martes, 27 de marzo de 2018, 09:35
Elmonarquico2015
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Pan Duro

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RafelCalle 4

Dedicado a dos indigentes que conocí en Sevilla, hace ya muchos poemas. Él había sido panadero. Ella siempre fue de pasta fina (y hambruna por oficio conocido).






PAN DURO





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En un incierto lugar 


del país de los remiendos,
dos erráticas destrezas, dos migajas de pan duro,
supervivientes sin tiempo,
mitigan sus inclemencias
rescatando los presagios que parecían sin dueño. 


Son panes aminorados de panadero menor
y pasta fina de hambruna, en el horno del invierno.

Se conocieron ajados en el rincón de un suspiro,

un vapor de ambulatorio, seguramente deshielo,
y con el paso al revés
de cuanto habían supuesto. 


Ahora sangre del río,
ahora dos recovecos,
ahora son la vereda
del frío conocimiento.
Su morada es una alfombra de periódicos que abundan
en agravios del carácter y en lo grave del suceso. 


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No me queda más aliño
que la camisa que llevo,
era de blanco azucena, tibio de rosa apurada,
con listas de rojo y negro;
negro de azar ignorado,
rojo que hierve en la sangre, sangre que grita al silencio.
Así le hablaba la hembra, cabello de plata ahíta,
al macho de pelo simple, escaso y amarillento.


Dama del Guadalquivir, el grito de tu inocencia
retumba en la orilla noble de la pobreza del viento.
Me venció la vertical al paso de mis andanzas,
la fuerza gravitatoria del sino que da en el suelo.
Soy vigía de la luna en las cavernas más lúgubres
de un monte de sentimientos.

Al principio fui cincel de un ingrato cartón piedra,

martillo del pendenciero,
sonámbulo porvenir, tedio de leve carisma,
la materia que seduce los sustratos de un salero
que nació para sentir lo que sienten los gañanes,
perdido todo resuello,
perdida la magnitud de los actos infantiles
cuando el adulto es incierto.


Yo también he sido anciana, ahora niña y deslices,
solo gratitud en celo
con una pequeña dote que son dos manos calientes
para amasar el consuelo.
He llegado de la harina que se fugó de algún saco
cuando cargaban el miedo.
Somos dos niños sin casa,
una pubertad sin tiempo,
simpatía de la estirpe
que tiene un fin panadero.
Mas no somos el perfil de la vocación que amasa
el azúcar del ocaso, pero quizá mal ejemplo.
Y tú, una rebelión de lo juguetes ancianos
y tal vez solo por eso
o por tu mirada larga,
la cuestión es que te quiero.
Ven aquí labio del norte, sobre la vida en la hierba,
habrás de contarme cuentos,
historias de rebeldías, personajes, siempre niños
que terminan entre besos.


Pues sintamos junto al río el horno de las leyendas,
porque yo también te quiero
en la dureza del pan
que tu boca ha de sentir como la miga del cielo.






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Pan Negro













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Autor: Rafel Calle Poeta

Director de la revista El Monárquico

















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