domingo, 19 de enero de 2020, 07:50
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Octingentésimo Aniversario de la proclamación como Caballero, del Santo Rey Don Fernando III

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Mucho, por no decir indefinidamente, se ha disipado en las resacas de las épocas, pero, aún muchísimo más, se ha extinguido en el olvido.

Inexorablemente, el ritmo del tiempo marcha a velocidad endiablada, simplificándose las coordenadas de la Historia Universal en cuestiones intrascendentes. Paralelamente, el curso del tiempo es el mayor adversario del hombre, porque agota sus logros y paulatinamente hace desvanecer su memoria.

De esta forma, el dietario de nuestros pasos se transforma en leyenda; ésta en mito, para finalmente concluir en fábula, pero ahora sin precipitarse se irá diluyendo. De ahí, que sea provechoso recapitular y relatar hechos histórico-culturales como el que seguidamente referiré.

Este es el caso concreto de la figura del Santo Rey Don Fernando III (1199-1252), uno de los más sobresalientes monarcas hispanos, no sólo de la Edad Media, Medievo o Medioevo (476-1492), sino de la totalidad de la Historia del Reino de España, que en el año 2019 conmemora el 800 Aniversario de su investidura como Caballero. Hecho puntual que se produjo el día 27 de noviembre de 1219 en el monasterio de Santa María la Real de las Huelgas, conocido popularmente como monasterio de las Huelgas en Burgos; como asimismo, su enlace matrimonial, con la Reina Doña Beatriz de Suabia (1205-1235), celebrado el 30 de noviembre de ese mismo año en la antigua catedral románica de esta localidad.

Y es que, en el transcurso de su reinado y como consecuencia de su política, se originaron una serie de sucesos fundamentalísimos que contrastarían durante siglos en el acontecer de este país.

Póngase en evidencia, cuando decisivamente los Reinos de León y Castilla volvieron a confluir en el año 1230, tras centurias infranqueables de alianzas, divisiones y un sinfín de discrepancias.

Mismamente, tampoco puede obviarse la inmensa mayoría de la adquisición de Al-Ándalus, junto a don Jaime I el Conquistador (1208-1276), Rey de Aragón, Valencia y Mallorca, conde de Barcelona y Urgel, Señor de Montpellier y de otros feudos de Occitania, que dieron el ímpetu pertinente para que en tres décadas se evolucionara más, que en casi el resto de los siglos previos.

Cabe recordar, que gracias a estos dos monarcas, cada uno de las circunscripciones del Sur, de lo que actualmente pertenece a Extremadura, Castilla-La Mancha, Aragón, Murcia, la Comunidad Valenciana, los territorios andaluces situados al Norte de los Sistemas Béticos y una porción de las Islas Baleares, pasaron a ser posesión cristiana. Simultáneamente, el dibujo recuperado en el mapa apremiaría a una obligada repoblación, dejando extenuada a ciertas comarcas del Norte; mientras, que por el sistema de repartimientos, importantes superficies se concedieron a quiénes habían contribuido en la ocupación, con un papel prominente a las Órdenes Militares.

Años de señoríos, en los que se practicaba una autoridad comparable a la del sistema feudal, al menos según se tiene la opinión, en el Reino de Castilla.

Con ello, para numerosos historiadores y analistas en aquella sociedad y geografía hispana, estas manifestaciones vertiginosas e intensas, propiciaron el caldo de cultivo adecuado para que se encadenase la crisis política del siglo XIV y las pestes, más otros infortunios terribles de origen extranacional, que asolaron irremisiblemente este territorio.

Pero, no iba a ser menos, el paisaje artístico en el intervalo del amplio mandato de Don Fernando III, porque, posiblemente conjeturó una de las etapas más esplendorosas en la diversidad de los matices.

Cuatro décadas que dieron para mucho, en las que residieron el románico en su fase final, aparte de un diseño de raigambre con abovedamientos avanzados, situaron en primer plano a los monasterios cistercienses; o en algunas catedrales el gótico clásico de carácter foráneo; o el mudéjar en sus primeras expresiones e incomparables rasgos regionales con el arte andalusí almohade.

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Con estos mimbres preliminares, nos aproximamos a uno de los principales reyes de la Historia de España, tanto por sus proezas y heroicidades castrenses y gran enfoque político, como por su exquisita calidad moral y espiritual a la que tuvo un gran vínculo.

