lunes, 22 de octubre de 2018, 03:01
Elmonarquico2015
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María Luisa Narváez “la duquesa revolucionaria”

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D. Carlos Vidriales García

Luisa Narváez nació en Madrid el 1 de octubre de 1912, hija primogénita de José María Narváez y Pérez de Guzmán, IV duque de Valencia y María del Carmen Macías y Ramírez de Arellano. Descendiente del siete veces presidente del Gobierno Ramón María Narváez Campos, I duque de Valencia (hermano de su tatarabuelo José María Narváez), conocido como “El espadón de Loja”. Luisa Narváez se educó en el seno de una familia en la que la Monarquía era devoción.


Con veinticuatro años España vivía sus momentos más terribles, la Guerra Civil desangraba el país y su familia apostó claramente por defender sus tradicionales ideas monárquicas, representadas en ese momento por el bando sublevado, contra una república que había nacido cinco años antes por proclamación, a pesar de haber perdido unas elecciones municipales que habían ganado los partidos monárquicos, cuando ella era una adolescente de dieciocho años. Todo su mundo se había venido abajo y pudo comprobar día a día, como sus ideas eran perseguidas con saña por gobernantes decididos a eliminar por cualquier medio todo cuanto tuviera que ver con la Monarquía, haciendo vista gorda a las persecuciones y los crímenes de una izquierda que solo buscaba usar la república como medio para implantar la Revolución y en última instancia el marxismo. 


Los monárquicos, religiosos, conservadores y tradicionalistas eran gentes con una diana en el pecho para cualquier pistolero de unas izquierdas completamente radicalizadas y envalentonadas por la pasividad gubernamental. Para los monárquicos, la sublevación militar era, como para otros muchos grupos de españoles, la única tabla de salvación que se extendía ante ellos para sobrevivir a una persecución ideológica que cada vez adquiría tintes más sangrientos y que aún estaba por demostrar hasta que punto el ensañamiento de los verdugos podía llegar a tener tintes de sadismo con sus víctimas.


Esta fue la legítima y última razón por la que la gran mayoría de los monárquicos apoyaron decididamente al bando sublevado.


Durante la guerra, la joven Luisa ejerció de ayudante de campo de otro monárquico convencido, el general Alfredo Kindelán, que según algunas fuentes acabaría chiflado por ella. La Junta de Defensa Nacional del general Francisco Franco había nombrado a Kindelán como jefe de la aviación nacionalista, haciéndose cargo de las fuerzas aéreas del bando sublevado durante toda la guerra, incluidas las de la Legión Cóndor alemana y la Aviación Legionaria italiana.


Kindelán había apoyado a Franco desde el principio como comandante general de las fuerzas militares y esto le había convertido en uno de sus hombres de confianza. A su vez el general Kindelán confiaba en Franco, en gran parte como una buena oportunidad para poder restaurar la monarquía con la mayor brevedad posible después del conflicto. Sin embargo, como la mayoría de los monárquicos, Kindelán simpatizaba con el Gobierno del Reino Unido y los británicos lo vieron como un buen interlocutor cercano a Franco para presionar al general con objeto de restaurar la monarquía y así forzar la neutralidad de España durante la guerra mundial.[1]


Los monárquicos, mayoritariamente pro-aliados, que hasta ese momento habían apoyado a Franco, comenzaron a caer en la cuenta de que la restauración monárquica no estaba entre los planes inmediatos del general, y además, Franco estaba atado a la gratitud que debía a las potencias del Eje que tanto habían ayudado a que se ganase la Guerra Civil, por lo que muchos se apartaron voluntariamente de la línea política del general y otros empezaron a ser sistemáticamente apartados de cualquier responsabilidad, unos y otros se vieron abocados a ejercer una labor de oposición, e incluso de conspiración, alrededor del pretendiente a la Corona, don Juan de Borbón.


Pese a una corta primera etapa de aceptación del triunfo de Franco tras la Guerra Civil española, la duquesa de Valencia demostró ampliamente su espíritu independiente y reacio a las clasificaciones, oponiéndose a este régimen hasta su etapa final y dedicando todas sus energías a la lucha por el restablecimiento del orden monárquico que para ella encarnaba la figura de don Juan de Borbón, postura que le valió el ingreso en prisión en numerosas ocasiones, lo que dio origen al mito de la duquesa revolucionaria. (Necrológica de "El País" 9-05-83).


