viernes, 22 de noviembre de 2019, 10:46
Elmonarquico2015
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NATURALEZA HERIDA. Por Juan Antonio Urbano Cardona

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Tierra ardiendo

Caen diminutas bolas de cristal entre el bamboleo de la brisa, y se van depositando suavemente sobre el triste espejo de la Tierra. Recostados en nuestro sofá, miramos los cuatro límites del televisor y multiplicamos nuestra sensibilidad. Nos duelen las imágenes que se reflejan en nuestras pupilas, que se van depositando en nuestro cerebro y nos fustigan la conciencia de sofá que a lo largo del tiempo hemos ido conformando. Esa conciencia que queda adormecida en el cojín del salón cuando andamos por las aceras de nuestra vida.

La televisión nos va mostrando imágenes desalentadoras de nuestro planeta mientras una voz nos habla de las enfermedades de la tierra:

1. Largas chimeneas silenciosas obligadas inexorablemente a mancillar los cielos de gaseoso veneno contaminando el aire.

2. Ríos de invisible turbiedad han vaciado de vida sus entrañas; ya nadie bebe, ya nadie se baña en ellos.

3. Islas de plástico, playas de despojos… muerte en los mares. Robamos los espacios a la vida animal llenándolos de cadáveres que apagan su lustre y su colorido.

4. Basuras depositadas, incendios y tala excesiva de árboles para un superfluo y continuo consumo, que empieza a consumir la tierra.

5. Contaminación de los seres humanos (enriquecimiento rápido y con el menor coste para obtener mayores beneficios, utilización excesiva de los recursos del planeta mediante la tala desmedida de árboles provocando la desforestación de los bosque para convertirlos en pastizales para la desmesurada cría de ganado o masiva plantación de cereales, incendios provocados para sacar provecho de las tierras esquilmadas y construir posteriormente en ellas, utilización del planeta como un gigantesco basurero, de un planeta que es de todos, y que producirán beneficios para unos pocos sin contar con la opinión de la humanidad, verdadera propietaria de paso de la Tierra y en la que debe proteger responsablemente la vida animal, vegetal y ambiental de un planeta en el que vivimos de prestado y que hemos de cuidar con mimo para dejarlo como legado a nuestros hijos, a la humanidad del futuro, igual que nosotros la recibimos de nuestros antepasados. No somos nadie para expropiar el derecho de nuestros hijos a disfrutar de la belleza de la Tierra ni de la variada riqueza de la vida que la habita ni de la salud ambiental que debe existir en la casa que pertenece a todos los seres que la pueblan.

El cielo se agita de los tonos de plomo a la gama de arcoíris que luce la mañana. Y aún hoy suenan con ritmo de tambor las nobles y firmes palabra del jefe Seattle de la tribu Suwamish como respuesta al presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, ante la petición de compra de los territorios que hoy forman el Estado de Washington en 1855:

“Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama brillante de un pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra de la densa selva, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo la historia de la piel roja.

Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, la gran águila, son nuestros hermanos. Los picos rocosos, los surcos húmedos de las campiñas, el calor del cuerpo del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.

Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed. Los ríos cargan nuestras canoas y alimentan a nuestros niños.

La tierra (para el hombre blanco) no es su hermana sino su enemiga, y cuando ya la conquistó, prosigue su camino. Deja atrás las tumbas de sus antepasados y no se preocupa. Roba de la tierra aquello que sería de sus hijos y no le importa.

Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solamente un desierto.

¿Qué ha sucedido con el bosque espeso? Desapareció.”

Estas demoledoras y premonitorias palabras parecen beber por su frescura, por su naturalidad, por su filosofía… de las palabras que más de seiscientos años antes (en el año 1224-1225) pronunciara en su Cántico de las criaturas, como precursor del amor a la naturaleza, Francisco de Asís, patrono de la Ecología.

Francisco de Asís sentía de esta manera, llamando hermano a todo lo que existía a su alrededor: “hermano sol, hermana luna, hermano lobo, hermano fuego, hermana muerte…”, porque todo había sido creado en el mismo origen (la mano del Creador), y por eso todos formamos parte de la misma familia.

[…]

“Alabado seas, mi Señor,

en todas tus criaturas,

especialmente en el Señor hermano sol,

[…]

Alabado seas, mi Señor,

por la hermana nuestra madre tierra,

la cual nos sostiene y gobierna

y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.”

[…]

A mí, particularmente, me han zarandeado siempre las contradicciones humanas, que presentan el mundo como algo bello, educando en bonitos principios, en hermosos sentimientos a los hijos, a niños y jóvenes , y cuando salen por la puerta de casa, esos mismos hijos aprenden que la realidad de la vida de los mayores es otra cosa, que sus intereses son diferentes, que sus deseos y sus sueños se basan en otras premisas y que los principios de los que les hablaron se quedan bien guardados en una urna de cristal herméticamente cerrada en el fondo del armario para cuando se necesite sacarla y hablar de lo feliz que podría ser la vida… Así es la contradicción que he querido mostrar en este poema ante la visión del mar.

LA CÚBICA CAMA DEL MAR

Es extraño y difícil de explicar

la sensación profunda que experimento

cuando acompañado de la brisa de sal entro

en la cúbica cama húmeda del mar.

Mi piel se regocija en el líquido elemento

y cada poro de mi cuerpo quiere brotar

como jardín de rosas. Me impulso a nadar.

El aire puro y fresco es mi alimento.

Extiendo las pausas dulces de mi agitado ser

entre los colores mágicos de madreperla y coral,

arrecifes hechizados por el Arco Iris, brotan en espiral,

y mis rígidas neuronas se liberan del estrés

por esta sonrosada imagen banal.

Pero al instante detecto gran incongruencia

al observar atónito en la naturaleza la atroz influencia

por obra y gracia del hombre, su pecado capital:

Basuras, petróleo, plásticos y químicos deshechos.

Focas, salmones, pingüinos, tortugas viven maltrechos.

Pelícanos atragantados de tapones de botellas.

Peces dando bocanadas químicas bajo las estrellas.

Oídos rotos de ballenas y delfines a causa del sonar.

Aves vestidas de luto con capas negras no pueden volar.

El alegre príncipe del cielo, el sol de verano,

ilumina las cuatro paredes de la naturaleza,

engalanando de colores el día de belleza

al asomar por el horizonte su rostro feliz y ufano.

Es extraño y difícil de explicar

la sensación profunda que experimento

cuando acompañado de la brisa de sal entro

en la cúbica cama húmeda del mar.

La Tierra arde en un invisible fuego que retumba en su cascada de planeta azul. Un fuego que la va envolviendo y penetra en sus entrañas, y el género humano parece que, en su mayoría, hace caso omiso y no toma cartas en el asunto. Los dirigentes políticos en sus reuniones mundiales siempre demoran las propuestas de soluciones a esta devastación que va sufriendo el planeta para más adelante. Y el tiempo corre como una gigantesca llama que la llena de heridas.

Pero quisiera acabar este artículo con palabras y deseos de esperanza (porque la esperanza es una herramienta del espíritu capaz de mover a la humanidad a nuevos estadios, a alcanzar utopías, a cambiar el mundo para que el mundo sea mejor…), con el eslogan que Manos Unidas popularizó hace unos años:

“HAGAMOS DEL MUNDO LA TIERRA DE TODOS”.

  Firmado: Juan Antonio Urbano Cardona

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