miércoles, 18 de octubre de 2017, 16:58
Elmonarquico2015
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El Estrechamiento (ensayo 3ª parte)

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Mapa del Paraíso



Los niños miran la luz, aman la luz.


Por eso, los recuerdos de la infancia son radiantes, centellean como bulbos. Los recuerdos de la infancia son dorados, sieneses, llenos de sol. Son tibios y dulces como la leche, azucarados como besos cutáneos. Los objetos sobrenadan u ondean en estas placentas conmemorativas profundas. Rige la benevolencia y la paz amniótica de las aguas de lluvia tropicales.

Todo es piel.

En los recuerdos infantiles las cosas levitan envueltas en chorros continuos, en planos o nidos de aire lácteo y broncíneo. Los volúmenes son brumosos, maternos, ocres. La sensación que compone estos entornos oníricos de la puericia, es la de socorro. Se trata de una atmósfera propiciatoria. Las trenzas causales que son las cosas viven en el medioambiente de la memoria en estado de garantía; custodiadas, ilesas.

Los niños son poetas. Ven la luz de las cosas. Viven en comunión con la materia que irradia. Oyen las voces, huelen los cuerpos. Y los poetas son niños porque miran como niños. Moran en la poesía como los recuerdos, como los párvulos.

Los poetas siguen en contacto.


Pero, ¿qué les sucede a los niños que malgastan o pierden este paraíso? ¿Lo pierden realmente? No. No lo pierden, sino que lo guardan, lo escamotean, primero por temor, y luego terminan olvidando dónde lo han puesto. Seguramente perdura dentro de uno.


La poesía ayuda a encontrarlo. La poesía es un mapa del tesoro abandonado.

La poesía es un mapa del paraíso.

La poesía abre los cofres vetustos, suelta palominos, suelta grajos en la casa. Desordena roperos. Desata vestimentas, importuna, alegra.


El objeto de la poesía es la recuperación. Recuperamos la mirada del niño que fuimos cuando leemos poesía.


La poesía es una terapia para hombres oscuros que procuran el sol.

La poesía revierte los desiertos prosísticos en paraísos.

Teoría del estallido dramático

Así como Walter Benjamín propone una acepción profana de aura, para las cosas, Bertolt Brech, teoriza sobre la denegación inevitable que opera en el escenario teatral sobre los objetos dramáticos. Todo aquello que ingresa a escena queda denegado, dice Brecha. Vale decir que se torna difuso, mágico; se dilata y se vuelve impalpable, elusivo, metafísico o hipofísico, o ideal.

¿Y este no es otro modo de decir que recupera el aura?

Tal vez el aura es concedida por la participación en un fenómeno ficcional colectivo: el teatro. Quizá toda cosa ha brotado en primera instancia en un escenario. La vida es ceniza de una puesta en escena primaria. Los objetos —los seres—, son rastros, remanentes de antiguas representaciones dramáticas. La materia es la huella que subsiste de una pieza de ficción. Y entonces, debido a su origen, las cosas que vuelven a caer en un escenario ( en el remedo restringido de un escenario propiamente dicho ), recobran su fulgor, su conectividad con la simulación absoluta originaria.



Bertolt Brech
dramaturgo y poeta alemán


Podemos pensar entonces el poema como un escenario.

En el poema las bolas plateadas flotan sobre los pañuelos rojos, los conejos brincan de las chisteras, las cabezas cortadas cantan. Todo es brillo, psicobrillo.

El poema como escenario devuelve, reembolsa el aura. Por ello, cada poema ( cada escenografía teatral ) es un convite, una verbena preternatural, una reconquista del estado bucólico inaugural.

¿Quién nos ha enseñado que solamente es revolucionario el objeto gris, la cosa denegada? ¿De dónde creemos saber a ciencia segura, que las maniobras opacas, adustas ( no-festivas ), son las únicas reales, son reales, constituyen la realidad?


¿Por qué aceptamos la monserga en pro de una realidad fúnebre, si sospechamos que la realidad es voltaica, lúdica?


¿No estamos entregando la revolución a los sepultureros?


