viernes, 1 de noviembre de 2019, 14:28
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La Cuaresma, un tiempo de gracia espiritual

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Un año más nos adentramos en la Cuaresma, el punto de partida que precede y dispone a la Celebración de la Pascua. El tiempo litúrgico de penitencia y conversión de indudable fuerza evocadora, en la que los creyentes se preparan para experimentar los Misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.

Momento excepcional para la escucha reposada y penetrante de la Palabra que es preciso aunar espiritualmente, para sepultar a ese hombre viejo que opera en nosotros. En otras palabras: la ruptura total del pecado que reside en el corazón, apartándonos de aquello que nos aísla del Plan Salvífico de Dios y, por consiguiente, de la paz, la felicidad y la realización personal.

Paulatinamente, mediante un intenso período de preparación pascual iría consolidándose, hasta configurarse en la realidad litúrgica que actualmente conocemos como Tiempo de Cuaresma.

En la primitiva Pascua del Señor, contribuyeron los requerimientos propios del catecumenado y de la disciplina penitencial, para la reconciliación de los penitentes, incorporando la praxis de un ayuno inicial el viernes y sábado anteriores a esta celebración. A dicha experiencia podría referirse la ‘Traditio Apostólica’, un documento de principios del siglo III, cuando por entonces, se apremiaba a los candidatos al Bautismo, al ayuno el viernes y que estuviesen en vigilia la noche del sábado. En este siglo, la Iglesia de Alejandría de profundos y recíprocos vínculos con la Sede Romana, realizaba una semana de ayuno anterior en paralelo a las líneas afines.

Análogamente, la ‘Constitución Sacrosantum Concilium’ en relación a la Sagrada Liturgia (3-XII-1963, n. 109-110), contempla la Cuaresma como el intervalo en la Historia de la Salvación en el que nos disponemos a celebrar, “teniendo en cuenta el doble carácter de este tiempo”: el Misterio Pascual, a través del cambio interior; la evocación o celebración del Bautismo y la participación en el Sacramento de la Reconciliación, compartiendo las actividades “penitenciales, individuales y colectivas”.

Según San León Magno (390-461 d. C.) en una descripción al detalle extraída del análisis del Sermón 42: “la Cuaresma es un retiro colectivo de cuarenta días, durante los cuales, la Iglesia proponiendo a sus fieles el ejemplo de Cristo en su retiro al desierto, se prepara para la celebración de las solemnidades pascuales con la purificación del corazón y una práctica perfecta de la vida cristiana”.

Por lo tanto, ya desde tiempos inmemoriales, se atisbaba el resquicio de una renovación espiritual. De hecho, el ‘Catecismo de la Iglesia Católica’ (N. 540) retoma esta fundamentación y dice literalmente: “La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de la Gran Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto”.

Con estas connotaciones preliminares, este pasaje pretende entrever un momento acentuadamente penitencial en el desierto de la vida del hombre: la Cuaresma. Exhortándonos con la asistencia del Espíritu Santo, emprendiendo una actitud interna de cambio o de metánoia, o lo que es igual, de conversión descubriendo el rostro de Jesucristo.

De ahí, que la temática de los diversos sistemas de lecturas que en estas semanas nos preceden, tengan un telón de fondo común iluminando las muchas oscuridades que nos atenazan, hasta contribuir pedagógicamente a vivirlos con más intensidad en la cercanía del gozo de la Resurrección. Y es que, cuanto más se intensifican sus rasgos característicos, más provechosamente podremos degustar de toda la riqueza espiritual, excavando en las raíces de la fe para convertirnos.

Primeramente, la acepción teológica de Cuaresma es muy rica y su vertebración de cuarentena comprende una visión doctrinal inconfundible. Cuando el ayuno se condicionaba a dos días o a una semana, o a lo sumo se evidenciaba por el desconsuelo de la Iglesia ante la añoranza del Esposo, o por la atemperación de la anhelante expectación. Mientras, que el ayuno cuaresmal, conjeturó unas sugerencias adecuadas que se argumentaron por el alcance simbólico del número cuarenta.

No debe soslayarse de lo expuesto, que la tradición Occidental inaugura la Cuaresma con la lectura del Santo Evangelio que hace hincapié en las tentaciones de Jesús en el desierto. El paso cuaresmal concreta, pues, una vivencia en este medio inhóspito y desolado, que, al igual que en el caso del Señor, se extiende con su máxima distinción en los cuarenta días.