En 1941 fallecería su padre don José María, y Luisa Narváez hereda los títulos de duquesa de Valencia, condesa de Cañada Alta y vizcondesa de Aliatar. Su casa de Madrid se convierte en centro de conspiraciones antifranquistas y esto causaría que fuese literalmente “frita a multas” hasta que aquello no dio más de sí y su recalcitrante reincidencia la llevase a visitar la cárcel en más de una ocasión. Su espíritu independiente y poco convencional, unido a lo anteriormente mencionado, la llevó a convertirse en una antifranquista declarada, hasta el punto de reflejarlo en su colección personal de pucheros de barro, en la época posiblemente la mejor de España. Los tenía colocados por todas partes en su casa madrileña, en grandes estantes, religiosamente bautizados con nombres de políticos, militares y demás personalidades de la época y cada uno de ellos en función de la estima que al personaje tuviera la duquesa. Entre ellos se encontraba un pequeño puchero de barro, de mala factura y escasa capacidad, con el nombre del general Franco, que contrastaba con dos enormes pucheros dedicados al duque de Alba y a don Juan de Borbón.


En 1945 a la muerte de su tía abuela, María Concepción de Narváez y del Águila, la duquesa hereda un nuevo título, el Marquesado de Cartago, del que su tía abuela era primer titular. Doña Concha era una devota y respetada dama, propietaria y promotora de uno de los más bellos palacios de la ciudad natal del autor de estas líneas, Ciudad Rodrigo, el que allí se conoce como Palacio de la Marquesa de Cartago,  que por esas fechas aún estaba sin terminar y que, tras su venta, rematarían los posteriores propietarios, la familia Diez-Taravilla y Ojesto.


2. Armas de doña Concepción Narváez y del Águila, I marquesa de Cartago - Fachada del Palacio de la Marquesa de Cartago Ciudad Rodrigo Salamanca. Fotografía proporcionada por José María Hernández


En su bella fachada corona la entrada un frontispicio con las armas familiares de la Marquesa, en una cartela interpuestas las armas principales, a la izquierda las de Narváez y a la derecha las de del Águila. Son las de Narváez, en campo de gules cinco flores de lis de plata dispuestas en sotuer con bordura de gules en la que se disponen ocho aspas de oro. Las de “del Águila, partido, el primero sobre campo de plata un león rampante de azur con la leyenda “el león es fuerte en la tierra”, el segundo en campo de oro un águila coronada explayada de sable con la leyenda “el águila vuela en las alturas”[2]. El todo timbrado con corona de Marqués sobre la que se sitúa una cimera consistente en una torre (antiguamente coronada con un brazo armado con puñal que desapareció en una reforma posterior, este emblema heráldico hace referencia al apellido Calderón, el original de la familia "del Aguila", que fue cambiado por privilegio del rey Enrique IV),esta cimera aparece entre las armas del obispo de Guadix y Zamora, Antonio del Águila y Paz, en los muros del Convento de San Francisco de Ciudad Rodrigo. Acolados dos tenantes (maceros), con tabardo en el que se ven otras armas de su familia. El de la diestra porta las de Porcel (por su abuela paterna doña Epifanía Porcel Valdivia). y el de siniestra las de Ceballos (por su abuela materna doña Josefa de Ceballos y Álvarez Faria).Una filacteria dispuesta alrededor de los tenantes lleva inscrita la leyenda “Grato animo – Etruriae – Pontifice ae Rege – Acque defensis”. El todo enmarcado en una cuidada cenefa de bolas con forma de T invertida.


                                                       3. El Palacio durante la fase final de construcción



Al año siguiente, el 30 de mayo de 1946, contraería matrimonio su única hermana, María Josefa, con don José María Diaz Trespalacios a la que su hermana cedería el título de marquesa de Cartago.[3]


El periódico La Hora, en un artículo publicado en noviembre de 1948 “La Duquesa, los pucheros y las cucarachas”, describía, con sarcasmo mal disimulado, esta curiosa anécdota; 