De hecho, entre las personas más cercanas se hallaba el Arzobispo de Toledo don Rodrigo Jiménez de Rada (1170-1247), sin soslayar, a Su Santidad el Papa Gregorio IX (1145-1241) que lo calificó ‘Atleta de Cristo’, como análogamente lo haría el Pontífice Inocencio IV (1195-1254), que le confirió el título de ‘Campeón invicto de Jesucristo’.

Un Soberano como Don Fernando III, que en 1655 lo beatificó S.S. el Papa Alejandro VII (1599-1667) y posteriormente, fue canonizado en 1671 por S.S. el Papa Clemente X (1590-1676), siendo el segundo monarca español llevado a la santidad.

Recuérdese al respecto, que para que se materializara una canonización, además del milagro, era necesario la fama de santidad. Así, tras la hora de pasar al Padre y ser enterrado con todos los honores en la Santa Catedral de Sevilla, su cuerpo y alma generó una energía espiritual que sedujo a los devotos desde diversos lugares de la geografía española. Definitivamente, en 1590, el Papa Sixto V (1521-1590) ratificaría que Don Fernando III gozaba del halo de santidad, mereciendo la designación de Santo con base en el “resplandor alrededor de la cabeza que se da en Roma a los beatificados y la diadema de los canonizados”.

Las reservas contraídas por el Papa Urbano VIII (1568-1644), forzaron a corroborar que esta representación era verdaderamente como tal y una vez demostrada, hizo posible que a partir de 1649 se promoviera la tramitación del monarca a los altares.

Un referente como Don Fernando III, del que todo español debería sentirse plenamente orgulloso y tomar buen ejemplo en estos trechos tan afligidos a las puertas de 2020, en los que en comparación con la tesis fernandina de fe, firmeza y progreso en la unión común de España, algunas y algunos, aspiran desmembrar y con ello atenuar los principios democráticos para desbaratar el armazón histórico de este gran país.

Cuando el 5 de agosto de 1199 en el camino de Salamanca a Zamora llegaba al mundo Don Fernando III de Castilla y de León, en el monte al que más tarde se le trasladaría al monasterio de Nuestra Señora de Valparaíso, desde hacía nada más y nada menos que cuarenta y cuatro años, los Reinos de Castilla y León eran dos mundos independientes, disconformes y continuamente desavenidos.

Don Fernando era hijo del Rey Don Alfonso IX de León (1171-1230) y de la castellana Doña Berenguela (1180-1246), descendiente heredera de Don Alfonso VIII de Castilla (1155-1214) distinguido como ‘el de Las Navas’ o ‘el Noble’.

Si bien, proveniente de doble linaje regio, Don Fernando III no llegaba como heredero directo de los dos tronos: primero, en León, le antecedía un hermanastro también llamado Fernando nacido en 1194, hijo del Rey leonés y de Doña Teresa de Portugal (1178-1250) que ya había prometido como sucesor del Trono de León; y segundo, en Castilla, la cadena sucesoria le correspondía a otro Fernando nacido en 1189, hijo de Don Alfonso VIII y hermano de Doña Berenguela.

El matrimonio de sus progenitores a duras penas pudo conservarse, porque se había realizado sin la ineludible dispensa papal, con el inconveniente añadido de consanguinidad; toda vez, que el progenitor de Doña Berenguela, Don Alfonso VIII de Castilla era primo carnal de Don Alfonso IX de León.

Ante la demanda a los consortes de S.S. Inocencio III (1161-1216) para que éstos se separaran, finalmente, terminaron rompieron su relación tras seis años y medio de convivencia conyugal (1197-1204), intervalo en los que llegaron cinco hijos, dos de ellos varones: el futuro Don Fernando III y su hermano infante de León, Don Alfonso de Molina. La desaprobación de Inocencio III a eximirlos, según el razonamiento del arzobispo de Toledo y de los obispos de Palencia, Zamora y León, sería un grave disparate. Coyuntura que desembocaría en un desarreglo armado entre León y Castilla.

Es preciso incidir, que eran tiempos enrevesados de cruzadas con el restablecimiento de Tierra Santa a los musulmanes, deseosos de conceder a los cristianos que libremente volviesen a peregrinar a Jerusalén, Belén o Nazaret, para no tener la mínima sospecha de ser hechos cautivos, ajusticiados, muertos o negociados como esclavos por los incondicionales seguidores del profeta Mahoma.

