viernes, 29 de mayo de 2020, 15:58
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La huella indeleble de España en el nacimiento de los Estados Unidos de América

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La numerosísima Historia que aglutina España engloba grandes territorios e insólitos hitos, uno de ellos, considerado de gran calado y bastante ignoto en su trascendencia hasta nuestros días; me refiero, al nacimiento de los Estados Unidos de América y al inmenso respaldo de los castellanos en su devenir.

Sin duda, este acontecimiento junto a otros muchos que se han ido sucediendo durante las centurias, como sus antecedentes y el enorme alcance que tomó entre España y EE.UU., son motivo de gran satisfacción en las relaciones económicas, políticas, comerciales y culturales que actualmente nos hermanan.

Luego, sin dilación y con el propósito de ayudar a rescatar esta parte de la memoria de un pretérito glorioso del que formamos parte, este relato pretende reavivar algunos de los puntos que tuvieron especial realce y, simultáneamente, rendir homenaje a quiénes participaron en la extraordinaria implicación española de la Independencia norteamericana.

Para ello, es preciso partir de la base que los continentes y océanos de aquellos tiempos, alegóricamente, eran un inmenso tablero de ajedrez; donde las potencias advertían con énfasis los movimientos de sus contendientes y todos, a fin de cuentas, ejecutaban su jugada maestra. De manera, que Inglaterra consolidada como la potencia hegemónica que se adentró en el conflicto con sus colonias, Francia, ya en la región y sin territorios, se incorporó de inmediato en la confrontación.

Mucho más circunspecto y discreto, en plena Ilustración, entre la segunda mitad de los setenta y la primera de los ochenta del siglo XVIII, Su Majestad el Rey Don Carlos III (1716-1788), decidió aguardar mientras restablecía la enflaquecida administración y economía española, así como poner orden en las colonias y desalojar a los ingleses del Centro y Sur de América. Porque, el combatir abiertamente a este gran rival, presupondría un disparate militar y político.

He aquí la complejidad del monarca por la situación delicada en la que se atinaba España: Por una parte, concurría la tesis del Conde de Floridablanca, don José Moñino y Redondo (1728-1808), que aconsejaba proseguir neutral, so pena de desatarse un efecto dominó de independencias en las colonias españolas americanas; por otro, el Conde de Aranda, don Pedro Abarca de Bolea y Ximenez de Urrea (1719-1798), embajador español en París, vislumbraba en el apoyo a las Trece Colonias una ocasión propicia para reconquistar Gibraltar.

Determinantemente, tuvo más fuerza la teoría del Conde de Aranda y ya en el año 1779, España hizo su declaración de intenciones, haciendo la guerra a Gran Bretaña.

Desde este instante, nada sería lo mismo en la Independencia de las Trece Colonias (1775-1783), porque, Inglaterra estaba forzada a fraccionar sus esfuerzos en el Canal de la Mancha contra los francos, o en el Mediterráneo con España y el Golfo de México, donde años antes habían desposeído a los hispanos de algunas de sus plazas, como es el caso de Pensacola.

En tanto, en el Norte del continente americano, el general don Bernardo de Gálvez y Madrid (1746-1786), en calidad de gobernador de Luisiana y virrey de Nueva España, canalizó el apoyo español salvando el río Mississippi hasta los frentes rebeldes de Rogers Clark en el Noreste, organizando un ejército de criollos, indígenas, afroamericanos liberados y soldados españoles, al que se unieron unos cientos más provenientes de Cuba, México, Puerto Rico y Venezuela.

En 1780, la Guerra de la Independencia ya tenía entre sus garras a las tres grandes fuerzas contrincantes como España, Francia e Inglaterra junto a sus territorios y aliados en cada frente.

Tal, sería la repercusión en la concatenación de los hechos que se sucedieron, que numerosos historiadores han apuntado que, en realidad, lo que allí sobrevino era algo así, como la primera guerra mundial. Estando en juego, la supremacía del comercio marítimo internacional, en el que España llevaba la voz cantante, gracias a su control en el Atlántico y Pacífico. En cierta manera, el dominio en la mar era vital en un espacio que, por aquel entonces, marchaba en régimen de monopolios y embargos comerciales que estaban al orden del día.