Queda claro, que la Iglesia se enfrenta a un combate espiritual vital, como etapa de continencia y prueba para entrar con mayor plenitud y gozo en el Misterio Pascual.

Algunos de estos hechos que indiscutiblemente contrastaron el devenir de la Historia del Antiguo Israel, enriquecen el número cuarenta, como se advierte en el Antiguo y Nuevo Testamento y reaparecen en la Cuaresma para proyectarse con su valor paradigmático. Así lo corroboran valga la redundancia, los cuarenta días del diluvio universal; o los cuarenta días de Moisés en el monte Sinaí; o los cuarenta años de peregrinación del Pueblo de Israel por el desierto hasta llegar a la Tierra Prometida.

De esta manera, la cuarentena rememora la acción de preparación: cuarenta días de Moisés y Elías previos al encuentro con Yahveh; cuarenta días empleados por Jonás para obtener la penitencia y el perdón; cuarenta días de ayuno de Jesús antes del preludio de su ministerio público. En las Sagradas Escrituras, el número cuatro encarna el universo material, continuado del cero que simboliza la duración de nuestra vida en la Tierra, en consonancia con las numerosas encrucijadas y posibilidades de crecimiento en la vida cristiana, que, poco a poco, impregnan los criterios de la fe.

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En suma, la cristiandad ha descifrado el número cuarenta como expresión del tiempo de la vida presente y primicia del mundo futuro.

El ‘Concilio Vaticano II’ (cfr. SC 109) resalta que la Cuaresma adquiere una doble dimensión: bautismal y penitencial, destacando su esencia de introito para la Pascua en un ambiente de escucha permanente a la Palabra de Dios y de oración continuada.

Haciendo una breve síntesis primitiva de la Celebración de la Cuaresma, que ayude en el esclarecimiento de su embrión, suele afirmarse que contiene una ‘Historia’ y ‘Prehistoria’.

En los incipientes siglos del cristianismo, se hace caer la balanza en el hábito del ayuno con los grupos gnósticos, como corrientes filosóficas que ambicionaban conseguir un entendimiento absoluto de la naturaleza de Dios en su concepto de cuerpo y alma; pero, sobre todo, en lo que concierne a la vertiente platónica: “el cuerpo es una cárcel del alma”.

Es con la antropología dualista griega cuando parece acrecentarse la tendencia penitencial, haciendo que el cuerpo tolere, soporte y se sustente del sufrimiento, transformándose en víctima para que el alma se depure. Conjuntamente, concurren otras evidencias desde fines del siglo II y principios del III en la efectividad de las costumbres cuaresmales, especialmente, en lo que respecta al ayuno como premisa de la Pascua.

Mismamente, la argumentación de la Cuaresma se remonta en los albores de la Iglesia, pero, la gestación de los cuarenta días comienza a apreciarse en el Concilio de Nicea (20-V/19-VI 325 d. C), disponiéndose la terminología ‘tessarakoste’, que en griego alude a la ‘Cuadragésima’. Sospechándose que esta reseña se moduló con los cuarenta días de Jesús en el desierto, a la par, que Moisés y Elías. Por fin, se instituye la dedicación anual del Misterio Pascual de Cristo, al observarse el menester de una introducción más apropiada con la oración y el ayuno, como modelo ejemplificado en el Señor.

Posteriormente, la Cuaresma se engranaría con la ‘Pascua Judía’, pero sin coincidir en el mismo día, porque tras una fuerte controversia, el Papa Víctor estableció la ‘Pascua Cristiana' el Domingo consecutivo al 14 de Nisán. Es de este modo, como se alumbra el piadoso uso del ayuno infrapascual de carácter escatológico del Viernes y Sábado Santo, como crecimiento al ‘Domingo de Resurrección’.

En la ‘Didascalia’, se menciona que se alarga durante una semana y contrae un sentido más ascético. Inmersos en el siglo III, en Roma, el desarrollo pascual se circunscribe a tres semanas con ayunos habituales, descartándose los sábados y domingos.

Habría que aguardar a la llegada del siglo IV, para apreciar los primeros indicios de una composición orgánica cuaresmal de cuarenta días, con arranque de seis semanas antes del ‘Domingo de Pascua’, designado como el ‘Domingo de Cuadragésima’. Precisamente, es en esta centuria la que marca la predisposición de constituirla en tiempo de penitencia y renovación para la Iglesia, con la puesta en escena del ayuno y la abstinencia en la ingesta de carne.

