viernes, 24 de noviembre de 2017, 11:52
Elmonarquico2015
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Nuestra Noche de Difuntos o Halloween o Samhain. Mismo origen, distintos nombres para un encuentro con nuestra esencia.

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Bosquevelas


Halloween, Noche de Difuntos, Samhaim es lo mismo llamemos como llamemos a esta noche especial del año, tal vez la más especial junto a aquella en que un Enviado llegó a este mundo a iluminar con su palabra. La idea de una fiesta importada es absolutamente errónea.


En realidad América celebra, tal vez con el ansia de lo dejado detrás, la tradición que desde siglos venían celebrando los antepasados de aquellos colonos que arribaron a tierras de ultramar buscando un mejor destino para sus vidas, principalmente irlandeses.


Entre sus pocas pertenencias portaban lo que no necesita espacio más que en el corazón, una tradición milenaria. El respeto reverencial a aquellos que han partido, aquellos a los que la sangre nos unió en vida pero que el destino inefable de la partida nos toca a todos por igual.


La Muerte, Dama oscura o blanca según se entienda el paso a su reino, tiene una cita con cada uno de nosotros y nos reclama el día pactado. Ella es la más justa de los justos, pues no es sobornable, no tiene en cuenta nada de lo que hayamos logrado o dejado de hacer en esta vida. No es su cometido, desde el más santo al más perverso, desde el más honesto al más ladrón, acude puntual a reclamarnos el día y hora convenida.


Lo que hoy conocemos como la Noche de Difuntos o Halloween se celebraba hace más de 3000 años por los Celtas, un pueblo guerrero en contacto íntimo con las fuerzas de la Naturaleza que habitaba zonas de España, Portugal, Francia, Irlanda, Inglaterra y diferentes enclaves de la actual Europa, lo que podríamos situar territorialmente en el Arco Atlántico que aúna tradiciones y sentires.


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En esta noche, 31 de octubre, los Celtas celebraban el fin de año con el Samhain, una celebración pagana que rinde culto al fin de la cosecha. Hoy asociamos esta fecha a fiesta y disfraces, pero la tradición y la realidad en algunos de nosotros indica otra cosa.


No dejamos de lado el aspecto festivo y lúdico y sobre todo como forma de hacerles entender a los niños la importancia de un hecho trascendente en toda vida. El paso al otro lado. Sea el que sea y como cada uno lo perciba, es un momento de honra e introspección. Su celebración primigenia consistía en una serie de ritos de carácter purificador y religioso.


Los pueblos antiguos y las tradiciones paganas vivían en contacto íntimo con la Tierra, la Madre acogedora que nutría y proporcionaba en toda su plenitud a cada hijo, hija y elemento en su seno, lo necesario para su subsistencia y arraigo a ella. Era esta época la que anticipaba el final de las cosechas y su recogida. Los campos preñados en primavera y repletos de frutos gestados en las entrañas de la tierra o al calor del sol Padre, que los maduraba lentamente durante todo el verano, iniciaban como parte del ciclo eterno su decadencia.


Y en el cambio de colores de los árboles, en la caída de la hoja, en la frescura de las noches, en el cambio de color en los cielos y en la intensidad más fulgurante de los cielos estrellados, prevenían a nuestros antepasados que el cambio de estación se avecinaba y comenzaban las labores de recogida, de almacenamiento, de recuperación de antiguos lares, y corralas, reparaciones para que ninguna vianda se perdiera, pues en aquellos tiempos, los alimentos no eran el bien abundante que hoy, en algunos lugares del mundo, no en todos desgraciadamente, disfrutamos sin mesura.


Se honraba a los muertos, pues es la noche en que el velo entre este mundo y ese otro en el que las almas habitan se hace más sutil. Permite, si la percepción se afina sentir la poderosa conexión con el Todo, pues en ese Todo la materia que somos se encuentra con el alma y el espíritu que le devolverán su propósito eterno.


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Era la noche de celebración honrando y festejando, pero sólo esa noche, pues a los que han partido hay que permitirles marchar, su sitio no es éste, pero ellos están y estarán siempre en nuestra memoria, no para llorar sino para completarnos con su recuerdo, pues si hemos sido parte del mismo clan, es porque todos nos necesitábamos para avanzar. Se les ofrece un sitio en la mesa y se les proporciona una luz, una manzana tan propia de este otoño, un trozo de pan de ese cereal que el sol ha dorado pacientemente y se convive con su presencia en paz y feliz encuentro, hasta el próximo año, hasta la siguiente Noche de Difuntos, el próximo Sanhaim.


