sábado, 21 de octubre de 2017, 12:07
Elmonarquico2015
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Formentera, el último paraíso

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A media hora en barco de la mítica y alocada Ibiza, la isla de Formentera se jacta de proteger la intimidad de sus visitantes y de saber conjugar el turismo con la protección del medio ambiente. Sin aeropuerto donde aterrizar, su llegada por mar desanima al tradicional turista, pero estimula a quienes saben que el esfuerzo merece la pena.


Pese a tratarse de una pequeña isla de alrededor 10.000 habitantes, con 19 kilómetros de largo y 14 kilómetros de longitud máxima, su forma recortada hace que cuente 66 kilómetros lineales de costa, por lo que el visitante puede deleitarse en pequeñas y recónditas calas o en extensas playas de arena, rocas o dunas, todas ellas jalonadas con agua de una transparencia infinita.


La Posidonia, patrimonio de la humanidad


El secreto de las nítidas aguas de Formentera radica en una inmensa pradera de posidonia de ocho kilómetros de extensión que ocupa todo el norte de la isla y va hasta el sur de Ibiza, una planta que vive bajo el mar y que se considera el organismo vivo más longevo que existe, con cien mil años de existencia.


La posidonia, una auténtica selva marina, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1999 por actuar como depuradora natural para limpiar el agua y permitir la sedimentación de arena en el litoral, proteger las especies marinas y propiciar la existencia de aves, atraídas por la bondad del ambiente.


La ausencia de construcciones en la mayor parte de su litoral y la apuesta desde hace décadas por un turismo sostenible ajeno a las masificaciones urbanísticas, hacen de este rincón del Mediterráneo, con una temperatura media de 18,6 grados centígrados, uno de los últimos paraísos perdidos y refugio y fuente de inspiración de multitud de artistas y artesanos.


Jazz y desertores de guerra


En la capital de la isla, San Francisco Javier, desde mayo hasta octubre abundan los mercadillos de ropa y artesanía instalados a las puertas de las tiendas, muchas de ellas regentadas por antiguos "hippies" de mayo del 68, que se instalaron allí en los años setenta y que mantienen su residencia en verano. Frente al Ayuntamiento, situado en la plaza principal del pueblo, surge una iglesia fortificada del siglo XVIII, la de San Francisco Javier, en la que las prácticas religiosas se mezclan con los conciertos de jazz que suenan todos los sábados en las noches de verano. Frente al recinto religioso, el visitante escucha la música sentado en la terraza de El Central, un típico bar que proporciona tradicionales platos a todas horas, rodeado de muchos jóvenes de estética retro, muchos de ellos provistos de sus correspondientes canes.


La segunda población de la isla, San Fernando, cuenta con la Fonda Pepe como mítico lugar de peregrinaje porque, se dice que allí se refugiaron los desertores de la Guerra de Vietnam y que su dueño repartía, a partes iguales, el dinero que para su subsistencia les mandaban sus familiares. El boca a boca cuenta que muchos, después de escapar de las bases norteamericanas en territorio alemán, en su escalada hacia el frente, pasaban por Suecia para  conseguir refugio político y, ya con los papeles en regla, recalaban en Formentera, o bien huían desde Vietnam hasta la isla de Bali, desde donde volaban a Ibiza y, en barca, llegaban hasta Formentera.


Inspiración de artistas



Por aquí pasaron también legendarios músicos como Robert Fripp, The King Crimson, Syd Barret, Roger Waters y Rick Wright, de la banda Pink Floyd, y hasta el mismo Bob Dylan. Incluso se comenta que algunos planos de la película "More", con banda sonora de Pink Foyd, como el que incluye las aspas de un molino, se rodaron en la isla. Los paisajes de Formentera también inspiraron hace diez años al director de cine español Julio Medem para rodar su sensual película “Lucía y el sexo”, con la actriz Paz Vega como protagonista.


El Cap de Barbería, en el extremo suroeste de la isla, un acantilado repleto de pequeñas esculturas de piedra o "Rock Balancing" realizadas por los visitantes para que se cumplan sus deseos, sirve de lugar de peregrinaje a la puesta del sol, sobre todo en noches de luna llena. Allí, parejas enamoradas y visitantes asombrados, contemplan el sol y la luna al mismo tiempo, ante unos bellos y escarpados acantilados, junto a un antiguo faro.


En la tercera localidad de la isla, La Mola, otro faro y un monumento dedicado a Julio Verne cubre las expectativas turísticas del visitante, junto el mercadillo artesanal abierto todos los miércoles y domingos por la tarde desde el mes de mayo hasta mediados de octubre, donde los vendedores trabajan el cuero, los collares o los pinceles ante un espectador sorprendido y bajo el sonido de algún grupo musical que siempre abunda por el lugar.


Pero si esta isla atrapa al visitante por su naturaleza, también le conquista por sus recónditos bares o "chiringuitos" instalados a pie de playa, reservados para comer y tomar el sol del mediodía, degustar zumos a media tarde, o escuchar buena música y cenar al anochecer. Este es el caso del mítico Blue, abierto desde los años setenta.



Lagartija


El único temor que puede soliviantar al visitante de esta espléndida isla podrían ser las inofensivas pero innumerables lagartijas verdes que forman un peculiar dibujo con su reptar cuando deambulan por las dunas de las playas y que se instalan por doquier.

















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