sábado, 24 de agosto de 2019, 04:43
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CURIOSIDADES DE LINAJE. LA BATALLA DE VALOR. Por J. Adolfo Cerón

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Curiosidades de linaje. La batalla de Valor.


Escudo del pueblo de Valor. Perdura la simbología mora (6).


Año del Señor de 1569. Guerras contra las rebeliones moriscas. Gobierna España el Rey Don Felipe II.


rebelion de los moriscos Felix.jpg

Rebelión morisca de las Alpujarras (2).


Situación histórica:

La Rebelión de las Alpujarras fue un conflicto acontecido en España entre 1568 y 1571 durante el reinado de Don Felipe II. La abundante población morisca del Reino de Granada (musulmanes bautizados tras la conquista de Granada por parte de los Reyes Católicos) se alzó en armas en protesta contra la Pragmática Sanción de 1567, que limitaba sus libertades culturales y religiosas(2).


… se comunicaron los principales moros del Reino de Granada habiendo hecho ocultas diligencias con el fin de levantarse todos en un día teniendo preparados cuarenta y cinco mil hombres de pelea. Pusieron los moros los ojos en don Fernando de Muley, señor que era de la villa de Valor, para levantarle por Rey, pues era de la Real sangre de los Reyes de Granada. Sublevando las Alpujarras pusieron en ejecución sus infieles determinaciones, poniendo sobre las sienes de don Fernando, con sacrílega temeridad, una corona de plata sobredorada, que lo era de una sagrada imagen de María Santísima Nuestra Señora. Así coronado por Rey de Granada se intituló don Fernando Muley Abenhumeya, por ser descendiente del grande Abenhumeya Alcalifa, de cuyo linaje hubo califas y reyes que gobernaron en Córdoba, Fez y Marruecos. Dieron luego la obediencia muchas villas y lugares que lo reconocieron por su Rey (se nombrará a partir de ahora como Reyecillo)(1)…



Pueblo de Valor (6).


El pueblo de Válor se encuentra en la Alpujarra Granadina y está integrado por los núcleos de población de Válor, núcleo principal y los anejos de Mecina Alfahar y Nechite. Se localizan en la media-baja ladera sur de Sierra Nevada, en plena solana. Situado a 909 metros de altitud sobre el nivel del mar, Válor limita al oeste con la Alpujarra de la Sierra, al este con Nevada y al sur con Ugijar, siendo su límite norte la divisoria de agua de la citada sierra. Su localización le confiere unas características naturales privilegiadas, mostrando una biodiversidad variada y rica en contrastes, parte de la cual se encuentra dentro del Parque Nacional y Natural de Sierra Nevada (6).


Personaje:

Don Luis Fajardo de la Cueva, II marqués de los Vélez, grande de España, I marqués de Molina, señor de Mula, Librilla, Alhama y Benitagla, ejerció el adelantamiento mayor y capitanía general de los Reinos de Murcia, Granada y Valencia. Fue además, alcaide de los alcázares de Murcia y Lorca, capitán general de la gente de armas del Reino de Valencia en el socorro de Perpiñán, caballero y comendador de Monasterio, la Reina y Caravaca de la Cruz en la Orden de Santiago y condestable de las Indias. Nació en Murcia hacia el año 1509, siendo hijo de Pedro Fajardo y Chacón, I marqués de los Vélez y de su segunda esposa, Mencía de la Cueva y Toledo, hija de los II duques de Alburquerque (4).



Escudo de la familia Fajardo (4).



La batalla de Valor, según Fray Pedro Morote (1):