Uno de estos integrantes estrategas y ya citado en esta partida global, residió en el conde de Aranda, a quién no le pasó inadvertida la obcecación británica por abrirse paso en la parte del océano mundial de mayor extensión de la Tierra, como el Pacífico. Con el plano en la mano, acabó por adivinar los objetivos ingleses de abrirse paso en estas aguas turbulentas, mediante un canal a través de Nicaragua.

En definitiva, nos topamos ante un acometimiento ceñido a tres bandas y en diferentes teatros operacionales con nuevos conceptos, frente a rencores y viejas aspiraciones.

España, a remolque de la Francia de Luís XV (1710-1774) y después con Luís XVI (1754-1793), por los vínculos de los Pactos de Familia (1733-1789), destacó excepcionalmente en la lucha por la Independencia, proporcionando un importante apoyo financiero y humano, que a posteriori referiré. El choque de placas entre España e Inglaterra, su enemigo secular, curiosamente, benefició a Francia, que expresamente secundó esta causa.

Con estas pinceladas que retratan este escenario y los actores implicados, se emprende un recorrido en el tiempo durante los siglos XVI y XVII, con el llamado grupo de las Trece Colonias, que fueron las que inicialmente clamaban ‘la madre libertad’.

El alumbrar de los EE.UU. como uno de los episodios más grandilocuentes y reveladores que sella un antes y un después en la última etapa del segundo milenio e inicios del tercero, estaba emplazado a ser protagonista en cada uno de los ámbitos de la sociedad humana. Sin soslayar, que, en el curso del siglo XVIII, simbolizó un precedente de lo que terminaría convirtiéndose en el primer enjambre descolonizador, que abarcó media centuria más tarde al resto del continente.

Así, desde la visión europeísta, esta gran extensión de tierra llamada América, se cimenta en uno de los tableros de ajedrez más importantes del planeta, en el que se concentran intereses estratégicos, militares, políticos, económicos, sociales e incluso religiosos, que se alinean de una y otra parte.

Evidenciándose la notabilidad, en las relaciones del primer presidente de los Estados Unidos don George Washington (1732-1799), con diplomáticos, militares, empresarios, ganaderos y agricultores y el monarca Don Carlos III, que, con su predisposición ascendente en esta causa, sería uno de los principales promotores por la defensa de las Trece Colonias, que, a la postre, se erigirá en la primera potencia mundial.

A partir la Guerra de Sucesión española y la firma del Tratado de Utrecht (1701-1713), que abre la entrada a las Indias, surcando por la ‘Guerra del Asiento’, también conocida, como ‘Guerra de la Oreja de Jenkins’ (1739-1748) y, posteriormente, la ‘Guerra de los Siete Años’ (1756-1763), innumerables pugnas irán limitando los designios de Londres, Madrid, París, Ámsterdam, Lisboa, San Petersburgo y Copenhague.

La ilación entre estas disyuntivas, como el cambio de proceder británico para con sus intrigantes súbditos transatlánticos, unido al despertar de una conciencia nacional en algunos sectores de la sociedad norteamericana, pero, sobre todo, la inmensa contribución de España a la Independencia que pretendo resaltar, es la razón de ser, para que las Trece Colonias británicas de América del Norte se desvinculasen de Inglaterra y, definitivamente, se convirtieran en la República Federal de los EE.UU.

Toda vez, que la creación de una nación que encandilaron entre otros, don George Washinton, don John Adams (1735-1826), don Benjamín Franklin (1706-1790), don Thomás Jefferson (1743-1826) o don Alexander Hamilton (1757-1804), el papel de España fue irrefutable como potencia principal, a pesar del quebranto que conjeturó en el continente el avance colonial de otras dominaciones; o del derrumbamiento de algunas de sus estructuras de inspección colonial, como el control exclusivo de la Corona española en las relaciones comerciales con las Indias y la proliferación de la piratería y el contrabando.

Por ende, nos atinamos ante una población que deja de ser una agrupación de colonias bajo la opresión de Gran Bretaña, para convertirse en la principal potencia de las últimas décadas, armonizando una hoja de ruta destacada en la política internacional del agitado siglo XX. Sobresaliendo a más no poder una multitud de intelectuales, artistas, literatos y genios de gran peso, que grabaron su nombre con letras de oro en el frontispicio de la historia del mundo.

Sin embargo, si nos situamos en las coyunturas de su florecimiento como territorio independiente, ocurre que frecuentemente se tiende a considerarlo como un proceso cuyos ejecutantes cardinales, caería en los hombres y mujeres que residían en las colonias, hasta que se levantaron en armas rechazando la tiranía.

