miércoles, 12 de agosto de 2020, 19:30
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1917, una más de guerra

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Ha sido “1917”, después de la oscarizada Parásitos, la película más comentada estos últimos meses, y también muy premiada en diversos ámbitos de la industria cinematográfica. Yo fui a verla porque soy adicto a las películas de guerra, como otros lo son a los videojuegos y otros al porno. A mí, de siempre, antes ya de ingresar en la Academia General Militar, me ha ido la marcha de las películas de guerra, qué le vamos a hacer.

El caso es que, con el paso de los años, y después de muchas pelis, no puedo presumir de experto, pero sí que me he hecho mi particular clasificación y, desgraciadamente, “1917”no va a estar entre mis preferidas y ello es así por falta de motivación. Sí, está muy bien hecha; eso del plano continuo queda muy bien y técnicamente debió ser algo muy encomiable, de hecho, los premios Oscar recibidos son todos técnicos, pero no me parece que vaya mucho más allá. Entiendo que los BAFTA la llenasen de premios, al fin y al cabo, los hijos de la Gran Bretaña son superados en el barrer para casa solamente por los franceses, inventores del chauvinismo. ¿Entonces?

La historia que cuenta es inverosímil, simplemente, no es creíble. Mendes dice que es un sumatorio de varias historias, pero eso no la hace sostenible. En “Salvar al soldado Ryan” Spielberg cuenta una historia maravillosa y terrible, sumatorio de las individuales del capitán Miller y sus hombres, una historia injusta en la que mueren los mejores, como debe ser, porque la guerra es así de injusta y horrible. El ser buena persona no te salva, ni siquiera el ser un supersoldado, la palotola vagante, estrepitosa expresión italiana para la bala perdida, no reconoce habilidades de nadie; tampoco las esquirlas de metralla. Y los soldados en el combate no son personas, son animales acosados -también ahí gana por goleada Spielberg- animales que reaccionan bajo la mayor de las presiones, la muerte, que en batalla viene de frente sin distinguir a nadie.

Spielberg muestra yanquis matando alemanes desarmados en la trinchera. En “la Delgada línea roja” de Terence Malick todo lo relativo a la vulnerabilidad y la mezquindad humana, también la grandeza, bajo el estrés de combate está más claro, por eso es, esta sí, una película de culto. El señor Mendes nos propone unas escenas de bondad british pagada con traición boche –el aviador- o supervivencia extrema del protagonista último ante la torpeza alemana que por exagerada hace perder credibilidad al guion.

La parte antimilitarista le corresponde, como es habitual, a los mandos, inhumanos, el General del principio y, sobre todo, el coronel al final. Ninguno alcanza en su caracterización a la frialdad de los

generales de la magnífica “Senderos de Gloria” de Kubrick, de nuevo muy comentada con ocasión de la muerte de Kirk Douglas, o la más terrible que nos mostraba “Johnny cogió su fusil”, aunque es de nuevo Malick quién más se aproxima al mostrarnos los diversos niveles de implicación mental y moral según los grados militares.

En lo que a combate puro se refiere tampoco “1917” aporta nada espectacular. El plano del asalto final y la trinchera no emocionan, quedan muy lejos del desembarco en la Omaha de Normadía del capitán Miller y sus muchachos; allí uno, encogido en la butaca, puede imaginarse el terror de aquellos hombres abocados a desembarcar bajo una lluvia de fuego, la tómbola de la muerte. Esos minutos iniciales son solo comparables al combate nocturno de Platoon, aquella exitosa peli de Oliver Stone.

En fin, que, a mí, como que no me ha dicho gran cosa esta “1917” de Sam Mendes, ni siquiera que las guerras las desencadenan los políticos, no los militares y pese a que se la dedicase a uno de sus abuelos, participante obligado en la Gran Guerra, que es como en los países europeos se conoce a la I Guerra Mundial.

Raúl Suevos

A 12 de febrero de 2020

Versión en asturiano en abellugunelcamin.blogspot.com


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