jueves, 13 de diciembre de 2018, 06:49
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La caza de brujas en Europa a las puertas de la Edad Moderna

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Entre otros muchos fenómenos, la historia del siglo XVII europeo se caracteriza por uno de gran complejidad en su desarrollo y expansión, pero también de singular importancia desde el punto de vista social. Dicho fenómeno es conocido con el nombre de "caza de brujas". En efecto, la persecución de la brujería llevada a cabo entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII hasta inicios del siglo XVIII llegó a ser la causa de un importante -aunque de difícil precisión- número de víctimas. En este sentido, autores como R. van Dülmen opinan que dicho número fue superior al de las provocadas por la Inquisición, mientras que los estudios realizados por Brian Levack y Anne Barstow cifran el número de ajusticiados en 60.000 y 100.000 respectivamente, muy lejos de la cifra de un millón que tradicionalmente era manejada por algunos sectores de la historiografía. En la actualidad, este último cálculo y cualquier otro que lo supere son desechados por exagerados y por carecer de fundamento. Sea como fuere, las sospechas, denuncias, y procesos (alrededor de 200.000 juicios según algunas fuentes) en los que se vio involucrado un número nada desdeñable de personas, hacen de la "caza de brujas" un episodio de la historia cuyo sustrato está íntimamente relacionado no sólo con las creencias y expresiones culturales populares, sino también con las esencias doctrinales de las religiones mayoritarias de la época. En este artículo, trataremos de esbozar las razones del porqué se produce una persecución tan feroz y sistemática de la brujería en el siglo XVII mientras repasamos algunos aspectos de relevancia sociológica.


Al hablar de "brujería" y de "creencia en brujas" no debemos entender ambas expresiones como elementos idénticos ni como conceptos totalmente distintos. Sin duda, la "brujería" dio lugar a la caza de brujas en los siglos XVI y XVII y necesitó para ello la "creencia en brujas", ampliamente difundida en el pueblo, pero ambos fenómenos tienen un tratamiento social y una carga intelectual diferentes. La "creencia en brujas" era una creencia tradicional, de raíces mágico-paganas y no cristianas, combatida con anterioridad y declarada “mera superchería”, que expresaba un sentimiento de dependencia directa de la naturaleza en el contexto de la vida cotidiana de una sociedad fundamentalmente agraria. La creencia en brujas junto con la magia y la astrología conformaban de este modo un universo de poderes superiores con la capacidad de intervenir en la vida humana y dar explicación a los sucesos y acontecimientos inexplicables, reconduciendo así los desajustes provocados por las adversidades más corrientes y cotidianas. Por su parte, la brujería, aunque se basaba en la idea tradicional sobre las brujas y, en general, en la existencia de individuos que tenían el poder de aplicar maleficia (es decir, la capacidad maléfica de provocar daños, enfermedades, pobreza o desastres naturales), había adquirido desde finales del siglo XV connotaciones más complejas a resultas de la calificación que recibió de “arte diabólico”; así, de ser simple superchería, la brujería pasó a constituirse en paradigma de lo satánico y, en consecuencia, de todo lo anticristiano. Católicos y protestantes se encargaron de difundir el convencimiento de la existencia de brujas que, formando parte de una secta satánica en expansión, participaban de una comunión intelectual -y carnal- con el demonio al que abrían las puertas del mundo humano para la destrucción del cristianismo y del poder y la gloria de la Iglesia. Tanto la idea de la existencia del diablo como la de la bruja -o brujo- como agente suyo, que dio lugar a la persecución de las brujas de los siglos XVI y XVII, habían sido tenazmente elaboradas durante siglos por la teología cristiana; sin embargo, dos expresiones clásicas de época bajomedieval y moderna de la demonología intelectual fueron el Malleus malificarum o "Martillo de brujas" de los dominicos alemanes Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger, publicado en 1486-1487, y el De magorum daemonomania de Jean Bodin, conocido teórico del Estado del siglo XVI, publicado en 1580-1581.





Con todo, los pactos entre el diablo y las brujas constituyeron la idea central del concepto acumulativo de brujería y, al mismo tiempo, suministraron la base legal en la que se apoyó la definición del delito del mismo nombre. Además del "pacto", otros aspectos del concepto de brujería eran el sabbat (aquelarre), los vuelos y las metamorfosis. Así, el estereotipo de la bruja que alimentaba las ansias de caza de sus perseguidores era el de la persona, cuya finalidad era la de dañar al prójimo, que había llegado a un pacto con el diablo al que rendía culto con sus acólitos en ceremonias nocturnas en las que se daba rienda suelta a todo tipo de crueldades (sacrificios de niños...), obscenidades (relaciones sexuales entre brujos, brujas y el diablo convertido en macho cabrío), y experiencias, digamos, "paranormales", por usar de forma irónica un tópico más actual, como los "fantásticos viajes en escobas voladoras". Todo ello convertía la brujería en un crimen de herejía que debía ser perseguido y erradicado.


