martes, 14 de julio de 2020, 19:35
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La verdad de la Revolución

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Conde


Quizás este sea el artículo más corto que escriba, pero no por ello menos interesante ni con menos intención de despertar la conciencia histórica de las mentes de este siglo XXI que se torna cada día que pasa menos luminoso.


Hace 41 años, exactamente un 1 de febrero de 1979, el Ayatolá Ruholláh Jomeini aterrizaba en el Aeropuerto Mehrabad de Teherán, que a día de hoy lleva su nombre, tras 16 años de exilio y siendo recibido por un millón de seguidores suyos. Solo hacía dos semanas que el Shah había huido del país y la situación se tornaba cada día que pasaba más oscura para el Gobierno de Regencia del Primer Ministro Shapour Bajtiar, nombrado por el Shah antes de partir al exilio, quien huiría tan solo 11 días más tarde del regreso de Jomeini, culminándose así la venganza de los revolucionarios islamistas. Bajtiar sería posteriormente asesinado en París en 1991.


Jomeini entonces se dirigió al Cementerio de Teherán y allí, ante todos, anunció que callaría la boca del Primer Ministro y su gabinete si no dimitían, denunció así mismo al Régimen de la Dinastía Pahlavi acusándola de todos los males de Irán y de que el Gobierno de Dios sería el del pueblo. Jomeini se convirtió así en Líder Supremo e Irán se convirtió aquel mismo año en una República Islámica que se proclamó el 1 de abril.


Aquel nuevo gobierno inició enseguida una cruenta y sanguinaria represión y ajuste de cuentas con los que no pudieron huir de Irán; y todavía a día de hoy se le hiela la sangre a uno al leer los números de ejecutados que hubo. Al día llegaron a haber entre 500 y 600 ejecuciones, y los que antaño habían luchado contra el Shah se convirtieron en enemigos del nuevo régimen. Todo monárquico, comunista, Bahái, intelectual o kurdo, homosexual, mujer denunciada por adulterio o que había ocupado un cargo de importancia durante la monarquía desaparecieron y jamás se volvió a saber de ellos.


Durante los primeros 10 años de la revolución y los 10 que estuvo en el poder hasta su muerte en 1989, Jomeini mandó ejecutar al menos a 12.000 personas y en 1988 cuando la Guerra contra Irak tocaba a su fin Jomeini lanzó un ultimátum a los que aún seguían en la cárcel desde la caída del Shah: O bien renunciaban a sus ideales y le juraban lealtad a la República Islámica y al Líder Supremo, o bien serían ejecutados. La respuesta fue una negativa rotunda y fueron ejecutadas 300.000 personas.


Ese fue el verdadero legado de la Revolución Iraní que no solo acabó con los 2.500 años de monarquía absoluta en el país, sino que también privó a un pueblo entero de su identidad cultural e histórica, y de su libertad tanto social, religiosa y política. 


Conde Bevilacqua Benedetti


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