martes, 14 de julio de 2020, 19:37
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El duelo del coronavirus, un dolor sin besos ni abrazos

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El escenario excepcional que vivimos por la pandemia del COVID-19, comúnmente conocida como Coronavirus, nos ha hecho alterar los modos de estar, como las rutinas, hábitos, costumbres y formas de pensar o de relacionarnos con familiares, allegados y amigos que han inducido a cambios drásticos en el cariz cotidiano. 

Este sería el caso concreto en la praxis a la hora de fallecer y la consecuente despedida del difunto entre un mar de ataúdes, que, irremediablemente, han obligado a fomentar estrategias de adaptación ante la actual crisis.

En estas últimas semanas, el inquietante número de decesos desenmascara la cruda dimensión social de las exequias, que se han visto postergadas de manera sistemática, para contrarrestar males mayores ante la susceptibilidad que infunde la emergencia de la epidemia que no entiende de fronteras. 

Así, actos tan significativos en torno a la muerte de ateos, agnósticos y católicos, como la disposición del apoyo en instantes tan dolorosos o el desarrollo tradicional de los protocolos propios como el acompañamiento en los velatorios, ceremonias religiosas o rituales para velar al fallecido en cuerpo presente, aglutinan rasgos propios para que el duelo no se convierta en una travesía que en sí, ya es escabrosa. 

Sin embargo, el Estado de Alarma establecido y los requerimientos sanitarios reinantes, inexcusablemente, han condicionado en gran parte los retazos de vida que aún discurren en el sentimiento tradicional de la persona doliente, ahora condicionada a superar la ausencia de quién ni tan siquiera pudo despedirse.

Evidentemente, no de extrañar los muchos sentimientos sumergidos entre la tristeza, pero, tampoco son menos, la indignación, el infortunio, la impotencia o la impresión de desamparo o destierro entre el sobrecogedor silencio, que se inocula en un contexto desconocido y al que es difícil de adaptarse.

En esta situación intermitente e insólita, están quienes tienen el mandato divino de bendecir la vida que dejan atrás esos miles de cuerpos y fortalecer a sus familiares para encontrar respuestas en la fe. Es sabido, que la sociedad española nunca antes, se había encontrado ante un entorno con criterios de distanciamiento tan estrictos como la limitación de visitas externas, incluyéndose los familiares o personas ingresadas en residencias, así como la reducción del contacto con los más vulnerables, el colectivo de personas mayores.

De hecho, las autoridades sanitarias advierten que la afectación más letal de la infección se provoca en personas a partir de 65 años con patologías cardiovasculares previas, principalmente, hipertensión e insuficiencia cardíaca y en menor medida, con patologías respiratorias crónica y diabetes. 

Por consiguiente, si ya es complicado y arduo afrontar la muerte de un ser querido, esta coyuntura empeora considerablemente el sufrimiento de familiares y próximos, ante el impedimento de cumplir con normalidad el funeral. 

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Ante esto, los expertos previenen del posible bloqueo en el duelo que derivaría en otros males añadidos, como la depresión o el estrés, en los que se aconseja el refuerzo de la parte personal ante la colectiva, precisamente, ahora que la mayoría nos encontramos confinados en casa. Llegados hasta aquí, superar un proceso de duelo sin besos ni abrazos que son terapéuticos, se torna bastante espinoso: si acaso, un entresijo de resignación con una fuerte dosis de concienciación. Si de por sí, el luto consta de la fase personal y social, la segunda, se ha visto ampliamente empequeñecida y la personal se hace más aguda y perdurable.

Más allá del desenlace en el trance, nos encontramos ante unas honras fúnebres impropias, porque no se enmarcan en la intimidad acostumbrada: los familiares no llegan a asimilar la pérdida o ausencia al no tener el más mínimo contacto con el cuerpo del otro, o la mirada y la voz, e incluso, no ha despedido ni acompañado al difunto durante su padecimiento en el centro sanitario o residencia de mayores.

