viernes, 19 de octubre de 2018, 06:55
Elmonarquico2015
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D. Esteban Cazaña Fernández., ganador 1º Premio

- El Legado - 1º Premio Relato Corto, certamen Rey Felipe VI

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                                                                          EL LEGADO


Los acontecimientos se habían sucedido demasiado rápidos, mucho más de lo que él hubiera deseado. Su padre, el rey, había abdicado de forma inesperada prestando de esa manera el último servicio a la Corona y a España. Su reinado, bajo el nombre de Felipe VI, comenzaba en un periodo de incertidumbre y crisis social como hacía años que no se vivía en el país.


Dirigió cansadamente sus pasos hacia el amplio ventanal que se encontraba al otro lado de la estancia. Perdió su mirada durante unos segundos observando el metódico cambio de guardia de los soldados que custodiaban el Palacio.Mientras observaba la monótona maniobra de los hombres, una idea asaltó súbitamente su cabeza sacándole de aquel estado de apatía producido por las largas horas que habían seguido a su investidura y proclamación por las Cortes. Recordó la carpeta que le había sido enviada por su padre 24 horas antes de su coronación y en la que escrito a pluma con una letra para él desconocida podía leerse todavía claramente en una de sus desgastadas tapas “Al que pueda interesar”.


Se dirigió hacia la mesa y sacó la carpeta de dentro de unos cajones. No era especialmente vistosa y por su apariencia externa debía de tener décadas de antigüedad. La dio varias vueltas entre sus manos antes de abrirla tratando de buscar algún otro mensaje que pudiera datarla o especificar su procedencia, más no encontró nada más que aquellas misteriosas palabras que pretendían de forma confusa reclamar su atención.


Tras unos segundos de pausa abrió decididamente la carpeta. Dentro de ella había una serie de páginas manuscritas que llamaron de inmediato su atención. Y más aún cuando observo que la primera de ellas se encabezaba con un solemne “Yo, el rey”. En un principio pensó que sería algún documento relacionado con su padre, pero de inmediato desechó la idea porque aquella no era su letra. ¿Quién habría sido capaz de usurpar la figura real utilizando una expresión adoptada por la monarquía hispana desde hacía siglos y, más aún, porque le había sido enviada?


Consultó su reloj para comprobar que tenía el tiempo suficiente que dedicarle a aquellas misteriosas páginas Y tras encender la lámpara de su escritorio y dar instrucciones a su secretario personal para que no fuera molestado, procedió 

a su lectura.


YO, EL REY


Escribo estas breves y tristes notas durante las últimas horas de mi estancia en España, mi patria, a la que me he dedicado en cuerpo y alma toda mi vida y de la que las circunstancias históricas me obligan a morir lejos de ella. Mañana partiré para el exilio y espero no tener que regresar nunca pues eso demostraría que el pueblo español se equivocó y que no ha conseguido ser feliz tras mi marcha. En estos papeles, que espero que vean algún día la luz bajo las circunstancias que señalaré posteriormente, soy mi propio secretario y mi propio analista oficial. A los reyes hay que juzgarlos con perspectiva histórica, como a todos cuantos han ocupado las supremas jerarquías de una nación. Solo espero de la historia que su juicio sea tan justo con mi persona como el que creo que tendré de Dios.


Hasta hace pocas horas todavía pensaba que no todo estaba realmente perdido y que se me permitiría conservar el trono aunque se limitasen mis poderes. De hecho, el partido republicano ya había conseguido en 1903 importantes avances en las elecciones municipales y en ningún momento había peligrado el trono. Pero el pueblo español no me quiere, como bien claro me han dejado ver mis ministros Romanones y García Prieto. No cabe ya ninguna esperanza por lo que solo me espera el exilio.


He renunciado por escrito a la Jefatura del Estado, pero no he abdicado para preservar nuestros derechos dinásticos y albergando la secreta esperanza de que algún día España vuelva a necesitarnos y que la persona elegida para sobrellevar esa tremenda carga esté a la altura de ese destino histórico que es España.

Este mismo día, hace tan solo unos minutos, he presidido el que será mi último Consejo de Ministros, a fin de hacer oficial esa última y más penosa decisión y para despedirme de todos aquellos colaboradores que durante años han trabajado a mi lado.


