lunes, 9 de diciembre de 2019, 15:18
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Tres décadas de la caída del Muro de Berlín, el símbolo de la división y opresión. Por Alfonso José Jiménez Maroto

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A tan solo escasos días de conmemorarse un hecho sin precedentes que marcó un antes y un después, no fue preciso la intervención de un ejército o que hubiesen saltado largas disputas, o en el peor de los casos, que se hubiesen producido víctimas.

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La última gran revolución europea sería la hazaña de un Pueblo deseoso de libertad que, inducido por un mundo en plena transformación, una diplomacia habilidosa y un hado en el destino, resurgió en las calles hace treinta años y consiguió lo inesperado: tumbar la ignominiosa muralla que dividió en dos partes a Berlín y de forma simbólica el mundo, durante 10.315 días de la Edad Contemporánea.  

A uno y otro lado se apuntalaron dos maneras de concebir la política, la cultura, las tendencias o la misma humanidad. Probablemente, los restos que han resultado de este Muro, rubrican el desgarro en la Historia de los principales totalitarismos del siglo XX.

Por eso, no era para menos, que aquel 9 de noviembre de 1989, fecha que se rememora en este pasaje, la capital alemana se reunificara con el desmoronamiento del que iba a ser por excelencia el emblema de lo que se conoció como la ‘Cortina de Hierro’ y la ‘Guerra Fría’; sellando inexorablemente el signo de Alemania y Europa.

No quedaba otra, que aquella noche miles de personas se arrojaran a las calles para contemplar por vez primera un sueño que ya era real. Una imagen de fractura que había truncado millones de relatos y lo más cruel, las vidas arrancadas por tan solo tratar de traspasar este umbral.

Un bastión de hormigón armado que estaba preservado con un sistema de seguridad integrado con alarmas, alambradas de púas, zonas minadas, zanjas y trincheras y torres de observación que daban lugar a la indisposición del bloque comunista, cambios políticos y sociales y un estado como Alemania, con más autoridad en la Unión Europea (UE).

En resumen, un cierre en el silencio que es el grito más fuerte de una divisoria territorial.

Curiosamente, mientras desaparecía el Muro de Berlín, Europa bruscamente permutaba al compás del declive y la desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). El nuevo escenario que se fraguaba con más libertades, derechos y democracias, pronosticaban un futuro alentador para una UE a la que diversos países aguardaban para unirse.

Hoy, en pleno siglo XXI, las lecciones aprendidas no han debido de servir para mucho desde este lapso de tiempo transcurrido, porque, a pesar de todo, se han construido ‘otros muros’ no menos denigrantes, que han afianzado la lejanía que distancia a los ricos de los pobres.

Introduciéndome en el fondo de la cuestión, como prolongación inmediata de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y de la dicotomía de los dos grandes bloques hegemónicos resultantes: Estados Unidos y la Unión Soviética, Berlín se convirtió en la efigie de una Europa completamente rota y desmoronada, en una de las etapas más vehementes e inseguras.

La Guerra Fría (1947-1991) a pesar de su amenaza continua, poseía indudable transparencia: Tercer Mundo rivalizando por un dificultoso no alineamiento; avatares entre Washington y Moscú; puesta en escena de los grados iniciales de la integración europea; moderación en el avance armamentístico y en las alianzas con dimensiones discordantes; Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN); Organización del Tratado del Sudeste Asiático (SEATO); Pacto de Varsovia (14/V/1955), etc.

Asimismo, los conflictos entre las potencias dominantes y otros países como Cuba, Vietnam, Corea y África Subsahariana y los raciocinios entre dictaduras y revoluciones en Hispanoamérica, sombreaban una concatenación no fácil de contener, que el recelo ante una hipotética detonación de la III Guerra Mundial por momentos conseguía frenar; tal como se advirtió en la crisis de los misiles en Berlín (1961), Cuba (1962), Canal de Suez (1956-1957) o en la Primavera de Praga (5/I/1968-21/VIII/1968).

También, la descolonización se auspició como otro de los cambios estelares y la creación de un centenar de naciones que transfiguraron la composición de actores, medios y elementos del sistema. Oriente Medio y en su foco las operaciones árabe-israelíes, dispusieron la extensión más comprometida que arrastró su lastre al tiempo posterior a la Guerra Fría.