No cabe, en cualquier caso, la ironía en el análisis de un fenómeno que fue resultado, en opinión acertada de R. van Dülmen, de una histeria intelectual. Si nos atenemos a una de las definiciones de histerismo[1], estos serían algunos de los factores que intervinieron en la configuración de esa "situación anómala" que acabaría provocando una auténtica cacería humana: las obsesivas creencias de las distintas confesiones en la malignidad de las prácticas de brujería, las exhortaciones a los fieles a participar en un combate continuo contra el demonio y las fuerzas que le representaban, la creencia generalizada en que los marginados podían enfrentarse a la discriminación de la que eran objeto mediante una alianza con el diablo, y la "inseguridad" religiosa a la que los creyentes se habían visto abocados como consecuencia de las acciones reformadoras y contrarreformadoras.


Uno de los rasgos más sobresalientes de dicho fenómeno fue la burocratización de unas prácticas que, en definitiva, produjeron miedo a la acusación y a la tortura, la represión indiscriminada de los sectores de la población más desfavorecidos y varias decenas de miles de víctimas. Aunque la jurisdicción clerical instruyó, juzgó, y condenó cuanto quiso hasta que a principios del siglo XVII la práctica de la brujería pasó a ser considerada delito civil, los nuevos estados modernos se dotaron de instituciones jurídicas que dirigidas por especialistas tenían la misión de controlar la legalidad de los procesos, pese a que éstos fueran en la mayoría de los casos dudosamente legales bajo cualquier punto de vista. La práctica sistemática de la tortura como un elemento más del procedimiento judicial formó parte también de dicho proceso de burocratización. El castigo no era posible sin confesión, y la confesión, especialmente en lo que se refería al sabbat (sacrificios, vuelos nocturnos, orgías sexuales, maleficios contra el prójimo, negación de la fe, etc...), no era arrancada sino bajo tortura. El resultado: veredicto de culpabilidad y ejecución. Como es obvio, las confesiones que permitía a los jueces dictar sentencia no eran sino un relato desesperado de hechos imaginarios.


Por lo que respecta a la cronología e incidencia territorial de los juicios, la mayor parte de los mismos tuvieron lugar entre 1580 y 1650: la década de 1580 en Suiza y Países Bajos; la de 1590 en Francia, Países Bajos y Escocia; la de 1600 en muchos estados alemanes; la de 1610 en España, y entre 1620 y 1630 en Alemania (Würzburg, Bamberg y Ellwangen). En 1640 se celebraron juicios en Inglaterra y Escocia, y a finales de siglo en Austria, Hungria, Polonia y Nueva Inglaterra (Salem). En cuanto al género de los procesados, la mayoría (aproximadamente un 75%) eran mujeres, a menudo viudas que o no tenían hijos o no los tenían a su cargo. En este sentido, hay que destacar la actitud misógina de los cazadores de brujas. El modelo generalizado de superstición ya se había encargado de hacer de las mujeres, en general, objeto de sospecha, no sólo por su papel de transmisoras de conocimientos ancestrales sobre el poder curativo de algunas plantas o por sus habilidades en la asistencia a los partos (curanderas y comadronas eran oficios que desempeñaban mujeres que después serían acusadas de brujería), sino también porque era considerada moralmente más débil y más inmoderada desde el punto de vista sexual. Por tanto, las mujeres podían sucumbir con más facilidad a la tentación del diablo. Los autores del Malleus maleficarum, obra con la que se marca el punto de partida de una concepción delictiva de la brujería, sostenían la maldad intrínseca a la naturaleza femenina "pues duda antes de la fe, de la cual reniega también antes, lo que es la base de la brujería".


La caza de brujas en la Europa moderna reviste tal complejidad que obliga a abordar las explicaciones desde perspectivas diversas. En esencia, la persecución de la brujería fue un instrumento más del que se dotaba el poder (en el más amplio sentido: político, religioso, económico...) para reprimir o reformar un aspecto importante de la cultura popular. Al Estado moderno le interesaba cada vez más la integración y la disciplina de sus súbditos, de tal manera que perseguir la brujería era, por un lado, un medio para imponer su idea de orden y, por otro, una forma de eliminar elementos y grupos socialmente marginados que pudieran perturbar el orden social. Las formas de conducta y expresiones culturales propias que hubieran desarrollado o pudieran desarrollar esos elementos o grupos eran potencialmente amenazadoras para el propio Estado y para las clases amantes de ese orden.


Para A. Levack son diversas las causas que originan la caza de brujas y ninguna de ellas, por separado, da una explicación global al fenómeno. Así, partiendo de los cambios previos que experimenta la sociedad de la época desde el punto de vista intelectual (concepto de brujería), legal (cambios en el derecho penal), y religioso, y atendiendo a las circunstancias específicas de cada territorio en el que dicho fenómeno se produce, habría que tener en cuenta causas como: las presiones y controles de los reformistas protestantes y católicos, la Inquisición, la tortura como procedimiento judicial, las guerras de religión, el celo de los clérigos, el nacimiento del Estado moderno, el desarrollo del capitalismo, el aumento del consumo de sustancias alucinógenas, los conflictos sociales, y la violencia contra las mujeres.



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Autor: Oscar Solano





- [1]. Según el diccionario de la RAE: “Estado pasajero de excitación nerviosa producido a consecuencia de una situación anómala”.




Bibliografía


Van Dülmen, R. (1990). Los inicios de la Europa moderna (1550-1648). Madrid: Siglo XXI.

Romano, R. y Tenenti, A. (1980). Los fundamentos del mundo moderno. Madrid: Siglo XXI.

Tenenti, A. (2000). La Edad Moderna. Siglos XVI-XVIII. Madrid: Crítica. 





























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