jueves, 13 de diciembre de 2018, 07:36
Elmonarquico2015
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Murit Mihai I de Rumanía

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El pasado día 5,  falleció en su residencia privada de Aubonne, en Suiza, el Rey Miguel I de Rumanía, debido a una delicada salud por una leucemia crónica y cáncer de piel, detectado en el año 2016, que le obligó a ceder la “corona” a su hija Margarita. Su fallecimiento deja una huella imborrable en la Historia reciente de Rumanía y en la de casi todos los reyes vivos pues, con la gran mayoría de ellos, estaba emparentado. 


Nació el 25 de octubre de 1921, en el palacio de Siania, la residencia de los monarcas rumanos. Era hijo del controvertido príncipe heredero Carol de Rumanía y de su esposa, la princesa Elena de Grecia (Foto izquierda), siendo nieto de los reyes de Rumanía, Fernando I y la famosa María de Edimburgo, y de los reyes de Grecia, Constantino I y Sofía de Prusia. Por lo tanto, Miguel estaba emparentado con los monarcas de Grecia, Dinamarca, Rusia, Alemania, Reino Unido y Austria, siendo tataranieto de la gran Victoria de Gran Bretaña y del rey Cristian IX de Dinamarca (los llamados “abuelos de Europa”), primo del rey Constantino II de Grecia, “el primo favorito” de la reina emérita doña Sofía. Así mismo, era primo tercero de Isabel II de Inglaterra, del rey emérito don Juan Carlos, del rey Carlos Gustavo XVI de Suecia, del rey Harald V de Noruega o de la reina Margarita II de Dinamarca.


En aquel momento, en un país tan controvertido por el devenir histórico de la época, reinaba su abuelo Fernando, con una salud muy deteriorada. Los nuevos tiempos tras la Primera Guerra Mundial, pusieron en jaque a muchas monarquías, y más las de Europa del Este, tan cercanas a la Unión Soviética, que había acabado hacía relativamente poco con trescientos años de gobierno de los Romanov. Muchos políticos rumanos tenían serias dudas sobre la capacidad del heredero, más preocupado en sus affaires, con sus amantes, que en cuestiones políticas.


Con tan solo cuatro años de edad, Miguel vio como su padre lo abandonaba. Aprovechando que fue enviado a Londres por la muerte de la reina madre Alejandra del Reino Unido, decidió quedarse allí, donde conoció a la que fue el amor de su vida, Elena Magda Lupescu. Mientras, en Rumanía, el rey Fernando, cansado de los despropósitos de su hijo, convocó un Consejo en el cual se estableció que el heredero al trono sería su nieto Miguel, saltándose una generación.


En 1927, con tan solo seis años, fue coronado Regele Românilor (rey de Rumanía), a la muerte de su abuelo. Él, que se pensaba que lo había dejado todo bien atado, estipuló antes de su muerte un Consejo de Regencia presidido por el príncipe Nicolás (cuarto hijo del monarca fallecido), el patriarca de la Iglesia ortodoxa rumana Miron Cristea (los reyes de Rumanía eran los únicos monarcas Hohenzollern ortodoxos) y el presidente del Tribunal Supremo, Jorge Buzdugan.


Todo se desmoronó a la muerte de Ionel Bratianu, líder del Partido Nacional Liberal. No obstante, en esos momentos, Rumanía vivía un auge económico, como ocurrió en muchos países en los “Felices Años 20”, que modernizó el país y trajo mejoras industriales en los medios de producción y en la exportación de petróleo. Pero, en el año de la Gran Depresión, producida por el Crack del 29, el descontento se apoderó del país y los opositores del Gobierno llamaron al padre del rey, que vivía en el exilio en Francia. A raíz de ello, Miguel fue depuesto como monarca y su padre ascendió al trono como Carol II, teniendo que dejar a su amante y regresar con su esposa. Miguel fue nombrado nuevamente príncipe heredero y gran voivoda de Alba-Iulia.


Miguel, apartado de la vida política, empezó a recibir una educación digna de un príncipe de la época, con preceptores privados y muy dirigida al conocimiento de diplomacia e idiomas. Pero pronto, sufrió los reveses de su padre, ya que exilió a su madre, que se fue a vivir a Florencia, y trajo a Bucarest a su amante. Desde ese entonces, el pequeño Miguel solo veía a su madre algunas semanas al año.


El caótico reinado de Carol II dio unos 37 gobiernos en sus escasos años en el poder. Así, entre políticos y tecnócratas, el 10 de febrero de 1938, Carol II, firmó un real decreto en el que nombraba al patriarca, presidente del Gobierno. Unos días más tarde, eliminó de un plumazo todas las asociaciones y partidos políticos, permitiendo la creación a finales de 1938, el Frente Nacional del Renacimiento, que se definía como “la única organización del Estado”. Con 18 años, tal y como establecía la Constitución, el príncipe Miguel se unió al Senado para poder en práctica sus labores políticas.


