lunes, 19 de noviembre de 2018, 02:38
Elmonarquico2015
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Cuando la pena nos alcanza por un compañero perdido...

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Jimu00e9nez Maroto

No cabe duda, que la historia no se produce exclusivamente con el lance de las épocas. La misma historia está protagonizada por quiénes con sus vidas nos han transmitido ejemplos pródigos que, a su vez, han proporcionado inmensos legados.


Es así, como los Ejércitos de España y las usanzas heredadas a lo largo de los siglos, se han esparcido como relatos orales, usos sociales o ritos, formando parte de un acerbo ético y humano en los que la tradición se hacen protocolares y los ceremoniales alcanzan un mayor peso, al predisponerse ambos en litúrgicos tanto más apreciados cuanto más permanecen, aún evolucionando en los tiempos.


La fusión de uno y otro, ha originado un patrimonio de costumbres, estilos y modos en donde las raíces cristianas encadenadas a efemérides y sucesos de armas, se incardinan majestuosamente con lo castrense.


Por lo que el Día de los Caídos por la Patria, conmemorado en la misma jornada que el Día de los Difuntos, entraña una especial imbricación entre el Ejército y la ciudadanía, al solemnizarse con la exaltación del Soldado de todos los tiempos.


Décadas de gestas escritas en páginas memorables y en vicisitudes que han ensalzado las virtudes de la milicia desde el origen de las edades en todos los campos, que verifican la personalidad en la que se ha ido fraguando la esencia misma de la libertad y la concordia de esta Nación.


Honor y Gloria


Instantes de una conmemoración entrañable hecha cómplice de la mente, para inmortalizar la honra y cariño de tantísimas personas bajo un mismo uniforme y una misma Bandera, encarnadas en el ofrecimiento noble, desprendido y atrevido con la premisa del celo solidario.


Una certeza que ha quedado enraizada entre los militares custodios del uso legítimo de la fuerza para la salvaguardia de España, de cuya manera de ser forman parte y para los que se establecen un conjunto de valores y estímulos en la consecución del deber, si así fuese, hasta las últimas consecuencias.


Luego entonces, el ejercicio de encomiar a las glorias de los Ejércitos, adquiere una impregnación portentosa, porque contribuye a vivificar la abnegación, la disciplina, el honor y el semblante religioso ensamblado en el corazón de las gentes.


Es, por ende, un encargo y responsabilidad, atesorar y transferir tradiciones y símbolos fuertemente arraigados, para que perduren en la memoria colectiva de quiénes por su lealtad, perseverancia y firme voluntad de ofrecimiento, entregaron el don más valioso que poseían.


Tal como cita el artículo 16 de las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas: “Los Ejércitos de España son herederos y depositarios de una gloriosa tradición militar. El homenaje a los héroes que la forjaron es un deber de gratitud y un motivo de estímulo para la continuación de su obra”.


Este hábito secular que yuxtapone al estamento castrense con la sociedad a la que sin descanso se ofrece, se rememora como un acto simbólico en numerosas ciudades y pueblos de la geografía española e incluso en lugares lejanos de nuestros límites fronterizos. Una práctica piadosa que cuenta con una elevada participación de fieles civiles y militares, ante los monumentos, panteones, mausoleos o nichos que aguardan en la quietud del silencio, recogimiento y oración, donde reposan para la eternidad los guardianes de la paz.


Es una jornada de profundo calado y reminiscencia del sentir militar, porque en el fondo lo que está en juego es la vertebración de uno de los capítulos más significativos de los principios y valores perpetuados en la cultura del Ejército.


Un imaginario fusionado de grandes nostalgias en un reconocimiento sincero que abarca la dimensión de la gloria, donde la dedicación cíclica reservada a nuestro Soldado de todos los tiempos, simboliza un lugar único de reunión de hombres y mujeres con sus antepasados.


Y es que, conforme se ha ido aproximando esta solemne ceremonia, se han derivado numerosos encuentros de signo preparatorio, que han predispuesto interacciones de grupos o de parientes de los difuntos y, como no, de la amplísima familia militar.


En tal sentido, estos rincones temporales configuran una instantánea subjetiva en las que la concatenación espiritual, congrega a personas inmersas en profundas emociones y perdurables alusiones puestas en la dicha.


Una dedicatoria asentada en el estilo secular en razón de la pluralidad étnica sobre la que se sostiene, no quedando distante de valores arraigados con puros sentimientos y frenesís, para no quedar en la indiferencia del recuerdo y hacerse presente de modo sublime.


Por tanto, este cúmulo de acciones que predominan alrededor de esta evocación, constituyen, hoy por hoy, una de las inclinaciones más afanosas que desvelan un patrimonio cultural intangible que es parte de todos. Un culto compartido que reproduce la excepcionalidad en la razón de ser de los Ejércitos de España.