A lo largo de toda la mañana no han dejado de llegar noticias de ayuntamientos que han proclamado la República. Las noticias de Cataluña son mucho más preocupantes, allá no solamente se ha proclamado el Régimen Republicano, sino que Macià ha proclamado unilateralmente el Estado Catalán. Que lejana se muestra ante mí aquella Barcelona de la Exposición Universal de 1929, que lejana y que desconocida.


En estas breves notas, somero repaso a mis largos años de reinado, deseo mostrar los errores del mismo, errores que derivaron en la pérdida del trono y la macha de mi patria. En este legado atesoro el profundo deseo que pueda servir de guía a un futuro rey o reina de España. Con esa intención depositaré en custodia este documento en manos del Conde de Arauzo, con el mandato de que él o sus descendientes lo pongan al servicio de la Corona en el mismo momento en que un rey de la casa Borbón sea coronado en España.


Debéis saber y procurar no olvidar jamás, Señor o Señora que ahora ocupáis el trono, que el pueblo español es bueno por naturaleza, en ocasiones puede padecer rudo, pero es noble y leal y si se sabe ganarse su corazón, su fidelidad es incuestionable y no tiene límites. Desgraciadamente yo me di cuenta de todo esto demasiado tarde. Aprended de este error y no lo olvidéis jamás.


Subí al trono en 1902 con solo 16 años, al llegar a la mayoría de edad, demasiado joven para reinar y sin ninguna figura masculina que hubiera podido encauzar mis pasos firmemente hacia la Corona. Mi madre se hizo cargo de la Regencia cuando el rey, mi padre falleció de tuberculosis en el Palacio de El pardo de Madrid y me crió bajo los excesivos cuidados de un grupo de mujeres que configuraban la Corte.


La perspectiva histórica de mi país me convirtió en un rey Regenerador y emprendedor. Y desde el primer momento fue consciente que de mí dependía si en España quedaría una monarquía borbónica o una República.


Cometí desde el principio el error de tratar de acercarme al ejército con la esperanza que, tras una crisis como fue la del 98 con la pérdida de nuestras últimas posesiones de ultramar, conservar su fidelidad y de esta manera el trono. Razones por las que en más de una ocasión forcé al Consejo de Ministros que aprobara más prerrogativas o más poder para los militares. Solamente esta defensa de las virtudes castrenses y el quebrantamiento del orden constitucional provocaron el progresivo aumento del republicanismo. Mi ministro Romanones se quejaba a menudo de mi actitud, llegándose a referir al hablar de mí persona como “rey soldado”. Desgraciadamente hice caso omiso de sus palabras que veo ahora claramente que eran más de consejo que de crítica.


No obstante puedo poner en mi haber que encontré un país sumido en la pobreza y el subdesarrollo pero que bajo los sucesivos gobiernos de mi reinado se industrializó y modernizó como nunca hasta entonces lo había hecho. Que la nación se recuperó demográficamente y que la población española creció en número como no se conocía desde los tiempos de los romanos. Durante mi reinado se produjo un renacimiento de la cultura hispana, una cultura estancada desde el siglo XVI y que brilló con el esplendor de una casta de intelectuales desconocida hasta esos momentos. Mis gobiernos, contando con mi personal aprobación, promulgaron la Ley de Enseñanza Obligatoria, con las que pretendíamos acabar con la explotación infantil y la incultura que afectaba a los niños de entre 6 y 12 años. Se posibilitó una ley de libertad religiosa y fue durante mi reinado la primera vez que un socialista se sentó en el Congreso de los Diputados, Pablo Iglesias, que había fundado el PSOE hacia unos años.


Bajo mis gobiernos la nación no entró en el conflicto de la Gran Guerra que desangró a Europa durante largos años. Nuestra neutralidad supuso que España pudiera pagar completamente su deuda exterior y que se potenciaran las inversiones extranjeras en nuestro país.


Pero mis grandes fracasos tiene nombres y apellidos propios, sucesos que pasaré a relatar de inmediato, tratando de no omitir nada que pueda servir de ejemplo por muy doloroso que pueda suponer. Desgraciadamente para mi futuro no fui capaz de darme cuenta de mis errores y no tuve la suerte ni el saber hacer para rodearme de los colaboradores y consejeros que mi posición requería. Caí en las falsas palabras, en el halago fácil del cortesanismo, el mismo cortesanismo que hoy me ha abandonado.