Internacionalmente, Rumanía había caído bajo la influencia germano-italiana. El propio Miguel conoció personalmente a Hitler y a Mussolini (a este último en sus visitas a su madre en Italia). Rumanía pasó a ser un país títere bajo la influencia de Hitler y, por ejemplo, como resultado del pacto Ribbentrop-Molotov, entre los soviéticos y alemanes, había una cláusula secreta en la cual se establecía que el reino rumano cedía a la URSS Besarabia y Bucovina. En política interior, se formó una camarilla que rodeaba al rey en plena crisis económica y que empezó a controlar la mayor parte de la industria. Para no entrar en más detalles políticos, el rey, el 6 de septiembre de 1940, fue obligado a abdicar en su hijo, de tan solo 19 años, y huir, pasándole la corona de un país que se encontraba en una gran encrucijada.


Miguel fue proclamado rey sin jurar la Constitución, porque estaba abolida, y sin aprobación parlamentaria (el Parlamento no se reabrió hasta 1946), pero sí fue coronado con la corona de acero y ungido por el patriarca Munteanu, en la catedral de Bucarest. Sin embargo, legalmente él no tenía muchos poderes, solo los que le daba el ser jefe supremo del ejército y el de “designar” al primer ministro, que recibía plenos poderes y era nombrado “líder”.


Así, se encontró en una convulsa confluencia, ya que, al Oeste, el Partido Nazi le presionaba, y en el Este, la Unión Soviética le estaba comiendo terreno. Todo esto, en plena crisis económica y social rumana.


La Segunda Guerra Mundial ya había comenzado e Ion Antonescu, que fue el que obligó a abdicar a Carol y era el verdadero jefe de Rumanía, firmó una alianza con los fascistas de Mussolini y los nazis de Hitler, arrinconando al rey a una mera figura simbólica y decantando la política de Rumanía al extremo más radical. Con la ayuda de los nazis, Rumanía se aventuró a declarar la guerra a la Unión Soviética e intentar recuperar los territorios perdidos anteriormente, provocando una gran pérdida humana. Por ello, poco a poco, en torno al joven rey, se fue urdiendo un plan para apartar a Antonescu del poder. Apoyado por muchos, el monarca ordenó en 1942, al ministerio de Asuntos Exteriores, que entablase negociaciones con Reino Unido y con Estados Unidos para ver si Rumanía se pudiese unir al bando de los Aliados. Obviamente, sus conexiones familiares con el rey Jorge VI, padre de la actual reina de Gran Bretaña, también tuvieron mucho que ver.


Finalmente, el 23 de agosto de 1944, en un movimiento arriesgado, el propio rey protagonizó un golpe de Estado que depuso al Gobierno fascista y se colocó bajo el ala de los Aliados. Se creó un Gabinete con Constantin Sănătescu, nombrado por el rey, a la cabeza, que entregó a Antonescu a los comunistas. Miguel, que quería empezar a actuar como verdadero símbolo de unidad, se dio cuenta que tenía que salir a la palestra política y no solo entre despachos y se dirigió a la nación rumana en un mensaje de radio, en el cual proclamaba su fidelidad a su país y declaraba la guerra a Alemania.


Rápidamente, debido a que Rumanía estaba cerca de la URSS y que esta también formaba parte de los Aliados, el ejército comunista empezó a tomar Rumania, enviándose a muchos soldados rumanos a la antigua Rusia. Miguel I no se había dado cuenta de que, aunque el golpe de Estado apartaba a Rumanía de los nazis, la acercaba a los soviéticos y, tal vez, pensando en sus parientes Romanov, decidió firmar la paz con la URSS el 12 de septiembre de 1944. Rumanía reconoció la derrota y pasó a ser controlada por Moscú. Así, era Moscú la que representaba a Rumanía ante los Aliados, y, estos pasaron a controlar desde los medios de comunicación hasta el sistema de correos. Ciertamente, era una opción delicada, pero con perspectiva de años pasados, puede que fuese lo mejor para Rumanía.


Al finalizar la guerra, el presidente Truman de los Estados Unidos, concedió a Miguel I la Legión del Mérito y Stalin le entregó la Orden de la Victoria por “el valiente acto del cambio radical en la política rumana hacia la ruptura de la Alemania de Hitler y una alianza con las Naciones Unidas , en el momento en que aún no había señales claras de la derrota de Alemania".