En Iberia, Hispania o España, los monarcas cristianos llevaban la friolera de cinco siglos combatiendo contra el dominio musulmán, conteniéndolos en su progresión hacia el resto de territorios europeos; luego, la reconquista española configuró una lucha inminente e inexcusable.

En los instantes más espinosos de este escenario, los Papas exhortaron a quince cruzadas a favor de España, como la irrupción almorávide o el fracaso de Don Alfonso VIII en 1195 con la batalla de Alarcos, cerca de Ciudad Real. De esta manera, se verifica que la invalidación del casamiento, instó a un conflicto de importantes proporciones, que de por sí, debilitó a los reinos cristianos ante los invasores. Es más, Don Fernando II de León, padre de Don Alfonso IX, estuvo comprometido con Doña Urraca, descendiente de Don Alfonso Enriquez, Rey de Portugal. Don Fernando y Doña Urraca eran primos segundos, bisnietos de Don Alfonso VI de León y Castilla, la prohibición de su boda determinó otra guerra entre León y Portugal, hasta que como aval de paz, Don Alfonso IX se casó con Doña Teresa hija de Don Sancho I de Portugal.

Por si fuera poco, el Papa Celestino III (1106-1198) mientras no se desligaran, declaró nula la ceremonia por ser primos hermanos; consecutivamente, ante la rebeldía de Don Alfonso, S.S. dictaminó la excomunión contra los Reyes y la reprobación al Reino de León.

Con estos precedentes, por iniciativa propia Doña Teresa de Portugal se retiró a un convento de clausura; momentos, en los que la Iglesia obraba a ultranza la defensa de la familia y la sexualidad por motivos de los cátaros albigenses, herejes extremados del maniqueísmo persa, también del neoplatonismo y del gnosticismo. Para entendernos, una espiritualidad hostil a la sexualidad y reproducción.

Las lógicas del Papa Inocencio III para no aceptar la indulgencia, eran consistentes: primero, proteger el recato del matrimonio preservando a los esposos del incesto, y segundo, las familias reales seguían la endogamia para ganar mayor influencia.

Sin objeción, es el período más deplorable del Papado denominado ‘Siglo de Hierro’, cuando respectivamente, entre los años 882 y 1046, se sucedieron más de 40 Papas y antipapas; argumentándose en este entramado pernicioso, la ayuda irrevocable del Espíritu Santo, sin el que desde entonces la Iglesia no hubiese subsistido.

Era palpable que la Santa Sede estaba a merced de círculos tiránicos que subyugaban a Roma. El eclipse de la hegemonía imperial, confirmó ser más temible que la omnipotencia, porque dejó a los Papas debilitados en pleno desconcierto feudal.

Tres inclinaciones del clero socavaron el normal funcionamiento de la Iglesia y que más tarde vislumbraría Don Fernando III: el nicolaísmo o el matrimonio y amancebamiento de clérigos; la simonía o pretensión de la compra o venta de lo espiritual por medio de bienes materiales, incluyendo cargos eclesiásticos, sacramentos, reliquias, promesas de oración, la gracia, la jurisdicción eclesiástica, la excomunión, etcétera.; y, por último, la investidura laica o bendición de eclesiásticos por representantes laicos, que transferían a la inobservancia del celibato.

Sucintamente, fundamentado el contexto y las peculiaridades que rodearon a Fernando, tras fracturarse la vida en común de sus patriarcas cuando aún no había alcanzado los tres años, el aprendizaje infantil lo llevó de la mano su madre Doña Berenguela que había retornado de Burgos con su prole; en seguida, la educación y el relato del pequeño infante los compartió entre Burgos, donde era relacionado como ‘el leonés’, para diferenciarlo de su tío Fernando, doce años mayor y sucesor del Trono castellano; y en León, próximo a su padre, donde era apodado como ‘el castellano’ para distinguirlo de su hermano mayor, también homónimo y sustituto de la Corona de León.

Pero, cuanto habría de escribirse en esta biografía, las casualidades de la providencia permutaron de la noche a la mañana; primero, con la defunción de su abuelo, del heredero, el Infante Don Fernando, e inmediatamente de Enrique I, dilucidaron el acceso para que decisivamente ocupara el trono. A ello hay que agregar, la inmensa lucidez política de su madre, al resolver concederle la Corona, imposibilitando las enormes trabas habidas del bando nobiliario dirigido por los Lara.

Por fin, el 14 de junio de 1217, bajo la sombra de un voluminoso olmo en Autillo de Campos, localidad de la provincia de Palencia, asistentes de armas, dignatarios y gentes destacadas, enaltecieron gallardetes y enseñas por su nuevo Rey.