Políticamente, desde el primer instante, cuando durante mi primer Consejo de Ministros presenté mi personal interpretación de la Constitución, fue un error mayúsculo mi intervencionismo en asuntos de Estado que no me correspondían y que influyeron decisivamente en el afianzamiento de las ansias republicanas entre la población. Haciendo lo que consideraba lícito para conservar el trono el desenlace resultó ser el menos deseado. Mi deber hubiera sido el mantenerme discretamente en un segundo plano permitiendo que los políticos actuaran y por eso invoco este principio y considero que mi falta de tacto político ha propiciado mi caída. Bien podría en estos instantes donde es del todo absurdo ocultar o tratar de suavizar mis actuaciones, evocar la complicidad de muchos nombres insignes que las permitieron, pero eso no sería, aún en mi situación, ni de hombre ni de Rey.


Ya he comentado con anterioridad las razones que motivaron mi acercamiento al Ejército. Desafortunadamente, creí encontrar más apoyo en los militares que en los políticos, a los que yo consideraba una vieja casta anquilosada en una España que yo pretendía superar con mi regeneracionismo, razones que me llevaron a que erróneamente mostré muy a menudo mis preferencias por la opinión del Ejército.


Paradójicamente ha sido este Ejército el que ha certificado la defunción de la Corona, primero con la llegada de Primo de Rivera y su Dictadura, posteriormente por la desafección castrense por su Rey.


No puedo ni deseo pasar de puntillas en estas notas por uno de los temas más escabrosos y que más quebraderos dieron y aún siguen dando a la Corona y a España durante mi reinado; el eterno problema catalán.


Cataluña siempre se ha considerado tierra conquistada y no una parte esencial de nuestra tierra española. Bien sea por su natural rebeldía o por nuestra incompetencia a la hora de tratar con ellos, Cataluña siempre ha sido un polvorín dentro del Estado.


El catalanismo se asienta sobre bases más profundas que el resurgimiento lingüístico. Históricamente, y acepto formalmente mi responsabilidad al no haber sido capaz de mediar en este tema, Cataluña ha presentado diferentes memoriales de Agravios, pues han sentido desde siempre que sus intereses han sido ultrajados. Sin embargo, estas demandas no han suscitado interés alguno en Madrid.


Como respuesta, España ha creado la imagen de una Cataluña egoísta e interesada, decidida a salirse con la suya a expensas de cualquier interés español. Con esta política no hemos conseguido el objetivo de integrar a esa parte del territorio en España. Para los catalanes, nuestro continuo menosprecio ha sido capaz de crear una conciencia de comunidad nacional que considera algo muerto su relación con España.


La Mancomunidad fue un intento de congraciarse con Cataluña, como así se lo hice saber a varios líderes catalanes con los que despaché en diferentes ocasiones. A pesar de sus limitas competencias y de sus escasos recursos, la Mancomunidad desarrolló una importantísima tarea y podía haberse convertido en ese puente tan necesario que nos hubiera hecho entendernos con Cataluña.


Sin embargo, la llegada de Primo de Rivera al poder después de su golpe de estado acabó con ese sueño de recuperación de los catalanes. La dictadura consideraba al enemigo más peligroso de la nación a los catalanistas, que pretendían fracturar a la patria. De esta manera, sus primeras medidas consistieron en suprimir la Mancomunidad, prohibir el catalán a todos los niveles y suprimir los partidos políticos catalanes. En una de mis reuniones con el dictador, éste me había asegurado que su etapa al mando del gobierno sería un breve paréntesis en la marcha constitucional de España, y que con el tiempo se permitiría de nuevo una Mancomunidad controlada, eso sí, desde Madrid.


Acabar con la Mancomunidad solo consiguió la radicalización de los sectores más moderados del catalanismo. En Cataluña el régimen dictatorial había fracasado antes de nacer. Muchas veces durante los diferentes despachos que tuvimos, traté de hacer comprender a Primo de Rivera el peligroso terreno en el que se movía y lo que esto le podía costar al trono.


Hoy comprobamos los errores del pasado. Los catalanes decantados decididamente hacia un republicanismo separatista encarnado en Macià, han declarado su propia República catalana.


Sin embargo, hay un nombre que ensombrece mas mi reinado, Marruecos.