En definitiva, ha sido irrealizable el compartir los últimos minutos con la persona allegada debatiéndose entre la vida y la muerte, porque no existe propiamente el ritual mortuorio del que puedan ser partícipes; cómo tampoco, jamás ha habido una última visión contemplativa de la persona que ha fallecido. 

Es más, la normativa vigente establece únicamente la presencia de tres familiares en el camposanto, que con anterioridad han recibido el shock emocional de la llamada telefónica, en la que se les informa del número de asistentes permitidos y la autorización expresa de la incineración, en caso de elegir esta práctica; además, de las pautas para acceder al parte de defunción y las cenizas. 

Es algo así, como si la persona recientemente muerta, sin más, desapareciera.

Queda claro, que al no ser un duelo al que normalmente estamos habituados, se avivan un sinnúmero de angustias. 

Ocasionalmente, aflora el espejismo de presuponer que la noticia admitida vía telefónica, no es cierta. Hallándonos ante historias desgarradoras negadas a ser conscientes en admitir una realidad despiadada al no ser asimilada, hasta que concluyentemente se produzca el esclarecimiento con la confirmación de los médicos. 

Finalmente, escapa a la luz el instante más trágico e inexorable que es intolerable al ser humano: no ver a la persona que acaba de marcharse o palpar la caja que, aparentemente, puede estar infectada por el virus, a pesar de las férreas medias sanitarias. 

No queda distante, que quién pasa por esta encrucijada se sumerge en una negación constante, interpelándose a sí mismo: “¡Esto que me ha ocurrido es una pesadilla!”. Involuntaria e instintivamente florece el reflejo del último diálogo de aquella vez, o esas frases que más adelante se hubiesen compartido.

Con estas connotaciones preliminares, el panorama irreal que sobrellevamos, es real, como también, las medidas de alarma sanitaria y el confinamiento prorrogado que psicológicamente nos pasa factura con síntomas fluctuantes de ansiedad y depresión y que, indiscutiblemente, conllevan una amalgama de consecuencias dolorosas, particularmente, para quienes han perdido a un ser querido, ya sea por la infección del coronavirus o por otras causas.

Si bien, no es reconfortante y alentador analizar algunos de los puntos del documento técnico “Procedimiento para el manejo de cadáveres de casos de COVID-19”, versión del 6 de abril de 2020, sí que es preciso el uso exacto de su literalidad a la hora de implementar la exposición de este pasaje. 

Algunas líneas dicen al pie de la letra: “Dado que el cadáver puede constituir un riesgo biológico, el cadáver debe ser transferido lo antes posible al depósito después del fallecimiento. Antes de proceder al traslado del cadáver, debe permitirse el acceso de los familiares y amigos, restringiéndolo a los más próximos y cercanos, para la despedida sin establecer contacto físico con el cadáver, ni con las superficies u otros enseres de su entorno o cualquier otro material que pudiera estar contaminado. 

Las personas que accedan deben tomar las precauciones de transmisión por contacto y gotas, debiendo estar protegidas con una bata desechable, unos guantes y unas mascarilla quirúrgica”

Mismamente, “el cadáver debe introducirse en una bolsa sanitaria estanca biodegradable y de traslado, que reúna las características técnicas sanitarias de resistencia a la presión de los gases en su interior, estanqueidad e impermeabilidad”. 

Análogamente, este instrumento indica: “La introducción en la bolsa se debe realizar dentro de la propia habitación de aislamiento. Una vez cerrada la bolsa con el cadáver en su interior o colocados los dos sudarios con una cremallera a cada lado, se deberá pulverizar con desinfectante de uso hospitalario o con una solución de hipoclorito sódico que contenga 5.000 ppm de cloro activo. 

Una vez que el cadáver esté adecuadamente colocado en la bolsa, se puede sacar sin riesgo para conservarlo en el depósito mortuorio, colocarlo en el ataúd para llevarlo al tanatorio, enviarlo al crematorio o realizar el entierro”.

