lunes, 25 de septiembre de 2017, 11:37
Elmonarquico2015
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De Jeromín…. a don Juan de Austria

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                                               Detalle del retrato de don Juan de Austria, Museo del Prado



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En estos días pasaban por TVE la película dirigida en 1953 por Luis Lucia “Jeromín”, basada en la obra del Padre Luis Coloma. Y recordé la historia de aquel niño que, criado en las calles de Leganés -localidad en la provincia de Madrid-, resultó ser hijo de Carlos I de España y V de Alemania y hermano de Felipe II, dos reyes poderosos en cuyo territorio jamás se ponía el sol.


De Jeromín…


Jeromín fue uno de los hijos que Carlos I tuvo fuera del matrimonio con una dama alemana llamada Bárbara Blomberg, a quien, por su dudosa reputación, Carlos mandó quitar el niño, y fue enviado a Bruselas bajo la tutela de don Luis de Quijada, íntimo leal del rey y único conocedor de la verdadera naturaleza del niño.Fue Felipe II quien, años después, ordenó traer secretamente a España a Bárbara Blomberg, donde pasaría más de treinta años prácticamente recluida hasta su fallecimiento en la localidad cántabra de Colindres en 1598.


Aunque el emperador no le reconoció como hijo suyo, sí estuvo en todo momento al tanto de la educación del muchacho, que fue bautizado con el nombre de Jerónimo.


Don Luis de Quijada llegó a un acuerdo con un músico de la corte, por el cual, a cambio de cincuenta ducados anuales, se comprometía a dar una educación al niño como correspondía a su estirpe. Pero esto no fue así. El hijo natural del emperador que dominaba media Europa,jugaba como uno más en las calles de Leganés, donde vivió tres años en total libertad. Pasaba sus días con los niños y pícaros del pueblo cazando pájaros y jugando a representar grandes batallas de la reconquista, emulando en muchas ocasiones, sin él saberlo, a su verdadero padre, a Carlos V.

En 1554 D. Luis volvió en busca del pequeño y fue poco halagüeño lo que vio. Se encontró con un niño de siete años con unas carencias enormes y una educación elemental. Jerónimo a duras penas podía recitar el abecedario entero. Considerando que la educación que estaba recibiendo el niño no era la adecuada, decidió llevarle a Villagarcía de Campos (Valladolid), donde su esposa Magdalena de Ulloa se haría cargo de él, tras la lectura de una misiva enviada por su esposo.


‹‹En nombre del amor que os tengo y del que vos me tenéis a mí, os ruego prestéis a ese niño vuestra protección maternal y cuidéis de él. Es hijo de uno de mis mejores amigos. No puedo deciros su nombre, pero os aseguro que procede de una estirpe nobilísima. Debe ser educado como el hijo de un noble, aunque su padre desea que vista con sencillez y que no se le estimule el orgullo ni la ambición.››


Tras abdicar en 1555, y antes de retirarse a Yuste (Cáceres), el rey Carlos I de España y emperador Carlos V de Alemania entrega, en los Países Bajos, un documento a su hijo Felipe II: era una clausula secreta de su testamento en donde reconocía la existencia de un hijo.


«Por cuando estando yo en Alemania, después que enviudé, tuve un hijo natural de una mujer soltera, el que se llama Jerónimo».


Ya en el Monasterio de Yuste, el Rey ordenó a don Luis de Quijada que fuese a vivir al pueblo extremeño y pidió conocer al niño en persona. El emperador se alegró de ver a su hijo tan crecido y bien educado, pero no reveló lo que don Luis de Quijada tanto deseaba que hiciera; ni ese día, ni en los meses sucesivos. Así fue como el 21 de Septiembre de 1558 muere Carlos V sin reconocer a Jerónimo, dejando en las manos de Felipe II la misión de revelarle su verdadera identidad.


Presentación de don Juan de Austria ante el Emperador Carlos V en Yuste, por Eduardo Rosales, Museo del Prado



Hubo que esperar hasta la muerte del emperador para que Jeromín conociera su auténtico origen. Hasta los doce años Jerónimo no supo que era hijo del rey Carlos I de España y V de Alemania.Siguiendo las indicaciones de su padre Carlos, Felipe II reconoció al niño como miembro de la Familia Real, y ordenó que le cambiaran el nombre por el de don Juan de Austria, otorgándole casa propia a cuyo frente puso a don Luis de Quijada.


… A don Juan de Austria


Ya aceptado en el seno de la Familia Real, don Juan tenía claro lo que quería hacer de su vida: dedicarse a la carrera militar. Adelantándose a Felipe II, le expresó su deseo de abrazar las armas, deseo que le sería finalmente concedido.

Don Juan de Austria, a falta de ser Infante de España, quiso emular a su progenitor en la carrera militar, pues las armas le tiraban desde que era un niño allá en Leganés.Y Luis de Quijada dio a su pupilo una educación propia de hijo de casa noble entrenándole en los ejercicios más acordes: esgrima, tiro y caza.