Inicialmente, estas posesiones conservaban sistemas de gobierno muy similares; cualesquiera de ellas, bajo la atribución de la iglesia inglesa protestante. Si bien. no eran las únicas propiedades británicas en la zona, pero, sí que eran las que más autonomía monopolizaban, disponiendo de un método electoral para el nombramiento de alcaldes. Alcanzado el año 1750, los colonos que habían nacido y prosperado en estos campos, demandaban menos de la metrópolis, invocando su identidad y como tales, haciendo crecer sentimientos patrios americanos, exhortando mayor representación y autogobierno.

La irrisoria atención que los ingleses habían dado a estas peticiones, indujo a un sin número de clamores que inexorablemente animaron a la revolución, culminando con el establecimiento de un Congreso Continental y la consabida Declaración de Independencia en 1776.

En este contexto, en los que el influjo de las ideas revolucionarias procedentes de Francia iban en aumento, la prosperidad económica de las colonias enriquecidas por el constante auge de la industria y el comercio, pero, principalmente, por las sensaciones de unidad impuestas entre los colonos, aun así, permanecían aquellas tropas de rancheros que se ausentaban de sus tareas pecuarias, para sumarse a una milicia improvisada e insuficiente que aspiraba derrotar a toda una maquinaria bélica como la inglesa.

No quedaba otra, que trasladar al viejo continente una comisión dirigida por el político estadounidense don Benjamín Franklin, para tantear una posible ayuda de las dos potencias contrarias a las discordias de Gran Bretaña: España y Francia. De ello se desprende, que ambas dinastías borbónicas admitiesen secundar este entresijo rebelde, disponiendo su colaboración y comprometiéndose a no proceder por separado.

Inmediatamente, el comandante en jefe de las Trece Colonias de América del Norte y más adelante, primer presidente de Estados Unidos, Washington, recibía un comunicado urgente que alteraría el orden de los factores: ‘la España de S.M. el Rey Don Carlos III ha declarado la guerra a Inglaterra, en apoyo de la causa emancipadora’.

Tras las consultas pertinentes de Franklin con el embajador en París, el conde de Aranda y Arthur Lee en Burgos y Vitoria con el ministro Grimaldi y Pallavicini, España aumentaba el grado de sus aportaciones. Abriendo brecha por La Habana y sus puertos en el Mississippi, enviando considerables partidas de lo que se hallaba tan falto el ejército rebelde, como armamento, cartuchos, pólvora, tiendas de campaña, mantas, prendas militares, víveres, medicamentos, etc., y el correspondiente avituallamiento.

Al mismo tiempo, España remitiría sumas sustanciales de dinero en forma de empréstitos o préstamos, a favor del gobierno provisional de las Trece Colonias. El primer desembolso es concretado con un millón de libras tornesas, a los que le preceden otros a modo de fondos que son canalizados por el político, diplomático y financiero español don Diego María de Gardoqui y Arriquibar (1735-1798).

Conviene destacar, que nuestro país estaba sumido en una profunda crisis económica, con lo que el gesto de sufragar la campaña americana presumiría un esfuerzo titánico, debiendo recurrir a las posesiones americanas. Es incuestionable, que la totalidad de la América Hispana se accionó en una especie de llamamiento decidido por la Independencia y el nacimiento de los Estados Unidos de América.


Al nivelarse, poco más o menos, el ejército americano, empezó a cosechar sus primeros frutos con la victoria en la batalla de Saratoga (1777), lo que alentó a Francia a respaldar la liberación de las colonias, aunque, casi más, como una cuestión exclusiva contra los ingleses. Las importantes mermas que el imperio británico había causado en las arcas hispanas en la Guerra de los Siete Años, eran más que un pretexto para aliarse con los franceses, quiénes, del mismo modo, pretendían minar a estas fuerzas.

Uno de los recursos preferentes empleados y que prosperó favorablemente en el desenlace perentorio de la Independencia, radicó en el carácter demostrado por la Real Armada española; una flota preparada para neutralizar la columna vertebral de los navíos ingleses, que hasta aquel momento eran inexpugnables.

