martes, 21 de noviembre de 2017, 14:59
Elmonarquico2015
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Un caso para Callejero

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Detective

Cuando al tiempo se le pide tiempo, acelera el paso y resume las horas en pocos renglones. “Es rebelde el desgraciado”, pensó el agente.

A Callejero, como era llamado por todos –desterrando su nombre y perpetuando su triste pasado–, se le estaba dificultando demasiado concentrarse (la coca de otro tiempo y la mota reciente le cobraba su cuota en neuronas), pero iba sacando la tarea a brincos y a saltos sobre la terquedad y el desorden de esos recuerdos, que siempre demandan la atención como niños malcriados. Y aunque su carácter parsimonioso casi nunca lo abandonaba, y constituía su repelente natural contra el estrés, comenzaba a sentir la presión de la hora que, irremisiblemente, se acerca. Cosa que últimamente le acosaba en los días de lluvia. 


“La hora es una cosa que viene y se va. Todo en la vida se empapa de su naturaleza”, se dijo el agente, o recordó de alguna lectura. En ese momento de apremio, eso no era importante, pero en otras circunstancias hubiera contado el tic tac al revés y al derecho hasta precisar, aún, una insignificancia como esa. Así de obsesivo decían, sus compañeros, que era, aunque él prefería considerarse metódico. “El reloj debe estar bien calibrado para que sirva de algo”, replicaba.


Para alguien al que se le habían convertido las letras en un paliativo, el “lugar común”, no era una opción donde anclar, porque “el camino a la muerte –sin intención de ser trágico–, debe ser puro, único e inimitable”, pensaba.

Ese día había amanecido como amanecen tantos, con una bruma tenue que habiendo empacado se aleja, dejando esa leve humedad, que vivimos añorando siempre, pero pronto se seca. “De eso se trata la vida, de tener sed de aguas que han corrido y de encontrar parecidos”.

Pronto el día luciría esplendoroso, como una joven linda y sonriente en falda corta. “A veces los días nos engañan y esconden terribles nubarrones tras su mejor sonrisa”, había escrito alguna vez Callejero, con la tinta crónica de su tristeza, diferente a muchas otras, porque aunque, había perdido amores, no igualaba amor a hálito de vida; y aunque había perdido familia y compañía, era adicto a indagar en sus propios e intrínsecos misterios, precisamente, en soledad. “¿De esto se trata esta tarea siempre inacabada?, ¿de crecer mientras nos acercamos a los infinitesimales de la nada?”, inquiría continuamente, intentando quebrar las superficies.  


Habiendo ordenado las notas en una secuencia lógica y temporal, exhaló intentado expulsar del extraño hábitat de sus procesos mentales, el miedo y el estrés que en especial ese día le generaba.

La falda corta del día se había transformado en mortaja. Terribles nubarrones, devoraron en segundos el azul intenso. El día adelantaba su fin…, ese su día, el día de extraños presagios, que había identificado y catalogado en los últimos años. Y si bien no se consideraba suicida, debía atender las voces que, armónicamente, lo convocaban al concierto de los que entonan su propia muerte en el momento preciso y no en el momento que el azar disponga.

A un lado, a su izquierda, las notas extraídas de tanta poesía que había leído, esencialmente decían: 


- Noche oscura = Pérdida, desesperanza, muerte. 


- Amanecer = Esperanza, Nuevas oportunidades, Vida. 


- Nubarrón = Tristeza, Muerte prematura, Presagio del fin inevitable. 


- Tormenta inesperada = Giro radical con consecuencia nefastas. Fin inusitado del día o de las cosas. 


Más a la derecha otras notas rezaban (en resumen): 


- Hombre = Materia altamente organizada, depredador acérrimo de cualquier cosa. 


- Conciencia = Artificio de la mente que lleva al hombre a considerarse la corona de la vida y la medida del bien y del mal. Artificio que lleva al hombre a considerarse superior a la materia de que es parte. 


- Inteligencia = Proceso neuronal complejo entre materia y energía que lleva al hombre a considerarse único y superior como consecuencia, precisamente, de esos mismos procesos. Proceso complejo que lleva al hombre a creer que existe la verdad, que ésta es aprehensible (ojo: revisar ésta palabra) y que la puede sistematizar, descartando como falso, o no verdadero, lo que no admite el método o sistema. 


Y cerrando el arco a la derecha otras notas, encabezadas por “Consecuencias lógicas” apuntaban fundamentalmente a lo siguiente: 


- Si el hombre es materia, no se crea ni se destruye, se transforma (definitivamente) 


- La muerte en consecuencia es una transformación por la que las leyes naturales buscan el equilibrio del universo, deshaciendo los procesos que desembocan en esto que llamamos inteligencia. 


- Entonces, el hombre no pierde contribuyendo a ese equilibrio, sino que beneficia el inequívoco engranaje universal. 


- Lo ideal sería el exterminio. 


Callejero, limpio el arma cuidadosamente, probó todas sus partes; una vez lista accionó el percutor sobre la sien derecha y se dio por satisfecho. Revisó los cartuchos y los colocó en el cargador, luego éste en el arma y descorrió el seguro. “Listo” se dijo.

Miró por la ventana abierta. Apretó luego los párpados. Aspiró el aire denso que escupía indicios de tormenta. Sintonizó todos sus sentidos con las voces armónicas que cantan las transformaciones. Tomó el arma y al ritmo de las notas que presentía accionó el brazo suavemente hasta colocar aquella en la cabeza (“No podría haber sido en el corazón, porque el único problema del hombre es, precisamente, en su cabeza”, se dijo). Luego, sincronizado siempre con el universo, abrió los ojos para mirar su destino entre las cosas. Para descubrir entre los grises su propios elementos.

Retiró entonces el arma, imbuido en la armonía. Cayó rítmicamente sobre las sábanas blancas, dejando que sus poros aspiraran el sol que inesperadamente aparecía. Definitivamente, hoy no sería. “Quizás otro día que no se llame ‘hoy’ sería el indicado”, concluyó y luego siguió aspirando y exhalando por un rato. Después se incorporó para anotar en su libreta: 


- Considerar esos giros inesperados e inexplicables. 


- Considerar la posibilidad de una voluntad inteligente y superior que nos preserva.- Evaluar la posibilidad de un origen diferente, que bañó con su naturaleza todas las cosas. 


- Evaluar la posibilidad de una armonía escrita por nosotros. 


- Revalorar y reconsiderar la vida y el orden de prioridades de acuerdo a la nueva perspectiva. 


- ¿Por qué sentimos que esta extraña percepción de la identidad (ligada por supuesto a la conciencia), no termina con la muerte? ¿Nos miente nuestra naturaleza o nos mentimos al negar lo que nos dice?

Callejero, tendría ahora que sopesar los nuevos elementos. “Tamaña tarea. Me llevará toda la vida”, se dijo. Ya era hora del almuerzo y hacía hambre. Habría que asistir a los instintos.



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Autor: Gerardo Mont 










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