miércoles, 13 de diciembre de 2017, 04:19
Elmonarquico2015
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Especulación moral sobre la batalla de Covadonga

Poema de Pablo Ibáñez
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Se levantaron los fundíbulos, se prepararon las hondas, brillaron las espadas, se encresparon las lanzas e incesantemente se lanzaron saetas. Pero al punto se mostraron las magnificencias del Señor: las piedras que salían de los fundíbulos y llegaban a la casa de la Virgen Santa María, que estaba dentro de la cueva, se volvían contra los que las disparaban y mataban a los caldeos. Y como a Dios no le hacen falta lanzas, sino que da la palma de la victoria a quien quiere, los caldeos emprendieron la fuga...


Crónica de Abelda



Real Sitio de Covadonga



…no cesaron de atacarle hasta que sus soldados murieron de hambre y no quedaron en su compañía sino treinta hombres y diez mujeres. Y no tenían que comer sino la miel que tomaban de la dejada por las abejas en las hendiduras de la roca. La situación de los musulmanes llegó a ser penosa, y al cabo los despreciaron diciendo «Treinta asnos salvajes, ¿qué daño pueden hacernos?».


Crónica de Al-Maqqari 








No es bella la derrota, ni piadosa. 

Perdidos entre el miedo y el cansancio 

trepamos a la cueva tras la lucha, 

apenas diez mujeres, veinte hombres, si así puede llamarse a los vencidos. 


Bramaba en la distancia el verde valle, rebosante de tropas de morisca, 

al menos diez mil hombres, Al Qama a la cabeza 

—que Dios guarde en su odio—, 

agrupándose debajo de la cueva, convencidos 

del fin del reino Astur, sumido en treinta vidas lastimosas 

y una que juzgaban alimaña sobre todas: Pelayo, nuestro rey, 

nuestro caudillo: orgullo sobre orgullo sobre orgullo, 

creyendo que el orgullo sin prudencia forjaba los Arturos. 


Oramos a las brasas nuestros ruegos 

abrazando la cruz que nos quedaba, madero humedecido y macilento, 

encomendándonos a aquel que hizo lo mismo 

en soledad. 

Pelayo, pensativo, recorría la cueva sin descanso, 

acaso escudriñando la forma más señora 

de dar por terminada su vida y su reinado. De repente, 

por un hueco inaudito entre la roca, 

penetró un haz de luz iridiscente 

y fue a clavarse en él, en su pechera. Mudó paralizado y sin aliento.


Levantamos la vista de los rezos, extrañados, 

y le vimos asentir transfigurado, como un santo; 

se despojó de sus armas y ropajes, sin dar explicación ni pausa alguna, 

conservando la corona en su cabeza, tal hábito de rey bastase al hombre. 

Con una seriedad inopinada, cargó con la cruz su lomo desnudo, 

dobló su robustez al basto suelo, se puso a cuatro patas 

y comenzó a gatear hacia la puerta.


Nos miramos los unos a los otros, atónitos de aquel comportamiento 

más propio de bufón que de monarca, 

más propio de comedia que de drama. 

Asomando la corona de la cueva, 

oímos tensar la arquería bereber, el hierro desvainarse 

ávido de carne bautizada. 

Salió nuestro señor a cuatro patas, desnudo como Adán, cabeza gacha, 

ensayando un rebuzno prolongado, como un asno, 

bufando y resoplando, la mirada vacía de la bestia. 

Sin duda la razón le había abandonado en aquel trance.


La ráfaga de Alá quedó desconcertada. 

Un silencio inmóvil cubrió toda la escena, coloreado tan solo del rebuzno, 

grotesco retorcer de la quijada, torpes movimientos de rodilla ensangrentada.


Sabido es el infiel de risa fácil; 

el crujir de cuerdas tensadas de los arcos 

quedó sustituido por grandes carcajadas. 

—¿Habéis visto a su rey? — reían todos— ¿Y cómo gruñirán los de calaña? 

Pelayo insistía en sus rebuznos, ahora con un ritmo, 

que pronto corearon con voces y con risas, con golpes chirriantes de escudo contra espada. 

Agachando su cabeza, el rey mordió la hierba, 

al tiempo que caía su corona monte abajo; 

alzó la dentadura negra en barro, con un nuevo rebuzno, 

redoblando las risas monstruosas. 

Volvió hacia ellos sus reales posaderas, en un tal movimiento, 

que su lomo torcido bruscamente llevó la cruz al suelo, 

para enorme regocijo de los otros, cuyo estrépito llenaba el valle entero.


El eco trepó por la pared de roca vertical, enfrente de la cueva 

y el vibrar quebró su místico equilibrio. 

Oímos un crujido mineral 

y un reguero de piedras deslizándose hacia el río. 

Siguió un estruendo de bloques portentosos 

cayendo sobre el ejército de Al Qama, 

cortando la salida vista al valle, en una ratonera de lamentos 

sobre la que se debatió la furia de la piedra 

al menos lo que dura un padrenuestro.


Después, un silencio prodigioso.


Pelayo entró en la cueva a cuatro patas, sin ropas ni corona, 

sin cruz y sin orgullo, como había desembocado en este mundo. 

—Os aseguro— dijo, irguiéndose del suelo— que oiréis vivir a vuestro rey cuando esté muerto. 

Y siguió para orar solo y desnudo al fondo de la cueva.



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Autor: Pablo Ibáñez












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