martes, 23 de enero de 2018, 13:08
Elmonarquico2015
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D. Pablo Ibáñez, ganador 1º Premio de poesía

- Canto de Ida y Vuelta - 1º Premio Poesía certamen Rey Felipe VI

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Canto de Ida y Vuelta



Majestad, que lees estas líneas extrañado,

permíteme eludir el protocolo

tan sólo por el lapso

que extienda este canto de ida y vuelta

y seas como yo durante un rato.


Yo sea como tú, que lees estas líneas preguntándote

¿qué vuelta es la que espero yo de ti? ¿qué ida yo te ofrezco?

¿con qué derecho yo tuteo a un rey?

Al fin y al cabo

los mismos años casi nos acotan y ambos somos

restos orgánicos arrumbados a la orilla de una esfera remota y olvidable,

y ambos vararemos sin ministros

a otro puerto que vela con sombra su bocana.


Los dos guardamos reina que nos guarda,

señora que nos cuida y que cuidamos

y miramos en sus ojos como lagos y en sus labios

cada noche para juzgar nuestro reflejo;

y todas las mañanas infantes esperan veredicto

y creen sin dudar lo que decimos: aquello que nosotros sí dudamos,

porque aprendimos a dudar hace ya mucho

y aun así decimos y afirmamos, sabiendo que ellos mismas dudarán

cuando la vida les urja entronizarse.


Alguna que otra vez yo me sentí cercano a ti,

y también lidié problemas como tú, de índole distinta,

o tal vez parecida, pues cada cual es heredero único y heroico de un molde,

y hube de adaptarme yo también

a roles y sentencias,

a consignas que otros fabricaron, sin saber si a mí correspondían,

si eran sustanciales a mi vida y a mi alma ,

o no existe alma, ni vida natural amén de compromiso,

amén de esa tómbola ciega que a todos encasqueta su corona

y obliga a transigir el bloque de las normas.


¿Recuerdas aquel día adolescente,

cobijado en la tibia desnudez de aquel palacio,

cuando entendiste la enorme soledad del diferente?

Supiste que no podrías ser rey de tus horarios,

que vivirías distinto entre los hombres, siendo hombre,

que tu pueblo dictaría las leyes de tus días

y tú, el sumo servidor, serías un icono postal de clase media,

adiestrado en disciplina y en aguante,

impelido a no mostrar debilidad

ni sueños, ni dudas, ni preguntas.


Supiste que no cabrían episodios de desidia,

que tendrías que bruñir tus palabras y tus gestos;

el tono de tu voz, el frunce de tus labios, el ritmo de tu pecho

serían estrechamente analizados en busca de algún guiño criticable.

Y mientras ensayabas al espejo solitario un mayestático plural,

descubriste unos ojos infantiles

cremosos de miedo a la adultez,

y supiste que tendrías que tapiarlos,

velarlos con la bruma de la pompa,

no fueran a mostrar algún deseo

—el deseo

que solo con nombrarlo se hace hueco.


Yo sé que muchas veces te sientes atrapado

cuando el prójimo humilla la cabeza en tu presencia;

preferirías te apelase sincero y transparente

en lugar de esa mirada sospechosa, a espécimen único en el mundo,

o bien la mirada zalamera, que insiste en sus estúpidas piruetas,

o bien la mirada turbia y venenosa

del que cree que tratarte sin respeto diez segundos

justifica su insípida vida de mediocre.


Y ríes mientras sufres cuando lees esas burlas, tantos chismes,

que insisten en mostrarte como no eres:

un cuerpo-institución, un pasivo receptáculo de crítica

que sonríe a los presentes de un acto después ser silbado.

Y a veces quisieras desertar hacia el anónimo,

abdicar del tinglado de las formas,

zafarte de la escolta, que escudriña posible peligro en cualquier cosa,

y ser un simple hombre, un simple padre

que pasea con sus hijas anónimas un parque.


Pero espera,

yo tengo unas palabras para ti;

escúchalas amarse en este canto de ida y vuelta.


Escúchame decirte que es tu reino, nuestro reino,

como no hubo ningún otro en ningún cuento.

Que extiende su belleza por cauces y bahías,

por ríos y cañadas donde el agua es democracia;

por valles y montañas como tronos de gigantes,

por legendarios bosques perdidos en umbrosas galerías,

por campos y majadas donde el sol es gran monarca,

donde el viento gobierna la espiga levemente

y la noche señorea las sombras con estrellas transcendentes

y la luna entibia pozos y vaguadas

con sus preceptos de canción y poesía.


Es tu tierra, nuestra tierra.

Aquí las eternas praderas nutren pasto

de un verde cegador. Allá el desierto aporta

su mística tradición de seca calma.

Aquí la lluvia esponja la niebla de metal sobre la grana.

Murmura allá el arroyo, ansioso de horadarla.

Allá crecen ciudades como abismos

donde el hombre disiente de sí mismo.

Y aquí la goza el mar, húmeda en su baile

—el mar,

que apenas es nombrado se desmiente.


Aquí la vida urge y prolifera

y a cada muerte sucede vida nueva

igual que a cada invierno sucede primavera;

así el ciclo eterno nos contiene y nos contempla

en su legislación firme y certera.