Este último exclusivismo, al menos en su inauguración, se perpetuó con vitalidad en las Iglesias de Oriente; si bien, el procedimiento penitencial se avivó en Occidente, aunque hubo que hacer hincapié en el espíritu penitencial de conversión y oración.

En el primer estadio de organización cuaresmal, únicamente se oficiaban las reuniones eucarísticas dominicales; entre semanas, los miércoles y viernes concurrían asambleas no eucarísticas.

Llegados a la última etapa del siglo V, el miércoles y viernes precedentes al primer ‘Domingo de Cuaresma’, empezaron a celebrarse como si formaran parte del período penitencial. Tal vez, como remedio para equilibrar los domingos y jornadas en los que se rompía el ayuno. Recuérdese, que en este ‘Miércoles’, los penitentes por la imposición de la ceniza entraban en el orden que disponía la penitencia canónica.

Cuando la institución penitencial se suprimió, el protocolo se expandió a la comunidad cristiana, origen del ‘Miércoles de Ceniza’ o ‘Feria IV anerum’. En las postrimerías del siglo VI, las convocatorias del lunes, miércoles y viernes ya santificaban la eucaristía. Pronto, se incorporaron otras asambleas eucarísticas los martes y sábados.

Finalmente, la evolución de este tiempo se completó bajo el pontificado de San Gregorio Magno (540-604 d. C.), con la asignación de un ritual eucarístico para los jueves de Cuaresma. En esta centena se origina el despliegue cuantitativo en el balance del ayuno, transitando con el primer ‘Domingo de Cuaresma’ hasta el ‘Jueves Santo’.

Es decir, de una ‘Quadragésima’ o cuarenta días, a una ‘Quincuagésima’ o cincuenta días contabilizados desde el domingo anterior al primero de Cuaresma, hasta la Pascua. Progresivamente, hasta alcanzar una ‘Sexagésima’ que corresponden a sesenta días, consiguiendo un domingo más y finalizando con el ‘Segundo Domingo de Pascua’. Esta nueva extensión tuvo carácter más sobrio y debió incorporarse por los influjos de Oriente. Sin inmiscuirse, que esta modificación se amplificó a las celebraciones.

Luego, con la innovación litúrgica del Concilio Vaticano II (11/X/1962-8/XII/1965), se optó por prescindir del período cuaresmal los días del denominado ‘Triduo Sacro’, porque realmente no correspondía al cierre de la Cuaresma en sí, sino a una ‘Celebración de la Pascua’ concebida como el paso de la muerte a la vida, o de la esclavitud a la libertad. Por lo que, a pesar de no persistir los cuarenta días medievales, concluye el ‘Jueves Santo’ con el Oficio de Nona que atañe a las 15:00 horas y los oficios de la ‘Cena del Señor’.

Redimensionando el Tiempo de Cuaresma en la vida de las personas, uno de los grandes peligros que nos asechan es el de amoldarnos a la rutina. Habituándonos en llevar un relato intrascendente e insustancial que, con reincidencia, nada ni nadie nos inmuta de los muchos desequilibrios éticos y morales que subyacen.

Ni lo positivo o agradable para dar gracias a Dios, o por el contrario, lo negativo o insulso para afligirnos. En cierta medida, el hombre y la mujer se han acostumbrado a una espiral monótona, admitiendo signos de afecto o de atención, o posiblemente de servicio, sin apreciarlos lo adecuadamente. E incluso, contemplando la pobreza o la miseria y cuántas variables intervinientes acontecen como males endémicos, con absoluta indiferencia.

Asimismo, como cristianos, vivimos la fe raquíticamente sin otorgarle la estimación que merece. Y si no le ofrecemos la debida atención, ello podría llevarnos a la inercia de un automatismo apático que mansamente estaría abocado a diluirse.

En esta tesitura, la Cuaresma como se ha acentuado en este texto, es una ocasión ideal de conversión o cambio de dirección, para ponernos en la verdad de cara a Dios renunciando al pecado y ganando la reconciliación.

Es, pues, un trecho propicio y de liberación, en el que combatimos al pecado interiormente enquistado, hasta encauzarnos a un apaciguamiento con Dios, la Iglesia, la comunidad y cada uno de los hermanos.

