martes, 17 de septiembre de 2019, 17:16
Elmonarquico2015
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-El secreto de Ciro- 3º Premio de Relato Corto, I Certamen Internacional Rey Felipe VI

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Siempre tuve la creencia de que las grandes historias se hallaban en los libros de texto, en las obras clásicas de cualquier colección y en los relatos de algún que otro erudito. Sin embargo, y sin querer desmerecer a la historiografía, a medida que ha ido pasando el tiempo he tomado consciencia, de que las historias sencillas, ésas que se encuentran en los romanceros, en los cuentacuentos y también en las leyendas transmitidas de generación en generación, son, a mi parecer, pequeños tesoros con los que convivimos a diario sin apenas darnos cuenta, las cuales no tienen porqué ocupar un nunca valorado segundo lugar.


Cierto es que todas, tanto las más aplaudidas como las extraídas de cualquier conversación domestica, tienen cabida en la biografía de nuestra vieja patria, no obstante, yo me quedo con las que se escuchan por los pueblos, también con las que verbalizan los ancianos, e incluso con las que te explica la guía del Museo cuando termina de exponer su discurso oficial.


Permitiéndome la licencia de dejar la LITERATURA un poco aparte, la siguiente pequeña-gran historia forma parte de esa otra literatura, la cual, aunque no se escriba con mayúsculas, también nos enseña, nos humaniza y, además, nos divierte.


“En un lugar de la vieja España, hace mucho tiempo atrás, sucedió que en una humilde y venida a menos capital, sus calles amanecían cada alba con las alcantarillas destapadas, desde hacía una larga temporada. A pesar de ello, en su modesta Jefatura no querían encargarse de un caso tan mediocre como el que se les presentaba, pero ya no podían seguir ignorándolo por más tiempo.


En un sombrío rincón, visiblemente apartado del principal equipo, se ubicaba el particular Inspector Barea y, como último recurso para un incrédulo Capitán, le tocó a aquel esmirriado bigotudo investigar el suceso que les acontecía.


Notoriamente emocionado por el reciente encargo, pero con firme diligencia en sus acciones, el estirado Barea ordenó que se bajase y se inspeccionasen unos tres kilómetros de subsuelo, suponiendo, de manera totalmente infundada y sin ningún rigor científico, que alguna simple corriente de aire pudiese estar causando el hecho de despertar con las alcantarillas al descubierto, aunque deseando en su interior tomar protagonismo de una vez por todas en su admirada Jefatura y descubrir algún misterio oculto.


Desde hacía varias semanas, aquella pequeña ciudad del sur sufría de viento huracanado noroeste con riesgo de alerta amarilla, cuestión que hacía bastante probable que pronto diesen por zanjado aquel asunto, si finalmente era el dichoso temporal el causante de ello. A no ser que, por primera vez en cinco años de casos superfluos y resultados infructuosos, a lo largo y ancho de la trayectoria profesional de aquel peculiar Inspector, le sonriese la suerte y se tratase de un episodio de gran trascendencia.


Como primer diagnóstico, y en contra de su mermada lógica, nuestro singular protagonista recibió, a modo de resultado de aquella inicial expedición, un informe basado en la no detección de movimientos aéreos, los cuales hubiesen producido el destape de las losas. No obstante, y como producto de las observaciones de campo, en aquel documento también se detallaba principio de desprendimiento de los laterales, de uno de los pasillos del alcantarillado de la vieja ciudad. No era lo que el flacucho Inspector esperaba, sin embargo, aquellas manifestaciones otorgaron un pequeño aliciente a la trama.


Dispuesto a confirmar sus elucubradas teorías, el impetuoso Barea iba a mandar a que se arreglara el desperfecto hallado en las profundidades, insistiendo en la creencia de que por aquellos resquicios el aire pasaba creando fuertes corrientes, pero al tratarse de subsuelo del casco histórico no estaba permitido intervenir en el, sin que los del Ministerio de Patrimonio Histórico lo autorizasen. Es por ello que mandaron desde la capital a una recién Licenciada Arqueóloga, Rebeca Morán, con el objeto de estudiar, in situ, la zona subterránea con posibilidad de derrumbe de la ciudad de Ciro”.


Para una correcta ubicación, la presente narración se encuadra en un entorno con más de tres mil años de historia, cuyo subsuelo era más que conocido por la existencia de abundantes restos arqueológicos, los cuales abarcaban, que se hubiese constatado empíricamente, desde la cultura fenicia hasta la romana.


“Tras la pronta llegada de la Arqueóloga especializada en suelo subterráneo, nuestro característico personaje principal consideró que no debía dejarla sola en su labor técnica, así que decidió, con gestos propios de un caballero andante, bajar con ella hasta las alcantarillas.