Todo esto se hacía y se hace…


Y aún los más mayores recuerdan.


Mi madre recuerda, mi tía recuerda, mi tía abuela recuerda…


Recuerdan, allá en la posguerra, siendo niñas y jovencita, vaciar calabazas, aprovechar su carne y hacerles esos agujeros tan evocadores de caras terroríficas o risueñas, colocar una vela dentro y depositarlas en las calles de aquellos pueblos a los que aún la corriente eléctrica no había llegado.


Recuerdan la oscuridad de los cruces de caminos sólo iluminados por una luz vigía que guiaba a los muertos de cada hogar para reunirse de nuevo, una vez al año, la Noche de Difuntos, con sus familias.


Hoy llevamos flores a los cementerios, la intención es la misma. Reunirnos a pesar del tiempo transcurrido y no dejar que los que han partido se borren de nuestra memoria ni de las de nuestros hijos.

Con el tiempo la llegada del cristianismo convirtió esta celebración en una fecha de las más importantes de su calendario, pero eliminó todo vínculo con la Tierra. Nos hizo olvidar poco a poco la conexión con ella, que en suma es la que nos acoge, y nutre, nos cuida y es nuestro hogar en estos cuerpos encarnados que adquirimos al nacer, y centró su celebración en el recuerdo al difunto. Y de ahí el nombre inglés, que es una derivación de una serie de palabras inglesas que aluden como en nuestro caso, a la noche de todas las personas santas.


No importa… aún perdiendo aquel origen bajo la nueva advocación cristiana, el fin en el fondo, es el mismo. Y con el tiempo la verdadera esencia resurge y aflora. Pues algo dentro de cada uno de nosotros, nos guía hacia nuestras raíces, tarde o temprano se nos ofrece la posibilidad de sentir qué es lo que el alma atesora y hacia qué se inclina en su incesante búsqueda.


Por eso, conscientes todos de que el mundo gira a un ritmo diferente a la vibración de la tierra y conscientes de que el comercio, el materialismo invade y contamina hasta lo más sagrado, es posible y está en nuestra mano acompasar nuestro ritmo al de la naturaleza si hacemos un pequeño esfuerzo… Recordar.


Y salir al bosque a sentir ese contacto indescriptible.


Como nuestros antepasados, sentir.


Llevar a nuestros hijos o seres queridos y explicarles que todo es parte de nuestra esencia más íntima, que hay algo más allá de la pantalla dirigida a moldear los pensamientos y que siempre como una amorosa Madre, está esperándonos para abrazarnos y regalarnos su tesoro.


Ese momento del año en que los días se acortan, la oscuridad es más acusada y es tiempo de recogimiento. Nos invita a ello el frío que llega, la humedad en la tierra, los árboles desnudos y las noches largas. El fuego en los lares que reúne en su entorno familias y amigos, la noche es más mágica.


Durante el día, la tierra regala en estas fechas un estallido de vida anticipándose al prolongado letargo. Y qué regalo! Nada puede igualar semejante espectáculo. Es ahora cuando adentrarse en un bosque es algo que atrae como un imán poderoso. Es en este otoño cuando la llamada es intensa, pues la Naturaleza se abre y conecta con el alma de quien a ella se siente unido. El vaho que desprende la tierra mojada por las nieblas y lluvias que comienzan a llegar, el olor en las entrañas de esos bosques cuajados de colores cálidos y acogedores.


La Madre reclama y nos tiende su manto de hojas caducas, y en su silencio y en las pisadas y la fragancia que impregna el aire nos sobreviene la calma, una distinta al silencio del mundo, es el silencio del alma, solo para retener en ella ese momento, en que el contacto con nuestro Ser más primigenio nos recuerda qué somos, por qué y para qué hemos venido a esta vida.


Allí, ante nuestros ojos se despliega en hermosura el eterno ciclo de la vida, el nacimiento, la plenitud, la decadencia y la muerte.



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Autora: Marifé Miguel García.

Licenciada en Derecho

Dama Gran Cruz de la H.N.M.E.
















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