jueves, 13 de diciembre de 2018, 06:58
Elmonarquico2015
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Las Cruzadas del terror

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                                           Templario. Fotografía de Gervasio Varela. (Lic. CC-2.0)







¡Dieu lo volti! (¡Dios lo quiere!)


De esta manera un exaltado papa Urbano II proclamaba el inicio de las Cruzadas el jueves 27 de noviembre del año 1095, durante el Concilio de Clermont, celebrado en Francia…


Renuncia a ti mismo, toma tu cruz, y sígueme


…concluyó con esta frase del Evangelio de Mateo ante la multitud entusiasmada que seguía repitiendo: ¡Deus le volt! ¡Deus le volt! 







FranciscoJ.Tostado

El Papado ya había intervenido con anterioridad en otros asuntos militares cuando promulgó la llamada “Tregua de Dios”, por la que se prohibía combatir desde el atardecer del viernes hasta el amanecer del lunes, disminuyendo las contiendas entre nobles. Así pues, el hecho de intervenir no era algo nuevo.


Los cristianos del continente europeo se encontraban amenazados por diferentes frentes: por un lado las fuerzas musulmanas, que se encontraban en las mismas puertas de Europa a escasos kilómetros de Constantinopla, y por otro los turcos, que avanzaban de manera imparable hacia Siria y Palestina, ocupando la mismísima Ciudad Santa, Jerusalén.


Cuando el emperador bizantino Alejo I solicitó protección al papa Urbano II, éste no lo dudó ni un momento. Era la oportunidad que esperaba para aumentar su poder sobre la iglesia de Oriente y las monarquías. Esto, junto con los intereses de expansión de la nobleza feudal y el control del comercio con Asia, eran motivos suficientes para emprender su “Guerra Santa”.


Durante casi doscientos años (1095-1291) se emprendieron varias campañas militares con el objetivo inicial de restablecer el control cristiano sobre Tierra Santa. Todos los participantes en ellas debían tomar votos y serían indultados por los pecados del pasado.


El origen de la palabra “Cruzado” se remonta a la cruz hecha de tela y usada como insignia en la ropa exterior de todos los participantes. Los musulmanes eran el principal objetivo pero no el único. Con los años se extendió la persecución a judíos, eslavos paganos, mongoles, valdenses, cátaros… y cualquier enemigo político de los papas.


En realidad, la Primera Cruzada no fue el primer caso de Guerra Santa entre musulmanes y cristianos. Encontramos dos antecedentes anteriores: el primero en 1061, cuando los normandos conquistan Sicilia y el segundo, en 1064, durante la Reconquista española, en la Cruzada de Barbastro.


Mapa de las rutas de las Cruzadas. Continentalis



Tras el sermón de Urbano II los primeros que se pusieron en marcha a Oriente fue la gente humilde, dirigida por el predicador Pedro de Amiens el Ermitaño y unos pocos caballeros franceses. Conocida como la Cruzada de los pobres, actuaban de manera desorganizada y movidos por sed de venganza. Asesinaban a todos los judíos con los que se cruzaban y sus actos de barbarie no tenían fin. Poco después, en agosto de 1096, partió la Cruzada de los Príncipes (Primera Cruzada) dirigida por Godofredo de Bouillón, Raimundo de Tolosa y Bohemundo de Tarento. Más cruel incluso que la anterior mataron indiscriminadamente a judíos, musulmanes, mujeres e incluso niños. El 15 de julio de 1099 consiguieron su objetivo: Jerusalén, que resultaría ser el único triunfo importante de la Cristiandad en los más de dos siglos de cruzadas.


Hasta ocho Cruzadas se sucedieron a lo largo de los años aunque solo las cuatro primeras podrían considerarse como tales, y mi intención no es explicarlas aquí pues se han escrito páginas y páginas sobre ellas aunque comentaré un cuento que se hizo popular en aquellos tiempos:


Tras el fracaso de la Cuarta Cruzada, el espíritu que movió a miles de personas a luchar y dar su vida en esta lucha se desvaneció a pesar del interés de papas y reyes por avivarlo. Fue entonces cuando se culpaba de las continuas derrotas a la falta de inocencia de los cruzados pensando que solo los puros podrían recuperar Jerusalén. En el año 1212, un niño de 12 años organizó la llamada Cruzada de los niños. Miles de niños y jóvenes recorrieron Francia para embarcarse en barcos dirección a Tierra Santa. Naturalmente fueron capturados y vendidos como esclavos escapando solo algunos para regresar al cabo de los años.


La Quinta Cruzada tenía como objetivo conquistar Egipto, pero fracasó. La Sexta, el emperador Federico II Hohenstaufen partió en 1228 sin el permiso papal y, sorprendentemente, consiguió recuperar Jerusalén. En el año 1244 cayó nuevamente la ciudad (esta vez definitivamente) y el rey Luis IX de Francia (San Luis) organizó la Séptima Cruzada, sin éxito. Tras regresar a Francia, emprendió la Octava, esta vez instigado por su hermano Carlos de Anjou quien quería defender sus propios intereses comerciales. La peste acabó con su ejército y el propio rey, en Túnez.


Desde entonces se conocen como Cruzadas a multitud de guerras: las cruzadas Bálticas, la cruzada contra los Albigenses, la cruzada Aragonesa, las cruzadas de la Reconquista española, la cruzada de Segismundo de Hungría, la cruzada de Juan Hunyadi e incluso la Guerra Civil Española.


Pero las únicas que pueden ser consideradas como “verdaderas cruzadas”, es decir, las que mobilizaron a miles de personas de todos los estratos sociales tras el encendido discurso del papa Urbano II en Clermont son solo las cuatro primeras, aunque el espíritu cruzado que llevó a Godofredo de Bouillón a ponerse al frente de la Primera Cruzada difícilmente se repetiría.




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Autor: Francisco Javier Tostado

Médico especialista en Obstetricia y Ginecología

Escritor, amante de la historia y bloguero

http://franciscojaviertostado.com













 





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