La primera huella identificativa que lo iría ratificando en su buen hacer y forma de proceder, llegaría a raíz de tener noticias de su padre, Don Alfonso IX de León, cuando éste especuló desafiarlo, a lo que Don Fernando le dio a entender que los reyes cristianos de la Península no deben luchar entre sí, sino al asaltante.

La hazaña de la batalla de las Navas de Tolosa (1212) que dirigió su abuelo, Don Alfonso VIII, le dio la clave: el Reino de Castilla procedía del de León, que a su vez lo hacía de Asturias, de Pelayo y de la España visigótica. Ahora, todos eran uno. El nuevo tronco que surgía con Don Fernando, le otorgaba al árbol genealógico indudable vitalidad, hasta rejuvenecerlo en sus frondosidades.

Su audacia política y espiritual de unidad y la progresiva extenuación del imperio almohade, empujaron a S.M. a proseguir las empresas militares y restablecer Mérida, Badajoz y Cáceres.

La muerte de su padre y otra vez la destreza de su madre Doña Berenguela plasmada en la ‘Concordia de Benavente’, un acuerdo firmado tras el fallecimiento de Alfonso IX de León, por el que su primera mujer Doña Teresa de Portugal, desistía a los derechos que sus hijas Doña Sancha y Doña Dulce de León tenían al trono, hicieron que Fernando III adquiriese la Corona leonesa para aunar decisivamente Castilla y León.

La buena percusión político-militar del complemento madre-hijo al frente de esta alianza, reciente pero muy curtida, proporcionaría la conquista de Córdoba, Úbeda y Murcia, además, de la demarcación de líneas fronterizas con Don Jaime I de Aragón mediante el Tratado de Almizra, un pacto de paz firmado el 26 de marzo de 1244; sin olvidar, el vasallaje del reino nazarí de Granada y la obtención de Jaén. Justamente, con anterioridad al año 1246, fecha en el que se produciría el trance de su madre.

Quién mejor puede plasmar el retrato de Don Fernando, es uno de sus biógrafos como don Francisco Pérez González, que literalmente trascribió: “… sabía comportarse en lo humano, como un gran señor europeo; fue un verdadero palaciego que gustaba de la caza, componía versos o cantigas, entendía de música y sabía jugar a las damas y al ajedrez; tenía un porte elegante y era excelente jinete. En efecto, su hijo Don Alfonso X el Sabio escribió de él que: todas estas vertudes, et gracias, et bondades puso Dios en mi Rey Don Fernando”.

A partir de aquí, eternamente persistirá el afamado sitio de Sevilla y el recibimiento triunfante de Don Fernando, el día 22 de diciembre de 1248 en esta Ciudad, que lo redime y acentúa antes de su tránsito en 1252 por hidropesía, una retención de líquidos o edema en determinados órganos. Desconociéndose con exactitud la zona afectada, siendo de suponer, que con la intensa vida militar se incrementaría.

Gracias a la narración realizada por Don Alfonso X de Castilla, llamado ‘El Sabio’ (1221-1284), podemos saber que la jornada de su partida al Padre, Don Fernando, atinándose al filo de ella, dispuso reunir a sus hijos y al obispo Don Remondo, e inclinándose de rodillas se puso una soga al cuello y tras desprenderse del ropaje real, en numerosas ocasiones se golpeó el pecho con un crucifijo, besándolo reiteradas veces.

Consecuentemente, agraciados con esta gran herencia, los españoles nos sentirnos orgullosos del papel central que hemos obtenido en la Historia de la Humanidad. Don Fernando III interpretó a las mil maravillas, que debemos valorar lo cimentando para continuar edificando. Comprender de dónde procedemos para intuir a dónde iremos, porque venimos de un largo recorrido cogidos de la mano y juntos somos más y mejor y podemos ir más lejos.

En esta conmemoración del Rey Santo y en un momento tan crucial por lo que nos jugamos, reconquistemos nuevamente el símbolo de un diseño herrador en la prolongación de una España cohesionada, vertebrada y diversa que la hace ser aún más grande, para enriquecerse como un país moderno y democrático.

Alfonso J. Jiménez Maroto

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ el día 03/XII/2019.


Las dos fotografías que acompañan a dicho texto, han sido extraídas de National Geographic de fecha 27/XI/2019, las breves reseñas insertadas en las imágenes iconográficas son obras del autor.



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