viernes, 19 de julio de 2019, 07:59
Elmonarquico2015
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-Tríptico para una historia presente-, 3º Premio de Poesía, I Certamen Internacional Rey Felipe VI

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                     I


LA CASA CON JARDÍN


La casa con jardín

se hallaba en la distancia del silencio,

aislada entre las ruinas de las horas,

herida por conflictos cenicientos.

Y vino a ella la nieve, el hambre, el frío,

los exilios del viento,

la lluvia, la pobreza, el desamparo…,

la imposición clavándose en el tiempo.


Y brotó la humedad por las paredes.

Las tejas se vistieron

con maleza de grises.

Y aunque un sol sin fronteras, puso, presto,

sus rayos de calor

y su explosión de luz, seguía habiendo

al fondo un muro rígido de escarcha

impidiendo brotaran los árboles de dentro.


Entonces a la puerta, una tarde de otoño,

llamó una mano amiga, un aire fresco,

un ungüento exhalando el sacrificio,

una lumbre sin vidrios, un cercano heredero

dispuesto a darlo todo,

una corona en círculos concéntrico,

una figura noble con vocación de entregas

capaz de deshacer candados viejos

y dar alas al límite

que forma el pensamiento,

hasta hacer que en las redes

oxidadas de esfuerzos

las grandes libertades

florecieran de nuevo en el respeto,

y las viejas heridas, mirando hacia el futuro,

al fin cicatrizaran sembrándose de sueños.


Y recubrió la casa con justa valentía.

Reparó desconchones. Arregló desperfectos.

Tapió ventanas llenas de hojarasca.

Abrió puertas cerradas por el miedo.


Labró el jardín, le puso corazón,

le dio calor al filo de sus besos…

Y entonces vio la nieve derretirse,

brillar nuevas estrellas y nuevos sentimientos,

crecer por los rosales la esperanza…

Y estallar en los árboles de dentro

unas hojas de luna

y un manantial de frutos y de versos.


Y comprendí el mensaje

escrito sobre el alma de febrero:


Los almendros florecen

en medio del invierno




                  II 


MAYORÍA DE EDAD


A mi lado, ven, hijo,

aquí mismo, sentémonos mirando

cómo habla el sol y va la primavera

adornando de vida nuestros campos.


Es el preciso instante de que hablemos.

Ya comienzo a sentir por el costado

la herida del invierno y su nevada,

y el peso del reloj contra los años.

Tú acabas de cumplir

el tiempo exacto:

dieciocho golpes justos de almanaque,

la edad que te da vuelo. Vamos,

hemos de hablar a solas de nosotros.

Acércate. Tenemos que mirarnos

a la cara. Verás, tú para hacerme

esclavo

de mis propios errores y vacíos,

yo para hacerte libre en tus espacios.


Tienes razón, herimos nuestros propios

ideales y sueños. Traicionamos

el mundo que quisimos para ti.

Es cierto, mucho ha sido lo sembrado.

Logramos libertades y derechos.


Unidad en la rica variedad. Alcanzamos

progresos. Descosimos

los hilos que soldaban nuestros labios.

Derrumbamos los muros de vergüenza

a golpes de razón y a martillazos.

Y hasta prohibimos, ¿sabes?, el prohibir…

Pero olvidamos,

tal vez sin darnos cuenta,

que nos faltó el amor, que lo dejamos

tirado en las afueras de los huesos...

Por ello muchas manos se han quemado,

y muchos corazones se han podrido

y no pocas verdades se han manchado.


Que no te pase a ti.

Haz cuanto quieras, sé tú mismo, pájaro

o luna, espiga o viento, mar o lluvia...,

pero lleva el amor, vivo, clavado

entre la sangre, al fondo, en las entrañas,

abrasándote el alma y abrasando...


Podrás tener errores, ¿quién lo duda?,

podrás caer y hundirte en tu cansancio,

pero jamás tu vuelo

dejará de ser digno, y noble, y blanco.


Adelante, hijo mío,

alcanza las alturas de los astros

con las alas de amor que llevas dentro,

con ese amor tan limpio y tan sagrado…

Pero no olvides nunca

que todo lo logrado:

la libertad, la paz, la democracia…,

el pueblo soberano

regido en monarquía y parlamento,

que cuestan tanto,

pueden perderse a modo

de un pequeño pedazo

de hielo que se deja

bajo el sol implacable del verano.


Adelante, hijo mío. Enhorabuena.

Ya eres mayor de edad. Abre tus brazos

y vuela libre, vuela

hasta alcanzar la cima de los montes más altos.




               III


REPUBLICANO ÉL


Alguna vez,

cansado él de tanta

sequedad de no ser más que una sombra

atrapada en la tela del tiempo y su mordisco;

rotas amargamente las pupilas

de mirar siempre, solo, los áridos paisajes

de un patio de vecinos conectados

a indolentes cadenas

que regalan monedas imposibles

con tal de que no pienses;

herido el corazón de amar en el silencio

a quien nunca lo amó;

de enfrentarse en las aulas

a jóvenes que pasan de la Historia

y pierden sus miradas

más allá de la noche y sus jardines…


Alguna vez,

republicano él,

cansado hasta los tuétanos de tanto

dolor y frustraciones, decide ir a Madrid

para perderse al fondo de sí mismo

y encontrarse después a la intemperie

para no suicidarse en la viga maestra

de la melancolía.


Y allí, envuelto al aire

de saberse minúsculo y sin nombre,

decide, en su conquista de ser él,

entrar en un café para el reposo

de sentirse en un tiempo nunca extraño

entre leyendas vivas que nos dieron

alturas para un vuelo sin cadenas.

Y allí, sentado, observa, sorprendido,

que al lado está el monarca

que tanto indiferencia y no valora,

cercano, amable, humilde en su grandeza,

garante de su forma de pensar,

custodio de su libre proceder,

aval hecho firmeza

para que nadie coarte sus derechos,

digno representante

de todas las esencias que nos forman.


Y sin saber por qué

le pide hacerse juntos una foto

con su pequeño móvil

que él acepta paciente y con agrado.

Luego, paga gozoso al camarero

y sale hacia la noche

para perderse al fondo de su manto de estrellas.


Ahora habla del rey cual si fuera un amigo.

Y muestra la instantánea donde ambos

sonríen con amable complicidad sentida

sobre un fondo prendido en la esperanza.


No hay más que verla:

Rey y Pueblo en un mismo sendero conquistando

al futuro los más grandiosos sueños.





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Autor: Ramón Molina Navarrete

3º Premio de Poesía en I Certamen Internacional de Poesía y Relato Corto Felipe VI








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