… viendo los felices sucesos de sus armas, de orden del Rey, se mandó socorrer al general Fajardo para que allanase las Alpujarras. Para esto se dió orden al comendador mayor de Castilla, don Luis de Zúñiga y Requesens, para que con las tropas que trajo de Italia, las que don Juan de Mendoza tenía en Orgiva (Granada), cinco compañías que estaban a la orden del marqués de la Favara, mil catalanes, y cinco mil hombres, que don Rodrigo de Benavides, hermano del conde de Santisteban, sacó de Granada, con otros bastimentos y provisiones de Guerra, se embarcasen en Motril, zarpando luego las galeras a la parte de Adra (Almería). Luego que llegaron las galeras a la playa de Adra, pasó toda la tropa a tierra y se formó en lo llano para que el de Vélez la viese, lo que se logró a su satisfacción, gustando mucho de ver tanta y tan buena infantería tan bien armada. El marqués de la Favara (7) se mostró al marqués de los Vélez delante de su gente, y habiendo hecho su acatamiento al General, le dijo de esta forma: aquí soy venido con setecientos hombres bien dispuestos para en esta guerra servir a vuestra señoría. El de los Vélez, teniendo tan merecido el título de excelencia(3), no oyó gustoso el que le dió el de la Favara de señoría; y con la severidad que el bravo Fajardo acostumbraba en casos que la razón lo pedía, le respondió diciendo: vuesa merced sea bienvenido, y todos venimos a servir a Su Majestad. El de la Favara conoció el desprecio del Marqués que no le dió señoría, pasó adelante y nunca estuvo bien con el de Vélez. Siguió la gente del tercio de don Pedro de Padilla, soldados viejos de los tercios de Nápoles, gente muy bizarra y de mucha gala. Salto luego en tierra el Comendador mayor, al que recibió con grandes demostraciones de alegría el general Fajardo. A otro día tuvieron consejo de guerra y determinado lo que se debía ejecutar se despidió el Comendador mayor, y embarcandose en la escuadra de galeras, marchó a Málaga.


El reyecillo tuvo luego noticia de los socorros que recibió el de Vélez, y que marchaba con su ejército en busca suya. Esperaba Abenhumeya en Lucainena (Almería) con un ejército de más de veinte mil hombres, todos bien armados, y más de treinta mil que andaban por otros lugares repartidos.


El Marqués puso en marcha su ejército dando al Reino de Murcia la vanguardia, para la primera vista que se había de dar al enemigo. Marchó el ejército en buen orden y dando vista al ejército enemigo. Se detuvo un día a fin de hacer operación, esperando el de Vélez, como tan práctico, la mejor coyuntura para la batalla. Los soldados viejos de Nápoles y los del marqués de la Favara viendo que el Marqués no acometía al enemigo, empezaron desgarradamente a hablar contra él, siendo avisado el Adelantado de todo lo que sucedía, y aunque ni su valor, ni su natural estaba acostumbrado a oír atrevimientos en el hablar, calló como General prudente, esperando ocasión para explicarse.


Hizo juntar a los caballeros, capitanes y demás oficiales, a quienes hizo un razonamiento discreto, notificandoles con una carta del Rey, como Su Majestad le mandaba proseguir la guerra, más por bien que con rigor, procurando por buenos medios darle buen fin; y finalizó diciendo: y si alguno de los más guzmanes quisiere probar mi valor, y a donde llega, no siendo General, y descargado de este empleo que Su Majestad me ha dado, me hallará en Vélez, donde le cumpliré de justicia, muy a su voluntad, de la suerte que quiera. Cuando esto decía el valeroso Marte, parecía, dice Hita, que lanzaba fuego de sus ojos, con tan brava vista, que no había hombre que le mirase a la cara.


Castillo de Vélez Blanco. Construido por don Pedro Fajardo y Chacón, I marqués de los Vélez (5).


A otro dia dió orden para que el ejército fuese a ocupar un terreno llano de Lucainena, en donde se mostraron los moros en gran número. Don Juan de Mendoza, sin orden del Marqués, tomó la vanguardia, dejando al Reino de Murcia atrás, y al punto se empezó una escaramuza porque los moros eran muchos, y ocupaban la orilla de una rambla, defendiendo y ofendiendo valerosamente. El Marqués que vió empezada la batalla sin su orden se adelantó como un león desatado y enojado le dijo: ved don Juan que hoy no lo habéis hecho de buen soldado, pues habiendo yo dado la vanguardia al Reino de Murcia, la tomasteis vos y acometisteis al enemigo sin mi orden no mirando el daño que os podía venir, que por el hábito de Santiago, que habéis puesto todo el campo en riesgo de perderse por no entender vuestro mal acometimiento; y si se perdiera, no fuera la culpa vuestra, sino del General; pues quiero que sepáis que esta liebre no se ha de tomar con el galgo sino con el lazo, y estar avisado para otra ocasión que una orden mía no acometáis, os podría venir notable daño. Luego mandó a don Juan Fajardo que con dos mil infantes pasase adelante y que desalojase al enemigo del sitio que ocupaba, y como en estos iban los soldados viejos de Lorca, y otros del Reino de Murcia, siguiendo luego don Juan Enríquez con algunos caballos, lograron desbaratar al enemigo, que con pérdida de muchos de los suyos, se puso en vergonzosa fuga. Vista ésta por el Marqués, y el campo por suyo, marchó con todo el ejército a Ogijares (Granada), en donde estuvo un día y sabiendo que el Reyecillo con toda su tropa le esperaba en Valor el alto para darle batalla, marchó sin dilación en busca suya.


