martes, 17 de septiembre de 2019, 17:11
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Giovanni Battista y el descubrimiento de Abu Simbel

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Artista, aventurero ilustre pero singular a la vez. Giovanni Battista Belzoni (1778-1823) hijo de un barbero, nace en Padua (Italia). Su altura -medía dos metros de altura- y su fuerte complexión hicieron que para subsistir realizara exhibiciones de fuerza en ferias y circos de Londres. En 1814 se casa con la intrépida Sarah Bane, su inseparable mujer de aventuras, iniciando varias actuaciones por toda Europa. Será en Malta donde conocerá al agente del bajá de Egipto que le invitará al país que le cambiaría su vida a partir de ese momento, Egipto.


Belzoni, además de artista de circo era ingeniero y buscador de antigüedades, así que, con 37 años, recaló en Egipto, cambiando su trabajo de “Sansón Patagonio” como se le conocía artísticamente por el de “conseguidor” de antigüedades del cónsul británico Henry Salt.


Hasta entonces Europa desconocía la existencia de los templos de Abu Simbel. El primer occidental que se tiene constancia que los vio (sepultados en la arena) fue otro intrépido viajero suizo, Johann Ludwig Burckhardt, en 1813. Dos años después, coincidiendo en El Cairo con Henry Salt y Belzoni, les explicó la existencia de esos templos. Será a partir de entonces que realizaría tres viajes al Alto Egipto entre 1816 y 1818, enfrentándose a ladrones, enfermedades e intrigas que no evitaron que realizara sus fascinantes descubrimientos que darían el empuje definitivo a la egiptología. En Karnak recuperó la cabeza de un coloso en el Ramesseum, descubrió la tumba de Ai (sucesor de Tutankhamón), se llevó a Inglaterra un obelisco del Templo de Isis, en el Valle de los Reyes en Tebas descubrió la tumba de Seti I y encontró la entrada de la Pirámide de Kefrén.


El descubrimiento de Abu Simbel


En 1816, durante su segundo viaje por el Nilo, acompañado de su esposa, llegó al lugar indicado por Burckhardt. Allí pudo ver los templos sepultados por la arena y la estatua de un dios con cabeza de halcón. Pensó -acertadamente- que debajo se encontraría la puerta del templo. Trepó una colina de once metros de arena para calcular el esfuerzo que requeriría retirarla toda y solicitó después al jefe local los hombres necesarios para ello. Tras una dura negociación le prometió la mitad de los tesoros que encontrara (aunque esperaba que no se encontraría ninguno) y una paga de dos piastras diarias por hombre. Pero el primer problema que se encontró fue que ninguno quería trabajar para el hombre occidental. Tan obstinado como forzudo, Belzoni consiguió su propósito, pero a medida que avanzaban los días era más consciente de que se quedó corto en sus cálculos. Un día, los nubios le abandonaron cuando Sarah perdió la paciencia y sacó una pistola. Este hecho hizo que abandonaran temporalmente la misión para recoger más dinero en El Cairo y regresar en el verano siguiente. Tras entregarle más obsequios al jefe de la zona los trabajos se reanudaron.



El 31 de julio descubrieron la entrada y cavaron un agujero lo suficientemente grande para que pudiera pasar una persona. Estaban preparados para entrar en un lugar en el que durante más de mil años había permanecido cerrado cuando sus obreros comenzaron a quejarse por sus salarios y su escasa comida. Mientras esto sucedía, el intérprete que les acompañaba, Giovanni Finati, se coló en el interior, percatándose el resto se apresuraron a seguirlo. Al entrar vieron la majestuosidad de su vestíbulo, con ocho gigantescas estatuas de Ramsés II y unas imágenes que en ese momento no reconocieron, la batalla de Qadesh, en la que el faraón vencía a los temidos hititas. Los capitanes británicos que le acompañaban se sentaron sobre la arena que cubría el interior para dibujar un plano de todo lo que estaban viendo. Después el nombre de Ramsés serviría a Champollion para descifrar la lectura de los jeroglíficos.


Algunos le pueden considerar como uno de esos exploradores que saquearon las maravillas que permanecían ocultas en Egipto, pero muchos otros le consideran el prototipo de aventurero de su tiempo. Murió en 1823 en la desembocadura del río Níger, haciendo que su leyenda perdurara para siempre.




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Autor: Francisco Javier Tostado

Médico especialista en Obstetricia y Ginecología

Escritor, amante de la historia y bloguero

http://franciscojaviertostado.com

























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