REINADO BAJO LOS COMUNISTAS


Rumanía, al acabar la Segunda Guerra Mundial, seguía ocupada por las tropas soviéticas, y el rey intentó en todo momento sostener un Gobierno formado por comunistas soviéticos y por políticos rumanos, pero su figura, siempre hablando en el campo de la política, era muy débil. Se había formado un Gobierno de coalición por el Partido Comunista de Rumanía (PCR), el Partido Nacional Liberal (PNL), el Partido Campesino Cristiano Democrático (PTCD) y el Partido Socialdemócrata (PSD). Esa es la coyuntura que tenía el monarca en ese crisoil de Gobierno que se formó. El 6 de marzo de 1945, las presiones políticas desde Moscú, obligaron a Miguel a nombrar como primer ministro a Petru Goza, que creó un gabinete completamente comunista, dándole a estos los ministerios clave y apartando de la coalición a los del partido liberal y a los cristianos demócratas. Así, se formó la paradoja de un país comunista con un rey, cantándose la Internacional en el Parlamento rumano y acabando con un “Viva el rey”. No obstante, él estaba en contra del comunismo. Hay que tener en cuenta que su familia aún recordaba muy de cerca lo que había pasado en la Rusia zarista, pues su padre Carol estuvo a punto de casarse con la gran duquesa Olga Nicolaievna, primogénita del zar Nicolás II. Y, por lo tanto, rechazaba la idea de estar sometido a un régimen político que era la antonomasia de lo que él creía como política. Entre agosto de 1945 y enero de 1946, el rey se negó a firmar cualquier decreto emitido por el Gobierno, formándose lo que históricamente se ha conocido en Rumanía como “la huelga real”. Pero en marzo de 1946, Groza ganó con mayoría absoluta, y aunque se denunció el fraude electoral y hubo ilegalizaciones de partidos, se formó Gobierno.


Miguel I, poco a poco se fue convirtiendo en un mero símbolo al cual el Gobierno cada vez le hacía menos caso. Intentó salvar a los líderes de la oposición, Iuliu Maniu o los Bratianus, que fueron condenados por sendos juicios, pero sin la aprobación del ministro de Justicia, que se oponía a colaborar e instaba al monarca a firmar las penas de muerte, él poco o nada podía hacer. No obstante, Miguel se negaba a firmarlas, tal y como su propia tía, la princesa Ileana, cuenta en su biografía.


Con todo este panorama, el monarca pedía que Reino Unido o Estados Unidos le ayudasen para que Rumanía no cayese bajo la órbita soviética, pero, aunque era escuchado, su demanda no se llevaba a cabo. Un buen momento para pedir ayuda fue en noviembre de 1947, cuando asistió a Londres para la boda de su prima Isabel (futura Isabel II) con Felipe de Grecia y Dinamarca (Felipe de Edimburgo), donde conoció a su prima segunda, Ana de Borbón-Parma, quien sería su esposa más tarde.


Aunque sabía que algo se estaba preparando en Rumanía y muchos de sus familiares le pedían que solicitase asilo político en Londres, decidió regresar a Rumanía. Allí, el 30 de diciembre, estando en el castillo de Peles, en Sinaia, el primer ministro lo convocó con urgencia. Cuando se reunió con él se encontró rodeado de tropas leales a los comunistas. El primer ministro y el líder del Partido Comunista, Jorge Gheorghiu-Dej, le obligaron a punta de pistola a firmar su acta de abdicación.


El Gobierno emitió un comunicado anunciando la abdicación del monarca y proclamándose la república. Tan solo unos días le permitieron estar en su país, pues el 3 de enero de 1948, se le arrebató la ciudadanía rumana y se le obligó a partir al exilio. Pero no solo a él, sino a todos los miembros de la familia real rumana que incluso alguno de ellos, como las llamadas “tías rojas del rey”, habían colaborado con el comunismo.


Siendo un apátrida, se refugió en Londres, al amparo de sus parientes británicos y empezó a utilizar el título de “príncipe de Hohenzollern”, afirmando que él seguía siendo rey de pleno derecho ya que su abdicación había sido ilegal.


El 10 de junio de 1948, se casó en Atenas con su prima segunda, la princesa Ana de Borbón-Parma. Como él era ortodoxo y ella católica, solicitaron al papa Pío XII, una dispensa papal, que fue rechazada porque el rey de Rumanía se negaba a educar a sus hijos en la fe católica. Así pues, su matrimonio fue considerado ilegal a los ojos de la Iglesia católica hasta que, en 1966, el papa Pablo VI se la concedió.