África había sido un lugar en donde España ya había puesto sus ojos años antes de que yo llegase al trono. Después del desastre del 98, en donde perdimos nuestras últimas provincias de ultramar, Marruecos se presentaba ante nosotros como una oportunidad donde lavar nuestra imagen delante del mundo.


Nuestra política había sido la de extender nuestras posesiones en el norte de África y frenar el expansionismo francés en la zona, situación que consolidamos con el tratado franco-español de 1904 donde se estipulaban las áreas de influencia de cada país.


Dos años después, logramos reunir en la población gaditana de Algeciras a las principales potencias con el fin de solucionar de un modo definitivo el problema marroquí. Esta Conferencia lo único que hizo es otorgar legalidad internacional al tratado franco-español de 1904.


Desde el principio de mi reinado apoyé decisivamente la expansión de nuestro país por el Rif. Como ya he señalado anteriormente, las razones de esta política se podrían resumir en dos apartados muy bien definidos; devolver el orgullo herido a una nación salida del 98 y, sobretodo, mi temor a una serie de militares denominados africanistas.


Los militares africanistas eran un grupo castrense que demandaba una aventura colonial para España y que entendía al Ejército como un todo en movimiento. El temor ante un golpe de estado militar por esta parte de estos “soldados aventureros” hizo que me decantara por apoyar firmemente la creación del Protectorado marroquí con el fin de tenerlos apartados de la península y de los principales focos del mando.


Por otra parte, después de lo ocurrido en el 98, necesitábamos un campo de acción para el Ejército, hipertrofiado de generales, jefes y oficiales. Mi deseo no era el de una guerra fácil y el de tener un campo de maniobras para que se curtieran los militares, sino el de mantener la tranquilidad de la zona procurando no entrar en conflicto con los rifeños.


Sin embargo, no valoré las posibilidades de los africanistas que no se conformarían simplemente con una estancia más o menos cómoda en el norte de África. A finales de 1909 las hostilidades fueron rotas con el objeto de limpiar el camino de Tánger a Tetuán. Este suceso tuvo amplias repercusiones en la Península, sobre todo en los medios obreros y republicanos.


Y de esta manera comenzó la llamada Guerra de Melilla. En contra de mis deseos el gobierno de Maura envió las llamadas Brigadas Mixtas con el objetivo de acabar con la rebelión rifeña y asegurar el control de nuestra zona de influencia. En la orden de movilización se incluyó a los reservistas de 1903 a 1907, medida muy mal acogida por las clases populares debido a que la vieja legislación de ese momento permitía quedar exento de la incorporación a filas o consiguiendo que otro fuera en su lugar por dinero, o mediante el pago de un canon de 6.000 reales, cantidad que no estaba al alcance del pueblo llano.


Traté de hacer ver a Maura lo peligroso de su decisión y plantearle el problema que presentaba que la mayoría de los reservistas ya eran padres de familia y que en ellos se basaba la única fuente de ingresos de sus casas. Pero, ante la amenaza de dimisión irrevocable por parte del presidente del gobierno, y valorando las consecuencias que esta tendría en un momento de crisis como el que vivíamos, decidí apoyar abiertamente la política africanista de Maura.


El resultado es bien sabido, las primeras protestas se convirtieron en mítines, los mítines en manifestaciones, las manifestaciones en incidentes y los incidentes en la Semana Trágica de Barcelona, donde la ciudad se convirtió en un campo de batalla.


Una vez más aparece el problema catalán en la vida española. La represión ejercida para acabar con la revuelta no hizo más que acrecentarlo. Fruto de lo que allí pasó fue la caída de Maura y la llegada al poder de Moret.


Así estaban las cosas en el norte de África cuando en julio de 1921, las terribles noticias de la derrota cayeron como una bomba en la península. Un Ejército español al mando del general Silvestre había retrocedido abandonando las posiciones adelantadas alrededor de Annual.


El Ministro de la Guerra, vizconde de Eza compareció ante mi para informarme personalmente de las magnitudes del Desastre. La caída de la posición de avanzada de Igueriben despertó las alarmas entre los mandos españoles. Esa misma noche Silvestre se reunió con sus oficiales. La situación del campamento de Annual era tremendamente delicada y parece ser que por primera vez entre los mandos de pronunció la palabra "evacuación". En ese mismo instante se recibían noticias de una de las posiciones españolas, la denominada "C", pedía auxilio inmediato porque estaba siendo atacada por los rifeños. La respuesta del mando español fue ciertamente desalentadora; que aguantaran aquella noche.