Después de un buen rato de cloacas, mal olor, animales nada domésticos y mucha oscuridad, llegaron hasta el pasillo en cuestión. Efectivamente, comprobaron inicio de derrumbamiento, aunque con un nivel de riesgo nada elevado. Sin embargo, con sus argumentos retóricos, los cuales enmascaraban sus auténticos deseos por un caso con trasfondo, el ingenioso Barea consiguió que la joven Arqueóloga Morán tomase algunas muestras del muro para analizarlas.


Cuando el Inspector del caso que nadie quería todavía se hallaba en la Jefatura cerrando informes, los cuales inundaban su mesa desde hacía meses, llegó de repente la doncella Rebeca, con la intención de mostrarle los resultados de los análisis realizados a los restos de pared extraídos en su primera bajada al submundo.


El desenlace era concluyente: el hormigón del muro examinado nada tenía que ver con el material del que estaban hechos los desagües generales de cualquier ciudad, su composición no coincidía con ninguno de los elementos propios de aquel escenario y de ahí se desprendía su incipiente deterioro.


Extrañados ante tal hallazgo, y cobrando el caso cada vez más interés para el aclamado Capitán, consultaron posteriormente al Jefe de Bomberos Oriol, quien les ofreció una detallada explicación sobre los diferentes compuestos que formaban la estructura de las paredes de los subterráneos de Ciro. Ante la exposición de los resultados que había obtenido el singular dúo hasta el momento, el Jefe Oriol, uniéndose de inmediato a la pareja, coincidió en la falta de relación entre los materiales mencionados por él, propios de un alcantarillado, y los que componían el muro objeto de estudio, en especial un alto nivel de cloruro sódico”.


Hay que reconocer que, en un instante de lucidez, Barea fue el único al que no le extrañó encontrar sal en los análisis realizados, ya que había que tener en cuenta que se hallaban en una región rodeada de agua por tres cuartas partes de la misma, que más del diez por ciento del territorio de Ciro estaba construido sobre el nivel del mar y que era raro el caso que se investigase en aquella villa, en el que no apareciesen restos de playa por algún lado. La verdad era que no le resultó especialmente llamativo. Sin embargo, aquel dato también podía ser indicio de que hubiese algo oculto detrás del caso de los amaneceres con las alcantarillas destapadas.


“La atractiva curiosidad que empezó a crearle todo aquello a una cada vez más apreciada Rebeca, contribuyó a que los ansiados y novelescos deseos de riesgo y emoción del soñador Barea, comenzasen, por fin, a tomar forma.


Según la damisela, utilizar agua del mar sin tratar para producir cemento, indicaba una acuciante escasez de medios del autor, pero ubicando tal construcción en las profundidades de las cloacas, con el peligro que aquello conllevaba, dejaba lugar a una sospechosa intencionalidad, a una deliberada premeditación y, por supuesto, a una literaria intriga precursora de un ya constituido misterio.


Estudiando los archivos y la planimetría del alcantarillado de Ciro, supieron que toda la infraestructura subterránea estaba acometida con el mismo conjunto de materiales y nada constaba de la existencia de zonas elaboradas con otros compuestos de menor calidad.


Así que un ya convertido en Hidalgo Barea, junto a sus dos fieles aliados: el Jefe de Bomberos Oriol, entregado a la causa de su paladín, y la dulce Rebeca, la cual se dejaba llevar, bajaron de nuevo hasta el lugar con posibilidad de derrumbe. Y como su estado continuaba siendo de riesgo, aunque moderado, se decidió tirar el muro entero y rehacerlo adecuadamente.


Comenzadas las obras, y a pocos metros de distancia de la pared hecha pedazos, se vislumbró una especie de puerta señorial, aunque algo roída, enmarcada en un arco decorado con trozos de azulejos y madera. Un trabajo que nada tenía que ver con la chapuza del desaparecido muro, aparentemente construido con la intención de que su previsible desplome diese paso a algo de mayor envergadura.


Ante tal descubrimiento, sintiéndose tan cerca de un caso con renombre y también de una ceremoniosa condecoración con su Oriol a la izquierda y su Rebeca cogida del otro brazo, Barea hizo uso de su kamikaze valentía, e instó a los bomberos allí presentes a que continuasen rumbo hacia adelante, haciéndoles creer que poseía un permiso de su Superior para terminar con la incertidumbre de amanecer con las alcantarillas destapadas”.


Nada más lejos de la realidad, pues lo único que poseía en su descosido bolsillo de insigne Don Nadie, eran unas cuantas ilusiones de quijote frustrado.


“Tras la noble puerta, entraron en una sala semicircular con cuatro túneles enfrente. La decoración era bastante más básica que la del arco, pero con demasiado esmero para el entorno en el que se hallaba. Cada dintel estaba marcado por una letra, en total la N, la S, la E y la O, y cada umbral tenía incrustado en piedra de mármol un dibujo. El pasillo de la N tenía un barreño derramando líquido, el de la S una hoguera, en el de la E había una flecha y en el de la O constaba un árbol.


