lunes, 9 de diciembre de 2019, 15:03
Elmonarquico2015
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HACE UN DÍA MARAVILLOSO. Por Ramón Palmeral

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Ilustracion 10


Está demostrado empírica y científicamente que sentimos lo que pensamos, y que si pensamos bien iremos por buenos caminos tanto interiores como exteriores. Partiendo de esta verdad nosotros hemos de situarla, posicionarla en nuestra zona de éxito como algo cierto, porque es un axioma (una verdad sin discusión posible). Nos hemos de valer de este descubrimiento psicológico eficaz y demostrado contra aquellas personas pesimistas y que lo ven todo negro como una mina de carbón. Es cierto que tenemos momentos de decaimiento por muy diversas razones desde familiares, personales, laborales o de salud, y la vedad es que se pueden poner sucedáneos o parches para evitar pasar malos ratos mentales, en incluso físico.

       En la cabecera de mi cama tengo muchas frases escritas, pero la primera es la que dice. «Hace un día maravilloso y estoy estupendamente», aunque esté nublado, venteando o cayendo chuzos y yo esté que no me pueda mover.  Y cuando peor estoy más veces la repito, incluso hasta 20 veces. Pues ¡vaya tontería!, me dirás amigo mío. Pues no, no tienes razón. Resulta que nuestro pensamiento (no  es nuestro cerebro, el cerebro es otra cosa, es química) reacciona ante los estímulos, y como nuestro pensamiento es ingenuo, está demostrado, si le enviaremos repetidos mensajes positivos, él se lo creerá. Son pensamientos placebos. Hay personas en este mundo que siempre son como la Dolorosa, siempre luchando contra quimeras de sus pensamientos como el loco, no tan loco, de Don Quijote. Otros son descreídos, y lo son tanto que no creen más allá de lo que tocan como Santo Tomás el Incrédulo racionalista.

     Diariamente observamos reacciones de nuestro pensamiento, según sean noticias positivas o negativas, según esté el día, o simplemente por las noticias, algunas se nos contagias y hasta lloramos, porque el ver llora a otro es contagioso como la risa. Así es nuestro cerebro una masa de imitativa, repetitiva, suelta y sin bridas. Por ejemplo, estamos en casa tristes, cansados del trabajo, aburridos, y a media tarde nos llama un amigo o amiga, y nos dice que salgamos a dar una vuelta o a ir de compras, entonces a nuestro cuerpo le entra una inyección de adrenalina y salimos con alegría, más contentos que Justiniana, que era una vecina mía de Málaga que se ponía contenta por casi nada, porque siempre estaba melancolía. Lo mismo sucederá si un día  amaneces como los llamados que yo llamo: «para no levantarse», te dicen que te ha tocado la Lotería, y ya no hay quien te controle. Lo mismo sucede con las buenas noticias o las buenas cosas que les suceden a los demás, de modo que si a un hijo o a un familiar las cosas le van bien nosotros, por empatía también nos alegramos. La melancolía se cura con mucho zapato, mucho bolso y una buena tertulia de amigos.

    A lo mejor, resulta que, cuando estamos en la calle, que es el día de nuestro cumpleaños o santo y nos felicitan llamándonos por el «WhatssApp», por el móvil o Facebook, o nos hacen un regalo inesperado, nosotros debemos de saltar de alegría y decirles «El mejor regalo es tu persona» y la otra persona se pondrá muy contenta y te contagiaría de su alegría, según la teoría del espejo de la alegría ajena, porque la alegría como la risa son contagiosas, igual que la depre, es contagiosa. Por eso, una de las formas de potenciar tus zonas de éxito es alimentar el pensamiento con ideas positivas y repetitivas de optimismo por la mañana: «hace un día maravilloso”. Y hasta lo mejor te da por coger las mancuernas y poner a hacer bíceps o ponerte en la bicicleta estática que tienes guardada en el altillo del armario. Porque el ejercicio es antidepresivo y en exceso anula los malos pensamientos. Llegará un momento que tu corazón sentirá lo que tú piensas: que estás eufórico, y como verá que son buenas noticias se pondrá contento y  minimizará los estados negativos.  Tú sabes, en el fondo que s teatro, que es mentira pero tu pensamiento ingenuo no  lo sabe (son dos conceptos distintos: tú y tu pensamiento, el yo y el cerebro).

    Por consiguiente, sin que te sucedan momentos de Lotería o de alegría, nosotros le damos a nuestro pensamiento «chutes» o pequeñas dosis de alegrías mentales como decir: «Hace un día maravilloso y  estoy estupendamente», y encima la gente me quiere, que eso ya debe ser el colmo, e incluso el vecino que nunca dice buenos días, me ha saludado.  

    ¿Por qué nos gustan las redes sociales, Facebook o WhatssApp?, porque en cuanto uno de esos amigos virtuales (conocidos o no), nos dice que le gusta lo que hemos puesto en el muro, recibes una pequeña dosis de satisfacción. Por eso yo recomiendo  decir cosas positivas, porque ni no te gusta algo que se la colgado, te callas, pasas y ya has cumplido.

     Es como cuando crees que te has tomado una pastilla de la tensión, sin habértela tomado, entonces, el pensamiento procesa la información y te sentirás bien, y las pulsaciones hasta bajan, es lo que se llama en medicina: efecto placebo. Salvo que estés enfermo de verdad y tengas hipertiroidismo entonces las pulsaciones se te disparan por el corazón de un jilguero tras un vuelo de pino en pino. Porque lo importante es como uno se vea, y no cómo te vean los demás. Si tú te ves fuerte nadie podrá contigo.

    Loreto Barrera Cortés en su libro Claves del optimismo, dice que el «optimismo y la esperanza, igual que la impotencia y la desesperación pueden aprenderse». Bueno hoy hasta aquí hemos llegado, porque tampoco es cuestión de cansar, y si no te he cansado seguiremos la semana que viene que seguro será maravillosa, después de la Virgen del Pilar, de 12 de octubre, patrona de España.

Firmado: Ramón Palmeral autor del libro Tus zonas de éxito, para El Monárquico.


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