La suma de todo este conglomerado, vislumbraba un orden internacional que parecía estar citado a mantenerse perenne, que a su vez, proporcionaba un cierto alivio en las sociedades occidentales cada vez más prósperas, desarrolladas y democráticas.

Con estas premisas preliminares, todo comenzaría a tramarse con el aislamiento de Berlín Occidental y el puente aéreo que emprendieron los aliados occidentales, para conservar esa isla liberal en terreno contrario. La quiebra irrevocable entre los socios occidentales y la Unión Soviética se originó entre los años 1948 y 1949. El Muro de Berlín era la división física que imperaba entre el Este y el Oeste de la capital.

Incomunicar, acordonar y recluir a las gentes, justificaba toda una acción de poder e incapacidad; una maniobra vejatoria guiada con tropas y tanques que demostró al mundo, que el bloque socialista no podía hacerle a sus habitantes una oferta atrayente. De hecho, la inmensa mayoría querían comenzar de cero en otro lugar, que permanecer en su país. En esta situación intolerable, millones de personas eligieron las vías de la emigración hacia patrias occidentales. Para ello, se valieron de las redes de inmigración organizadas en los primeros años, en las que muchos optaron por España.

Así, tras la gran contienda, la superficie alemana quedó fragmentada en cuatro departamentos bajo la superioridad de Estados Unidos, Reino Unido y Francia, que en seguida constituyeron la República Federal Alemana (RFA); toda vez, que la Unión Soviética se hizo con el espacio que pasó a designarse República Democrática Alemana (RDA).

La capital del estado alemán, Berlín, se hallaba del lado ruso. El acomodo territorial dictaminó que la urbe se fragmentara en el Este (Unión Soviética) y Oeste (Estados Unidos y países aliados). Ya, en el anochecer del 12 al 13 de agosto de 1961, el Partido Socialista Unificado de la RDA, había levantado una muralla que modificó las alambradas en fijas y que llevaban años interminables bloqueando la ciudad.

Con minuciosas inspecciones y como era de presumir, con asistencia confabulada de Rusia, la principal ambición residía en enclaustrar la metrópoli y que nadie bajo ningún concepto se evadiese a las afueras. De esta forma maquiavélica y cruel, muchas familias quedaron desmembradas.

Designado administrativamente por sus técnicos de la socialista RDA como ‘Muro de Protección Antifascista’, éste tenía una longitud de 168 kilómetros, además, empalizadas de una elevación media de entre 3,40 y 4,20 metros, 44,50 kilómetros de cercado metálico y medio kilómetros de frentes de antiguas viviendas; sin soslayar, las 300 garitas de vigilancia, 31 puntos de operaciones, 259 kilómetros de franja de patrullaje con perros y 20 búnkeres.

Numerosos testigos relatan las fórmulas inhumanas ejecutadas para pasar al otro extremo. Tal es así, que los residentes autorizados a transitar, acarreaban a quiénes ansiaban evadirse ocultos en sus coches o entre los bultos. Lamentablemente, quien se arriesgaba a desafiar este escudo con otros métodos o prácticas, en pocos segundos se convertía en el punto de mira de las descargas de los vopos, traducido al español como la policía popular de la RDA, oficialmente denominada Deutsche Wolkspolizei.

No lejos del endurecimiento brutal, el Muro se impuso simuladamente para asegurar en la parte exterior a los revolucionarios e insurrectos, que confabulaban impedir la voluntad popular de hacer un Estado Socialista en Alemania del Este.

Pero, objetivamente como ya se ha dicho, el amurallado se proyectó para que los berlineses del Este no escaparan en masas.

Aunque existen muchas discrepancias al respecto en las sumas exactas, se tiene la opinión, que unas 5.000 personas consiguieron filtrarse a Occidente durante el periodo que permaneció operativo; desgraciadamente, más de 200 cayeron al decidir atravesar estos límites reservados y otras 250 resultaron heridas de consideración.

De la misma manera, se sospecha que 57 escaparon salvando una galería de 145 metros socavada desde la RFA en 1964.

