, pues la riqueza si repercute en todos es más riqueza. Vistos los resultados puede que se ponga en práctica con más asiduidad el teletrabajo que ayude a conciliar los horarios por el bien de las relaciones familiares; quizá se vea la necesidad de cambiar los hábitos de ocio para dedicar más tiempo a aquello que muchas veces se ha dicho como son la lectura y escuchar música y que por falta de tiempo no se ha puesto en práctica. Puede que se derroche menos en las salidas de fin de semana. Y quién sabe si se puede lograr entre todos una sociedad más unida y solidaria en la que la gente se siga preocupando por los problemas de los demás igual que se hace en estos momentos críticos de nuestra vida.

En esta travesía, alejados de otros muchos seres queridos, de amigos y compañeros, sin poder realizar las actividades cotidianas, se ha mirado la vida desde otro ángulo, se ha visto desde una perspectiva diferente; porque la vida, bajo estas condiciones, nos ha enseñado lo frágiles que somos, lo indefensos que podemos estar, lo olvidado que teníamos lo esencial de la existencia y lo superficial de muchas de las cosas que hemos valorado hasta ahora.

Y cuando la gran nave del confinamiento que nos ha protegido descubra tierra firma, será entonces cuando Noé vuelva a atracar en un paraíso virgen desde donde poder descender de nuevo a las calles, a las plazas, hasta los amigos, volver a disfrutar del sol y de las gotas de lluvia, del aire fresco de la mañana, del canto de los pájaros, del vuelo de las gaviotas, del perfume de las flores, del cruce de hermosas miradas, de la sonrisa de un saludo, de la alegría de las estrellas en la noche, del sonido de las olas en la playa y del olor de mar mirando su horizonte y poder hacer volar los sueños, alimentar las ilusiones y poner a andar nuevos proyectos.

Aunque también existe la posibilidad de querer volver a llenar los bares, de querer retornar a la vida de antes, de olvidar lo que hemos sentido y aprendido en este confinamiento.

                                                                             Juan Antonio Urbano


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