Tal es así, que el pueblo español puede sentirse orgulloso de los Soldados de todos los tiempos y, hacérselo llegar con esta expresión protocolaria, es la mayor recompensa que pueden obtener.


Lo contrario, sería omitir sus orígenes.


Quién sabe, quizás, con el paso de los años la conceptualización de Patria ha podido quedar postergada, porque implica ser demasiado inexorable ante la hechura íntima del ser, demandándonos mirar con respeto a un ayer colmado de glorias.


Pero, para ello, habría que apreciar las verdaderas causas que pudieron suscitar los desaciertos incurridos para que estos nunca vuelvan a reincidir, como, del mismo modo, es preciso reflexionar sobre los muchos matices positivos que se han ido forjando y de los que nos debemos sentir gozosos.


Visto así, podríamos discurrir al mañana con más confianza, apoyados en unas potencialidades en absoluto extinguidas, contemplando con benevolencia a las generaciones por venir, sin dejar de lado a las actuales.


Por eso, tal como menciona una de las estrofas del himno la muerte no es el final: “cuando el adiós dolorido busca en la fe su esperanza”, es uno de los momentos más simbólicos del formulismo militar, presto a eternizarse en quienes aceptaron el mayor de los sufrimientos al servicio de España.


No titubeando ni un solo instante en hacer de la vida, pura consagración.


Una liturgia enmarcada en honrar la gallardía y el coraje para con la Nación, venerado por la heroicidad intrépida de cuántos se hicieron merecedores del valor aplicado, tenacidad derrochada y magnánimo atrevimiento.


Hoy, pocos camposantos como los diseminados en cualesquiera de las regiones de España, como en los archipiélagos balear y canario y las Ciudades Autónomas de Ceuta y Melilla o puntos tan representativos como el Peñón de Vélez de la Gomera, Peñón de Alhucemas e Islas Chafarinas, pueden vanagloriarse de tantísimo lustre militar, como aquellos otros Soldados, que reposan distantes de nuestras latitudes.


Lugares inmersos en el sosiego y la calma, que acogen con admiración, pechos colmados de amor patrio.


Sin embargo, no es fácil atinarse con un discurso sensato y adecuado, para afrontar los efectos desencadenantes del cumplimiento del deber. Quiénes realmente así lo materializan, ponen en común la salvaguardia del principio más explícito que determina a las personas: la libertad.


Llevándola a cabo con el servicio consumado de firmes ideales, hasta afianzar la seguridad de la sociedad a la que sirve con pasión. Debiendo hacer alarde de un desprendimiento extremo para asistir a los que más lo necesitan y recuperar la paz tan anhelada.


Por todo ello, en esta jornada es crucial distinguir la estima y afecto dedicado a nuestros Soldados de todos los tiempos, como a sus familiares, por las aflicciones sufridas.


El tránsito al descanso eterno no es la conclusión última de este itinerario predispuesto a santificarse, debiendo servir para estimar en su justa causa, la incalculable tarea que día tras día los miembros de las Fuerzas Armadas ejercen con desvelo, escrupulosidad y aplicación.


Si bien, se tiene la opinión, que por raciocinios históricos que no vienen al caso, la sociedad no ha sabido percatarse en momentos puntuales del papel fundamental que las Fuerzas Armadas ostentan en un Estado Social y Democrático de Derecho. Ellos y ellas, no se disponen únicamente como garantía de la seguridad y defensa del orden, sino, que, se alinean como emblema de unión entre los españoles.


En los últimos años, los Ejércitos de España se ha consolidado como herramienta solícita para el influjo exterior del país, contando entre sus filas con unas Tropas plenamente experimentadas y mejor equipadas, fieles a sus aspiraciones de servicio al Estado y eficientes en la ejecución de las misiones exteriores desplegadas en cuatro continentes.


Y, cómo no, orgullosas de sí mismas por el desempeño de sus funciones.


Aun así, miles de Soldados cumplen a la perfección labores en zonas distantes del planeta. Interviniendo en superficies altamente comprometidas, pero no solo lo hacen impulsados por la virtud humanitaria que les caracteriza, sino, porque, su protección repercute de modo notable en la garantía de los derechos básicos de las personas.


En este aspecto, la idea de seguridad y defensa ha sufrido una clara evolución en el tiempo. Reconociéndose que ambas realidades se amoldan al sujeto como raíz cardinal de la paz y del derecho internacional.


Más allá de las ineludibles formalidades oficiales y de las diversas muestras de pésame y reconocimientos dispensados, la apreciación que hoy por hoy tienen los militares caídos y aquellos que siempre nos han precedido en el pasado con sus hechos memorables, posiblemente sea la mejor dedicatoria de aprecio que se les podría ofrecer.