Con estos antecedentes deplorables, la dirección de la RDA declaró que era una defensa de protección antifascista, cuya finalidad redundaba en eludir los ataques occidentales y que el levantamiento del mismo era el desenlace de las políticas de Alemania Federal y de sus colaboradores de la OTAN.

Conforme se precipitaban los medios de severidad, a partir de 1952, los límites interiores entre ambas Repúblicas se endurecieron con vallas y vigilantes; al mismo tiempo, se introdujo una línea de 5 kilómetros donde exclusivamente se entraba con una autorización específica para afincados. Muy próximo a la frontera, había otros 500 metros de sector privado y en la misma divisoria, se alzaba una barrera de 10 metros.

Pero en Berlín, erigida en la capital de la RDA, los límites fronterizos entre la porción Este y Oeste se mantenía viable y era muy complicado de regular.

Entre la horquilla de los años 1949 y 1961, respectivamente, se presume que unos tres millones huyeron de los ahogos económicos de la demarcación comunista de Alemania, causando daños irreparables en la mano de obra y en los trabajadores especialistas.

Berlín Oeste, catalogada como una isla en medio del océano de democracia y capitalismo a expensas de Alemania Oriental, sin duda, era el camino preferente de salida. Se presupone que, únicamente en las dos primeras semanas de agosto de 1961, emigraron un total de 47.533 personas.

De igual forma, la administración alemana admite que con anterioridad a la cimentación de este Muro, en torno a 3,5 millones de alemanes entrecruzaron hacia Alemania Federal, lo que simboliza poco más o menos, el 20% de la vecindad del flanco Oriental.

Es de subrayar, que sólo existía un salida para los alemanes orientales en la calle comercial del distrito de Friedrichstraße; mientras que las potencias disponían de dos recintos de control: en Helmstedt, en los límites con Alemania Oriental y el tramo fundamental de Alemania Federal, y Dreilinden en la frontera Sur de Berlín Oriental. Estos parajes de supervisión se bautizaron con sobrenombres fonéticos como los aplicados en los comunicados militares. Tómese como ejemplo, ‘Alfa’ que concernía a Helmstedt; ‘Bravo’ a Dreilinden y ‘Charlie’ el proporcionado a Friedrichstraße, el acreditado ‘Check Point Charlie’.

Alcanzado este intervalo de la disertación, nadie conjeturaría que un equívoco en la información desataría la caída del Muro de Berlín.

En concreto, el representante de la RDA don Erich Honecker (1912-1994), encargado de la instauración y ejecución del mismo, por entonces secretario del Comité Central del Partido Socialista Unificado de Alemania, treinta años más tarde, quién le habría de suceder don Ergon Krenz (1937-82 años), el destino quiso que se erigiera en el promotor de su derrumbamiento; escasamente, tras veinte días en los que Honecker tuviese que renunciar por las críticas de los alemanes orientales que reclamaban libertad de circulación, y movidos por los rumores de las reformas de la Perestroika de Mikhail Gorbachev (1931-88 años) las fugas de sus ciudadanos a las embajadas de Hungría, Austria y Checoslovaquia se disparataban.

Ante las oleadas de reproches y censuras que se ampliaban por doquier a marcha forzada, la representación de Krenz procuró ajustar las reglas de desplazamiento fuera de la RDA, pero sin dejar de intervenirlas.

Sin embargo, un desliz en el acto informativo emitido en directo por la televisión de Alemania Oriental que explicaba las condiciones de esas nuevas leyes, jugaría una mala pasada, porque el funcionario don Günter Schabowski (1929-2015) expuso llanamente, que cualesquiera de las limitaciones de paso existentes, se posponían de inmediato. Lo que súbitamente acarreó que decenas de miles de almas se agolparan y se unieran a las manifestaciones en las inmediaciones del perímetro blindado, donde asombrosamente los agentes fronterizos persistían impasibles.

Según se describe en esta crónica paradójica de la historia, los componentes de frontera de la RDA, al verse sobrepasados por la gran cantidad de presentes y teniendo asumido que en el ala occidental las tropas alemanas y norteamericanas aguardaban atentas ante cualquier iniciativa armada para repeler con contundencia, éstos no recibieron ningún mandato y tan solo se limitaron a mirar que los incidentes que se estaban fraguando por miles de civiles a los ojos del mundo, adquieren su propio empeño.