Si cabe, un lapso de lucha escatológica contra Satanás y sus tentaciones y engaños, pero, también, un trecho para ir al encuentro del morir a los gustos y apetencias terrenales y procurar una comunión más íntima con Cristo, hasta toparnos en nuestro desierto particular. Es aquí, obligatoriamente, en la debilidad que nos embarga, donde a lo mejor, erradamente le pedimos la gloria a Dios.

Como resultado de este escrutinio interior en la conversión vivificada y el laborioso combate en la oración y el ayuno que se espera de nosotros, ya en los últimos momentos de la Cuaresma y la Semana Santa, humildemente acudimos al Sacramento de la Reconciliación. Esta será la recompensa del bien sobre el mal, pensando en el itinerario cuaresmal de conversión transitado.

Será un poner frente a Jesucristo y la Iglesia todo el balance conclusivo de lo que hemos caminado por el angosto desierto, cuando ya somos conscientes de lo que debemos desprendernos para que la conversión sea más íntegra y plena.

La Iglesia como Madre solícita y bondadosa, nos acoge entre sus brazos invitándonos a poner en marcha tres prácticas cuaresmales saludables y prioritarias, al objeto de fomentar la conversión de las que nos habla Jesús en el Evangelio de San Mateo 6, 1-6.16-18, a modo de las armas de la penitencia cristiana: la oración, el ayuno y la limosna.

Cada una de ellas, están totalmente distantes de la ley que nos condena, pero sí, muy cercanas y afines en la libertad de los Hijos de Dios. Primero, la oración, como condición ineludible para aproximarnos a Dios, ahora más intensa y con las lecturas asiduas y meditadas de las Sagradas Escrituras, que ejemplifican la Historia de la Salvación en la que estamos retratados.

Con el rezo, dialogamos íntimamente con el Señor, dejando que la gracia nos inunde en el corazón y como la Virgen María, nos abrimos a la acción del Espíritu Santo dando una respuesta libre y generosa. Dejándonos escrutar por el germen de la Palabra y transfigurándonos con el Espíritu que nos llama a la santidad.

Segundo, el ayuno y a otras maneras de abstinencia, aprendemos a privarnos de lo inexcusable y frecuente para vernos a nosotros mismos en forma realista; aprendiendo a pasar por las carencias propias de un desierto, prestando atención sin interrupciones a la voz de Dios.

Se trata de despojarnos de aquello que fácilmente nos empaña la vista, de cuántas esclavitudes nos atenazan y que ejercen encubiertamente su dominio. Tales, como la comida, el dinero, los afectos, el sexo, la televisión o el teléfono móvil y así, un largo etcétera. Consagrando a Cristo las miserias que nos reportan a aceptar los siete pecados capitales que habitan en el corazón del hombre.

Y tercero, la limosna que desenmascara la grandeza incondicional de la reconciliación con Dios, en un entregarse desinteresadamente al prójimo. Nos cultivamos así, sometiendo al egoísmo y a la complacencia de una vida comparativamente confortable y acomodada, conviviendo con simplicidad hasta percatarnos de cuánto dependemos de la infinita misericordia del amor de Dios.

Al desposeernos de las falsas seguridades, nos hacemos pobres y no sólo nos solidarizamos con quienes lo son, sino que nos hacemos más aprovechables a los designios de Dios Nuestro Padre en el cielo, que tan solo puede llenar las manos de aquel o aquella que las tiene vacías.

En consecuencia, al incorporarnos con el Tiempo de Cuaresma en el ‘Misterio Pascual’ de Cristo, tomamos parte de un tesoro imperecedero que no tiene precio: el ‘Misterio de la Muerte y Resurrección de Jesucristo’. Porque, la Cuaresma bulle sin tregua en la historia del hombre, para que la dinámica bautismal: muerte para la vida, sea experimentada en lo recóndito del alma.

Abandonando al pecado, para renacer con Cristo a la vida nueva.

Alfonso J. Jiménez Maroto

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 10/III/2020. Las dos fotografías que acompañan al texto han sido extraídas de National Geographic de fecha 02/III/2020, las breves reseñas insertadas en las imágenes iconográficas son obra del autor; si bien, el texto de la segunda imagen está extraída de la Biblia de Jerusalén.


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