domingo, 26 de enero de 2020, 16:24
Elmonarquico2015
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La Luz de la historia

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Dicen los que poco pueden ver que las piedras no saben, dicen los que poco pueden sentir que las piedras no hablan, pero las piedras han visto y las piedras hablan. Su voz es silenciosa, susurran su historia sólo a aquellas almas profundas que saben inclinar su mirada a los cimientos que horadan la tierra, tierra de la que provienen, almas que elevan la vista, que buscan curiosas la última voluta de la aguja más alta, aquella que toca la magia del cielo. Ellas han sido testigos de lo único valioso con lo que llegamos a este mundo y nos vamos de él, la vida de todos aquellos que las caminaron, las pulieron, las acariciaron e incluso de quienes las agredieron y derribaron, algunas de ellas han sido polvo como todos acabamos nuestro recorrido en este mundo, otras han permanecido firmes al paso del tiempo, al devenir de la historia y así poder contarla.


Lucía conducía con el cansancio acumulado de varias horas de carretera, las últimas bajo un aguacero intenso que le obligó a reducir la marcha, llegaría tarde a su nuevo destino, más tarde de lo previsto. La noche había caído hacía ya varias horas. Nunca había cruzado la frontera de sus montañas ni se había desprendido del perfume del mar en su piel.Lucía venía del norte y la vida pese a su juventud, la había querido invitar a empaparse de tierras castellanas. La salida de Asturias era difícil, pareciese que ni los montes ni montañas quisiesen perder a sus hijos, pero el destino se forja donde los vientos soplen favorables y esta vez soplaban al sur. Hacia tierras zamoranas.


El puerto sin embargo, tal vez furioso por no poder retenerla le regaló la última nevada y así Lucía despidió a su tierra despacio, sin prisa, pendiente de la noche salpicada por estrellas blancas que acudían a decirle adiós golpeando su parabrisas. Lentamente se fueron espaciando y al frente una brillante y poderosa luna iluminaba la amplia tierra de acogida. Una madre con los brazos abiertos no la hubiera recibido mejor, el frió era intenso pero la calma absoluta.Su mirada contemplaba extasiada el sobrecogedor espectáculo negro-azulado de los campos, las siluetas y esa inmensa esfera brillando en lo alto. Tal vez por eso el tiempo se le había escapado y ya pasaba la medianoche cuando su coche entraba en la ciudad. 


Zamora no estaba calmada, una tremenda tormenta le daba la bienvenida. Lucía entraba a lo grande en la tierra de Doña Urraca, los relámpagos iluminaban y recorrían el cielo en todas direcciones, un trueno la hizo saltar en su asiento, jamás en su tierra había visto semejante poder de la naturaleza desencadenado, el agua como un torrente no le permitía ver apenas la carretera, era imposible seguir con seguridad. 


Detuvo el coche, había mucha oscuridad pero era una temeridad continuar. Mientras el temporal se apaciguaba desempañó su cristal y descubrió el contorno de la muralla, poco a poco aquel fragor casi de batalla desapareció dando paso a una calma y a un silencio casi abrumador y Lucía anheló acercarse a ella, respirar el aire puro y cargado tras la tempestad, subir aquellos peldaños empapados y ver qué era aquella mancha oscura en la muralla que desde el coche le pareció una puerta abierta en el brillante lienzo de piedra. 


El Portillo de la TraicionNadie saldría con semejante tiempo, estaba tranquila. Ascendió el camino de tierra y los peldaños uno a uno. Su asombro por la belleza y magnitud de aquella puerta de encuentros y su perplejidad y temor fueron uno. Bajo el arco, pareciese que aguarda su llegada una mujer de mirada profunda y ademanes suaves. Como si fuese plena tarde saludó a Lucía y la invitó a que se sentase, lejos de sentir inquietud ya, Lucía aceptó y comenzó un diálogo que de fluido brotaba sin palabras. una puerta abierta en el brillante lienzo de piedra. 


Explicaba la mujer que gustaba de salir en las peores tormentas porque le recordaba el sonido de lejanos días en los que los aceros se cruzaban, el estruendo de los hombres defendiendo el honor y el sitio de la joya amurallada, y una reina bien plantada, dispuesta a vender muy cara la afrenta de quien hermano de sangre pretendía arrebatársela, no por derecho, que deseo de su padre había sido que de Zamora fuese reina Urraca, sino por ambición y codicia, veneno que recorriendo la sangre del poderoso lo ciega frente a una hermana y del padre si terciara tiñendo de ultraje y saña. Don Sancho, dijo la dama, Don Sancho era quien atacaba, quien cercando la ciudad pretendía derrotarla y acabando con la vida de los hijos de la ciudad turquesa, como árabes llamaban. Siete meses y seis días y las fuerzas se agotaban, esa tierra que has pisado, explicaba la noble dama, empapada está de sangre de quienes guardarla juraban.


Lucía comprendió entonces bajo qué arco se encontraba, la Puerta de la Traición susurró emocionada. La mirada de la dama se tornó fría y dura. “Cuidado niña, mide bien tus palabras” ahora Lucía percibió el sonido real de una voz firme y brava, a nadie más que a una reina podía pertenecer esa forma de expresar casi una amenaza. Lucía sintió un escalofrío pues percibía que algo allí no encajaba, pero antes de poder reaccionar volvió la sensación de embriaguez al escuchar de nuevo la voz suave que había cautivado su atención desde el principio. Has de saber querida niña, que las piedras que te Vista a través del Portillorodean están inquietas, no han pasado mil años, ni este siglo finalizado, pero antes que esos mil años caigan sobre los recuerdos de estas murallas, esta puerta reclamará el honor de aquel que junto a su señora libró a Zamora de la injusta codicia de un rey insaciable de tierra y poder, de Sancho, cuyo nombre aún me duele cuando sale de mi boca. Antes que mil años pasen ya no se oirá más Traición bajo esta bóveda, estos bloques reclamarán Lealtad como su nombre. La justicia ha de llegar para quien caballero de su reina y cumpliendo con su juramento de honor, liberó a esta ciudad del asedio, pues ese fue el mandato de su señora. Pero la historia querida niña no es justa y ya van siglos de espera a que su nombre, Vellido Dolfos, se cubra de honor y gloria. Has escuchado una bella historia en esta tormentosa noche de octubre y allá donde vayas sólo te pido una cosa, rígete por la nobleza y justicia en tus actos. Y ahora que sabes la historia cuéntala y explica al mundo que la historia se envilece y quien mas gloria merece es quien más deshonrado acaba, pero no siempre es eterno, pues con el paso del tiempo la verdad es revelada. Gloria para mi Vellido, gloria a su valor y hazaña.” 


En ese momento comenzó a llover con fuerza, Lucía trató de refugiarse del agua y al girarse la mujer ya no estaba. La buscó para despedirse y casi en vilo bajó a su coche sin darse cuenta de que estaba empapada. En el camino el sereno que hacía la ronda bajo su paraguas se ofreció a acompañarla. La miró con extrañeza, no eran horas de paseos por la muralla. Lucía le contó la historia y el hombre con calma le dijo :”Señorita, ha sido usted afortunada, y es un placer conocerla, pues pocas son las personas y siempre excepcionales que han merecido las palabras de la Señora, la Señora de Zamora.” 




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Autora: Marifé Miguel García







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