sábado, 24 de agosto de 2019, 06:02
Elmonarquico2015
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La guerra olvidada que tal vez, hizo cambiar la historia

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Sin lugar a dudas, el gran esfuerzo realizado por el gobierno español al objeto de conservar sus posesiones en Marruecos, conjeturó menoscabos en clave económica, como, asimismo, de deterioro político, pero, sobre todo, de importantes pérdidas humanas.


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Acontecimientos puntuales en la historia de España como la Semana Trágica de Barcelona, o, tal vez, la dictadura de Primo de Rivera o el golpe militar que desembocaría en la Guerra Civil española, no se concebirían sin el telón de fondo de una guerra que, enardeció durante quince años a España, con los últimos reductos de lo que llegó a ser un imperio.


En los inicios del siglo XX, las relaciones entre España y Marruecos estaban influidas por el Tratado de Wad Ras, firmado en Tetuán el 26 de abril de 1860.


Fue un acuerdo más bien diplomático, que puso fin a la Guerra de África librada respectivamente entre 1859 y 1860, y la derivación de las sucesivas derrotas sufridas por Marruecos en su pugna contra las tropas españolas, en particular tras la batalla de Wad-Ras.


Dicho pacto concedía a España cierta preponderancia sobre el sultanato que operaba en aquel tiempo y al que condenaba absolutamente del conflicto bélico, otorgándole autoridad sobre ciertas plazas.

La raíz del conflicto venía aparejada por las reiteradas acometidas y emboscadas que las ciudades de Ceuta y Melilla padecían desde el año 1840, por parte de grupos provenientes de la región del Rif y que el sultán no pudo detener.


La elevación de la muralla en Ceuta para resguardarse de estas agresiones, fue calificado por Marruecos como un desafío en toda regla, y cuando en 1859 el destacamento español que salvaguardaba las obras fue agredido, España pidió inmediatamente responsabilidades al gobierno marroquí. Ante la conjeturada inmovilidad e indolencia de este, el entonces presidente del gobierno español O´Donnell, dictaminó la invasión del sultanato.

Pese a que, con el paso del tiempo, los analistas se han referido al Tratado de Wad Ras como “Paz Chica para una guerra grande”, e independientemente de las verdaderas causas que la motivaron para una declaración de guerra, la campaña de Marruecos fue exitosa, porque tan solo duro cuatro meses y proyectó significativos beneficios en la imagen exterior del gobierno español, pero, sobre todo, indujo a un enjambre de patriotismo como hacía muchísimo tiempo no se producía en España.


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Todos los grupos políticos estuvieron de acuerdo con la intervención militar, además, de ser considerablemente coreada por la opinión pública, que, a su vez, era enardecida por la prensa.

Poco o apenas nada, incumbía que España se hubiera comprometido con el Reino Unido a no invadir Tánger, para así no poner en peligro su posición geoestratégica en el Estrecho, o que el tratado comercial firmado por España y Marruecos acabase por favorecer más, a los franceses e ingleses.


Por lo tanto, la guerra de Marruecos supuso un empuje para el gobierno de la nación, que se confió en hacer alarde y destacar con una campaña de memoria, esculpiendo los nombres de las batallas vencidas en numerosas plazas y calles del territorio nacional.


Del realce internacional logrado y de la concentración de pasión patriótica que anduvo por todo el país, el gobierno debió deducir, que bien merecía el trágico resultado de las cuatro mil vidas humanas en las filas españolas, que habían perecido en el conflicto.


Posiblemente, esta circunstancia fuese la que tuviera en mente el gobierno cuando, casi cuarenta años más tarde, la historia hizo retornar de nuevo cara a cara a España y Marruecos en el entorno del Rif.

En esta ocasión, esta nación necesitaba más que nunca, de esa influencia frente al resto del mundo y del patriotismo que, por cierto, hacía aguas, duramente golpeado tras la calamidad del 98.


Las condiciones históricas ya no eran ni mucho menos las mismas, porque España acababa de dilapidar su dominio sobre las colonias de ultramar y, ensamblado a las mermas económicas y humanas que ello había acarreado, hizo correr como la pólvora esa sensación de desfallecimiento y desmoralización sobre la urbe española.


La añoranza del Imperio que España había sido, ahora enturbiaba las horas dedicadas a las tertulias o de la literatura que meritoriamente se nos daba, o en cada una de las actividades de una sociedad errante con lo sucedido, quizás, por la falta de confianza en sí misma como potencia, pero, también, como aspiración de estado activo y entusiasta, al que el resto de países consideraban desterrado a un segundo nivel.

Pero, en el año 1906 con la Conferencia de Algeciras, parecía que España disponía de una nueva oportunidad para levantar el vuelo de cara al diseño internacional.


