viernes, 5 de junio de 2020, 09:55
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Auschwitz, sinónimo de racismo y desprecio por la humanidad

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Desde que tuviésemos conciencia de las primeras imágenes de restos humanos; o probablemente, de reclusos tan consumidos que parecían esqueletos vivientes; o quizás, de pequeños desharrapados con la numeración de ingreso grabada en el brazo, la designación de Auschwitz, ha pasado a erigirse en uno de los iconos de la barbarie nazi, donde el sufrimiento y la muerte alcanzaron cotas inimaginables.

Durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial (I/IX/1939-2/IX/1945), el régimen nazi y sus cómplices eliminaron a unos seis millones de judíos, entre ellos: hombres y mujeres, niños y niñas, en una tentativa por devastar sistemáticamente a la colectividad judía y a millones de individuos de otros grupos, como gitanos, comunistas y homosexuales.

De cualquier manera, las pesquisas fehacientes de los crímenes perpetrados en estos campos, son únicamente una pequeña apreciación, ya que, en muchísimos sumarios, se pretendió eclipsar los rastros de las rudezas realizadas y, en otros, las sumas de las personas asesinadas evidencian una exigua dimensión de esta desdicha.

Cuando por fin, el día 27 de enero de 1945, fecha que no debemos olvidar, Auschwitz quedó en libertad a manos de las tropas soviéticas, otros tantos campos de concentración y exterminio como Belzec o Sobibor, llevaban tiempo pulverizados. El objetivo principal era descartar, borrar o limpiar cualquier vestigio de las fechorías nazis consumadas, por lo que las SS, el cuerpo de combate a las órdenes de Heinrich Luitpold Himmler (1900-1945), decidieron plantar árboles sobre las fosas comunes.

Pero, los escasos sobrevivientes de Auschwitz, el mayor en cuanto a sus dimensiones, desearon preservarlo como un memorial para las generaciones futuras. Hoy, si existe un recinto consagrado que nos encamine claramente a la conciencia de la humanidad, precisamente ese es, Auschwitz. Por ello, su conservación es vital para velar en pro de una aldea global mejor y más serena para todos.

Principalmente inseguros resultan los barracones de madera que, in situ, se atesoran en Birkenau; porque, en aquel tiempo, no se edificaron para que perdurasen demasiado, sino, más bien, se emplazaron sobre un aprovechamiento minero, con visos a su vehemente destrucción. Lo que ha ocasionado frecuentes caídas subterráneas, que visiblemente han reducido su protección.

Y, no son menos significativos, los miles de objetos personales como instrumentos de rasurar o cepillos de dientes concernientes a los más de 1.1. millón de asesinados; o maletines y equipajes con paraderos de un sinfín de rincones de Europa, testimonian la magnitud de las maldades materializadas, donde sus antiguos propietarios ni tan siquiera tuvieron la oportunidad de reposar en una tumba.

Auschwitz, en el Septuagésimo Quinto Aniversario de su liberación, un lugar macabro, tétrico y mortal, constituye la expansión de la muerte a escalas inauditas, donde la vida humana no entrañaría nada más que un dígito estampado sobre el cuerpo, a la espera de esa ducha mortífera derivada de las cámaras de gas tóxico; o, si acaso, de los hornos crematorios y fosas comunes.

Esta destrucción maliciosamente planeada, permitía exámenes genéticos de esterilidad y eugenesia; o lo que es igual, el retoque de la especie humana con el método racista de selección. E incluso, quienes así lo veían pertinente, se servían de los despojos como materia prima para surtir a la industria.

Es más, kilómetros de cabellos humanos se atestaron para la producción textil.

Y, por si fuese poco lo aquí reseñado, las cenizas de los difuntos se reciclaban para su posterior uso como fertilizantes.

Así, consorcios como Volkswagen, Bayer, Siemens, IBM, IG Farben, Daimler Benz, Krupp, BMW, etc., se sirvieron del trabajo esclavo para aumentar desorbitantemente sus dividendos. Ciertamente, los nazis comenzaron el exterminio como criterio de la incultura, tomando como punto referencial el genocidio de 1.5 millón de armenios realizado en el año 1915, que fijaría las bases del nuevo estado turco.

