viernes, 1 de noviembre de 2019, 14:28
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Se nos ha ido Juanjo, sin avisar

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La Promoción, para los militares, es mucho más que un grupo laboral o educativo. En la Academia General Militar entras cuando apenas has empezado a formarte como persona y pasas allí unos cuantos años en régimen de internado, cinco en mi época. Los lazos que se crean son indisolubles de fuertes que son, ni la espada de Alejandro lograría cortarlos. Son lazos formados por muchas horas de brega, de marchas y de sudor, de ejercicios con fuego real, de profesores convencidos de que la disciplina se imprime a través de la obediencia y en muchos casos el castigo. Salimos, no sé si con espíritu de cuerpo, pero sí con espíritu de promoción. La mía es la xxxv, la de Juanjo.

Juanjo enseguida empezó a resaltar por contestatario en un ambiente donde eso era sacrilegio. Él siempre tenía una salida de tono, siempre de buen humor y siempre en positivo. En segundo año, creo recordar, durante una cabalgada por el campo de maniobras de San Gregorio, su caballo llegó sin jinete y a Juanjo lo encontramos desorientado, pasó por el hospital militar y a su regreso ya no era el mismo, o mejor, era el mismo, pero además era estrambótico. Desde entonces dejó de ser Téllez para ser siempre Juanjo. Un elemento distintivo de la xxxv.

Cuando salimos tenientes de Infantería Juanjo se fue a hacer el curso de Operaciones Especiales y yo que me fui a Montaña le perdí un poco la pista. Supe que se había casado y divorciado en apenas un telediario y ya capitanes lo recuperamos en la Brigada de Montaña, en el Pirineos. Allí llegó hecho casi un activista para lo que eran los parámetros de la institución. De su salida de formación en medio de una Misa aún se habla entre los de Montaña. El entendía que no era de recibo en un acto militar y el caso dio para arrestos, recursos, victorias y derrotas. La Reserva sería su escape defensivo.

Por esa época su inquietud filosófica tocó techo. Se fue a la India a meditar y por allá estuvo algunos años hasta que, según me contó, la llegada de neófitos occidentales a su particular retiro en busca de un supuesto gurú, y la sospecha de pudiese ser él a quien buscaban, fue motivo bastante para pensar que era el momento de retornar y así lo hizo después de múltiples peripecias viajeras.

De nuevo en España, y con el sosiego que siempre aporta la edad, estuvo trabajando un tiempo para La Rioja en temas de emigración hasta que el amor, o algo así, llamó de nuevo a su puerta en forma de una natural de Querétaro, la maravillosa ciudad mejicana, a donde emigró en busca de ese nirvana que abandonara en la India. Tampoco resultó en esa ocasión, pero sí su enamoramiento de la ciudad y el país, y también un nuevo amor encarnado esta vez en una sinaloense de hermosos ojos y otras bondades no menos atractivas. Con ella lo intentó durante unos años, pero pesó más, creo, Sinaloa y su peculiar cultura de la violencia, cantada por los Tigres del Norte y mantenida por el Chapo Guzmán y sus secuaces.

En esta época tuve ocasión de visitarle. Como yo no pude subir a Querétaro fue el quien bajo al DF. Quedamos en el Centro Español, junto al Zócalo, y por allí apareció Juanjo tirando de su pequeña maleta, americana y sombrero claro, abriéndose paso entre el gentío. Mis cuñados, vecinos del DF durante 12 años, estaban atónitos, nunca habían visto semejante aparición. Era Juanjo, que no conducía y se desplazaba por Méjico como si del Paseo de la Independencia zaragozano se tratase.

La comida, en el Centro se come extraordinariamente bien, fue una exhibición de extroversión y vivencias de Juanjo; mis cuñados aún lo recuerdan como si fuese hace unos meses y siempre con sorpresa, estupefacción y admiración. Yo lo recuerdo como si fuese el comedor de la Academia, era el Juanjo de siempre, simplemente se había dejado barba, ya cana, y un espléndido mostacho.

Estos últimos años nos volvimos a ver en Gijón. Pasaba una temporada de reposo en casa de Perico, un amigo común con una Quintana en la zona de Colunga. Le habían operado de cáncer y estaba decidido a superarlo y así pareció cuando tras unos meses regresó a su Querétaro aparentemente fuerte y sano. Pero el bicho volvió.

Hace unos meses descubrí que estaba en casa de su familia, en Cartagena. Un descuido en el correo me dio la pista y me confesó que había recaído. No quería entrar en la dinámica de nuevas operaciones y quimioterapias, valoraba más la calidad de vida. Siempre me comentaba algo sobre las divagaciones que yo escribía, pero hacia una semana que estaba en silencio radio. Malo.

Hoy me he enterado que Juanjo nos ha dejado y la Promoción pierde más que un miembro, pierde uno de sus jilgueros y eso nos deja con menos música, más tristes, más solos.

Nos vemos Juanjo.

Raúl Suevos

A 13 de febrero de 2020




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