martes, 25 de septiembre de 2018, 18:50
Elmonarquico2015
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¡Flamenco, guitarra y olé!

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                                                                        Bailaora de flamenco




FranciscoJ.Tostado

No sé si habéis tenido la oportunidad de visitar las cuevas del Sacromonte en el barrio del Albaicín de Granada, una experiencia difícil de olvidar que os recomiendo sin lugar a dudas. La imponente puesta de sol con la vista de la Alhambra al fondo y disfrutar el sentimiento del flamenco en alguna de esas cuevas es algo único. Por la Cueva de la Rocío, la Faraona, la de Manolo Amaya, y por supuesto, la de María la Canastera, han pasado artistas y personajes ilustres de todo el mundo. 


Algunos de los que allí viven dicen que en ellas habita “El Duende”, la esencia y el embrujo del flamenco, y algunos también dicen que fueron construidas hace más de 500 años por los musulmanes, permitidme que os acerque un poco más su historia, que, siempre irá ligada a la del arte del flamenco.


El Albaicín (Albayzín), Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es un barrio situado en una colina al este de Granada que comenzaría a poblarse en época íbera y tras la romanización de la península, Julio César otorgaría el título de Municipium. Tras las invasiones de los pueblos germánicos permanecerían allí una pequeña comunidad judía y algunos mozárabes, y con los nazaríes aumentaría su influencia convirtiéndose en el núcleo originario del Reino de Granada.


En el año 1090 los almorávides se instalarán en el Albaicín tras la ocupación de sus territorios por parte de los cristianos. Será con la conquista del reino de Granada en 1492 que en el Albaicín encontremos a los moriscos hasta que fueran expulsados definitivamente del reino de Granada en 1570. En el siglo XVII el barrio se despoblaría pero ya antes comenzó a ser habitado por un pueblo procedente de la India, los gitanos.


                                   El barrio del Sacromonte en el Albaicín (Granada)


Decía al principio que en las cuevas puede respirarse esa esencia del flamenco y es que en su origen existen muchas hipótesis que intentan explicar su etimología: unas lo comparan con el ave zancuda por la similitud del aspecto del lenguaje corporal de sus intérpretes con ella; otras lo relacionan con los campesinos moriscos, muchos integrados en las comunidades gitanas y cuya expresión árabe “Felah-Mengus” significa “campesino sin tierra”; los hay que dicen que el cante flamenco manifestaría el dolor de ese pueblo marginado; otros, sitúan su origen en Flandes en tiempos del emperador Carlos V, conociéndose a los gitanos como flamencos, aunque bien podía ser porque el término sería propio de la germanía donde “flama” se referiría al temperamento fogoso de los gitanos.


El flamenco


Pero lejos de todas estas suposiciones el flamenco nace del propio pueblo encontrando su raíz en el folclore popular, aunque va más allá. Surgiría como género a finales del siglo XVIII en ciudades y villas de toda Andalucía, alcanzando categoría de arte a finales del siglo XIX. Entonces podíamos encontrar locales nocturnos donde poder disfrutar del flamenco, eran los “cafés cantantes”, muy conocidos en Triana, Jerez, Cádiz y Sevilla, donde se pondrían tan de moda que acabaría profesionalizándose.


Fotografía titulada “Café Cantante”, por Emilio Beauchy en Sevilla (España), alrededor del año 1888.



Hoy no entenderíamos el flamenco sin el baile y sin la guitarra, pero al principio solo había cante (el cante jondo sería su precedente, según M. Falla). Gracias a una biografía del compositor Mariano Vázquez Gómez sabemos que con Francisco Rodríguez “El Murciano” comenzaría a añadirse la guitarra, no tanto como toque “por lo fino” sino como toque “por lo flamenco”. 


El Murciano


Nacido en el mismo barrio del Albaicín a finales del siglo XVIII, a los cinco años comenzaría a tocar una guitarra conocida como “Tiples”, más pequeña que las actuales. Autodidacta, comenzaría a ser conocido por toda Andalucía y los cantaores más famosos de la época le reconocían que “su manera de acompañar no tenía semejante, por la riqueza y novedad de ritmos, y por el sorprendente encadenamiento de acordes”.


Sería de los primeros en abandonar las cuerdas dobles de la guitarra típica de Barroco, adoptando la actual de seis cuerdas y su improvisación hacía que no se acordara de repetir lo que tocaba, hecho que desesperaba al compositor ruso Mijail Glinka cuando durante su estancia en España intentaba anotar sus acompañamientos en un pentagrama para después poder tocarlo él en el piano.


Los guitarristas flamencos, conocidos como tocaores, utilizarán una guitarra menos pesada y con la caja más estrecha que la guitarra clásica para adquirir una sonoridad que no eclipsara al cantaor. La técnica para tocarla también difiere de los guitarristas clásicos: cruzan las piernas y apoyan el instrumento sobre la que se encuentra más elevada; colocan el mástil casi horizontal al suelo; utilizan un rasgueo y picado distinto…


En nuestros días no se puede entender el flamenco sin la guitarra y eso se debe en parte a grandes maestros como El Maestro Patiño, de Cádiz; Paco el Barbero, de Sevilla; Paco el de Lucena, en Córdoba; Ramón Montoya Salazar, y no, no me olvidaré de él… Paco de Lucía







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Autor: Francisco Javier Tostado

Médico especialista en Obstetricia y Ginecología

Escritor, amante de la historia y bloguero

http://franciscojaviertostado.com




















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