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Sin apenas interposición militar, se derivó un entusiasmo generalizado que echó abajo parte del ‘Muro de la vergüenza’, con pinceladas que todavía perviven en las mentes y corazones de millones de personas.

Era para menos, ahora la muchedumbre bailoteaba, chillaba, carcajeaba y se estrechaban con lágrimas en los ojos. Otras y otros, con repentinos mazos e imprevistos martillos, participaban desde lo más alto con rabia y regocijo para demoler fuera como fuere, esta pared pedazo a pedazo.

En el otro costado, yacían los anfitriones occidentales perplejos, que se asociaron con un sobreexcitado apretón ante sus foráneos, que jamás lo habían sido.

Por fin, el Muro estaba siendo derribado a su descrédito, y con él, el mayor de los distintivos de una Guerra Fría casi para finalizar. Era el acabamiento con escasa diferencia, de treinta años de desmembración entre las dos Alemanias y la mayor demostración de fuego para la Perestroika, donde la ciudadanía era, por una vez, la hacedora de los derechos humanos ante la ira y el miedo.

Inmediatamente, vendrían los obstáculos, como la compleja integración de dos comunidades totalmente desiguales y espaciadas por una inmensidad económica o el amplio sendero de la reunificación.

Por ende, este Muro partió a Alemania y Europa en dos bloques ideológicos antagónicos y contrapuestos a modo de discordia e iniquidad, que se mantuvo en pie 28 años, dos meses y 27 días y con el que se arruinaba las esperanzas de un sinnúmero de memorias ignoradas. En definitiva, no se trataba de un triunfo del capitalismo sobre el comunismo, que por cierto, se desplomó por su descomposición interna; si bien, la caída del Muro le dio nuevos bríos a Estados Unidos, que desde ese mismo instante, no titubeó en imputar la globalización económica.

Históricamente, la ocasión que configuraba la caída del Muro de Berlín se ha desaprovechado, porque el seísmo intolerante que sigue zarandeando la aldea global, entre otros: el terrorismo internacional; el retroceso en el contencioso israelí-palestino; los etnonacionalismos yugoslavos; los cuantiosos estados malogrados; los grupos estructurados de delincuencia organizada y así un largo etcétera; donde el deterioro del medio ambiente a través del empobrecimiento de recursos como el aire, el agua y el suelo; o la devastación de los entornos o del hábitat; o el declive de la existencia silvestre y la contaminación, no ocultan las epidemias; la crisis migratoria; la decadencia de las ideologías o los desajustes Norte-Sur y Este-Oeste, rotulan la silueta de un siglo XXI enrevesado y turbio, que perentoriamente precisa encaminar su dinámica para conseguir un mundo libre de ataduras, menos necesitado y más seguro.

Cabría preguntarse: ¿Quién podría evaluar y concretar dentro del sentido común los enormes muros que nos apartan, alejan y retraen? ¿Y cuáles despojan al ser humano de su condición de dignidad, que radica en el valor interno e insustituible que le corresponde en razón de su ser?

Muros intangibles, imaginarios e imperceptibles para quién así los quiera ver, en los que ponderan aquellos que son más visibles y en los que aún no es posible un mundo abierto a las infinitas barreras que nos atenazan; donde prime de una vez por todas, construir puentes que levantar más muros.

Barreras de toda significación de las que no nos interesa hablar demasiado, posiblemente, porque nos son molestas; o quizás, no estamos dispuestos a reconocer que cerramos los ojos ante la iniquidad que nos acecha. Precisamente, esta obcecación deliberada, es la que favorece que hoy por hoy, estos muros sigan latentes.

Firmado: Alfonso J. Jiménez Maroto

Publicado en el ‘Diario de Información Autonómica el Faro de Ceuta’ con fecha 27/IX/2019.

Las dos fotografías que acompañan a dicho texto, han sido extraídas de National Geographic de fecha 16/IX/2019, la breve reseña insertada en la imagen iconográfica es obra del autor.




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