Con su celebración, este país nuevamente se situaba en el medio mundial, y en sus alianzas, trataba de impedir concesiones que hicieran trazar el inconsistente equilibrio europeo posterior a la que sería a la postre, la Primera Guerra Mundial.


Mientras, España y Francia acordaban una distribución de Marruecos, el norte para los españoles y el sur para los franceses.


Por entonces, las montañas del Rif seguían siendo la residencia habitual de numerosas tribus nómadas, curtidas en provocaciones y pillajes. Pese a que esta comarca era considerada zona de autoridad española, sin embargo, tanto la región, como la lengua y la cultura bereber, incumbían a la parte de Marruecos popularmente conocida como Bled es-Siba o País del Desgobierno, donde la autoridad política del sultán jamás se había tolerado.

De hecho, los rifeños no se contemplaban como parte del compromiso adquirido que el poder central hubiese alcanzado con dominios extranjeros. Solo Abu Hamara, encargado principal de las cabilas del Rif, obtuvo su propio compromiso con España tras encontrarse importantes patrimonios mineros en su área, y, confirió en el año 1907 el aprovechamiento de dos minas de plomo y hierro a dos compañías productoras, propiedad de personajes ilustres en la sociedad española de entonces.


Este beneplácito también englobaba la autorización para urbanizar un tren minero que comunicara las minas con el puerto de Melilla. Lo que los rifeños no aceptaron ni mucho menos del sultán marroquí, como, de la misma forma, tampoco estaban dispuestos a perdonárselo a uno de los suyos.


Los favores de Abu Humara fueron entendidos como una gran infamia, que inmediatamente le llevaron a ser apartado del poder.


En esta tesitura, las tareas en las minas y la fabricación del tren minero estuvieron detenidas, por lo que las dos compañías representantes forzaron al gobierno español de Antonio Maura, para que desplegara las tropas de Melilla y así se pudiera asegurar la realización de los trabajos pendientes.


Ante la pasividad del sultán y frente a la intimidación de la compañía de solicitar amparo de las tropas francesas situadas en Argelia, lo que, hubiera puesto en reprobación la zona de influencia española en el Norte de Marruecos, el gobierno español acabó cediendo.


En junio de 1909 se reestablecieron las actividades, pero, sin tener el apoyo del sultán marroquí y algo mucho más temerario por lo que podía representar a corto plazo, tampoco disponía de la aprobación de las cabilas rifeñas, que inmediatamente insinuaron con responder a semejante desafío.


A penas había transcurrido tiempo desde aquella controversia, nada más iniciarse la jornada laboral en la edificación del puente situado en el barranco de Sidi Musa, a escasos cuatro kilómetros de Melilla, un capataz y trece operarios españoles recibieron un mortal tiroteo. Cuatro de ellos fallecieron en el fatal desenlace y el resto a duras penas consiguió llegar hasta la ciudad española, donde se puso en conocimiento los hechos sucedidos.

Esta agresión originaría el preludio de la que se reconocería como la Guerra de Melilla, si bien, en los primeros instantes fue ideada ante la opinión pública como una actuación de policía en defensa de los intereses de España.


Pese a ello, tras escasamente una semana de los ataques y la actuación española, que se había satisfecho con cuatro españoles muertos y diecinueve rifeños apresados, el gobierno declaró la movilización urgente de tres Brigadas mixtas que comprendía las dispuestas en Madrid, Cataluña y Campo de Gibraltar. Era indiscutible, que España no luchaba ante una simple contienda.


La orden de movilización que implicaba de lleno a los reservistas, no tardó en tener sus réplicas, muchos de los llamados padres de familia con esposa e hijos, suscitaron discusiones a la hora de embarcar con las tropas. Especialmente, ocurrió en el puerto de Barcelona y en la estación de Mediodía de la capital, estallando un aluvión de reproches y desaprobaciones en numerosos lugares de la Península.


Solo queda recordar para una mejor interpretación en lo expuesto, los efectos derivados con la huelga general del 26 de julio y los graves precedentes en Barcelona y en otras partes de Cataluña, que pasarían a la historia con el calificativo de Semana Trágica.


Poco a poco, la sociedad española comenzaba a atisbar lo que ciertamente acontecía en aquella guerra indiferente y distante para muchos, en África.


En una primera etapa, se mantuvieron las arremetidas contra las fuerzas españolas invocadas a preservar aquellos exiguos siete kilómetros de línea minera, mientras, por vía marítima, el ejército español actuaba hostigando con bombardeos las aldeas de pescadores, con el único objetivo de desmantelar las embarcaciones que trasladaban armas desde el Rif occidental y apartar a sus lugareños, para que finalmente éstos no se agregaran a las harcas o expediciones militares.