“…en uno de los últimos registros hechos en su casa, los policías cayeron en la cuenta de lo que significaba la famosa colección de pucheros, numerados y catalogados con nombres y apellidos, por la duquesa revolucionaria. Y sin más, la metieron otra vez en la cárcel. Y la alojaron en una celda llena de cucarachas por ver si la asustaban. Más cátate aquí que ella, descendiente de un militar espadón, no es mujer que se deje arredrar por cucarachas más o por cucarachas menos. Ni corta ni perezosa, cogió con sus blancas manos, a varios de los desagradables bichejos y les clavó en los lomos un pedacito de papel, con un mensaje escrito de su puño y letra. Las cucarachas, acicateadas por el inusitado aditamento, salieron corriendo por celdas y pasillos y recorrieron hasta que alguien se fijó en los papelitos que llevaban en el lomo. ¡Rediós con los papelitos! El generalísimo, sus ministros militares, gobernadores, carceleros, policías y aún académicos –junto con los ascendientes, descendientes y colaterales hasta el tercer grado, de cada cual– estaban allí puestos a pan pedir y como digan dueñas. El escándalo –con su buena parte de regocijo– fue épico. A tal punto, que se asegura que un grupo de notables juristas, están estudiando una nueva ley penal que “prevea, fije, tipifique y castigue” a las cucarachas de las cárceles españolas, por el nefasto delito de ser mensajeras de textos subversivos, contrarios a la Seguridad del Estado.”(La Duquesa, los pucheros y las cucarachas, 1948)


En 1949 recobró la libertad y a partir de entonces la duquesa de Valencia viviría, en compañía de su madre, dedicada en cuerpo y alma a la restauración de la monarquía. Ese mismo año celebró una reunión en su casa de Madrid a la que estaban convocados, el por entonces “jubilado” general y monárquico Heli Rolando deTella, el ex jefe de la CEDA don José María Gil Robles, Romero Robledo y otros monárquicos de la oposición, el objetivo era reactivar las intrigas. A partir del manifiesto de don Juan (abril de 1947), conocido como Manifiesto de Estoril, se crearon agrupaciones diversas en toda España; la Unión Monárquica de Valencia, la Juventud Monárquica, los Reales Tercios de Voluntarios de Juan III, y las Avanzadillas Monárquicas, estas últimas por iniciativa de Luisa y todas ellas en la clandestinidad. En el periodo entre 1945 y 1948 tuvieron lugar múltiples manifestaciones públicas monárquicas. A estas hay que agregar la de enero de 1950 que detallamos a continuación y la que a principios de 1968 tuvo lugar en Madrid, en el Aeropuerto de Barajas, con motivo de la llegada de S.M. la Reina Victoria Eugenia para asistir al bautizo de nuestro actual Rey S.M. Felipe VI.


En un artículo del ABC, de cinco de enero de 1997, Ricardo Lovelace se hace eco de una de estas manifestaciones, desde la sección “Tribuna Abierta” del periódico y que lleva por título “Recuerdo de la Infanta Cristina”.


Informadas las organizaciones clandestinas citadas de la llegada a España (enero de 1950), procedentes de Portugal de los infantes don Jaime y doña María Cristina, en escala de vuelo de paso hacia Roma en el Aeropuerto de Barajas, y dado que Franco había ordenado que no se permitiera salir del aeropuerto a los infantes, se aprovechó para hacer una demostración de entusiasmo y fervor monárquico. La iniciativa para movilizar a todas las organizaciones partió de las Avanzadillas Monárquicas, ideadas por Luisa de Narváez, duquesa de Valencia, quien montó a sus expensas un enorme aparato propagandístico. Actuaron dos imprentas la del impresor Vicente García (Garvy) y la de Lillo y en dos noches se imprimieron más de cuarenta mil octavillas, pasquines y un folleto titulado “El Barrendero”, bajo la dirección de entusiastas y jóvenes monárquicos como José Pardo, Oscar Bernat y Miguel Sánchez Herrero. La noche anterior de la llegada de los Infantes se invadieron con este material las calles más céntricas de la capital anunciando la noticia y pidiendo a los madrileños que se desplazaran al aeropuerto de Barajas para recibir a sus Infantes. Se arrojaron octavillas desde los pisos altos de la compañía Telefónica y desde el edificio del Capítol, en la calle de Alcalá, la Gran Vía y hasta en la Plaza de España, a esas horas abarrotadas de gente, se leían con estupor las hojas llovidas del cielo. Se contrataron autocares que partían de la plaza Manuel Becerra y de la calle Marqués de Urquijo, a pesar de la obstaculización ejercida por la Brigada Político Social de la policía, que ya se había desplegado y puesto en acción para impedir la llegada de autobuses a Barajas, miles de personas encontraron la forma de hacerlo y aquello dio lugar a una gran muestra de fervor monárquico en la que, además, la mezcla de clases sociales congrego a aristócratas, títulos de la nobleza de Madrid, obreros, estudiantes, la clandestina FUE universitaria, que se unió al acto, y aunque parezca increíble, asistieron dirigentes de un importante grupo del P.N.V. que actuaba en Madrid y hasta las clandestinas y nada monárquicas U.G.T. y C.N.T. contribuyeron a la masificación del acto. (Lovelace, 1997).


