domingo, 26 de enero de 2020, 16:39
Elmonarquico2015
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Navidad en Amor. Legado de su mensajero, Jesús

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Marife de Miguel 1

Un año más, nos dejamos envolver por una nueva Navidad que añadiremos a nuestras vivencias. Pese a que parezca que todos los años es lo mismo, y a menudo escuchemos esa coletilla al acercarse estas fechas, cada año, sin embargo, es diferente, pues cada momento de nuestra vida es único y especial. Nuestra voluntad y nuestra decisión es exclusiva, personal e intransferible. La forma en que decidamos vivir cada acontecimiento que se nos presenta es lo que marca la diferencia entre una vida sumida en la inconsciencia de nuestros actos o la presencia y disfrute de cada uno de ellos. 


La Navidad para algunos de nosotros es un tiempo de celebrar el acercamiento al hogar, el momento del año en el que detenemos el reloj que avanza veloz entre los múltiples quehaceres que sobrepasan el tiempo del que disponemos, para dedicar estos días a comprender el sentido más profundo de nuestra existencia. Sentir revivir unos lazos de unión y amor con los seres que hemos escogido en nuestro universo familiar, compañeros de vida, familia y amigos, estrellas que brillan en nuestras vidas con luz fulgurante con quienes compartir el viaje en este mundo contradictorio entre lo maravilloso y lo espantoso y sin cuya presencia este transitar sería, tal vez, un poco más penoso. El sentido más profundo de la Navidad es entender que lo más importante radica en el acercamiento entre las personas, yendo un poco más allá, acercar los corazones, abrir el cofre en el que se encierran protegiéndose en instintiva supervivencia para experimentar en estos momentos la dicha de sentir la belleza de sentimientos que albergamos y nos cuesta expresar en libertad, pues convivir con nuestros semejantes en ocasiones es una lucha sin cuartel en la que el órgano más vulnerable, el corazón, aprende a protegerse y blindarse. La Navidad concede una tregua y nos permite experimentar la gloria de amar ausente de condicionantes y así, una vez sentido en lo más profundo de nuestra esencia, una vez impregnados de este sublime sentimiento, convertirlo en permanente actitud cada uno de los días del resto del año venidero. Sin embargo los tiempos y sus demandas han diluido de nuestro horizonte este sentir y nos han ido sumiendo sin que apenas nos apercibiésemos de ello en la demencial trama que mueve el mundo a un nivel desorbitado, de forma que como piezas de una maquinaria titánica somos parte del engranaje que ha tornado la Navidad en aquello más alejado de su verdadero espíritu. Y obedecemos cual autómatas al dictado de un negocio lucrativo sin parangón. 


Es necesario gastar nuestro dinero porque nuestra vida es un equilibrio entre ganancia y gasto, es necesario cubrir unas necesidades básicas y por qué no, es necesario permitirse el placer de darse un capricho o varios que colmen nuestros deseos, pero lo que no es prudente es perder el sentido del equilibrio entre lo necesario y lo superfluo y vacuo y dejarse cegar por tantas luces que en esta época se multiplican en escaparates, calles y locales de forma que como si una venda nos anulase los sentidos nos encontrásemos inmersos en una especie de fiebre consumista que se alargará más allá del fin de estas celebraciones. Pues no es el fin de la Navidad semejante objetivo, o no debería serlo, la Navidad no tiene nada que ver con la superficialidad y artificiosidad del gasto, sino con el reencuentro en lo más profundo de nuestro Ser de nuestra verdadera esencia divina. 


Tal vez detenernos en calma para escuchar a nuestra sabiduría más profunda e innata nos devuelva la clave de un sentir y poco a poco se despliegue ante nosotros la certeza que nos muestre que el gasto desmesurado y el negocio en que algunos han convertido la Navidad es artificioso y adulterado y como todo lo falso, cuando su tiempo concluye nos deja un vacío interior que no comprendemos, porque lo que realmente hemos de llenar, no es solamente la casa de cosas, o la mesa de manjares sino que a ello debe acompañar llenar el alma, el corazón, el contacto humano, las manos que se encuentran y los abrazos sentidos, escuchar los latidos acelerados de aquel o aquella a quien la distancia o el tiempo nos privó de su presencia. Los recuerdos de algunos encuentros y conversaciones, risas y complicidades que se atesoran serán lo que una vez concluidas las fiestas perdurará y nos provocará la sonrisa involuntaria, haciéndonos sentir de nuevo aquello que nos colmó de dicha. No es necesario fingir, sino permitir que las cinchas se aflojen, que el sentir más perfumado de amor que vive en nuestro corazón trascienda y mane hasta rebosar. 