Ocupaba el moro un sitio muy elevado y ventajoso, dispuestas sus escuadras en buen orden. El general Fajardo, dia tres de agosto de 1569, habiendo oído misa y encomendado a Dios todo el ejército, dió a don Pedro de Padilla la vanguardia con los soldados viejos de su tercio, y la mayor parte de la gente del tercio de los pardos o pardillos, mezclados unos con otros.


A los soldados de la ciudad de Lorca, dice Pérez de Hita, llamaban el tercio viejo por ser los primeros que siguieron las banderas del Marqués y por otro nombre se llamaba el tercio roto y los pardos, porque más se guarnecían de valor que de gala. Todas sus galas eran armas, pólvora y plomo, y más probaban un palmo de cuerda para el arcabuz que una camisa, y por esta causa de preciarse más del arreo militar que de otras galas, tenían los de Lorca estos nombres, los pardos de Lorca y los del tercio roto, a mi parecer, nombres inmortales y de gran resplandor para semejantes ocasiones.


Aunque el ejército del Marqués se componía de otros tercios viejos y famosos, no quiso privar a los de Lorca, cuyo tercio se componía de cerca de tres mil hombres, de llevar la vanguardia con don Pedro de Padilla. Luego le seguía el General con la caballería armado de unas armas negras del color del acero, como dice Mármol, una celada en la cabeza llena de plumajes ceñida con una banda roja, y en la mano una lanza gruesa más recia que larga. Su caballo era de color bayo encubertado a la bastarda que lozaneando con notable furia se señoreaba con tanta disciplina que manifestaba muy bien la pompa y grandeza del General que le regía. De batalla (cuerpo del ejército) iba el marqués de la Favara con sus compañías y algunas del Reino de Murcia, de retaguardia los catalanes y luego don Juan de Mendoza. Los enemigos ocupaban la ladera de un cerro que está debajo de Valor, tendidas sus banderas y tocando sus atabalejos y dulzainas. En un cerrillo que está sobre el río y en el camino por donde era preciso el paso de nuestra gente, pusieron los enemigos quinientos escopeteros escogidos para defender la ladera. Luego que llegó la vanguardia, don Pedro de Padilla y otros caballeros desmontaron y como soldados valerosos acometieron con los demás tan animosa y ordenadamente a los moros que lograron la entrada sobre ellos, hiriendo y matando a más de doscientos y retirándose los restantes, habiendo perdido treinta hombres de nuestra vanguardia en esta refriega y toma de tan importante sitio.


El Reyecillo viendo la valentía de los soldados se dejó ver enfrente de sus tropas sobre un caballo blanco alentando a sus gentes, diciéndoles repetidas veces que no temieran el vano nombre del Marqués de los Vélez, porque en los mayores trabajos, decía, acudía Dios a los suyos, y que cuando les faltase, no les podría faltar una honrosa muerte con las armas en las manos. El marqués de la Favara también hacía su deber con la gente de su cargo. Eran delanteros en el escuadrón de batalla los del tercio de Nápoles, y acometieron por medio embistiendo al enemigo, más como eran soldados de costumbre floja y acostumbrados a tierras llanas, no hacían lo que la obligación pedía, y adelantándose el Marqués de los Vélez, les dijo:


más os preciais de galas, que de soldados, pues siendo tantos, y de Nápoles, no habéis roto al enemigo, como la arrogancia de vuestra presunción tiene obligación de haberlo hecho, y no os jaztáis sino de morder, y decir mal de quien no conocéis, como gente descomedida, que no sabe qué cosa es respeto a los mejores que vosotros. Más para que veáis ser verdad lo que digo y quede para castigo de vuestra soberbia, veréis lo que hace la gente, que no es de tanta estima como vosotros.