En cierta manera, el intenso dolor producido ante una pérdida, debería dotarnos de una mayor comunión en torno a la gran familia castrense, para aunar en mayor medida estos valores que impregnan el cumplimiento del deber diario, que, por otro lado, no debe quedar en el olvido.


Asimismo, es difícil justificar el fallecimiento de estos Soldados, si debidamente no se interpreta el origen del conflicto al que hacemos frente. Siendo indispensable destacar, la magnitud que para cualquier activo de las Fuerzas Armadas atañe dar la vida por el deber, sin obviar, lo que conlleva forjarlo por el conjunto de sus conciudadanos. Porque, en definitiva, este es el propósito empeñado por quién o quiénes abanderan la solidaridad.


De ahí, que España haya sufrido actualmente como otros estados socios de su entorno, la consternación y el daño inquebrantable del terrorismo yihadista. Una tesis con la que el adversario ambiciona demoler el acontecer de esta lucha global, por la supervivencia de los valores democráticos.


Indudablemente, este escenario nos exhorta a tomar conciencia del alto riesgo al que deben exponerse nuestros Soldados en cada una de las intervenciones ejecutadas.


Alcanzado este intervalo de la disertación, la evocación a los Caídos por España acrecentado con la presencia en el espíritu del Soldado de todos los tiempos, quiénes así lo rememoramos con la caída del sol y la efímera melodía del toque de oración, es motivo de aliento y refuerzo moral afianzar las convicciones derivadas de la vocación de servicio.


Una mirada retrospectiva al infinito, allí donde Ellos y Ellas, nuestros Soldados, se han hecho herradores implacables de la misión que un día iniciaron hasta el extremo de ofrecerlo todo.


Este Soldado como otros tantos, a veces postergado en la memoria, a pesar de haber adquirido por derecho propio, tradiciones gloriosas que jamás nadie se las podrá arrebatar, nos encara con brío ante lo que aún queda por concluir. Distinguiéndose por la templanza y la indubitable abnegación, pero también, si en algo considerablemente ha brillado, por el heroísmo puesto en escena.


Caidos por España


Hoy, en este recorrido de intenso aroma a crisantemos, gitanillas o petunias hasta reencontrarnos con la sublimidad, Todos, sin diferenciación alguna, le rendimos público tributo de homenaje y cariño a los fieles guardianes de nuestra integridad, que velan sin tregua por el honor de la Nación.


En sus sepulturas radiantes por el esplendor del sentimiento honrado como la principal divisa que los acompaña, nos inclinamos con reverencia para depositar el refrendo de fidelidad a la Madre Patria y escuchar con sigilo los responsos que le preceden. Permaneciendo indemne la benignidad de este Soldado que se colma de valores y principios tradicionales, porque su desprendimiento en ningún tiempo tuvo mínimos denominadores en las coyunturas que se le demandó, sino que, por el contrario, discurrió con empeño hasta atrapar el máximo común de la Nación.


Su generosidad con los automatismos heredados de quiénes le precedieron, ha crecido en un grado inconcebible. Resistiendo infinitas penalidades, contrarrestando las situaciones más arduas cuántas veces se ha encontrado frente al infortunio, sin perder de vista, la rectitud y la constancia en la sagrada observancia del deber.


A este respecto, el arraigo consagrado en este día, sin lugar a dudas, forma parte de la buena sintonía y cohesión de los Ejércitos de España que, con obediencia, pero también, con determinación, no desiste a ser parte principal de la columna vertebral del Estado.


Toda vez, que, aunque no todos nuestros Soldados fallecieron en el campo de batalla, aun así, abrazan los honores por igual. Almas que esperanzadas nos escrutan desde el cielo y nos evocan a un pretérito que permanece vivo entre nosotros. Porque la muerte no es el destino definitivo para quienes la alcanzaron, sino el comienzo de una senda que ilumina a los que creen firmemente en unos empeños.


Finalizo este texto como lo comencé, inmortalizando con admiración a los Soldados de todos los tiempos enmarcados en los Ejércitos de España, que siempre combatieron con audacia, empleándose con nobleza y muriendo con entereza. Una renuncia que no tiene calificativos y por el que los españoles le debemos eterno recuerdo.


Mención especial que desearía dejar plasmada en este pasaje, por cuántos han fallecido recientemente y, muy especialmente, por el descanso eterno de nuestro queridísimo compañero José Ignacio Mateo Canalejo, que se durmió en el Señor consciente de la sabiduría que le fue otorgada desde lo alto y del legado de fe que nos ha dejado entre nosotros.


Descansen todos en paz y brille la luz para siempre, con la seguridad que quienes le seguimos y confiamos, sabremos con la ayuda de Dios, si llegara el caso, dar continuidad a su encomiable ejemplo.




Por Alfonso J. Jiménez Maroto














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