Es éste el mensaje que expresó aquel a quien se venera en Navidad, a un hombre bueno, humilde y sabio que Rey de Reyes y Maestro de Almas nos legó un único y valiosísimo mensaje: “Amaos los unos a los otros”. Jesús no necesitaba muchas palabras para iluminar a quien le escuchaba y escucha. Tampoco grandes templos ni por supuesto ostentación de ningún tipo. El alma, a quien él dirigía sus mensajes de amor y paz entiende, su idioma se eleva por encima de las palabras, anida en los ojos y en algo que no se ve pero se percibe. 


El paso del tiempo e indagaciones sobre su época y persona arrojan nuevos datos sobre su vida y hacer. Sabemos ya y se están llevando a cabo investigaciones científicas que tratan de demostrar que probablemente no nació en esta fecha, que su familia fue más amplia y pródiga, que ni siquiera la cuna de su nacimiento fue Belén, y somos conscientes de la manipulación de sus palabras por quien carentes de escrúpulos supieron ver un medio de alcanzar fines menos loables y un lucrativo uso de la fe para manejo y adoctrinamiento alejado del verdadero mensaje que el niño Dios nos legó: Amor.




El hecho de que lo que nos ha llegado y celebramos no coincida con la verdadera realidad de un hombre en íntimo contacto con la divinidad es, en el fondo, irrelevante, son hechos y circunstancias que situaron a una figura con un mensaje superior en un contexto histórico, familiar y personal determinado. Si fue diferente a lo que hemos asumido como verdad desde generaciones atrás y se nos ha contado. ¿Realmente importa?. No solemos detenernos a reflexionar acerca de por qué creemos lo que creemos o hacemos lo que hacemos. El mundo nos llega ya lleno de costumbres, pero pocos buscan alguna vez entender su origen. Generalmente las aceptamos sin cuestionar, hasta que algo nos induce a hacernos preguntas y comienza un apasionante viaje por el Camino del desaprender para reaprender. Entendemos entonces que lo verdaderamente trascendente es y fue el mensaje al mundo, el de antaño, el de ahora y el de cualquier tiempo futuro de un hombre que nació de mujer, ungido con la Luz Divina. Mostrar que el único y más precioso tesoro es incorpóreo, que el templo más grandioso late en nuestro pecho y que es en él donde han de depositarse las ofrendas más valiosas, y que es a él a quien debemos cuidar, limpiar, reparar, proteger, colmar de ofrendas de comprensión, tolerancia, paz, serenidad, perdón, humildad, alegría, dicha y celebración de la vida y que es a él a quien debemos tornar la mirada cuando la vida nos golpea, como a Jesús golpearon látigos hacia la Cruz donde pereció por mantener en sacrificio de entrega de su propia vida su mensaje de amor y aún en su último alieno, su fe permaneció incólume.


La fecha del 24 de diciembre cercana al solsticio de invierno era la época en que la tradición pagana celebraba la noche más larga del año, pues a partir de ese momento las horas de oscuridad menguaban ante la presencia de la luz, que se imponía día tras día. Crecían estos y simbólicamente la Luz vencía a las tinieblas. Era el momento ideal para que María alumbrase al Portador de Luz. Roma por aquel entonces celebraba en estas fechas las Saturnales y fue el emperador Constantino quien tornó aquellos festejos en festividad cristiana, como tantas otras que fueron supliendo los ritos paganos o de tradiciones pre-cristianas por celebraciones religiosas que nos han llegado hasta nuestros días.


Nuestra Navidad, trasciende la religiosidad, va más allá, pues hemos llegado a sentir su verdadero espíritu y cual estrella nos guía hacia una humilde cuna, pues en esa humildad y sencillez, sin ornamentos ni brillos que nos distraigan se encuentra aquello más limpio y puro, nuestra esencia divina. El Niño Dios nos lo muestra llegando al mundo despojado de todo, excepto de lo más importante Amor.


Que el sentido profundo de la Navidad nos acompañe cada uno de los días de nuestra vida.




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Autora: Marifé Miguel García

Licenciada en Derecho

Dama Gran Cruz de la H.N.M.E.
















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