Finalmente, tras largos debates y la oposición de algunos mandos, se decidió que la única salida posible era la evacuación de la posición por “sorpresa” a las seis de la mañana hasta Ben-Tieb.


El 22 de julio entre Silvestre y sus oficiales. La idea del general continuaba siendo evacuar Annual. Aunque algunos oficiales insistieron en que era mejor resistir esperando refuerzos desde melilla dado que las tropas indígenas rifeñas no eran superiores a las hispanas, Silvestre desestimó la opción e insistió en que la única manera de conservar la vida era huir hacia Ben-Tieb.


Lo que vino a continuación es bien conocido por todos. Al viejo ministro se le quebró la voz cuando tuvo que referirme que la evacuación de Annual, sin orden ni concierto había sido una auténtica carnicería. Las bajas se contaban por miles.


Sabía perfectamente que el pueblo español no se explicaría lo sucedido. A lo acontecido en el Barranco del Lobo ahora se sumaba lo de Annual. Los diarios tratarían de buscar culpables y no dudarían en apuntar hacia lo más alto, a la propia Corona. De nada valía que el gobierno de Allende Salazar hubiese caído y que los nuevos políticos a los que había encargado el ejercicio del poder, trataran de hacer un radical giro en la política marroquí, más cercanas a mis tesis que a la de los militares africanistas. La reacción a la catástrofe sería aprovechada por los sectores republicanos para tratar de inculparme directamente por lo sucedido en Annual.


En 1922 los sectores más republicanos del país me acusaron infundadamente de no mirar con malos ojos la idea de un gobierno militar por haber realizado en un discurso en Granada críticas contra las Cortes. Nunca fue más lejos de mi intención como Rey Constitucional que era, el de criticar a un Parlamento. Si bien cometí algunos graves errores en mi llegada al trono, supe ir valorando con los años mi verdadero papel en la democracia española.


Desgraciadamente, el Ejército pensó que los civiles no serían capaces de acabar con el problema del norte de África y restaurar lo que ellos denominaban como “honor nacional”. Los africanistas estaban cada vez más furiosos contra los políticos. A principios de 1923 el Ministro de la Guerra me informó personalmente que el Gobernador militar de Melilla se oponía junto con sus oficiales a cualquier investigación que surgiera como consecuencia al Desastre de Annual.


En 1923 el general Cavalcanti, hombre hasta ese momento de mi total confianza se personó en Palacio y pidió audiencia de inmediato. Seguidamente fui informado con todo detalle de los planes del general Primo de Rivera para derrocar al gobierno, tomar el poder y acabar con los problemas derivados de las investigaciones parlamentarias sobre la cuestión marroquí como, de igual manera, el potenciar una vía que concluyera definitivamente con el problema del Norte de África. En la conspiración estaban involucrados todos los poderes del Estado y solo de mí y de mi decisión dependía que la “breve” dictadura militar fuera de orden monárquico o republicano.


Ante esta tesitura me vi obligado a tomar la determinación de aprobar un gobierno militar. Mucho he pensado en estos últimos días, en los que tengo tantas horas de amarga soledad, si aquella decisión fue del todo acertada. Y muchas veces asalta a mi mente el pensamiento que si aquel grupo de militares golpistas se hubieran atrevido a derrocarme e implantar una República en mi lugar. Sea como fuere, ahora ya es tarde para tratar de desandar lo ya andado. Fuera mi decisión fruto del error o del acierto finalmente no me espera otra cosa más que el exilio.


El pensamiento político de primo de Rivera era primitivo, con un ingenuo patriotismo que sorprendía al comprobar los logros en la carrera militar de aquel hombre de armas. Era un patriota emotivo, de los que son capaces de arrastrar a las masas conmovidas por una franqueza manifiesta. De un paternalismo que casi rozaba la excentricidad.


Cuando Primo de Rivera se presentó ante mí y me comunicó de manera formal que la triada de su programa de regeneración se basaba en; Nación, Iglesia y Rey, por este orden, su actitud no dejó de sorprenderme.


Aceptaba la Monarquía no por convencimiento político sino porque así lo hacía la gran mayoría de los españoles, y no dudó en confesarme que había “barajado seriamente” la posibilidad de instaurar una República, pero que desechó tal idea al considerar la Monarquía como una institución necesaria, algo dado en el orden político y social.