Inicialmente, la Real Academia Española, por sus siglas, RAE, define el ‘duelo’, como “las demostraciones que se hacen para manifestar el sentimiento que se tiene por la muerte de alguien”

Pero, ante las circunstancias especiales que subyacen por el COVID-19, valga la redundancia, los familiares de los óbitos no tienen opción de aferrarse a la libertad de dichas demostraciones, al truncárseles el acompañamiento en los velatorios y llorar juntos, como mucho, las tres personas acreditadas y a más de un metro de distancia.

En otras palabras: nada más llegar, sin bajar el ataúd de la carroza funeraria tras un breve responso y rociarse con agua bendita, quienes concurren pertrechados con mascarilla donde el contagio queda proscrito a un segundo plano, difícilmente, consiguen ocultar el valle de lágrimas. Toda vez, que los guantes no sirven demasiado para desentumecer el semblante del penúltimo escollo, el entierro, hasta que la insignificante comitiva se disipa entre los recovecos del cementerio. 

Amén, que al no darse los abrazos ansiados en el pésame como instinto innato que pretenderíamos fraguar en condiciones habituales, al menos, la recomendación de los psicólogos expertos en duelo, nos reemplaza al contacto físico por el sobreentendido como virtual, enviando mensajes emotivos, pero, amortiguando la intensidad de los mismos, por la parte que nos atañe.

Sobrevenida la defunción por la pandemia, se da por comenzado el período de duelo muy distinto a como habitualmente se sobrellevaría, imprescindible para rescatar nuevamente la harmonía emocional y dar sentido a ese día a día, admitiendo la dura desaparición. 

Este espacio en el tiempo concatena unas fases que, lógicamente, evolucionan para bien o para mal, en atención a las peculiaridades y medios de cada individuo. En momentos tan insólitos con confinamiento ampliado y aislamientos obligados, la preparación del duelo es específicamente delicado. 

Las singularidades de adquiere el recorrido del fallecimiento hasta ahora inexplorados, acarrean unos límites de tensión o estrés, que, incuestionablemente, conciernen a la entereza y equilibrio mental de las personas que seguidamente definiré: Primero, al no haberse despedido de la persona querida, ya sea por la celeridad en la muerte, o la complicación fulminante en el avance de la infección por coronavirus, sin soslayarse, el distanciamiento físico aplicado por los protocolos sanitarios de aislamiento.

Segundo, las alteraciones en los servicios fúnebres, como el máximo en el número de asistentes, las reservas en el contacto físico o la premura en las fórmulas de protección sanitaria e inclusive, el inconveniente de desarrollar un sepelio como quizás, se hubiese esperado.

Tercero, no tener cercanos a los familiares y allegados que sufren la pérdida y que, indudablemente, constituyen la fuente esencial en el afecto y consolación, con el estigma de no poder abrazarlos.

Cuarto, proveniente de lo anterior, emergen impresiones, desesperación o lamentos a través de pantallas o telefonía móvil, lo que produce frialdades infligidas en el ademán de las emociones. Y, por último, quinto, la intermitencia en la aflicción y el daño acrecentados, al vislumbrarse que quien ha perecido, lo ha hecho en soledad.  

Paralelamente, este colectivo está inmerso en la inestabilidad emotiva que gradualmente ha ido amplificándose, pero, conjuntamente, se yuxtaponen otras variables como las sospechas evidentes de contraer la enfermedad, o el desasosiego por el resto de familiares en la distancia geográfica frustrados ante la imposibilidad de reencontrarse, o la inquietud económica que todo ello le atribuye. 

Tal como exponen los especialistas, si no ha existido el menor resquicio de estar al lado del familiar en su despedida, como el no haber participado en los rituales posteriores de las honras fúnebres o el entierro, la conformidad del percance puede convertirse en drama. 

Téngase en cuenta, que estamos poniendo el acento a un proceso que requiere de sus tiempos, porque, a la par, entraña la aceptación racional y emocional. Mientras, el cerebro es más expeditivo, al corazón le cuesta más enfrentarse a este duro golpe. 

Aunque, cada situación de dolor es única e individual no hay recetas infalibles, bien es cierto, que existen algunas sugerencias e indicaciones al respecto, entre las que cabría mencionar, la regulación de las emociones. Es fundamental darles nombre, prestarles la atención que merecen, pronunciarlas, conocerse a uno mismo y asumirlas tal y como uno es y cómo se concibe. 

