martes, 25 de septiembre de 2018, 17:22
Elmonarquico2015
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La grandeza de un caballero, Leonard Cohen

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Estos últimos días los vientos soplaban suaves, llevaban una cadencia de pausa porque se rendían a la poesía y a la música. Estos últimos días el mundo se impregnó de su magia, y su voz arrastrada seducía por última vez antes de su viaje más largo. La brisa regalaba nuestros oídos y mecía nuestros sentidos al son de su voz. Casi con seguridad, me atrevería a pensar que como sólo un caballero haría, él la recibió con cortesía sorprendiéndola tal vez con una invitación para su último baile, como entonara en su "Dance me to the end of love", él la seduciría conduciendo el baile de ambos, el baile eterno. Ella, había esperado 82 años, pero ella siempre llega y un mes de noviembre, ambos acudieron a su cita, ella implacable ante nada ni nadie, comedido él, correcto, mirándola a los ojos directamente, sin inquietud, sosegado su espíritu, aún aventuraría su tenue sonrisa, pues no en vano ente otras cualidades, poseía la sabiduría del estudioso que se adentra en los misterios. Siendo la muerte uno de los más insondables, consciente de ese gran paso al que en vida había dedicado profundo y serio pensamiento y estudio, ella, había por fin, aparecido. Su partida nos dejó un vacío en el alma, pues ésta se dejaba acariciar y se abandonaba a la profundidad de su palabra, al magnetismo de su llamada. Nos queda su imagen, sus melodías, su sensibilidad hecha canto poético. Nos queda eso y más. Nos queda un proceder, un ser, un conducirse en la vida, como sólo quien se ha despojado de lo superfluo y conoce la verdad de la Verdad puede hacer, nos queda la imagen de la excelencia y la humildad, pues una sin la otra no pueden existir. Nos queda la grandeza de alguien que no necesitaba actuar para fingir un personaje, porque nos dejó un legado aparte de su música, un conducirse en la vida con dignidad exquisita, una autenticidad exenta de maquillajes, nos legó en esta época de falsas máscaras, las pautas y proceder de esa excelencia única. Su vida está colmada de momentos ejemplares de su señorío, pero éste del que transcribo sus palabras, es un bellísimo testimonio de todo lo que hacía de él, el ser especial que nos acompañó regalándonos hermosos y bellos momentos, haciéndonos sentir en lo más profundo de nuestro ser a través de la cadencia de su voz y la seducción de sus composiciones.


Fue durante su discurso al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2011. En la red es posible encontrar un vídeo de ese momento en el que permitirnos escuchar su voz y leer su reflexión con el fondo de su sublime “Hallelujah”; para quien guste regalarse un momento de pausa y una caricia a su sensibilidad.



“......Pero un día, a principios de los 60, estaba de visita en casa de mi madre en Montreal. Su casa está junto a un parque y en el parque hay una pista de tenis y allí va mucha gente a ver a los jóvenes tenistas disfrutar de su deporte. Fui a ese parque, que conocía de mi infancia, y había un joven tocando la guitarra. Tocaba una guitarra flamenca y estaba rodeado de dos o tres chicas y chicos que le escuchaban. Y me encantó cómo tocaba. Había algo en su manera de tocar que me cautivó. Yo quería tocar así y sabía que nunca sería capaz.


Así que me senté allí un rato con los que le escuchaban y cuando se hizo un silencio, un silencio apropiado, le pregunté si me daría clases de guitarra. Era un joven de España, y solo podíamos entendernos en un poquito de francés, él no hablaba inglés. Y accedió a darme clases de guitarra. Le señalé la casa de mi madre, que se veía desde las pistas de tenis, quedamos y establecimos el precio de las clases.


Vino a casa de mi madre al día siguiente y dijo: «Déjame oírte tocar algo». Yo intenté tocar algo, y él dijo: «No tienes ni idea de cómo tocar, ¿verdad?». Yo le dije: «No, la verdad es que no sé tocar». «En primer lugar déjame que afine la guitarra, porque está desafinada», dijo él. Cogió la guitarra y la afinó. Y dijo: «No es una mala guitarra». No era la Conde, pero no era una guitarra mala. Me la devolvió y dijo: «Toca ahora». No pude tocar mejor, la verdad.


Me dijo: «Deja que te enseñe algunos acordes». Y cogió la guitarra y produjo un sonido con aquella guitarra que yo jamás había oído. Y tocó una secuencia de acordes en trémolo, y dijo: «Ahora hazlo tú». Yo respondí: «No hay duda alguna de que no sé hacerlo». Y él dijo: «Déjame que ponga tus dedos en los trastes», y lo hizo «y ahora toca», volvió a decir. Fue un desastre. «Volveré mañana», me dijo.


Volvió al día siguiente, me puso las manos en la guitarra, la colocó en mi regazo, de manera adecuada, y empecé otra vez con esos seis acordes –una progresión de seis acordes en la que se basan muchas canciones flamencas–. Lo hice un poco mejor ese día. Al tercer día la cosa, de alguna, manera mejoró. Yo ya sabía los acordes. Y sabía que aunque no podía coordinar los dedos para producir el trémolo correcto, conocía los acordes, los sabía muy, muy bien.


Al día siguiente no vino, él no vino. Yo tenía el número de la pensión en la que se hospedaba en Montreal. Llamé por teléfono para ver por qué no había venido a la cita y me dijeron que se había quitado la vida, que se había suicidado.


Yo no sabía nada de aquel hombre. No sabía de qué parte de España procedía. Desconocía porqué había venido a Montreal, porqué se quedó allí. No sabía porqué estaba en aquella pista de tenis. No tenía ni idea de porqué se había quitado la vida. Estaba muy triste, evidentemente.


Pero ahora desvelo algo que nunca había contado en público. Esos seis acordes, esa pauta de sonido de la guitarra han sido la base de todas mis canciones y de toda mi música. Y ahora podrán comenzar a entender las dimensiones de mi gratitud a este país.


Todo lo que han encontrado de bueno en mi trabajo, en mi obra, viene de este lugar. Todo lo que ustedes han encontrado de bueno en mis canciones y en mi poesía está inspirado por esta tierra.


Y, por tanto, les agradezco enormemente esta cálida hospitalidad que han mostrado a mi obra, porque es realmente suya, y ustedes me han permitido añadir mi firma al final de la página.


Muchas gracias, señoras y señores.”


Sólo alguien como él, es capaz de dedicar sus palabras y otorgar el lugar que considera justo a quien se cruzó en su camino durante un periodo tan corto de su vida, pero suficiente para mostrarle los acordes que serían la base de su música. En tan significativo escenario y ante los Reyes de España, conmoviendo y consiguiendo que todos los presentes sintieran el escalofrío de la emoción. Con algo tan digno, tan preciado y valioso para quien posee ese don, como es la Gratitud.





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Autora: Marifé Miguel García















1 Comentarios

1

Magnífico artículo. Gracias.

escrito por Roser Muntada 21/nov/16    13:21

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