En aquel mismo instante, los tres trotamundos fueron conscientes de que aquella misión ya nada tenía que ver con inofensivas corrientes de aire y, más dispuesto a ello que nunca, Barea desenvainó y organizó una expedición por los encontrados pasillos subterráneos, sin saber realmente a dónde los llevarían, aunque él ya estaba convencido de que sería a un puesto mejor en su apreciada Jefatura. Así que, acompañados por varios bomberos, su ya inseparable Oriol, la idolatrada Rebeca y un ilusionado Barea, iniciaron la andanza por los distintos senderos.


Avanzados varios kilómetros de recorrido, descubrieron que el primer túnel de la encontrada sala semicircular, colocándose con la puerta a la espalda y comenzando a contar desde la izquierda, el cual fue visitado por la delicada Rebeca, llevaba hasta la parte nueva de la ciudad, exactamente hasta el Colegio Rey Fernando. El segundo pasillo, visitado por el servicial Oriol, terminó en la zona sur de la ciudad, concretamente en el Hotel Doña Mercedes. El tercero condujo a nuestro iluso protagonista hasta el inicio de la Carretera Nacional, justo donde finalizaba la Avenida Infantes de España, y el último, investigado por tres leales bomberos, terminó en el Parque Reina Juana.


Transcurridos ya unos días desde que asignaron como Inspector del caso a un ya nada despechado Barea, tuvo lugar una reunión en el despacho del Capitán junto con sus camaradas de aventura. Por primera vez, nuestro querido protagonista asistía a aquella sala para una cita que había convocado él mismo.


Le expusieron todo lo acontecido, desde que la ciudad despertó con las alcantarillas al descubierto hasta la última bajada al submundo, en la que los enigmáticos túneles los habían llevado a cuatro puntos muy distintos de la ciudad. Y el hasta ahora infortunado Barea, descubrió una cara del Capitán que nunca antes había visto. Sin dudas, lo miró de manera diferente, como si por fin se hubiese dado cuenta de que en su criticada locura radicaba su auténtica virtud, además de que podía llegar a ser útil en su equipo.


Nada más acabar la reunión, los tres exploradores se pusieron a trabajar sobre incontables planos antiguos de la ciudad y consultaron a varios historiadores. Después de un duro análisis de toda la información que tenían agolpada sobre la mesa y empleando mucho esfuerzo por ser rigurosos, tanto con los datos objetivos como con sus argumentaciones, consiguieron llegar a una fundamentada conclusión.


En la época en la que la cultura árabe estuvo asentada en Ciro, en aquel entonces conocida como Ceresade, construyeron toda una red de túneles subterráneos para salvaguardar la vida de Emperadores y familiares en tiempos de conflictos. Dada la envergadura de la infraestructura construida bajo el suelo, con la llegada de otras civilizaciones y con el paso de las décadas, llegó a utilizarse como líneas de comunicaciones secretas, también como pasadizos para estrategias bélicas y hasta como románticos parajes para encuentros amorosos prohibidos. Cada sociedad habitante de Ciro le había dado el uso más conveniente en su momento, hasta que llegó una de las batallas más sangrientas que perdurará en nuestra frágil memoria, y por primera vez dejaron de ser utilizados por los poderosos para ponerse al servicio de los más desfavorecidos.


Tras muchos años a la sombra, por fin salió a la luz el hecho de que unos Señores, pertenecientes a una familia adinerada, de buena posición y asentada circunstancialmente en la ciudad, sobre la cual nunca se había llegado a conocer su verdadero origen hasta el momento, acondicionaron los ya legendarios túneles subterráneos, con el altruista objetivo de ayudar al que lo necesitase, ya fuese del bando amigo o desertor del campo de batalla, también a los prófugos de una hipócrita justicia, igualmente que a los huidos del poder o a los que, ya en tiempos de posguerra y perseguidos por una cruel tiranía, intentaban sobrevivir.


Una vez que llegaban a la sala semicircular, tenían que elegir adentrarse en uno o en otro pasillo, según la necesidad que tuviesen o la finalidad que persiguiesen. El túnel denominado N y simbolizado con el agua, los llevaba hasta un huerto que tenía la familia promotora del proyecto, donde podían proveerse de alimentos y bebidas. El pasillo S, con el fuego dibujado, les proporcionaba casa o cobijo donde dormir. Si elegían el tercero, el E, la flecha los sacaba de la ciudad por una salida alternativa, y si seguían el pasillo O, daban con un bosque o un paraje en el que esconderse. Incluso el sentido de los edificios levantados en la actualidad, en cada una de las terminaciones de los túneles secretos, guardaban relación con lo que allí había habido en un pasado todavía desconocido para la gran mayoría de la población.


