viernes, 20 de septiembre de 2019, 09:32
Elmonarquico2015
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SAL DE LA INDIA. Por Ramón Palmeral

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Ilustracion 2



Al azúcar lo llamaban en Roma «Sal de la India» por su parecido al color y a la textura de la sal común.  Ni los griegos  ni los romanos cultivaban cañas de azúcar. Era un artículo de lujo tan caro que en aquellos años, como hoy en día el caviar iraní. Porque el azúcar en tiempos de los romanos se importaba de la India.  Sabemos que llegó a la Península Ibérica traída por los árabes, que plantaron cañas de azúcar en el clima subtropical de la costa malagueña y granadina donde el cultivo de esta gramínea se adaptó muy bien en los siglos IX y X. Como escribe el profesor nerjeño José Acosta Sánchez, los árabes también la llamaban «gasab al-mass», que es caña de masticar o de chupar, porque la gente la masticaba y escupía los  residuos. Luego se idearon los trapiches de tracción animal e ingenios mecánicos para la fabricación de  azúcar,  miel de caña y ron.

      ¿Y a qué viene esta curiosa introducción? Pues viene a cuento, porque cuando no se tienen nombres para una cosa o un asunto, se inventan. Porque uno se está reinventando cada día y renovándose y tratando de educar su vida constantemente. Nadie en los tiempos romanos discutía que aquel azúcar tan dulce y tan caro era un gran placer para el gusto, e incluso el naturalista griego Dioscórides habló de la cañadú como una especie de miel saludable, e incluso los egipcios decían «miel, no de abeja». En mi libro Tus zonas de éxito hablo de los potenciales de las palabras.

     Por ello, el hombre que no quiere cambios, tratará de ponerte palos entre las piernas para que no hagas nada, para que no escribas, para que no avances, no pintes abstracto, para que no innoves, y no te salgas, de lo que se llama «salirse del tiesto», de lo normal. Es decir, que seas como la mayoría.

        “No queremos genios, ni inventores, ni riesgos, tú sé funcionario que tienes tu paguita segura” -me decía mi madre-. Durante la adolescencia, una edad de formación, todos los chicos y chicas van vestidos iguales o parecidos, por lo tanto,  tendrán gustos iguales, y a todos la ha de gustar la misma música de los ruidosos conciertos. Si actúas de una forma diferente a los amigos, serás el «rarito del grupo», y te marginarán, no te querrán diferente. En la familia te dirán que eres «la oveja negra de la familia».  Son los primeros obstáculos que hay que salvar, pero el problema con esta edad es que no tienes experiencia ni madurez, ni sabes qué está pasando en el otro lado del mundo, porque tu narcisismo te impide ver más allá.

     Por ello, lo primero que debemos aprender es que ser diferente no es malo, hay que  atreverse a ser diferente, teniendo capacidad de crítica. Es decir, saber aguantar la barahúnda de críticas que te van a venir encima en cuanto te salgas del tiesto o no hagas lo que hacen todos. El antídoto es siempre el mismo, consiste en pasar, así de evidente, pasar y hacer lo que tu nivel de creatividad te imponga. Conocer qué zona de tu persona es sensible a determinadas críticas, o no puedes superar o te afecta o te crean complejos de culpa. Cuando superes el sentimiento de culpa o de culparte por los errores que dicen los demás que has cometido, serás más libre y más tú mismo y auténtico. Has de estar en disposición de no sentirte culpable de nada.

     El destino se crea caminando cada día, instaurando tu propio lenguaje de actitud  positiva y no derrotista. Recuerda lo del azúcar, antes de tener un nombre para definirla, alguien se inventó lo de «Sal de la India» que todos admitieron como una definición perfecta. A quien lo inventó seguramente le dijeron «¡Vaya tontería que acabas de inventar»!  Además, hay una contradicción, que el éxito nunca es inmediato, y ello nos ralentiza porque estamos acostumbrados a lo inmediato, por culpa de nuestra vehemencia.

    Cuando interesa variar las cosas se comienza por variarle el nombre, es decir se usa un eufemismo. Sí, la Gramática, como hija del pueblo, prevé todas las circunstancias de la vida, y a todo le dará nombre. A los estafadores y defraudares se les llama ahora corruptos, que suena menos delictivo, aunque no deja de ser una parte invisible del poder, o menos visible. Existen expresiones en el Derecho que son eufemismos como «realización arbitraria del propio derecho» o «tráfico de influencias» o «maquinaciones para alterar el precio de las cosas» o «defraudar a Hacienda» por no decir ladrón de los ciudadanos. Así todo parece más suave o menos delictivo.

    Tus zonas de éxito pueden consistir en usar o inventarse un lenguaje propio. Al hablar enseñamos nuestras banderas, y mostramos nuestro nivel educativo y agilidad de pensamientos y nuestro estatus o condición social

Firmado: Ramón Palmeral para El Monárquico, (14 de agosto de 2019)



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