martes, 23 de enero de 2018, 12:56
Elmonarquico2015
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¡Ladra agresor!, nunca más volveré a esconderme.

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Xavier Eguiguren




Ayudadme.


Pasos en un cuartel desangelado. Una mirada, un muñeco roto que habla en un lenguaje de signos. Maltrato que habita en el alma de una mujer. El daño, el castigo se traduce en cicatrices y antidepresivos que inciden en los cimientos tambaleantes de un agente en formación al pie de la bandera. Manos doloridas de asir las desgracias, los desprecios e insultos; golpes y lesiones que abortan las garras de los torturadores.


Ocupar el lugar de la víctima, intentar conocer su soledad en una cárcel perimetrada por unos altos muros que muestran una dentadura de cristales rotos y puntiagudos.


Soy testigo de las ojeras que escuecen, de unas lágrimas que brotan canturreando un rosario cíclico. Los traumas buscan refugio tras el maquillaje. Tríada, noche, agresor y terror son inductores de mil ansiedades, devorando las entrañas del alma y arañando la piel.


Quiero denunciar.


Seis mil quinientos setenta días sin resuello, con cicatrices que no cierran.


Un mar de noches con el miedo punzante en la piel, pesadillas que sangran.


Soy la mujer reflejada en un espejo de cristales rotos. Miedo, sicofonía entre las paredes blancas de mi cárcel doméstica, puertas destrozadas, espadas ensangrentadas se clavan en los pensamientos destructivos.


La imagen recurrente de mi cuerpo inerte que está y no es, que es y no está. Pienso que pronto seré un perfil de tiza blanca en el suelo de una habitación robada.


Trauma resultante de amar el desconsuelo, descolgando las campanas que tocan a golpes de voz de quien me insulta, entre ingesta de alcohol y raya de cocaína me odia como mujer, viola y ensucia mi cuerpo, destroza el alma, se ríe del llanto de agua salada que reconcome la almohada de esta cama violentada.


Soy valiente, quiero renacer, encabritarme y romper las cadenas que mantienen las fobia. Retirar la cómoda que cada noche bloquea la puerta de mi casa, destruir las raíces de plomo que pesan en los bolsillos.


Eres la esperanza de mis renglones torcidos a patadas, porque necesito escribir un final feliz.


Otra vida.


Las rejas que cierran el pozo se han roto una noche sin luna, corre que no te ve nadie, huye. No sueñes cuchillos y sangre, ni el dolor de los golpes.


Yo te contaré una vida que surge después de hablarle a la niña de ojos tristes, mamá no dejes que despellejen nuestro corazón.


Terror, sentía cada día la muerte podrida en cubito prono, olor que desprende su piel a amoniaco y cocaína.


¡No!, no quiero escribir desconsuelo. He vuelto a empezar, soy valiente, he denunciado, me quedo de pie, no te acerques.


Corro más que la bruma, adelanto al temor que se queda jugando con los árboles que flanquean el camino. Por fin la luz del sol incide en la cara, calienta y muestra desde la distancia, la senda que lleva a la planicie tapizada de verde, la salvación.


¡Ladra agresor!, nunca más volveré a esconderme.




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Autor: Xavier Eguiguren 



















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