sábado, 21 de octubre de 2017, 12:17
Elmonarquico2015
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La mirada que mira al mar (ensayo IV y última parte)

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Una micro-ontología del enredo


Una vez que nos hallamos en posesión de los rollos del paraíso. Una vez que hemos cosechado en el viento del texto un manojo de bocetos y de signos edénicos, podemos preguntar si aquellas palabras ( o proto-palabras ) que funcionan como planos de las cosas, como polos de los que emanarán las cosas, como cartografías inherentes en las cosas, son las mismas que pronuncia el hombre, o si las que pronuncia el hombre son mimesis de otras palabras más antiguas verbalizadas por los demiurgos.


Y también podemos preguntarnos, en el caso de ser disímiles, en el caso de ser Otras que las palabras humanas, quién es el que las emite o declama, cuál ( o qué cosa ) es la voz narrativa del discurso poético, cuál ( o qué cosa ) es el susurro que recorre los embrollos del cosmos, cuál ( o qué cosa ) es el bullicio que anima la pluralidad del Ser. Y la respuesta quizás sea: “En el principio era la palabra”. Vale decir: En el principio era la memoria y antes aún, era el enredo. 


La juerga de los dioses parlantes


En orden estricto: Antes que el piélago combinatorio de las cosas, antes que la masa profusa del no-ser, o del ser en potencia pura. Antes de los gradientes y de los haces, había efervescencia, conato permutativo, motilidad, capricho. Luego, ciertas zonas se diferenciaron, se estructuraron, se reglaron; irrumpió lo Otro de lo Uno: el dos, la cifra, el movimiento o la posibilidad ( que es movimiento ontológico, si es que hay otro ). Llamamos a esto: memoria; espacios de memoria, perduración zonal, contraste. En extremo: poli-celebración, banquete, juerga de los dioses parlantes.


La erupción generativa

En el principio, los espacios de fijación pujaban y se empujaban entre y con espacios de olvido.

Antojos y consecuencias colisionaban constituyendo módulos de retención y módulos de permisividad. El ontos se matrizaba, se abría en cotos de persistencia y en cotos de vértigo. Se desgarraba formándose. Brotaba definiéndose. Se con-formaba como circunscripciones interpolares, como juego de conjuntos, como contacto.


La termodinámica cedía ante la disonancia. Y mejor todavía: la disonancia térmico-ontológica se convertía en palabra.


La palabra es memoria, diferencia, chorro desde el vacío, erupción, ruptura del velo de la ausencia. 












              
Escucha como el viento me llama
galopando para llevarme lejos
(Neruda)






La maquinaria del verbo

Una palabra es un territorio, un cuenco para un momento sistémico, un arreglo.


La palabra, cada palabra, es una ciudad que crece al borde de un abismo. Cada palabra es superviviente de una catástrofe de azares y silencios. Cada palabra es una hacienda donde se facturan y procesan presencias, donde se facturan y procesan auras. Cada palabra es un taller: cada palabra es una máquina.

La palabra se filtra a través de la solidez del silencio, huye arduamente de la jaula del silencio, se emancipa. Y por tanto, la palabra es siempre palabra redimida, gratitud, desajuste y brinco.

La palabra es rastro, cicatriz, botín. Es documento de la conflagración del silencio. Es juramento y testimonio de una convulsión afónica, de una refriega generativa. La palabra es escombro, humo.

De modo que las palabras son esquirlas, vainas. En cambio, las cosas, son campos de combate entre la ausencia y el acto. Las cosas son soplidos, vidrio rojo y tibio que exhala el bardo en la noche, besos. 


A veces sentimos que las palabras son materias plásticas, que son engrudos o rudimentos, y que los objetos son resonancias, que son gama, variante. Pero en otras ocasiones se nos presentan las palabras como transparencia, y las cosas, por el contrario, como caídas, como cerrazones, como obstrucción.

El poema de acción


Lo cierto es que el poema resulta del discurso, acaece por la enumeración de las cosas. Lo cierto es que el poema es un discurso taumatúrgico que rasga las telas del silencio y del olvido, que rompe el huevo del no-ser y el del antojo, y brilla en la arena del tiempo.

El poema ( el discurso ) es la corriente triunfante, la dirección.

El poema descompone los cristales espesos de lo posible y nace. El poema es 

el reguero que se consuma en la playa de la existencia. El poema realiza ( hace real ), se realiza ( se hace real ), se auto-realiza realizando. Es acción.

La realidad es un estallido, es texto.


Un meneo contra la higiene

Cuando nos movemos, cuando todos lo seres, todas las cosas, se mueven, hablan. Hablar es cambiar. El silencio es sólo una manera elegante de mentar lo inmóvil. De modo que, el poema, como discurso que es, es un movimiento, un meneo.

Repito: Un meneo.

Hablamos contra la solidez terrible del no-ser. Poetizamos contra la higiene, contra la asepsia, y contra la castidad de la ausencia ( higiene, asepsia y castidad que constituyen la ausencia ). De modo que escribir es manchar, y pronunciar es revolver, y decretar es enturbiar, y rayar es contaminar, y costurar es pringar, y construir es salpicar.

Escribimos engrasando lo omitido, incluso escribimos destrozando la luz.

Meta-acústica o un coro en la niebla


Las cosas son gritos ( palabras voceadas frente a una cueva ), y son traumas ( etimológicamente: sueños ). Son imposibles.


Todo es imposible, porque es tan fuerte y tan inevitable como una palabra. Toda la potencia del universo radica en la potencia de los gritos, no más que eso. Sólo eso.

Gritos.

Antes de la palabra hay acecho. Después del discurso, impera el juego ( porque “juego” es el nombre solar para mentar “sistema” ).

La realidad discursiva ( el poema del mundo ) acontece por supresión de olvidos, por tacha de nadas, por superposición de cantos.


La realidad del mundo es una canción, un contrapunto suave de estratos corales.

La realidad es un coro en la niebla.

Talla y coda






                                         
          Tumba de Pablo Neruda




Cada palabra es una gota que se esfuerza desde la totalidad hacia la intemperie. Es preferencia, atropello.


Cada palabra y cada cosa son tallas en el hervor. Son esculturas en la opulencia.

Cada palabra es un ojo que excava, una mirilla hacia el hado o un dedo que apunta. Y cada palabra implica cuantiosas repulsas.


El ser ocurre por repulsas.

La palabra es lo que sobrevive al repudio, es un hueso hundido en el barro de lo posible.

El cuerpo demoníaco del tiempo resiste el grito, pero el grito vence.

La palabra es impulso, vibración de la espada.

La palabra es filo y sangre.

Sucede que cuando escribimos o leemos poesía, las palabras nos trinchan y amputan. Sucede que oímos los alaridos. 


Sucede que nos asomamos a una tromba negra.

Un poema es una crónica, una teogonía. Un poema es una historia; la historia dorada de una cosa. Un Génesis.

Y, si un poema no quema ni pincha ni duele, no es.

El arte incomoda. Completa, e incómoda al mismo tiempo.

Todo esto es lo que yo pude observar en aquellas Odas de Neruda. Descubrí una física literaria, descubrí una fisiología textual.


Supe que era un brujo.



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Autor: Rafael Teicher












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