Galopan los caballos del sur sobre las playas

y los lobos del norte yugulan obsesivos la alborada

y el celoso venado feromona con sus glorias la mañana,

el ciervo, el corzo, el jabalí, el lento oso,

el tímido conejo, el lince ibérico,

con su estigma de extinción en las pupilas,

el toro visceral, nuestra antigua leyenda y negro emblema,

derrochando corazón por las dehesas;

la nutria lubricada y la gineta, el zorro pertinaz, la niña ardilla;

el perro, casi humano, y el gato, enigma universal de andar por casa,

conquistando la alegría de estar solo;

la cabra tenaz y despistada, el cristiano cordero y el asno teologal,

recordándonos su bella moraleja, y el marrano,

generoso y resignado a su labor triste y honrosa.

El pétreo galápago, el lagarto, la bíblica serpiente,

desarrollan todos ellos su alma animal en tus parajes.


Y también las criaturas aladas que flechan el celaje de tu reino:

el águila real, tu par del cielo, el halcón vertical,

el búho y el autillo, absortos en la calma elevada de la noche,

el buitre tenebroso, haciendo de la muerte vida nueva,

la nerviosa perdiz, cobijando entre las alas a sus príncipes,

la garza modelando y el flamenco, señor de palafito atardecido.

El jilguero, de canto abigarrado, el secretario gorrión, la totovía,

el claro ruiseñor y el tordo inquieto, el martín pescador,

salido de un grabado japonés,

el pato migratorio, el cisne principal, aleccionándonos tranquilo en la belleza;

cormorán jurásico, albatros y gaviota

gritando eternidad entre las olas;

el gallo cronométrico y ungido, casi un rey, enseñándonos tiento y gallardía.

la guerrera paloma y el murciélago, huyendo a su novela…


¿Y todas las raíces que brotan de la tierra castigada de tu reino?

El atlántico carvallo, el haya, el tejo, que nos habla de edades tenebrosas,

el pino, que resume nuestra vida con su aroma,

el olivo y la vid, que resumen nuestra historia con sus jugos.

La modesta encina, la edénica higuera, el naranjo,

abrumando los recodos de la tarde con su olor inmemorial.

La rosa,

que apenas es nombrada se deshoja.


Todo esto es tuyo.

Y es mío también, porque ambos somos

herederos paritarios de la tierra.


Escucha este canto de ida y vuelta,

pues eres como yo y por tanto sabes

que el paro tiraniza nuestros barrios.

Cada mañana Manuel se despierta rumiando inanición y se pregunta

¿con qué daré memoria hoy a mis hijos?

Y Adela está cansada de vagar, se duele de su cuerpo prostituto y emigrado,

y Luis hurga entre drogas y delitos, ya sabes lo que piensa sobre ti...

y Gloria, siempre sola, con su niña llorando siempre a cuestas,

fregando escaleras y portales, ya sabes lo que piensa sobre ti.

Todos ellos son reyes como tú

y sufren en sus reinos desangrados

y quisieran abdicar de la miseria, de abusos de poder y de injusticias.


Y sabes que algunos gobernantes que juraron limpieza y bonhomía

derramaron el néctar de su pacto sagrado con nosotros

y hozaron nuestras arcas y principios —los de todos—;

incluso entre la alteza de tu entorno,

en un dolorosísimo episodio que rumias todavía;

tal vez el trago de lejía más amargo hasta ahora en tu reinado.


Dicen que el mundo, tal cual lo conocemos, ya se acaba,

el orden de las luces, el progreso, la ciencia, las ideas,

los arquetipos y las categorías,

el arte, el amor, la poesía,

el alfa y el omega ya se acaban.

Y dicen que este reino, tal cual lo conocemos, ya se acaba,

que sobran fronteras y culturas, o deben fundirse nuevas,

que sobran tradiciones, reinados y creencias,

se desmienten relatos y leyendas y tendemos a una lógica difusa.

Dicen que la historia se acaba y ya no existe nada

—la nada

que sólo con nombrarla se desagua.


Yo no sé, ni puedo saber, pero te ofrezco

este canto, un tranquilo pacto de ida y vuelta,

pues hacen falta pactos, y tranquilos, en épocas de histeria.


De ida,

por todos estos años que tu padre templó con mano abierta,

y tu madre calmó con mano tierna,

prometo lealtad, y a cambio pido

de vuelta,

aquello que a cualquiera le compete:

si no siempre pudiste ser libre elector de tu destino,

al menos sé, Felipe, digno de él

y que te recuerden tu pueblo y tus hijas con orgullo.



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Autor: Pablo Ibáñez


Nacido en Oviedo en 1969. 

En esa ciudad vive la mayor parte de su vida, hasta que se traslada a Madrid, en 2008. 

Es Ingeniero Industrial y trabaja en la fábrica de vidrio de La Granja de San Ildefonso. 

Lee poesía desde siempre y la escribe desde el año 2006. 

Pertenece a la Asociación Alaire (www.editorialalaire.es) y dice que en su foro ha aprendido todo lo que sabe sobre la escritura de la poesía. 

En 2014 recibió de sus compañeros el premio a la progresión.










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