Luego el bravo General, relata Pérez de Hita, volvió al cuerpo de batalla y mandó que el tercio roto saliese y tomase lo alto de una ladera, y que por allí diese al enemigo con toda furia el Santiago. Apenas el adelantado Fajardo dió esta orden a los de Lorca, salieron como dos mil hombres, incluidos algunos del Reino de Murcia y como si fueran rayos avanzaron contra el enemigo, el cual, aunque hasta allí había resistido, luego que vió las banderas de Lorca y Murcia, y conoció su gente, dejó el terreno, con pérdida grande de sus escuadrones, huyendo temerosos como lo tenían de costumbre al verse acometidos de aquellas gentes. Siguió el disparo de las piezas de campaña de nuestro ejército. Al ver el Marqués la vergonzosa fuga del Reyecillo, y su derrotado campo, mandó a su hijo don Diego Fajardo, siguiese con la caballería y los del tercio roto el alcance. Lo que ejecutó con tanta ligereza y valentía que no quitando los ojos del guioncillo del Reyecillo, le siguió con tal tesón que viendo Abenhumeya que Fajardo le iba dando alcance, se apeó de su caballo y desjarretándole se ocultó en aquellas breñas y trepando por sendas ásperas y ocultos desfiladeros, entró en las malezas de aquellos montes, en donde pudo salvarse. Don Diego Fajardo sentido de haber malogrado la ocasión de haber apresado al tirano Reyecillo mandó se le quitase al caballo de Abenhumeya el jaez, que era de preciosas telas robadas de las iglesias, y con otros despojos se retiró a Valor.


Los enemigos perdieron buena parte de su tropa. Reconocida la victoria que la hacía más famosa la gran ventaja del ejército contrario, así en el número crecido de sus tropas como en la aspereza de la elevada situación que ocupaba.


Estuvieron un tiempo en la Calahorra recuperándose de la batalla. La tardanza en llegar los bastimentos y el clima duro de la sierra había afectado a más de la mitad del ejército que se encontraban enfermos o demasiado débiles para la batalla.


El Marqués tuvo la nueva de cómo los moros se habían fortificado y aumentado notablemente su ejército con el fin de concluir la guerra o fenecer en ella. Partió hacia Fiñana(Almería), llevando don Pedro de Padilla la vanguardia. El valeroso Adelantado, sabiendo que el Reyecillo, bien apercibido y poderoso le esperaba para la batalla, salió de Fiñana para el campo del Reyecillo que estaba junto a Boloduy (ahora Alboloduy en Almería).


El marqués Fajardo iba muy adelante de la infantería, que siendo poca, iba fatigada por las marchas tan continuadas en tierras penosas por sus quebradas y asperezas. El valeroso Marqués sin aguardar a la infantería embistió con los moros, los que por industria le tenían puestas muchas moras y ganados en el Boloduy para que la gente del Marqués, cebada en el saqueo, se olvidase de la batalla. Habiendo los moros hecho alguna resistencia, se empezaron a retirar, y cargando el Marqués con alguna caballería, causaron en los moros muy grave daño; más siendo estos tantos, y cargando con notable valor sobre nuestra caballería, se hubo ésta de retirar, no perdiendo el orden de la batalla, obrando en ella, como dice Hita, con tanto valor los del Reino de Murcia, que todo el ejército moro no pudo lograr desbaratarla. En esto llegó la infantería de Lorca, luego la de Murcia y su Reino junto a don Pedro de Padilla con los de su tercio y el marqués de la Favara; y acometiendo al enemigo, no solo se recobró lo perdido de la retirada, sino que amedrentado el campo enemigo, con pérdida considerable, se puso en huída, dejando el Boloduy en manos de los vencedores cristianos.


Estos hallándose dueños del Boloduy empezaron a saquear, lo que visto por el Marqués, les reprendió, temiendo el que estando el enemigo tan cerca, volviese con todo su poder, y hallándolos ocupados en el saqueo, ganara el moro lo que había perdido con tanto desdoro y afrenta de sus armas. No surtió efecto la advertida prevención y reprensión del Marqués prevaleciendo más en aquellos soldados la codicia del saqueo que el temor a todo un ejército armado. Éste, habiendo reunido un batallón de más de cuatro mil moros, viendo a los cristianos detenidos en el saqueo, volvieron a embestir al Marqués, quien bramando como león contra los suyos, les dio grandes voces, y unidos con su general, hicieron valerosa resistencia al bando moro, que viendo que los cristianos les llevaban sus mujeres, niños y ganados peleaban desatinadamente, y vista la gran pérdida, que experimentaba su ejército, y la imposibilidad de poder rescatar tan grande, como importante presa, llenos de gran dolor, se vieron precisados a retirar por no acabarse ahí de perder. El Marqués victorioso con su ejército se volvió a Fiñana en donde estuvo algunos días reparando lo necesario y curando a los heridos.