Primeramente, don Luís de Córdova y Córdova (1706-1796), iba a ser quien desatascara el Canal de la Mancha de buques británicos; un empeño que desde tiempos de Felipe II con la ‘Armada Invencible’, nadie había logrado. En esta ocasión, tampoco sería posible, al quedar desbaratada por las duras condiciones climatológicas y la desolación de una enfermedad infecciosa que, irremisiblemente, castigó duramente al contingente, dejando una estampa virulenta de quince mil fallecidos.

Nuevamente se enfatizaría la figura de Córdova, quien en 1780 marcaría el acontecer de las Trece Colonias con una intervención más que sobresaliente; consiguiendo contrarrestar un doble convoy de embarcaciones británicas, o lo que es igual, sesenta y tres buques que navegaban con rumbo a los protectorados americanos.

Mayor magnitud adquirió este suceso, al descubrirse que en el interior de sus bodegas se transportaban diversos pertrechos y abastecimientos, como armas de fuego, pólvora, útiles navales y vestuario, dispuestos para la pronta ofensiva; además, de más de mil libras esterlinas para asignaciones.

Indiscutiblemente, estas pérdidas inesperadas, minaron como no podía ser, la moral del ejército británico.

De igual forma, no declinaría el acérrimo espíritu combativo de los hispanos por sus dominios en Europa; pretendiendo en cualquier resquicio la recuperación de Gibraltar y Menorca, que habían sido asediadas en la Guerra de Sucesión tras el fallecimiento de S.M. el Rey Don Carlos II (1661-1700). Por fin, en 1781, la Isla de Menorca se rindió, anexionándose a España; habían transcurrido ochenta años desde su ocupación.

Otra aportación con rastro exclusivamente español, se refiere a Bernardo de Gálvez, teniendo una brillante actuación militar al defender con uñas y dientes la cuenca del Mississippi. Para ello, hubo de impedir que compareciesen los refuerzos ingleses que estaban prestos a intervenir en la Batalla de Yorktown (1781); conjuntamente, obtuvo la rendición en las posiciones estratégicas de Mobila (1780) y Pensacola (1781).

Téngase en cuenta, que, en aquella época, La Habana en propiedad de España, se convirtió en el centro operativo de apoyo hispano a los colonos. Precisamente, era aquí, donde se recomponían y dotaban las naves de guerra americanas y, mismamente, se incorporaban e instruían las tropas para la guerra.

En virtud, del Conde de Aranda, embajador en París e impulsor del beneplácito español a la Independencia, documentalmente podemos percatarnos que esta cooperación supuso 30.000 mosquetones y bayonetas; 512.314 cajas de munición; 251 cañones; 300.000 libras de pólvora; 12.868 granadas; 30.000 uniformes y 4.000 tiendas de campaña. Amén, de los 11.000 soldados uniformados con el escudo de Castilla, a diferencia de los 4.000 ofrecidos por Francia.

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En consecuencia, mucho se ha escrito sobre la Independencia de los Estados Unidos, una conflagración que se prorrogó durante ocho años (1775-1783), aunque la versión convencional de los historiadores estadounidenses, tiende a puntualizar la revolución como una cuestión meramente doméstica, distante a las mecánicas de dominio internacionales y que sorprendentemente prescinde las contribuciones de otros a este proceso, como excelentemente aconteció con España.

Contrariamente a que los estadounidenses enaltezcan a Francia como el aliado intachable de las Trece Colonias, bien es cierto, que, sin haber entrado demasiado en profundidad en estas líneas, la inmensa solidaridad justificada por parte de España y que se ha omitido de forma premeditada, supuestamente podría incumbir en dos prejuicios infundados: Uno, fundamentado en la competencia que ambos estados desenvolvieron en años sucesivos; y dos, vinculado con la desestimación americana a las fuentes históricas en lengua no inglesa.

Una vez ganada la Independencia de los Estados Unidos de América, el Reino de España resultó ser un impedimento para el esparcimiento de la nueva nación al Sur, hacia Florida y Luisiana, convirtiéndose lamentablemente en adversario. Acaso, imbuido por supuestas causas culturales y religiosas; pero, a pesar de lo cosechado por este país en favor de otros, lo que aquí se reseña para gloria de España, forma parte de lo que hoy encarnamos como un gran Estado social y democrático de Derecho, que debería ser divulgado y acreditado como merece.


Alfonso J. Jiménez

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 03/VIII/2019. Las dos fotografías que acompañan a dicho texto, han sido extraídas de National Geographic de fecha 18/VII/2019, la breve reseña insertada en la imagen iconográfica es obra del autor.




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