La pareja vivió primero en Florencia y luego en Lausana (Suiza), donde visitaban con frecuencia a la reina Victoria Eugenia. Más tarde, en 1950, se trasladaron a Reino Unido hasta que por fin se asentaron nuevamente en Suiza, lugar donde permanecieron hasta la muerte de ambos. En su vida en el exilio, él concedio pocas entrevistas y no quería aparecer en las revistas del corazón, así que trabajó como granjero, piloto, tuvo algunas empresas y también fue corredor de bolsa.


Con su esposa, entre 1949 y 1964 tuvo cinco hijas: las princesas Margarita, Elena, Irene, Sofía y María. Este fue uno de sus pesares, pues, aunque amó a todas sus hijas, no tuvo ningún varón y la ley semisálica que había en Rumanía cuando él era monarca, no permitía reinar a la mujer (solo actualmente, el Consejo de la Corona junto a algunas autoridades rumanas decidieron eliminar esa cláusula, convirtiéndose la primogénita Margarita en heredera de un hipotético trono).


En contra de la propaganda comunista en Rumanía, que afirmaba que el ex rey disfrutaba de enormes riquezas, Miguel tenía una vida modesta. En 1992, ya con el comunismo de capa caída por el desmembramiento de la URSS, el rey pisó suelo rumano por segunda vez en 43 años (la primera fue en 1990, cuando lo intentó con pasaporte diplomático danés, pero al poco de estar en Rumanía fue obligado a marcharse), y fue aclamado por más de un millón de personas.


Su alarmante popularidad hizo que el líder del partido liberal le pidiese que se presentase a las elecciones (como hizo Simeón de Bulgaria), pero se negó. Por ello, el Gobierno volvió a negarle su visado rumano en dos ocasiones más, en 1994 y 1995.


              Miguel I y Ana de Borbón Parma con sus hijas Margarita, Elena, Irina, Sofía y María



Finalmente, en 1997, el Gobierno le entregó la ciudadanía rumana y le fueron devolviendo paulatinamente algunas propiedades confiscadas por los antiguos comunistas. Aunque su residencia oficial seguía siendo Suiza, cuando visitaba Rumanía pudo vivir en el alguno de sus palacios, permaneciendo la gran mayoría de ellos abiertos al público.


Con su llegada, los partidos monárquicos florecieron y él declaró que la vuelta a la monarquía era cosa del pueblo rumano, no de él. Paulatinamente, fue asumiendo labores diplomáticas y realizó una gira por Europa entre 1997 y 2002, donde fue recibido por monarcas y primeros ministros para presionar la entrada de Rumanía en la OTAN y en la Unión Europea. 


En 2001 recuperó su título de rey y fue reconocido como antiguo jefe de Estado, empezando a tener una labor social en su país. No obstante, al principio las encuestas le daban menos de un 20% de popularidad. Pero poco a poco fue creciendo y en 2011, por primera vez en periodo democrático, el ex monarca dio un discurso en el Parlamento rumano que tuvo muchísima repercusión en el país. Dos años después de eso, en el 2013, con 90 años, las encuestas oficiales le daban un 45% de popularidad, mucho más que a los políticos rumanos.


                                                              El Rey D. Miguel I de Rumanía en 2003



“La Corona no es un símbolo del pasado, sino una representación única de nuestra independencia, de nuestra soberanía y de nuestra unidad”. Fueron parte de sus palabras en aquel solemne discurso.


En el año 2007, Miguel firmó las Reglas Fundamentales de la Familia Real de Rumanía, que eliminaba la ley semisálica que declaraba que a su muerte el trono pasaría al varón Hohenzollern más cercano, y proclamó a su hija como custodia y heredera al hipotético trono, y aunque el texto no tiene validez legal, los monárquicos lo reconocen como legítimo. En 2011, también decidió eliminar el “Hohenzollern” de su apellido, por disputa con sus primos alemanes y se colocó el “de Rumanía”, renunciando así a todos sus derechos alemanes.


Aunque la popularidad de la casa real de Rumanía fue creciendo, la salud de los monarcas iba mermando. El 1 de agosto del año 2016, la reina Ana murió con 92 años, tan solo unos meses después de que el Consejo de la Corona, órgano creado para gestionar los asuntos del rey, anunciase la retirada pública de Miguel y mayor representación a su primogénita, Margarita. El rey fue diagnosticado con leucemia y ahí empezó su caída. No se movió de Suiza, donde estaba al perpetuo cuidado de sus hijas y desde donde la casa real iba dando anuncios puntuales de su salud.


La emocionante vida de este personaje histórico, siempre quedará en nuestro recuerdo y en el de los ciudadanos de su país, que sean o no monárquicos, han mostrado cierta admiración por esta regia persona.




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Autor: Jonatan Iglesias Sancho
Historiador y vicepresidente de la delegación de Sevilla de la H.N.M.E.


















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