Su régimen laboral se basaba en el simple principio de: español, trabajador, católico y honesto. Luchó con todas sus fuerzas contra el anarquismo y el comunismo como fuentes desestabilizadores del país. Pero en su política laboral, hubo algo más que la represión, hubo una auténtica preocupación por el bienestar material de los trabajadores y por las pretensiones laborales.


Algo que llamó desde un principio mi atención, y así se lo deje ver en una de nuestras puntuales reuniones, era su cooperación con los líderes socialistas, que se convirtieron en los niños mimados del régimen. Su pensamiento al respecto era bastante claro; la mayor parte de los dirigentes socialistas eran reformistas y no deseaban hacer peligrar lo que ya habían conquistado. Su argumentación no carecía de verosimilitud porque, cuando la UGT se negó a ir a las manifestaciones en contra del Golpe de estado de Primo de Rivera, el dictador se puso inmediatamente en contacto con ellos asegurándoles que respetaría a su sindicato en la medida que ellos respetaran el orden y no apelaran a la violencia para conseguir sus reivindicaciones. Así era Primo de Rivera, desconcertante y en absoluto previsible.


Nuestros acuerdos de cooperación militar con los franceses, que habían comenzado a sufrir en sus posesiones las incursiones de las tribus rifeñas, culminó con el éxito esperado. Nuestro desembarco en la bahía de Alhucemas coronó la sangrienta Campaña de Marruecos en la que tantas vidas perdimos. Las posteriores maniobras de nuestro ejército acabaron por pacificar todo el Protectorado.


Acabado el conflicto tuve varios despachos con el dictador en los que debatimos sobre aquella primera intención mencionada cuando llegó al poder de dejar “paso a la normalidad constitucional” en cuanto los sucesos lo permitieran. Hacia 1928 me comunicó su intención de acabar definitivamente con la Constitución de 1876 para crear una nueva Constitución, obra de una Asamblea Nacional, con la intención de poderse atraer a alguno de los viejos políticos.


Pero en 1928 ya era demasiado tarde para crear un régimen político vinculado a su persona, y así se lo hice saber en uno de nuestros encuentros. Había dejado pasar demasiado tiempo y la normalidad solo podía concebirse con su marcha. La creación de su partido político, la Unión Patriótica, por mucho que significara la desmilitarización de la vida política española, no era suficiente para mantener su figura en un régimen democrático.


Sin embargo, optó por no tomar en cuenta mis palabras. Deberían ser los hechos los que se encargaran de hacerle recapacitar.


En cuanto a sus ideas financieras no eran más que las de un viejo soldado. Aunque ciertamente había sido el restaurador de la Paz Social, los miembros conservadores no querían saber nada de un economista aficionado.


A principios de noviembre de 1929 solicité la presencia de Primo de Rivera a Palacio. No dude ni un solo instante en hacerle partícipe desde el principio de los motivos de mi preocupación. El fracaso económico de su régimen y en especial de su sistema fiscal había desequilibrado la hacienda y había acumulado una colosal deuda pública. El país estaba a las puertas de la bancarrota. Dadas las circunstancias tuve a bien proponerle la creación de una “Corte Civil” que preparara un gobierno de transición que permitiera abandonar al viejo general su cargo con la dignidad que merecía.


Primo de Rivera me contestó fría pero cortésmente que mientras tuviera la confianza de los estamentos militares continuaría en el poder. El 26 de enero de 1930, sin mi conocimiento, el dictador hizo un llamamiento a los generales para que declararan que había asumido el poder “por la proclamación de los militares”, cuya confianza continuaba teniendo. Pero estos, se limitaron a afirmar su subordinación a mi persona. Dos días después primo de Rivera se vio obligado a dimitir. No volví a verlo, dos meses después de abandonar el poder falleció en su exilio en París.


Ciertamente no debo ocultar que deseaba la partida del viejo general, la deseaba por el bien de España y de la Corona. Para el retorno a la normalidad confié en el general Berenguer, que contaba con cierta popularidad por estar en desacuerdo con los métodos de Primo de Rivera.