Con todo, a pesar de lo precario en armas y pertrechos y lo frágil en estrategia de los rifeños, la lucha rápidamente comenzó a llevarse vidas de las que cualquier operación policial de castigo, podía admitir.

Los números ya comenzaban a barajarse y como resultado de una orden equívoca, el día 23 de julio se contabilizaron entre muertos y heridos, trescientas bajas.


Acto seguido, cuatro días más tarde, una columna constituida por compañías recién desembarcadas, tuvieron la desdicha de desorientarse para concentrándose en una hondonada, donde momentos más tarde fue asaltada desde las laderas por las cabilas, que produjo más de 750 fallecidos.


Mientras el número de caídos aumentaba, se acrecentaba el estímulo del adversario, que incitado continuaba con las revueltas populares. Así, el gobierno decidió hacer un cambio de maniobra, para la que precisaba de la superioridad en la cifra de efectivos.


De manera, que, para contrarrestar la amenaza rifeña, el ejército llegó a disponer de un contingente de 42.000 hombres, a diferencia de un enemigo que no manejó a más de 1.500 combatientes. En noviembre, las fuerzas españolas habían logrado la amplia mayoría de los objetivos territoriales planteados tres meses antes.

Un día después, una delegación de algunas cabilas imploró el amparo de España.

Era nada más y nada menos, que una rendición.

Inmediatamente, el gobierno estableció el repliegue de las tropas, pero, no sin antes, realizar una profunda reflexión de lo aprendido en el pasado y que era muy reciente.


De ahí se desprende, que más de 20.000 hombres permanecieran en Marruecos para afianzar la paz y las posiciones antes conquistadas. Eran más del triple del total de efectivos de los que existían en la Brigada de Melilla, en los preparativos iniciales de la campaña.


La guerra había acabado, al menos eso parecía, pero, solo de manera fugaz.

A lo mejor podría parecer instintivo ponderar, que, los levantamientos que se habían suscitado al objeto de impugnar la presencia española en el Rif, cuando lo que realmente se pretendía explorar eran los intereses comerciales y una pequeña guarnición militar, iba a darse por concluido en el instante que España dispusiera de los 20.000 efectivos en el terreno y, mismamente, fuera vista internacionalmente en el contexto del Protectorado que compartía con Francia.


Una vez más, el Rif, rebelde e insurrecto, se levantó con las armas dispuestos a combatir.

Desde el año 1912, las tropas españolas empezaron a toparse con núcleos duros de resistencia, en ese espacio áspero de cordilleras cortantes e individuos vanidosos. Forzosamente, esta demarcación territorial se convirtió en la mayor dificultad habida hasta entonces y en el lastre de una hostilidad sin tregua.


España trató en vano de acondicionarlo lo mejor posible por medio del montaje de pequeños fuertes o blocaos, establecidos en partes dominantes y separados por unos 30 kilómetros de distancia, pero su punto delicado estaba por llegar, porque, el suministro de agua facilitaría las emboscadas del rival.


Fue así como unas fuerzas diseminadas, insuficientes y deficientemente blindadas como las rifeñas, lograron hacer la vida imposible a un ejército provisto de teorías, medios, estrategias y tácticas tradicionales y, por si fuera poco, mucho más cuantioso en dotación.


Las tropas rifeñas poseían unas claves que hicieron empequeñecer a este ejército convencional, como la preparación en su propio terreno y, algo aún más útil, una todopoderosa motivación. Curiosamente, la disposición de estas exiguas fuerzas, serán calificadas como una de las fuentes en la teoría de la guerra de guerrillas, más tarde examinada y rescatada en diversos combates del siglo XX.


En la otra cara de la moneda, el competidor, donde concurren unas fuerzas ampliamente desmotivadas, perturbadas y, por momentos, no ejemplares, constituidas por soldados de reemplazo ansiosos por regresar junto a sus familias. Y es que, en la lejanía de la campaña marroquí materializada hacía cincuenta años y solventada cómo se ha citado, en cuatro meses, la complejidad que volatilizaba el Rif inquietaba con empantanarse indefinidamente.


Su resolución ya no hacía acrecentar ese patriotismo antes referido, sino la de una incapacidad ante la opinión pública, que se interpelaba por qué España no renunciaba a sus deseos, en aquella batalla cruel y despiadada en tierras africanas.


Lo que más tarde estaría por llegar y que ha quedado documentado entre las páginas más dolorosas de la historia de España, el llamado Desastre de Annual, o lo que es lo mismo, la muerte de 13.000 sodados españoles a manos de 3.000 rifeños.


Un suceso demasiado punzante que rotulará un antes y un después en el devenir de los lances, dando lugar al principio de una independencia sin reconocimiento jurídico y bajo la forma de república, una idea diseñada sarcásticamente por Abdel Karim que sería festejada con enardecimiento por los representantes de las cabilas. 

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