Pero, Adolf Hitler (1889-1945) sobrepasaría lo presagios más apocalípticos de los textos de ficción, justificando este entramado con el temperamento de una nación opresora, como Alemania, que ambicionaba usurpar el viejo continente para escindir otros mercados y, así, ensanchar la supremacía de sus intereses.

Como literalmente lo precisó el judío alemán Leon Schwarzbaum, preso en Auschwitz en 1943, que aguantó hasta el día 26 de enero de 1945, actualmente a sus noventa y ocho años continúa dando fe de lo que pasó: “Veía a la gente apelotonada en los camiones, llorando, suplicando, pidiendo ayuda a Dios porque eran conscientes de que iban camino de la muerte; esa visión no me ha abandonado nunca”, describe este exprisionero, quien afirmó, que por entonces dejaría de creer en Dios.

Con estos precedentes, se sospecha que las SS y la policía alemana, proscribieron entre 1940 y 1945, al menos, a 1.3 millón de personas a los campos de Auschwitz. Acumulando la cifra más elevada de mortandad de las verificadas; pero, a la par, la más prominente en cuanto a los niveles de supervivencia.

En el intervalo infernal del Holocausto, sólo uno de los campos de concentración marcaba a los penados: Auschwitz. Nada más acceder, los condenados eran asignados con un número de serie, el mismo que se les cosía en sus ropas y que los acompañaría hasta el final de sus días. Únicamente, los nominados para otras labores, se les exoneraba de esta clasificación, a diferencia de los trasladados a las cámaras de gas.

Auschwitz, el campo preferente y próximo a Oseiwcim, una población al Sur de Polonia, se convirtió en el más incipiente. La edificación se inició en abril de 1940 en unos barracones desocupados de las fuerzas polacas, que estaban en un arrabal de la ciudad.

Con frecuencia, las superioridades empleaban a los detenidos para la realización de las operaciones obligatorias de expansión de esta superficie. En el primer año de efectividad, las SS y la policía limpiaron una franja de alrededor de 40 kilómetros cuadrados como “zona de desarrollo”, circunspecta para la explotación exclusiva del campo.

Los prisioneros que estrenaron Auschwitz, englobaban a sujetos de nacionalidad alemana, que habían sido transportados desde el campo de Sachsenhausen en Alemania; si bien, eran recluidos como forajidos reincidentes y cautivos políticos polacos que procedían de Lodz, aunque, con anterioridad habían estado en otros campos como Dachau y Tarnow, pertenecientes al distrito de Cracovia.

Al igual que la amplia totalidad de los campos de concentración germanos, Auschwitz, se confeccionó para desempeñar tres planes de obligado cumplimiento: Primero, encerrar por un espacio indeterminado a los adversarios reales o hipotéticos del régimen nazi y de los mandos de la invasión alemana en Polonia; segundo, proveer mano de obra reclusa para las empresas de las SS afines a la construcción, que a la postre, fabricarían armas y útiles bélicos; y, tercero, desenvolverse como área para ejecutar a grupos escogidos de entre la urbe, cuyo homicidio, según la disposición de las autoridades y agentes, era indispensable para garantizar la seguridad nazi.

Exactamente, como en otros campos, Auschwitz disponía de una cámara de gas e incineración. Asimismo, en el dispensario situado en la Barraca del edificio 10, los médicos de las SS procedieron a experimentaciones e indagaciones pseudocientíficas en niños y gemelos; además, de esterilizaciones forzosas y castraciones en adultos.

Pero, en la realidad e inmersos en pleno siglo XXI con los efectos desencadenantes de la globalización, esta evocación va más allá del acontecimiento histórico en sí. Entre 1933 y 1945, el gobierno alemán consumó la caza metódica y el atentado de los judíos que lo suponía política, racial y socialmente como personas indeseables.

Como ya se ha citado, aparte de la población judía, se acosó a los contendientes políticos, a las personas con discapacidad, a los roma y sinti que se reconocen como gitanos, a los testigos de Jehová, homosexuales, eslavos, comunistas y a quienes estimaban rivales a su régimen.

Es preciso incidir, que algunas de las cuestiones que preconizó la fuerza política nazi para cometer estas atrocidades, quedó vista para sentencia con la pureza racial o en la exclusión de las minorías que valoraban “razas inferiores” y desde las que confluirían, valga la redundancia, otras trayectorias como los judíos, por ser estimados una raza infrahumana; o mismamente, las personas con alguna falta o limitación en las facultades físicas o mentales y contempladas como una carga; como, asimismo, los gitanos, por constituirse a su juicio en una raza inferior; o los homosexuales, por ser libertinos de la sangre; o los testigos de Jehová, por no someterse; o los intelectuales, por alterar las capacidades cognitivas.

