miércoles, 22 de noviembre de 2017, 19:13
Elmonarquico2015
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Las obsesiones

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Ustedes, seguramente, recordarán el personaje de esa película premiada de 1997, “Mejor imposible”. En ella, el carismático Jack Nicholson protagoniza la vida, o mejor, el “sin-vivir” de alguien que padece de neurosis obsesiva. Allí, en las extravagancias, en la excentricidad de su comportamiento podemos observar una parte muy representativa de las características que forman parte del cuadro neurótico obsesivo: desconfianza en sí mismo, vergüenza, acciones compulsivas, ceremoniales conjuratorios, rumiación mental..., y la duda, envolviendo su existencia. Pero, ¿qué son las obsesiones?.



Habíamos visto como, estudiando los casos de histeria de finales del siglo XIX, quedaría definitivamente establecida la incidencia del factor psíquico (afectivo) en la etiología de determinados trastornos orgánicos. Trastornos funcionales cuya sintomatología inicial (contracturas, parálisis, vómitos, mareos, desmayos, etc.) no podía ya atribuirse a causas orgánicas. Al hecho de que lo mental podía “tocar” lo corporal, le siguió que lo psíquico, también, afectaba a lo psíquico. Es decir, que el movimiento, en base a los hallazgos clínicos, fue doble: la mente, la psíque, no sólo perturbaba las funciones corporales sino que además haría lo propio con las funciones psíquicas; éste es el caso de las neurosis obsesivas, o, como veremos más adelante, de las fobias, ambas dentro de la estructura neurótica.


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Muchos, probablemente, conocen a personas a las que se las suele tildar de “maniáticas”. Hombres y mujeres atrapados en la vida cotidiana por la ejecución de una serie de ceremoniales o rituales que, a pesar de parecerles absurdos a ellos mismos, no pueden dejar de hacerlos. Y ello con el consiguiente coste de energía que semejante “adicción” implica, puesto que en ocasiones se llega a la extenuación. Acciones compulsivas que van a exigirle un esfuerzo que acabará por agotarlos en lo interminable de sus repeticiones, en al meticulosidad de su acabado, en lo complicado del propósito.


Si en la histeria, en el escrito anterior (“Cuando el cuerpo habla”) observamos como los síntomas eran la expresión simbólica de un conflicto psíquico desplazado al cuerpo a través de un mecanismo denominado conversión, en la neurosis obsesiva será esa incapacidad para somatizar lo que hará que el afecto que ha sido separado de la representación intolerable permanezca en lo psíquico. Es así como dicho afecto, separado ya de tal pensamiento, imagen o idea incómoda, cargará a otra representación no intolerable para el sujeto, que se constituirá en la representación obsesiva. Representación obsesiva que podrá ser cualquier imagen, pensamiento o idea; de ahí el carácter absurdo de muchas obsesiones, donde la capacidad de desplazamiento de los síntomas desde su forma primitiva a otra muy alejada constituye una constante. Por eso, por su carácter de deformación en los desplazamientos, el arduo trabajo que, en ocasiones, supone el “desciframiento” de lo que hay “escondido” detrás de la puesta en escena de dicho nódulo patógeno. Nódulo patógeno o núcleo del problema donde lo que subyacerá será un profundo sentimiento de culpa. Sentimiento de culpa que va a generar una “invasión” de reproches. Reproches, por supuesto, desfigurados por un trabajo psíquico inconsciente de transformación y sustitución.





Dibujo



                       
Los que padecen neurosis obsesiva
viven atrapados en la vida cotidiana
por la ejecución de una serie de 
ceremoniales o rituales que no
pueden dejar de hacer


En ese sentido, es curioso que la cura del obsesivo escritor encarnado por el actor norteamericano pase por enamorarse. Enamorarse como antídoto del miedo, como correctivo a la desconfianza provocada por una “mala conciencia”. ¡Sí, una vez más el miedo!. El miedo y la duda. El miedo como telón de fondo. El miedo como inhibición al movimiento: al propio fluir de la vida. Miedo al cambio, miedo en forma – desgraciadamente cada vez más de moda- de miedo al compromiso. A comprometerse con la otra cara del miedo: la del deseo. Siendo, en el caso de esta alma en pena, el deseo de amar y sentirse amado. ¡Y, las dudas!. Porque el neurótico obsesivo difícilmente da un paso sin garantías. Y aunque el final de esta la historia acabe felizmente, comiendo croasanes con su amada, no siempre ocurre así. Es cierto que la ideología de “modernidad” de hoy en día, tampoco favorece vencer el miedo y la duda. Sin embargo, no hay libertad si no me comprometo a algo. ¡Y difícilmente habrá salud si no me siento en cierta libertad!.




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Autor: José García Peñalver 

Psicólogo-Psicoanalista











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