4. La infanta doña María Cristina de Borbón y Battenberg a su lado doña María Luisa de Narváez y Macías Duquesa de Valencia. Fotografía proporcionada por don Ricardo Lovelace, hijo de don Leopoldo Lovelace


“La llegada de los Infantes, su aparición bajando del avión, fue algo verdaderamente de delirio. En primera línea, esperando, se encontraban varios generales de uniforme sin importarles un ápice la prohibición expresa de Franco de que no acudiera ningún oficial militar al aeródromo. El primero en desobedecer fue el infante don Alfonso de Orleans, general de aviación que se encontraba por entonces confinado en Sanlúcar de Barrameda y que tenía que pedir permiso al ministro del Ejercito siempre que deseaba trasladarse. Al decirle a su Alteza lo que estaba ocurriendo con los autobuses, muy sonriente, yo diría que hasta ufano y desafiante, me dijo: “No creo que se atrevan a detenerme o incluso hacerme abandonar el aeropuerto; sería demasiado y creo que esto no le convendría mucho a Franco”. Me citó una serie de corresponsales que en ese momento se encontraban en barajas. También de uniforme y al lado del Infante, se encontraban Kindelán y la duquesa de Valencia, tan simpática y graciosa con sus cordones de ayudante del General, entre ambos el capitán Fernando García de Vinuesa. Detrás de ellos, otros muchos generales y oficiales de uniforme.


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5. La infanta doña María Cristina entre el capitán don Fernando García de Vinuesa y S.E. el general de División don Alfredo Kindelán Duany - Fotografía proporcionada por don Ricardo Lovelace, hijo de don Leopoldo Lovelace


La apoteosis del acto fue cuando Oscar Bernat, abriéndose paso entre la multitud, llegó hasta los Infantes y en la solapa de don Jaime colocó la tan famosa insignia de “JIII”. Miles de voces gritaron: ¡Viva el Rey! A alguien se le ocurrió gritar: ¡Vivan los militares con dignidad! Y creo, no estoy seguro, que los generales Ponte, Manso de Zúñiga y Loriga, Conde de El Grove, saludaron a la multitud militarmente.” (Lovelace, 1997)


La infanta Cristina, en breve conversación con Lovelace, llegó a preguntarle que cómo era posible lo que estaba ocurriendo, pues ellos no tenían ni idea de que se les pudiera hacer semejante recibimiento, llegando a afirmar que “a la vista de todo esto no comprendo cómo no está reinando mi hermano”.


6. Recepción pública en Barajas de los Infantes don Jaime y doña María Cristina. Fotografía proporcionada por don Ricardo Lovelace, hijo de don Leopoldo Lovelace



Como cabe imaginar, la censura de la época impidió cualquier divulgación de material gráfico al respecto, los medios de comunicación ocultaron la noticia, salvo honrosas excepciones de periodistas como las citas de Luis María Ansón, José María Toquero o Víctor Salmador. (Las fotografías de este artículo son excepcionales, ya que nunca hasta ahora habían sido publicadas, y por ello agradezco la amabilidad de don Ricardo Lovelace, hijo de don Leopoldo Lovelace por habérnoslas proporcionado).


Casada con Antonio Cavero y Goicoerrotea, IV barón de Carondelet (padre del ex ministro Íñigo Cavero, habido en un anterior matrimonio del Barón), María Luisa Narváez se divorció a los pocos años, trasladándose los últimos de su vida al Palacio de los Águila, en Ávila, donde viviría rodeada de sus colecciones de exquisita porcelana, de pucheros, de sus perros y algunas fieras amaestradas, por las que sintió siempre gran interés. El palacio de los Águila fue en la posguerra un enclave de conjuras dinásticas imantado por la belleza desenvuelta de la duquesa de Valencia, quien en su crepúsculo legó al Estado el caserón renacentista con sus colecciones de arte.  