Aquellas iniciales correspondientes a Norte, Sur, Este y Oeste, indicaban oportunidades de paz, de seguridad, también de protección y, sobre todo, de subsistencia, para todo aquel al que le había sido revelado el misterio de los pasillos subterráneos, el enigma de las alcantarillas o, lo que es lo mismo, al que le había sido confesado el secreto de Ciro.


Pero a uno de los historiadores que participaron en las fructuosas averiguaciones, no le pasó desapercibido el hecho de que, en la actualidad, los cuatro pasadizos finalizaban sus esperanzadores recorridos en un lugar con nombre real. Y estuvo acertado al percatarse de tal cuestión, ya que tanto el colegio, como el hotel, la avenida y el parque, no eran sino homenajes que un pueblo ayudado y agradecido había querido ofrecer como obsequio, a aquella anónima familia que, arriesgando todo lo que tenía, desde su ancestral patrimonio hasta sus propios descendientes, puso no sólo su obra, sino también su vida, al servicio de los demás, a merced de su pueblo.


Aquella ya reconocida familia no era una más de la aristocracia española, sino que se trataba de legítimos herederos de nuestra Corona, apartada de su trono durante aquella época debido a las circunstancias que estaba viviendo nuestra patria, pero crucial para las víctimas de aquel duro combate y posterior estricto sistema, quienes tomaron a aquellos salvadores senderos como prolongación de los brazos de una Monarquía que, desde un siempre ingrato anonimato, únicamente quería el bien para todos”.


Añadiré que jamás se pudo averiguar científicamente el motivo de amanecer con las losas destapadas por toda la localidad, tampoco se llegó nunca a comprobar corrientes de aire con la suficiente fuerza como para convertirse en la causa-efecto de tal cuestión, y un día, al poco tiempo de hacerse público todo lo hallado en las profundidades de Ciro, mediante cientos de artículos periodísticos, dejaron de aparecer abiertas las cloacas cada vez que salía el sol.


Tras el hallazgo, sus habitantes fueron objeto de estudio de varios historiadores internacionales de prestigio y diversas crónicas los colocaron durante semanas en el centro del Universo, no sólo por la complejidad arquitectónica que albergaban aquellas recién encontradas galerías, sino por las destacables connotaciones históricas de lo hallado. Además, todavía los visitan variopintos investigadores dándole una enigmática relevancia, propia de otro tipo de estudios, a la manera en cómo se habían descubierto aquellos pasadizos. Basando sus relativas hipótesis en que los personajes protagonistas de la realidad que habitaba bajo Ciro, sus legendarias historias y también sus respectivas anécdotas rebosantes de vida, mucho sufrimiento y algo de pasión, habían querido salir a la luz pública en pro de una justa recompensa hacia un Reino ya remoto, haciéndolo a través de las únicas puertas que habían encontrado, las baldosas del subsuelo de la ciudad.


Quizás un día no muy lejano, se inaugure el Museo Subterráneo de Ciro, en donde se pueda visitar gran parte de los impactantes corredores, se expliquen sus variadas y emocionantes leyendas, se realice todo un extenso recorrido por las diferentes civilizaciones que los habitaron, se haga una importante, pero nunca justa, mención a los Soberanos hacedores de aquella ya no tan secreta causa, y se expongan varias fotografías del momento del descubrimiento, en las cuales un nada corriente Inspector esté cumpliendo, junto con su escudero bombero y su bella dama, el sueño de su vida, formar parte de algo de gran envergadura que perdure para siempre. O tal vez no, y todo quede en una pequeña pero interesante historia, transmitida por sus gentes de una manera tradicional.


En una ciudad como Ciro, una de las más antiguas del mundo occidental, repleta de ancestrales relatos que la erigen como capital pionera en otros siglos y con los que uno puede toparse en cada esquina sin saberlo, nada está descubierto por completo.


Y es que todo movimiento más allá de una simple pared o una sencilla excavación, realizado en cualquier punto de nuestro territorio nacional, puede estar envuelto por la intriga y la emoción propias del resurgir de nuestro extenso e histórico pasado, en el que nuestra Corona, de alguna u otra manera, está y estará siempre presente.




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Autora: Marián Barrera Lapi


3º premio de Relato Corto en I Certamen Internacional de Poesía y Relato Corto Rey Felipe VI

1º premio del I Certamen de Relato Breve “Buenos Dias” de Onda Cádiz en 2012 con el relato: “Tras mi ventana”

Finalista del Premio Internacional de Narrativa Femenina Bovarismos 2014 con el relato “El Club de las Recompensas”, publicado dentro del libro “Soñando en Vrindavan y otras historias de ellas” de La Pereza Ediciones en Amazon USA. 




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