No lejos de este escenario irracional, existen dos argumentos, que, sin duda, encarrilaron esta tendencia desenmarañada en la avaricia y la perversidad de las mentes y corazones de los que así lo acordaron. Indicios que se enraizaron crónicamente y se consumaron entre los años 1919 y 1945, respectivamente.

Me refiero, primero, a la tesis que Alemania precisaba ensancharse por doquier, en un corto margen de tiempo, tomémoslo, como a marcha acelerada; y, segundo, con la horripilante tesitura en su percepción de dominio como categoría social construida, denominada raza.

Queda claro y conciso: la raza aria por encima de las restantes y dominándolas.

Luego, llegados hasta aquí, la historia de Auschwitz, no encumbra y enaltece al género humano, sino, que lo degrada a lo más recóndito de la miseria, porque, es una crónica de desesperanza y deshumanización. No obstante, percatarnos de sucesos como este, nos permite discernir del porqué y, posiblemente, de la revelación en que lo fundamental pasa por cultivarnos de los errores cometidos, hasta caer en la cuenta que nunca más se vuelvan a repetir estos hechos.

A la hora de difundir un mensaje humanitario sobre el Holocausto y otros genocidios acaecidos, se han ido interpretado gradualmente los diversos procesos que llevaron a la matanza total o parcial de grupos nacionales, raciales, étnicos o religiosos.

Con los puntos de partida antes expuestos, como el esparcimiento geofísico del dominio vital alemán y la servidumbre categórica social de la raza como coyuntura de eliminación y dominación, este horror se expandió con sus tentáculos en numerosas circunstancias a lo largo de más de doce años.

El primer artificio residió en arrastrar al conjunto poblacional con la fundamentación absurda que los judíos, o séase, tanto ciudadanos alemanes como ciudadanos europeos, no disponían de los mismos derechos y que en el caso más depravado, no eran humanos. Inoculada esta mentira en el raciocinio de los alemanes llamados arios, eran ellos mismos quienes debían tomar la iniciativa del país y proscribir al resto. En adelante, a los judíos se les despojó de sus derechos más básicos, extirpándoseles de lo más preciado: la dignidad.

Así, la reglamentación puesta en escena y la propaganda, se transformaron en los pesos pesados de este entresijo; pero, cuando apenas debidamente maniobraba, se ponía en práctica la maquinaria del espanto. Cómo ejemplo, en 1935 se publicaron las leyes de Núremberg, normalizando el trato y las relaciones entre los alemanes judíos y no judíos; como la ‘Ley de ciudadanía del Reich’; la ‘Ley para la protección de la sangre y el honor’ y la ‘Ley de Protección de la salud hereditaria del pueblo alemán’.

La segunda argucia y, a su vez, emboscada, persiguió asfixiar económica y socialmente al pueblo judío. Las consecuencias no podían ser otras: entre 1933 y 1938, 150.000 personas renunciaron a vivir en Alemania. Sin soslayarse, que los germanos estaban inducidos por un asunto destacado: les incautaron sus pertenencias, arianizándolos, como expresaban propiamente los alemanes.

Inmediatamente, surgieron las congregaciones, como los guetos o exclusiones y las marcas; junto a ellas, en junio de 1941 aparecieron los Einsatzgruppen o comandos móviles de asesinato. Estos eran escuadrones de exterminios itinerantes especiales formados por miembros de las SS, SD y otros componentes de la policía secreta, que comparecían en la retaguardia del ejército alemán, arrasando a los judíos de la URSS, gitanos y enemigos políticos mediante ejecuciones sumarias.

Desde aquí, nos encaminaríamos a lo que cruelmente más tarde habría de suceder en los diversos campos de concentración.

Hoy, bajo la macabra inscripción “arbeit macht frei”, que traducida al castellano significa “el trabajo os liberará”, habida cuenta del luctuoso destino que tuvo para los que la traspasaron, aun encabeza la entrada del campo de Auschwitz, donde subyace la consternación de un sinnúmero de insensateces y abusos con una ferocidad sin límites en su realización, hacen de esta efeméride pura ironía.