Con los años don Juan de Austria se convirtió en un fiel reflejo de lo que había sido su padre y de lo que nunca pudo ser Felipe II: un hábil jinete, un rápido espadachín, un hombre desbordante de ánimo y un amante de las armas y la guerra. 


Tras extinguir la Rebelión de las Alpujarras –donde su tutor Luis de Quijada sacrificó su vida para salvarle durante una emboscada de los moriscos–, don Juan de Austria se postuló para encabezar la coalición cristiana que pretendía hacer frente a la flota otomana.


Alzado como héroe en toda la cristiandad, fue elegido gobernador de los Países Bajos españoles en 1576 por Felipe II. Se introdujo en un laberinto político que le labró la desconfianza de su hermano, el Rey, quien empezó a sospechar que tramaba arrebatarle la Corona.


Fue Antonio Pérez, secretario de Felipe II, quien empezó a tejer una intriga en torno a la figura del que él consideraba bastardo, con el fin de presentarlo a ojos del rey como una amenaza en potencia para su corona. 


Don Juan intentó durante toda su vida borrar el estigma de su bastardía volviéndose cada vez más egocéntrico. Ese empeño acabó por levantar sospechas en Felipe II, sin duda exageradas por el ambicioso Antonio Pérez.


Por ello el Rey decidió deshacerse de su “medio-hermano” mandándole lejos de España. Le envió a Italia con la excusa de preparar desde allí nuevas acciones contra los turcos, acciones que nunca se llevarían a cabo porque la Liga Santa había sido disuelta y la Monarquía Hispánica atravesaba una de sus grandes crisis financieras.


Allí, en Italia, pasó don Juan de Austria cuatro largos años de inactividad forzosa (1572-1576), que sirvieron también para distanciar a los dos hermanos.


En 1576 muere el gobernador de los Países-Bajos, y Felipe II decide nombrar como sucesor en el cargo a don Juan de Austria, con plenos poderes y asumiendo en solitario el mando de los ejércitos allí destinados. El nombramiento no fue bien recibido por don Juan, pero asumió fielmente su nuevo cargo.Se comprometió a retirar las tropas españolas y respetar sus libertades, con la condición de mantener el catolicismo como única religión y que le aceptaran como gobernador.


En poco tiempo, don Juan se encontró aislado políticamente, sin tropas y sin dinero necesarios para llevar a cabo la misión encomendada en Flandes.  


A instancia de Antonio Pérez, Felipe II nombró a Juan de Escobedo como secretario personal de don Juan de Austria, con la misión de espiar e informar a la corte de todos sus movimientos. Pero Juan de Escobedo desobedeció esa orden y se convirtió en el fiel y leal secretario de don Juan.


Y fue él quien, al parecer, descubrió que el secretario Antonio Pérez mantenía una ilícita relación con doña Ana de Mendoza, Princesa viuda de Éboli, y que ambos estaban negociando secretamente con los holandeses a espaldas de Felipe II. Este descubrimiento le costó la vida a Juan de Escobedo, que cayó herido de muerte tras ser acuchillado por unos matones a sueldo.


Lógicamente, el asesinato de Escobedo fue convenientemente maquillado por Antonio Pérez, el cual presentó el crimen al rey como una ejecución por motivos de Estado. Pasaría tiempo hasta que Felipe II se dio cuenta de que Escobedo había sido víctima de una trampa, y mandó apresar a su secretario y a la princesa de Éboli.


Óleo de Lorenzo Vallés que recrea la emboscada que los sicarios de Antonio Pérez hicieron a Juan de Escobedo, Museo Municipal de Málaga


Fue al conocer la muerte de su secretario Juan de Escobedo cuando don Juan entró en un estado de depresión, al tiempo que contraía la enfermedad del tifus. Nombró como sucesor suyo en el gobierno de los Países Bajos a su sobrino Alejandro Farnesio y escribió a su hermano, el rey Felipe II, antes de morir el día 1 de octubre de 1578 a los 31 años, pidiéndole que respetase ese nombramiento y que le permitiera ser enterrado junto a su padre.


En 1579, los documentos personales de don Juan de Austria llegaron a manos del rey Felipe II, quien pudo comprobar que su “medio-hermano” siempre le había sido leal muy a pesar de los viperinos informes que le había suministrado Antonio Pérez.


El cadáver de don Juan de Austria fue llevado a España y trasladado al Panteón de los Infantes del Monasterio de El Escorial, con todos los honores debidos a un miembro de la Familia Real española.


El último deseo de don Juan, el de descansar para siempre cerca de los restos de su padre el emperador Carlos, a quien tanto admiró incluso mucho antes de conocer que era su progenitor, se cumplió.


Felipe II, el rey del imperio en el que nunca se ponía el sol, cumplió la palabra dada a su padre el emperador Carlos V. Por siempre vivirá con ellos el pequeño Jeromín.





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Autora: María del Sagrario Gómez Sánchez

Jefe de Sección de Recursos Humanos en la Administración del Estado





















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