Reflexión que hace Morote:


Vimos el mutuo disgusto que sobrevino a los marqueses de los Vélez y de la Favara, originado del título que de señoría y de merced se dieron al saludarse mutuamente, por cuya causa continuó en ambos el desazón. Era la fama de don Luis Fajardo muy celebrada, no sólo en España, sino en todo su vasto imperio, haciendo eco en la África las voces de su fama, siendo por su valor respetado, y de los más fuertes, prudentemente, temido. Era el Marqués de la Favara valeroso y capitán veterano y como juzgó hallar en el general Fajardo gala proporcionada a su descomunal estatura (era de doce palmos, como queda dicho, excediendo, como otro Saul, a todos sus capitanes y tropas), y en su afamado y victorioso campo del Reino de Murcia, en donde tanto lugar tiene la más fina seda, militares arreos de lucidas galas, y vió al General vestido de un coleto no muy bruñido ni suavizado, con unas botas blancas, que abrochadas, o ajustadas con unos cordones gruesos, servían más para la duración, que para la curiosidad; viendo al Marqués tan crecido de barba, que pudiera juzgarse ermitaño si no fuera por una lanza que llevaba en la mano, que no haría poco el de la Favara, siendo tan hombre, en llevarla al hombro; vestía de pardo, que era el que usaba en las campañas, como dice Hita, y que las galas de sus capitanes y tercios en particular, el viejo de Lorca, eran paños de sus propias tierras, sin más tinte en aquellos tiempos que el que dió la naturaleza a las lanas y por botas unas polainas del mismo paño que calzaban hasta medios muslos, y por zapatos de tacón unos alpargatillos de buen cáñamo, bastante curiosos y bien ajustados, que muchas veces eran como plumas con que volaban ligeros acometiendo y cargando a los enemigos por sierras y barrancos. Violes adornadas sus cabezas o con unos morriones de fino acero o por el poco uso de sombreros, con unas monteruelas de paño a usanza antigua de castellanos viejos. Violes cargados de mosquetes, arcabuces, escopetas, alabardas, chuzos, partesanas, y otros géneros de armas, de que usaba la milicia en aquel tiempo, estando ceñidos en vez de con bandas rojas, de mucha cuerda para dar fuego a sus armas. Ceñían en lugar de espadines, unas espadas que lo pesado de sus aceros, y el valeroso impulso de los fuertes que las esgrimían se dejaban bien conocer en las divisiones de los miembros humanos, que en pechos, hombros, cabezas o muslos de los muertos moros se hallaban en los campos que batallaron. No tenían el aseo en sus vainas, dorados puños y conteras, cuidando sólo de mantener refulgentes sus puntas y acerados filos, por lograr con más presteza el exterminio de sus contrarios; vió, pues, el de la Favara esta tropa tan deslucida, y como halló a su General vestido del mismo color pardo, y con una lanza, le pareció, que sería Jefe de algún grande gremio de Pastores, y juzgó subía mucho de punto la dignidad de aquel gran Capitanazo, dándole de señoría título honroso.


De este mismo sentir debía estar el Marqués de la Favara y los soldados veteranos de la Italia, y los demás que se preciaban de lindos de su tropa, y debía saber aquel marqués, como tan gran soldado, que los que han de gobernar tropas, y los que han de militar en las campañas, no se han de criar en estrados y delicias de galas y hojarascas de vestidos, sino del modo que se crió don Luis Fajardo, y se criaban los soldados en aquellos tiempos, que fue en las campañas, en los montes, en hielos fríos, escarchas, calores, en estos lugares e intemperies tomaba el bravo Fajardo la diversión de la caza, en las espesuras agrias de su alfaguara o bosque de la sierra de la villa de María; porque sabía bien este General, que por haberse criado Aquiles con médulas de serpientes cuando niño, fue el émulo de Marte en su valor cuando veterano. Y por lo menos no debía ignorar, ni sus soldados, que es bellisima propiedad de un General, el acomodarse en el traje y estación con los que manda, pues es medio con que concilia eficazmente los ánimos de sus soldados. No vestía profano don Luis Fajardo, sino humilde como buen General, sabiendo que éste no ha de ser regla de oro que no se dobla, sino de plomo que siendo flexible se acomoda con lo que mide.