Llegado este momento, no puedo dejar de pasar por alto la figura de mi madre, la Reina María Cristina. Su muerte en 1929 fue un terrible golpe. Ella había sido la que había salvado el trono a la muerte del Rey, mi padre y en 1898, en medio de lo que fue el Desastre español y de su dolor personal, supo mantenerse con el señorío y la dignidad de la que siempre hizo gala. Mi madre, la Reina, no había sido nunca partidaria del régimen militar y en más de una ocasión me participó que mi aceptación de aquella dictadura propiciaría mi derrocamiento. Hoy mis recuerdos parecen querer regresar hasta aquellas sus palabras, que han acabado por cumplirse de manera inexorable.


El general Berenguer debía de tutelar la vuelta al régimen constitucional, que tenía como referencia la Constitución de 1876. Como Primer Ministro, su tarea era la de mediar hasta la llegada de esa normalidad política tratando de salvaguardar a la Corona. Un futuro gobierno de carácter neutral evitaría la discusión en torno a mis responsabilidades respecto a la dictadura.


Sin embargo, nadie parecía querer comprender que habían sido las circunstancias las que me habían obligado a aceptar las presiones de los militares.


En más de una ocasión apremié a Berenguer a que aplicara las medidas necesarias para poner en funcionamiento la transición política, pero el viejo general parecía no ser consciente que el país se encontraba en una situación prerrevolucionaria. Si esas medidas se hubiesen aplicado de forma inmediata quizá hubiera sido posible salvar el trono, pero la demora de un año para convocar las Cortes hasta marzo de 1931, resultó fatal. Para muchos, se estaban empleando tácticas dilatorias porque la monarquía no se atrevía a enfrentarse a los resultados, muchos políticos habían perdido la confianza en el futuro de una España monárquica y la popularidad de mi mismo como Rey, fruto de una continuada campaña de desprestigio, había quedado deshecha.


Después de la caída de primo de Rivera surgieron un gran número de partidos republicanos que intensificaron sus actividades. En 1930 representantes de todas esas fuerzas republicanas se reunieron en San Sebastián para unificar sus actuaciones frente al gobierno y la Monarquía. Los sucesos abortados de jaca y Madrid fueron el fruto de estos pactos.

En febrero de 1931 tras la dimisión de Berenguer hice formar nuevo gobierno al almirante Juan Bautista Aznar, el último de mi reinado. En nuestro primer despacho el jefe del gabinete me aseguró que la concesión de unas elecciones municipales era la baza que el gobierno contaba para conseguir la aceptación por parte de la opinión pública.


En el mes de marzo recibí al ministro Juan de la Cierva. Desde el primer momento me comunicó su inquietud por la situación política en la que vivía el país y sus temores que se proclamase la República si los partidos no monárquicos vencieran en las elecciones municipales. No descartaba en absoluto que de no aceptar los términos republicanos el país se viese abocado a una guerra civil y me instó a que la Monarquía debía de resistir hasta acabar con el republicanismo en España.


No seré yo quien lleve a mi pueblo a una guerra civil en la que solo se producto dolor, muerte y miseria. Si la República quiere mi espada, no dudaré en ofrecérsela. Los peores augurios de La Cierva se cumplieron al pie de la letra y hoy España es republicana. Parto ahora hacia el exilio con el corazón roto por el dolor pero con la conciencia tranquila de no haber hecho derramar sangre a mi pueblo. Los españoles han perdido su confianza en mí, pero yo no la he perdido en ellos.


YO, ALFONSO XIII, EL REY.


Se recostó durante unos segundos en el sillón del gabinete. Cerró cuidadosamente la carpeta antes de volverla a guardar en el cajón superior de su mesa de trabajo. Contempló ensimismado que la tarde había empezado a caer y que los últimos rayos de sol entraban tibiamente por los ventanales.


Y durante unos minutos imaginó la desolada escena de aquel que había sido su antepasado el día de su exilio. No le fue difícil empatizar con la soledad que tuvo que sufrir durante aquella terrible espera, el amargor del alma y el inmenso pesar y desconsuelo del que un día había sido Rey de España.



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Autor: Esteban Cazaña Fernández

Nacido en Barcelona en 1964

Licenciado en Historia por la Universidad de Barcelona.
Diplomado en Económicas.
Titulado en Fotografía.
Ha colaborado en diferentes textos periodísticos en el PERIÓDICO DE CATALUNYA
Trabaja como profesor.
Ha ganado el certamen literario Ciudad de Ceuta.







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