lunes, 26 de junio de 2017, 02:12
Elmonarquico2015
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La noche de San Juan: ardiente fiesta pagana

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¡Pobre de aquel que el pasado 23 de junio no celebrase la más pagana (y también la más sagrada) de las fiestas! El paso de los años, de los estíos, de los solsticios, e incluso de las eras, ha servido para que los hombres y las mujeres hayan mantenido (y al mismo tiempo recuperado) una fiesta que siempre fue sagrada y que por eso mismo siempre ha sido pagana: a pesar del uso religioso que ciertos entes han querido otorgarle, y a pesar también de que sean muchos los lugares en los que la festividad del inicio del estío ha conseguido diluirse entre las brumas, afortunadamente son muchos más los que siguen celebrando esta fiesta de una forma atávica y artística, de una manera desinhibida y ardiente, como debe ser... Esa mágica noche, toda clase de hogueras adornan playas y montes, y la gente danza delante del fuego como ha hecho durante miles de lunas, pidiendo deseos nuevos y quemando aspectos viejos que necesitan purificarse... y muchas de esas personas, con buen conocimiento de causa, se entregan a juegos para adultos de lo más estimulante.


Desde el punto de vista gastronómico, es necesario recordar que estos festejos cuentan con sus propias recetas, como la omnipresente coca de Sant Joan que se prepara en Cataluña (y que sigue estando verdaderamente buena) y las peras de San Juan o peruchos –como se les llama por el Norte–, esas peritas pequeñas que sólo existen en esta época del año. Pero si alguien es protagonista en esta noche sagrada, cuando estamos junto al fuego y bailamos en torno a él, ése es sin duda el vino: Dionisos (o Baco o cualquier otra de sus múltiples formas) nunca se ha ido de las playas mediterráneas (ni siquiera cuando las hemos llenado de cemento) y esa noche es cuando precisamente más posibilidades tenemos de verlo danzar por las arenas, embriagado de los efluvios del alcohol...


Mientras que del lejano Norte, de las oscuras y siempre misteriosas tierras gallegas, nos llega el legado de la queimada, brebaje alquímico donde los haya en cuya elaboración interviene sobre todo el fuego (no podía ser de otra manera) y que necesita incluso de un conxuro para estar perfectamente preparada: esa noche, hasta los más abstemios rompen su celibato y se dejan llevar por la alegría de un planeta entero que deja atrás los rigores del invierno y las flores de la primavera para adentrarse plenamente en las maravillas del verano, época de recogida de la cosecha y de abundancia y celebración...


Y es que, precisamente, si destacamos las ardientes virtudes de esta especial noche, es porque sin duda es el momento más propicio de todo el año para que hombres y mujeres desaten sus deseos más ardientes y se entreguen a las caricias más paganas (es decir, más sagradas) con la ayuda de semejantes espíritus: ya decían los romanos que el mejor de todos los vinos era el que se degustaba directamente del pecho de una mujer (y lo mismo vale para el hombre), y aunque la ardorosa queimada no se presta a tales menesteres por su propia naturaleza, no cabe duda de que es una excelente acompañante para los momentos amorosos.


En la privacidad que sólo otorga la pareja, al abrigo de miradas indiscretas y procurando tener cerca el mar (y el fuego, y la luna), ambos amantes pueden entretenerse en embriagar todos y cada uno de sus sentidos con la ayuda de un buen mosto y el delirio de sus cuerpos desnudos, ardientes como el fuego y bruñidos como la luna... porque en esta fiesta no hay nada que no sea sagrado (es decir, no hay nada que no resulte pagano), y las manifestaciones amorosas son algo todavía más obligado que las promesas de año nuevo o los buenos deseos para los demás.


¡Ah, por cierto, que tengan especial cuidado aquellos amantes que no deseen aprovechar del todo las cualidades de semejante momento...! Porque como hemos dicho ya, no hay noche (ni hora) más propicia que esa para concebir una nueva vida.




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Autor: Házael González

Escritor
















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