¿No estamos otorgando el privilegio de definir la realidad a los tenebristas, a los celosos?


¿Acaso la realidad es mera sombra, mera consistencia eclipsada? ¿Acaso es abatimiento del peso y cicatrización del brillo, de l ocio y de los juegos?


Pues no. ¡No! 


La realidad, la infraestructura, la matriz productiva ha de ser milagrosa. La revolución sólo puede ser perpetrada por magos, por poetas, por niños.

¿Quién se ha atrevido a aseverar que la solidez viene definida por la pesadumbre, o que la solvencia radica en la severidad?
Se puede y se debe ser ligero para cambiar lo penumbroso en destello.

La revolución que sucede en el poema es una revolución angélica. No es lisa inquietud nocturna, sino estallido, desembarazo.


Las cosas calladas

Tengo por cierto que el paraíso es la publicación simultánea y conjunta de las infancias de todos los hombres. La apertura de todos los tesoros preconscientes e inconscientes a pleno mediodía; el gran mediodía nietzscheano, tal vez.

Adán era un hombre, entonces era un niño, entonces era un poeta. ( sucede que actualmente no somos hombres ).


Adán como poeta que era, nombraba las cosas. Es redundante aclarar que las nombraba por primera vez. Siempre que se nombra, se nombra por primera vez. Hablar es siempre un acto presente, una actualización simbólica, o de símbolos y signos. Las palabras vivas son como huevos donde laten las cosas nonatas, futuras. Las palabras son óvulos y la articulación de las fecunda. Luego, la realidad es parida desde el verbo.

Walter Benjamin
filósofo y crítico literario


Primero fue la palabra.


No es cierto que la palabra sea un remedo o pantomima de la cosa. No es cierto que sea una cajilla de ecos de la cosa en sí. La palabra no es una trampa para cazar la cosa; una botella donde se encierra al genio de la cosa. Este es un pensamiento ya degradado, platónico. Es un pensamiento hermoso y seductor en comparación con el pensamiento crudo semiótico-científico, pero ya degradado, vespertino, “occidental”.


Al “oriente” de este pensamiento se sabe, se comprende sin duda ninguna, que la palabra crea la cosa. Nunca a la inversa. La cosa es la que es resabio de la palabra. La cosa es la que conserva fibras raigales adheridas a la palabra fundante.

La palabra es lo real, la realidad. Las cosas son ecos en el silencio; desgarramientos modulares de la palabra; desmoronamientos de la palabra masiva original.


Y ese eco se va apagando. Las cosas se alejan trágicamente de la palabra; se desarticulan grado por grado de la voz patrocinante.

Las cosas van muriendo. Morir es callarse.

Campanas Conscientes

El universo se desangra punto por punto, paso a paso. Se desarticula, se desengarza, se desmembra, se cosifica y enfría; se independiza del árbol vivo de la palabra.

Y de entre todas las cosas intermediamente frígidas ( mediatizaciones fonológicas, declinaciones acústico-representativas ), surgió el hombre: el que habla.


Cuando el hombre, poeta por antonomasia, habla, sana las cosas, las retorna; les regresa su brillo, su psicobrillo fonológico original. El habla del hombre unifica, planifica; insufla las cosas.


El hombre sopla y las cosas se encienden como linternas. Y el hombre siempre sopla ( habla ) poesía. Las cosas poetizadas por el hombre son otra vez cuerpo de sonido, campanas.

Se vuelven conciencia.

Las cosas viejas necesitan el calor de la palabra humana ( la poesía, el aliento poético ) para romper el mutismo, para extender su pálpito.

La vida del hombre ocurre al crepúsculo. La poesía es un lenguaje crepuscular; un conjuro contra la oscuridad de la nieve que asesina a la materia.


La materia es nocturna, siempre. Pero la palabra es auroral, radioactiva. Las cosas van en silencio, mas las palabras son gritos, badajazos, estruendo festivo.

Los poetas ( todos los hombres vigilantes ) somos el sol para las cosas. Las cosas son nuestros planetas. 


Las cosas son palabras en el exilio.

Y el sol está en el corazón.















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