martes, 18 de junio de 2019, 18:41
Elmonarquico2015
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Poetas españoles que no debemos olvidar

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Por Óscar Solano









Josefina de la Torre: entre la “canariedad” y el vanguardismo



La tarde tiene sueño

y se acuesta en las copas de los árboles.

Se le apagan los ojos

de mirar a la calle

donde el día ha colgado sus horas

incansable.

La tarde tiene sueño

y se duerme mecida por los árboles.

El viento se la lleva

oscilando su sueño en el aire.


En junio de 2015, un destacado editor de poesía afirmaba que durante todo el siglo XX la literatura española no había dado a luz “ninguna gran poeta comparable a lo que suponen en la novela Ana María Matute o Martín Gaite” y apostillaba: “No hay una poeta importante ni el 98, ni en el 27, ni en los 50, ni hoy”. Esta desafortunada afirmación provocó tal clamoroso rechazo en las redes sociales que varios centenares de firmas llegaron a presentar una reclamación en la web “change.org” exigiendo una rectificación. Y es que los lectores, los críticos y, en definitiva, los estudiosos de la literatura han sostenido y sostienen todo lo contrario: la poesía en lengua española del pasado siglo (y del presente) escrita por mujeres goza de una muy buena salud pese al olvido al que algunos, por negligencia o ignorancia, la releguen.


Como quiera que en esta sección lo que proponemos es, precisamente, no olvidar a nuestras y nuestros poetas, la insólita anécdota sobre dicho editor nos sirve de pretexto para recordar a Josefina de la Torre Miralles (1), cuya biografía responde a la de una auténtica mujer de vanguardia y cuya obra debemos tener presente cada vez que hablemos de la conocidísima “Generación del 27”. Con miembros de esta, nuestra autora compartía, como dice Alicia Medreros, “no solo el gusto por la sencillez formal, el lirismo interior y el uso de un lenguaje cercano a la expresión popular, sino la atención a las innovaciones aportadas por las vanguardias artísticas”. El poeta Gerardo Diego en su “Poesía española. Antología (Contemporáneos)”, publicada en 1934, dio cuenta de ello al incluir a Josefina de la Torre y a Ernestina de Champourcín en la nómina de los mejores y más innovadores poetas españoles de aquella época.


Josefina de la Torre

Josefina de la Torre Miralles nació en 1907 en Las Palmas de Gran Canaria, en el seno de una familia burguesa, algunos de cuyos miembros tuvieron un importante protagonismo en la vida intelectual y artística insular. Su padre, Bernardo de la Torre y Comminges fue un hombre de negocios que contribuyó firmemente al desarrollo de su ciudad y del Puerto de la Luz; su madre, Francisca Miralles, era hija del historiador, novelista y músico Agustín Miralles Torres; su hermano Claudio fue novelista, poeta, dramaturgo, director de cine y de teatro, y Premio Nacional de Literatura en 1924; su primo, Néstor Martín-Fernández de la Torre, pintor de reconocido prestigio y figura imprescindible del simbolismo y modernismo; etc., etc. Nuestra poeta crece, por tanto, en un sólido ambiente cultural que influye tanto en su formación como en su concepción del mundo y en su percepción de la realidad. Gracias a dicho ambiente (y también, claro está, a una cómoda economía familiar) pudo acceder a una educación, vetada desgraciadamente a la mayoría de mujeres españolas de su generación. Josefina se interesó por la música, el canto, el deporte y las artes escénicas. Su biografía (en la que no abundaremos porque los lectores de El Monárquico la tienen a su alcance en centenares de páginas web) está repleta de actividades profesionales (como cantante; como actriz de teatro, cine, radio y televisión; como ayudante de realización, guionista o voz de doblaje…) relacionadas con estas disciplinas, por las que obtuvo un merecido reconocimiento. Fue, por tanto, un claro ejemplo de mujer moderna en una época y en un país en que el hombre se atribuía todo el protagonismo. De espíritu libre y artístico, participó activamente de todos los cambios (incluidos, los de mentalidad) que trajeron consigo las vanguardias de los años veinte.


Con todo, lo que nos interesa destacar aquí es su vocación literaria. Sus primeros versos datan de 1915 y los dedicó al poeta modernista canario Alonso Quesada. Su primer libro, Versos y estampas, fue publicado en 1927 y prologado por Pedro Salinas, poeta al que Josefina siempre consideró su maestro. En 1930, vio la luz uno de sus mejores libros: Poemas de la isla. El año 1937, publicó narrativa corta (historias de amor y policíacas) en la colección La Novela Ideal, con el seudónimo de Laura de Comminges. Memorias de una estrella y En el umbral son dos novelas que nuestra autora publicó en 1954. Marzo incompleto, su tercer poemario fue publicado en 1968 y con el título Poemas de la isla fue editada en 1989 su obra poética completa que incluía un poemario inédito: Medida del tiempo.


En la Antología de Gerardo Diego antes mencionada, Josefina de la Torre definía de este modo la poesía: “Está tan unida a tanto misterio que, por desconocida, nunca me había parado a pensar lo que era. Sólo a sentir que es”. En efecto, sus cuatro libros de poemas son, además de un diario íntimo y personal, un camino que recorre –desde un profundo lirismo- un mundo interior en el que conviven los recuerdos de su infancia y de su juventud con el amor a todo lo relacionado con su isla. Estamos de acuerdo con Blanca Hernández Quesada cuando dice, en su artículo “Josefina de la Torre Miralles, una escritora vanguardista” (El Guiniguada, nº. 10, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, 2001) que la “canariedad” de nuestra poeta “(…) está presente en toda su obra (…); su poesía evoca constantemente a su isla: el mar, la sal, la playa y el viento (…), creando un espacio verdaderamente acogedor”. Pero, sobre todo coincidimos en que “La obra de Josefina de la Torre mantiene una trayectoria personal y compacta. Sensibilidad y lirismo, innovación y tradición, recuerdos y presente, intimismo y cosmopolitismo son constantes que definen su poesía; una poesía que se ha sabido mantener fiel a una única voz. a su voz de mujer”.(2)


Esta mujer, esta poetisa a quien no debemos olvidar, nombrada Miembro de Honor de la Academia Canaria de la Lengua en el año 2000 y galardonada con la Cruz de la Orden “Islas Canarias” por el Gobierno de Canarias en el 2002, murió el 12 de julio de ese mismo año en su casa de Madrid. Nuestro mejor recuerdo es, sin duda alguna, seguir leyendo su obra:


Llevabas

en los pies arena blanca

de una playa desconocida.

Por eso

cuando a mí llegaste

no sentí tus pisadas.

J de la Torre

Llevabas

en la voz desnuda

un compás de espera.

Por eso

cuando me hablaste

no pude medir tu voz.

Llevabas

en las manos abiertas

espuma blanca de aquel mar.

Por eso

de tu bienvenida

no pude conservar la huella.

Todo tú

venías en mi busca

y no pude reconocerte.

¡Arena blanca, compás de espera, espuma blanca!

¡Inquieto sueño de la verde orilla,

rizado de preguntas…!











(1) www.josefinadelatorre.com 


(2) Para los lectores interesados en profundizar en la obra de Josefina de la Torre y en la literatura de vanguardia de las Islas Canarias, les recomendamos el trabajo de investigación realizado por José Manuel Martín Fumero en su tesis doctoral “Las ‘otras voces’ de la lírica insular de vanguardia” a la que se puede acceder gracias al Servicio de Publicaciones de la Universidad de La Laguna: ftp://tesis.bbtk.ull.es/ccssyhum/cs257.pdf




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Autor: Óscar Solano

















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