lunes, 9 de diciembre de 2019, 05:51
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TARANTINO Y LA BRECHA GENERACIONAL. Por Raúl Suevos

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Tropecé con Tarantino en el 94, con Pulp Fiction, su segunda obra tras la reconocidísima Reservoir Dogs que a mí me había pasado desapercibida. Por aquel entonces yo me esforzaba en estudiar inglés, y hasta creía que empezaba a controlarlo; en una visita a Barcelona descubrí que pasaban la película en versión original en un cine cercano y para allá que me fui cargado de infundadas ínfulas anglófonas.

Salí del cine con dolor de cabeza de tanto intentar seguir los subtítulos. La única expresión que distinguía claramente era mother fucker, cuyo significado desconocía pero que llegaba a intuir perfectamente, y mi autovaloración respecto al inglés se redimensionó para siempre. Desde entonces soy muy prudente en ese campo.

Confieso que quedé subyugado por el espectáculo cinematográfico, en el que me pareció apreciar un nuevo paradigma en el tratamiento de la violencia, que superaba el ya añejo de Sam Peckimpah y que se ha mantenido como una seña del hoy aclamado director, junto con las bandas sonoras. Procuro desde aquel día no perderme ninguna de sus realizaciones y, por supuesto, he visto varias veces algunas de ellas, empezando por Reservoir Dogs, aunque la que encabeza mis preferidas es una magnifica y casi olvidada Jackie Brown, y muy a menudo sueño con Salma Hayek y su serpiente en Abierto hasta el amanecer, si bien esta tarantina pelicula la dirigiese el mejicano Robert Rodriguez.

Hace unos días fui a ver, acompañado de un hijo treintañero, Érase una vez en Holywood. Dos horas y pico de cine de alto nivel que se me pasaron en un soplo. Dos actorazos en el mejor momento de su carrera con dos papeles que les van como anillo al dedo, aunque quizás el de Di Caprio sea más completo y complejo. El relato plagado de referencias y guiños de finales de los 60, que me llevaban a mi primer cubalibre de adolescente, retrataba de forma ágil y fresca la industria del cine de aquellos años, y también los fluidos y vapores en los que se sustentaba la creatividad de los grandes nombres. Los seguidores del protagonista de Rawhide, que son legión, disfrutaran enormemente.

Hasta aquí la crítica de cine, pero al salir de la proyección y preguntarle a mi hijo, también entusiasta de Tarantino, qué le había parecido, apareció la sorpresa. “Muy lenta, aburrida, menos mal la escena final”; escena de violencia en la que, en mi opinión, el director hace una parodia, u homenaje, que esto nunca está claro, de su personal tratamiento de la violencia.

Unos días después, participé en una conversación liderada por un veinteañero, aunque ya conocido y laureado poeta asturiano, de más que sólida formación cultural, en la que señalaba su decepción con esta obra de Tarantino, y aducía prácticamente las mismas razones que mi hijo. No la había pillado, solo salvaba la escena final.

Las razones para esta disparidad son bastante simples. Tarantino nos lleva a la década de los 60 a través de referencias; solo Polansky y Sharon Tate son presentados directamente, sin olvidar el delicioso homenaje a Steve Mcqueen, lo que hace que sea necesaria una cierta edad para disfrutar de personajes y situaciones y la gente joven, en su avasalladora limitación vital, no llegan en la mayoría de los casos a identificarse con la intrahistoria, que es, posiblemente, lo que más nos lleva a disfrutar a los añosos.

La comunicación, la transmisión del mensaje, del relato para los más cool, es hoy en día la clave de casi todo lo que nos rodea y mueve, también, por supuesto, en el séptimo arte. Ahí es donde falla esta vez Tarantino, su mensaje es en esta oportunidad mucho más elaborado y, por ello, en una época en la que priman los mensajes simples, lapidarios, generalmente no constructivos sino denigrantes de la imagen del adversario,  el gran director se ve falto de la compresión de una parte del público.

Una parte del público, que es también una porción del cuerpo electoral, el mismo que, por cuarta vez en dos años, se verá en breve llamado a expresarse después de un periodo de machaqueo a base de eslóganes y mensajes diseñados en oscuros gabinetes de mercadotecnia electoral; mensajes que no precisen mucha atención, ni tiempo de reflexión, que en ningún caso recuerden el pasado, no vaya a ser que el receptor del mismo se ponga a pensar o incluso a preguntar. El ciudadano cliente, el gobierno representativo sin representados.

Tras dos años y, en breve, cuatro elecciones generales, el país no parece resentirse, al menos en lo que la macroeconomía nos dice. ¿Será que somos tan buenos y eficaces que no necesitamos gobierno? Veremos cómo reaccionan los que no han entendido a Tarantino.

Raúl Suevos

En Gijón a 22 de septiembre de 2019
Versión en asturiano en abellugunelcamin.blogspot.com


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