No usó el Adelantado, ni los del tercio roto, de peluquines, ni pelucas, no porque no peinan canas en su uso las cabelleras, pues ya se usaban en tiempo de Filipo Rey de Macedonia, quien no quiso valiesen por testigos los que entraron en su uso, porque temió, que quien se adornaba de mentiras en la cabeza, acaso no usaría de mucha verdad en las palabras que nacían de su boca. Cortaban el pelo los del tercio roto y era casi común en los castellanos antiguos solo dejaban crecer el bigote, y es que en aquel tiempo consistía la gentileza de un español, no en peinar y echarse polvos, rizando los cabellos a una peluca, que es posible sea de algún condenado, ni en cortar la barba dos veces en la semana, a lo que se sujetan muchos, si no en estirazar un bigote que tal vez con una mirada, unida con aquella acción ponían más temor los españoles que hoy con muchas pelucas y dorados espadines, sino es que aquellos antiguos españoles quisieron imitar a los cunetos y atalos, que se cortaban los cabellos por no ser por ellos prisioneros de sus contrarios. Alejandro los imitó y por ello le pintan sin cabellera. Más que mayor ejemplar que el que vemos en las efigies del señor Filipo cuarto, que cortado el pelo y con su bigote retorcido infunde reverencia a quien le mira. No temían los moros, como se vió en el avance de los napolitanos, a los que veían hechos de barba y vestidos de gala; a los del tercio roto y vestidos de pardo fue a quien temieron, y fueron tan prudenciales estos afectos del ánimo, que tiene su apoyo en el César, quien decía: que de guedejudos y gordos no temía, si de los flacos y desaliñados. Bien lo mostró la operación de los unos y de los otros en la batalla de las sierras de Valor, que no temieron los moros a los de Nápoles que blasonaban de veteranos y aliñados, y temieron tanto al desaliño de los pardos del tercio roto de Lorca, que cediendo a su valor, les dejaron por suyo el campo, publicando los mismos moros con su atropellada y vergonzosa fuga, la victoria que ganó el tercio roto.


La bondad de una espada no se ha de colegir de la pendiente cinta o cordón curioso de su puño, ni de lo dorado de su guarnición; ni necesita la espada de preciosidades en su vaina, ni de diamantes en su puño para verse de celebrar, porque aquella es más digna de estimación si para herir y cortar es más aguda en su punta, y en sus filos más sútil. Servía el Marqués Fajardo y su tropa del Reino de Murcia en aquella guerra a su Rey, por el común interés de la nación española, y por defensa de la católica Fé por aquellos herejes mahometanos vulnerada, manteniendo la guerra lo más del tiempo a su propia costa. Los napolitanos eran soldados que servían por el interés del sueldo, y los que así sirven, suelen desmayar al mejor tiempo, volviendo la espalda a los contrarios. Peleaban los de Lorca y Reino de Murcia por la defensa de su Ley, de su Rey, y gloria de su patria, no por intereses del sueldo, pues no le tenían, ni de premio de su Monarca. Muchos triunfos ganaron sin pedir sus premios, aunque sus Reyes, con famosos privilegios les remuneraron. Por los tres dichos motivos peleaban y vencían, haciéndoles famosos, como dice Hita, los nombres de pardillos, de pardos, y del tercio roto.

Firdo.: Juan Adolfo Cerón (5-2-2019)




Referencias:

1. Transcrito de “Antigüedad y blasones de la ciudad de Lorca”, escrito por Fray Pedro Morote y Perez Chuecos en 1741, páginas 397-402.

2. https://es.wikipedia.org/wiki/Rebeli%C3%B3n_de_las_Alpujarras

3. Los títulos nobles tenían y tienen en la actualidad (único privilegio) el tratamiento oficial de ilustrísimo o señoría, pero si son grandes de España tienen el tratamiento de excelentísimo.

4. Según https://es.wikipedia.org/wiki/Luis_Fajardo_de_la_Cueva.

5. https://www.pinterest.es/pin/788833690952702400/

6. Imagen y texto de http://turismovalor.com/el-pueblo.

7. Don Lorenzo Téllez de Silva, marqués de la Favara. Su Casa poseía el señorío de la Favara en la isla de Sicilia.










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