Asimismo, la realización de algún automatismo de despedida en casa, como el encendido de una vela o la definición de una zona o rincón de recuerdo, o la colocación de alguna fotografía u objeto representativo del difunto en un lugar definido, pueden aliviar la contextualización presente.

De la misma forma, suscitar pensamientos positivos ante el desconsuelo del ser querido, posiblemente, reportaría al convencimiento de una única inclinación de cómo transcurrieron sus últimos momentos. Es aconsejable, no estancarse en una única idea: Nuestro familiar, aun habiendo terminado en aislamiento hospitalario, gracias al buen hacer de los servicios sanitarios, no experimentó el abandono. 

Si la muerte se hubiera ocasionado en alguna de las Residencias de mayores, como lamentablemente ha sucedido, probablemente, hubo alguien que le tendió la mano en el abismo de la distancia. Y, si murió solo, seguramente, lo hizo reviviendo alguna conversación reconfortante o algún episodio enternecedor con el que cerró sus ojos. 

Obviamente, es imposible averiguar la realidad de lo que pensó o sintió, pero, es necesario dar contenido a otras probabilidades que, mínimamente, actúen de puente tonificador. Por lo demás, es indispensable cuidar o promover los lazos interpersonales, aunque se haga telemáticamente con los que compartimos la pérdida, así como con quienes nos aporten escucha, discernimiento y aliento desde el optimismo. 

Luego, expresando el sufrimiento y concibiendo que no hay una regla infalible, unos exteriorizan los sentimientos llorando; en cambio, otros lo hacen exclamando o precisando estar solos con más asiduidad. 

Pero, es un imperativo abrirse cuando se es incapaz de progresar en el duelo. En otros términos, porque ello podría desembocar en el duelo patológico, cuando la persona queda bloqueada en todos los aspectos; una disyuntiva que se acrecienta con el confinamiento que, hoy por hoy, sostenemos.

Como ya se ha citado, la restricción de los ritos tradicionales adolecen un contexto que de por sí, resulta ingrato. En un duelo público, la sensación de vacío permanece y el mapa mental del mundo se satisface gradualmente con evocaciones, menciones e historias pasadas de la persona que estuvo. 

Pero, desde que irrumpiese el coronavirus, esta conmoción es más punzante y profunda, ya que no se colma con la visita de otros y, ni muchos menos, con la despedida. Por esta cuestión, el afectado se siente desbordado y acude a otros comportamientos poco beneficiosos y cargados de ansiedad, o persiste sumido en su resolución sin prosperar, advirtiendo sensaciones de irrealidad o aprensión personal e intensos sentimientos de culpabilidad. 

Consecuentemente, el duelo engloba varias etapas como la negación, ira, tristeza, negociación y aceptación, siendo primordial aceptar la muerte sobrevenida gestionando las emociones y el dolor acumulado, como la adaptación al medio en que el difunto ya está ausente, hasta ser capaz de recordarlo sin desestabilizarse. 

Es sabido que no existen normas universales y que estas premisas pueden no implementarse en dicho orden, pero sí, que es inapelable, su modulación para impedir un duelo indefinible.

Actualmente, las inacabables cifras de contagiados y fallecimientos en España por el COVID-19, han entrelazado instintos encontrados que validan el pesar de cuántos sentimientos perdidos lloran ante la incertidumbre y el dolor desgarrado del último adiós, en el que a duras penas, habrá algún consuelo para serenar tanto desconsuelo.

No podría finalizar este pasaje, sin insistir en la responsabilidad de permanecer en casa conviviendo en solidaridad, reconfortando y transmitiendo esperanza a nuestros seres queridos, como también, rogando a Dios por la pronta recuperación a los afectados, el descanso y la vida eterna a los fallecidos y el consuelo a las familias desoladas, ante el cruel dilema de las honras fúnebres.


*Las dos fotografías que acompañan a dicho texto, han sido extraídas de National Geographic de fecha 09/IV/2020

*Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’



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