Setenta y cinco años después y en clave a sus tendencias, los imperialismos atribuyeron un enfoque desvirtuado del Holocausto judío.

Me explico, durante aquellos trechos, el presidente de los Estados Unidos de América, don Franklin Delano Roosevelt (1882-1945) cerró a cal y canto la frontera, obligando a los refugiados que escapaban, a regresar al supercontinente euroasiático; tal y como ocurrió, con los miles de judíos embarcados en el crucero San Luis, que no les quedó otra que retornar a sus patrias de origen, donde se toparon como en Auschwitz, con la muerte más monstruosa.

Para el colmo de los colmos, Roosevelt apaciguó a las formaciones obreras y populares que mostraban su apoyo y adhesión a los judíos, frente a la delegación alemana a demandas de una burguesía imperialista “aislacionista”, que todavía no había decidido su irrupción en la guerra.

De la misma forma, Francia e Inglaterra obstaculizaron sus puertos marítimos, mientras oficiaban con Hitler el Acuerdo de Múnich (30/IX/1938) en pos de “seguir viviendo tranquilos y felices”, tal como exteriorizó el primer ministro británico don Arthur Neville Chamberlain (1869-1940).

Un desprecio a los judíos en toda regla, que desde 1933, se hallaban desposeídos del rango de ciudadanos alemanes por los capítulos raciales en Núremberg, escalando su momento máximo en 1938, con los violentos progroms anti-judíos por la Austria anexada y las áreas de los Sudetes de Checoslovaquia, recientemente ocupadas por las tropas alemanas, que causaron más de 100 muertes y que desintegró miles de hogares, negocios y templos. Proscribiendo compulsivamente a más de 30.000 judíos a los campos de concentración de Sachsenhausen, Buchenwald y Dachau.

Sí, este es efectivamente el sarcasmo de esta evocación, porque los mismos actores democráticos que entregaron el destino de los judíos al atropello del despropósito nazi, fueron los que se valieron de los tormentos injustificables de un pueblo totalmente abrumado, hasta llevarlos al lastre que desde entonces los acompaña.

De todo lo aquí expuesto honestamente, difícilmente puede quedar en el anonimato los caminos salpicados de sangre por los que experimentaron un castigo indigno ante la confabulación de los aliados, que perfectamente sabían lo que allí estaba ocurriendo. Sin embargo, optaron por hacer oídos sordos hasta la conclusión de la guerra.

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Pasos tenebrosos con rumbo a las cámaras de gas y otros artificios, por los que transitaban colas inacabables de vidas colmadas de vitalidad, que pronto se emolerían por los nazis con la intención abominable de no dejar pistas de este drama.

Entre las paredes, muros y alambradas de Auschwitz, permanecen miles de historias desbaratadas que han quedado sin contar. Relatos de hombres, mujeres, niños y niñas, confinados y asesinados por la excentricidad de alguien que de ningún modo conoció la diversidad y la tolerancia.

Pero, también, de aquellos que tenían la ocupación espeluznante de desocupar las cámaras de gas y calcinar a sus propios camaradas, con el que segundos antes, había compartido las lágrimas del desconsuelo más atroz.

Consecuentemente, dentro de las cuantiosas secuelas que persisten de este disparate que sólo brota de la mente retorcida del hombre, concurren enseñanzas que esta conmemoración quiere hacer presentes.

Tal vez, constan dos, que inexcusablemente deben ser redimidas.

Primero, la elección de la empatía concebida como la capacidad de percibir, compartir y/o inferir en los sentimientos, pensamientos y emociones de los demás, deduciendo que la diversidad en las sociedades, cuando se admite, implica un enriquecimiento colectivo. Esta experiencia genuina, la identificamos como tolerancia.

Y, la segunda, la memoria como praxis esencial del aprendizaje; porque, con ella, hacemos nuestra esa historia que pertenece a una raza, nacionalidad, etnia o religión. Impidiendo reincidir en posibles errores, y si se volviesen a repetir, aquellos y aquellas que conocemos las debilidades y fortalezas, podremos poner ese minúsculo granito de arena, para que la indiferencia no vuelva a anticiparse.

Alfonso J. Jiménez Maroto

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 27/I/2020.


Las dos fotografías que acompañan a dicho texto, han sido extraídas de National Geographic de fecha 19/I/2020, la breve reseña insertada en la imagen iconográfica es obra del autor.




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