lunes, 11 de diciembre de 2017, 19:50
Elmonarquico2015
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Noche de Difuntos o Halloween.

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Marife

Estamos en una época del año que nos invita a retomar lazos con los ausentes. Sentir de nuevo a aquellos que se han ido antes que nosotros y reclaman su lugar en nuestra memoria. Son...o deberían ser días de recogimiento, de vuelta a nuestras raices en la presencia de los que no están, no están en apariencia pero sí están en nuestros corazones, esa morada nunca la abandonarán. Por eso, la llegada de el día de Difuntos es motivo de agridulce recuerdo y sentir.


Desde tiempos antiguos, el hombre en sus inquietudes ha sentido necesidad de entender la muerte, el más allá, la trascendencia de la vida y por eso pregunta a lo visible y a lo invisible. Desde tiempos ancestrales también, el hombre ha caminado coexistiendo con su entorno, cuando la Tierra, el Cielo y la vida transcurrían a la par de las estaciones y los ciclos de esta nuestra casa llamada Tierra se ligaban a los humanos.


Hoy continúa rindiéndose homenaje y honrando a los muertos en este mundo, de diferentes formas, según la tradición y creencias particulares de cada lugar, con diferentes nombres pero el espíritu que anima ese respeto es el mismo.


Leo y escucho como se nombra y se polemiza con la masiva celebración de Halloween, se dice que es una fiesta importada del pais al que una vez llegaron mayoremente gentes desde Europa como colonizadores. En realidad es allí, allende los mares el lugar al que nosotros llevamos nuestras tradiciones y no al revés. América en aquel tiempo eran vastas extensiones de naturaleza pura pobladas por tribus indias que en su sabiduría honraban a sus muertos de igual manera que hacíamos aquí, en el viejo continente. Hoy el nombre, solivianta a más de uno, pero nada más nuestro que lo que significa el espíritu de esta fecha llámese como se llame. En la tradición antigua donde la nuestra hunde sus raíces, la que estaba más arraigada a la tierra y sus ciclos vitales era el momento de celebración del fin de las cosechas. El momento de agradecimiento por aquello que la Tierra proporcionaba y el fin del verano que daba paso a una época más recogida, con menos luz, la época del descanso de los campos con el fin de recuperarse con benevolencia y nuevos bríos para la temporada siguiente. Con el tiempo la nueva religión imperante cristianizó aquellas celebraciones paganas, y convirtió a sus propios ritos este día en que las costumbres`populares se perdían en la memoria de los tiempos conociéndose como fiesta de Todos los Santos o Día de Difuntos.



Molesta a algunos que opinan que hay costumbres que no nos son propias, como vaciar calabazas y rendir culto a cierto terror desbocado. Cierto es que la parte festiva se ha vuelto tremendamente popular, pero es que somos un pueblo alegre, de luz y nos quedamos con aquello que nos permita reir y disfrutar. Si procuramos dejar a los que disfrutan y meternos en la esencia de la celebración encontraremos sorpresas. La mía y es la que me gustaría transmitir aquí fue el descubrimiento hace pocos años de lo que la tradición popular arrastra. Ese es el testamento no escrito de nuestra historia, de lo que ha forjado nuestro carácter, la que nos cuentan aquellas personas que con una edad han estado presentes en las costumbres y prácticas sociales hace ya más de setenta años y aún vivien, ellas son los y las guardianas de nuestra herencia cultural. Cuenta mi madre, con sus setenta y cinco años y cuenta mi tía política con sus ochenta y muchos, y cuenta la tía de mi padre con sus ciento cuatro años a día de hoy, mujeres nacidas en diferentes lugares de Castilla, tierra vieja en saber y de recios y profundos sentires, que de niñas ellas vaciaban calabazas en la noche de difuntos y colocaban velas que iluminaban desde el interior, también esa noche de vigilia era costumbre colocar lamparillas en las esquinas de las casas. Mi sorpresa fue grande porque desconocía las tradiciones autóctonas cuando comenzaban a llegar desde fuera. Ese día comprendí que no hemos importado nada sino que hemos recuperado lo que era nuestro, pensándolo bien, los colonos americanos no eran otros que ingleses, irlandeses y otras gentes que llevaban en sus creencias la tradición celta grabada y perpetuaron allí donde asentaron sus nuevos hogares.


Y en cuanto a que la Noche de Difuntos ahora se celebre con excesiva atención hacia aparecidos, brujas y almas errantes en su peregrinar por el inframundo, no viene de más recordar que ya el genial Bécquer, dos siglos atrás dejó plasmada en su pluma como herencia viva lo que acostumbraba a suceder tal noche en cierto lugar de Soria. En una de sus preciosas leyendas que ya en sí es un viaje a el mundo del recóndito misterio, el Monte de las Ánimas, narraba el poeta: "Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste...Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volvióse a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las campanas."


Otra gran obra "Don Juan Tenorio" convida a los fantasmas como parte esencial de su trama. La costumbre de representarse en estas fechas desde que José Zorrila la publicase en 1844, tal vez sea un intento de invocar sobre el mismo tablero de nuestra propia y particular historia, amor y muerte como componentes esenciales de nuestro paso por la vida, en busca de esa eternidad desconocida y anhelada.


Sea como fuere, en el más íntimo sentir de cada uno brilla esa noche una de las miles de velas encendidas por y para ellos, aquella que jamás se apaga, la del recuerdo en el lugar más cálido de nuestros corazones.




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Autora: Marifé Miguel García.













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