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                              7. Palacio de los Águila y Torre Arias - Avila -. Fotografía de Mayoral Encinar


La duquesa Luisa Narváez fue, sin lugar a duda, la dama más insistentemente desollada por aquella sociedad provinciana. En palabras del periodista Ernesto Escapa: “Sus costumbres rasgaban los velos de la mojigatería abulense. Porque el palacio de los Águila está próximo a la Puerta de San Vicente: la sacra entrada al castillo interior. Por eso el escándalo de aquellas verbenas. Con la duquesa venía el tropel de los bilbaínos que hacían corro a Sánchez Mazas, el personaje de Cercas: Lequerica, Aznar (el abuelo), Mourlane y Miquelarena, convocados todos ellos por la nostalgia del pilpil. También algunos adornos codiciados de la época: la recordada tenista de Wimbledon,Lili Álvarez; las novias póstumas, imposibles y malcasadas de Primo de Rivera; y el diletante Luis Escobar.” (Escapa, 2010)


María Luisa Narváez, duquesa de Valencia fallecería en el Palacio de los Águila en mayo de 1983, a los setenta años.


Ninguna de las dos hijas de José María Narváez legalizó la sucesión de los títulos a la muerte de su padre en 1941, y durante muchos años, el de Duque de Valencia, estuvo oficialmente caducado por impago, a pesar de ser usado de facto por Luisa de Narváez.


En 1993 fue oficialmente rehabilitado a instancias de la hermana menor de Luisa, María Josefa Narváez Macías. Cuando se planteó la sucesión del título por parte de su heredero, Juan Narváez Díaz, en 1994, la Generalidad Valenciana, el Ayuntamiento de Valencia y la Sociedad Económica de Amigos del País, elevaron al ministerio de Justicia una serie de escritos oponiéndose a que dicho ducado fuese concedido nuevamente con la denominación de Ducado de Valencia. Tras pleitos, dictámenes y resoluciones de diversa índole, en diciembre de 2005 la Audiencia Nacional anuló una resolución de 2003 y ordenó al Gobierno expedir carta de sucesión del título de Duque de Valencia en favor del solicitante.


El 11 de julio de 2006 una orden promulgada por el ministerio de Justicia expidió el título de V duque de Valencia en favor de don Juan Narváez Díaz, padre de la actual duquesa, doña Abigail Narváez Rodríguez-Arias.




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Foto 1.- Doña María Luisa Narváez y Macías - V duquesa de Valencia y II marquesa de Cartago -



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[1] El 13 de diciembre de 1941 la embajada alemana se quejó de que Kindelán hubiese invitado al embajador del Reino Unido a su palco del Liceo de Barcelona.


[2] La historiadora María Paz Salazar y Acha en su libro sobre la heráldica mirobrigense da otra versión de los esmaltes tomada de un documento del AHN (Sección Órdenes), de 1754. AGUILA: Partido, primero un león y segundo un águila, con la leyenda "El león es fuerte y el águila vuela en las alturas" añadida al escudo original. El águila de sable en campo de gules (disposición que no respeta las leyes de la heráldica) y el león de gules en campo de plata.


[3] María Josefa Narváez y Macías, 1915/1994, A la muerte de doña Luisa Narváez, revertirían en ella los títulos de VI duquesa de Valencia y VII condesa de Cañada Alta. El Marquesado de Cartago pasaría directamente a la nieta de María Josefa, Abigail Narváez Rodríguez-Arias actual duquesa de Valencia, y con posterioridad, de esta a su hermana, María Almudena Narváez Rodríguez-Arias, IV y actual marquesa de Cartago.


                                              

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Fuentes consultadas


- Escapa, E. (27 de 06 de 2010). El retorno de los expolios. (D. d. Leon.es, Ed.) Recuperado el 13 de 08 de 2017, de http://www.diariodeleon.es/noticias/afondo/retorno-expolios_537223.html


- La Duquesa, los pucheros y las cucarachas. (noviembre de 1948). La Hora.


- Lovelace, R. (5 de enero de 1997). En recuerdo de la Infanta Cristina. ABC Tribuna Abierta, pág. 50.


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Autor: Carlos Vidriales García Bustamante

Secretario General de la H.N.M.E.































1 Comentarios

1

Muy interesante.

escrito por Violante Matías Nuñez. 26/sep/17    00:41

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